InicioInfoLiberalismo libertario: la genuina izquierda revolucionaria
Por Murray Rothbard Antes de comenzar [...] debemos recordar que el liberalismo clásico constituyó una gran amenaza para los intereses políticos y económicos —las clases gobernantes— que se beneficiaban con el Antiguo Orden: los reyes, los nobles y los aristócratas terratenientes, los comerciantes privilegiados, las maquinarias militares, las burocracias estatales. A pesar de que los liberales precipitaron tres grandes revoluciones violentas —la Inglesa del siglo XVII, la Estadounidense y la Francesa del siglo XVIII—, las victorias en Europa eran sólo parciales. La resistencia se mantuvo firme y se las ingenió para conservar exitosamente los monopolios terratenientes, los establishments religiosos y las políticas exterior y militar belicistas; también, por algún tiempo, el sufragio estuvo restringido a la elite adinerada. Los liberales tuvieron que concentrarse en extender el sufragio, porque ambas partes sabían claramente que los intereses políticos y los objetivos económicos de la masa del público descansaban sobre la libertad individual. Resulta interesante destacar que, hacia comienzos del siglo XIX, se denominaba a las fuerzas del laissez-faire "liberales" o "radicales" (a los más puros y más coherentes de ellos), y la oposición que deseaba preservar el Antiguo Orden o volver a él era ampliamente conocida como los "conservadores". En realidad, el conservadurismo comenzó, a principios del siglo XIX, como un intento consciente de anular o destruir el odiado nuevo funcionamiento del espíritu liberal clásico —el de las revoluciones Estadounidense, Francesa e Industrial—. Liderado por dos pensadores reaccionarios franceses, de Bonald y de Maistre, anhelaba reemplazar la igualdad de derechos y la igualdad ante la ley por el gobierno estructurado y jerárquico de las elites privilegiadas; la libertad individual y el gobierno mínimo, por el absolutismo y un Gobierno Grande; la libertad religiosa, por el gobierno teocrático de una iglesia estatal; la paz y el libre comercio, por el militarismo; las restricciones mercantilistas y la guerra, en beneficio del Estado-nación; y la industria y la manufactura, por el antiguo orden feudal y agrario. Aspiraban a sustituir el nuevo mundo de consumo masivo y estándares de vida mejorados por el Antiguo Régimen de la mera subsistencia para las masas y el consumo suntuario para las elites gobernantes. Hacia mediados, y sobre todo hacia fines del siglo XIX, los conservadores comenzaron a darse cuenta de que su causa estaba inevitablemente perdida si insistían en aferrarse al pedido de cancelación absoluta de la Revolución Industrial y de su enorme aumento en los niveles de vida del público, así como también si continuaban oponiéndose a la ampliación del sufragio, con lo cual se manifestaban abiertamente opositores a los intereses de ese público. Por ende, el "ala derecha" (un nombre basado en un hecho casual, a saber, que durante la Revolución Francesa el vocero del Antiguo Régimen se sentaba a la derecha de la asamblea) decidió cambiar su funcionamiento y actualizar su credo estatista eliminando la oposición categórica hacia el industrialismo y el sufragio democrático. Los nuevos conservadores sustituyeron el antiguo odio y desprecio del conservadurismo hacia las masas por el engaño y la demagogia, cortejándolas con los siguientes argumentos: "Nosotros también estamos a favor del industrialismo y de un nivel de vida más alto. Pero para alcanzar esos fines, debemos regular la industria en procura del bienestar público; debemos sustituir la rapacidad del mercado libre y competitivo por la cooperación organizada; y, por sobre todas las cosas, debemos reemplazar los principios liberales de paz y libre comercio, que destruyen a la nación, glorificando la guerra, el proteccionismo, el imperio y las proezas militares". Para lograr todos estos cambios, se necesitaba un Gobierno Grande, en lugar de uno mínimo. Y por lo tanto, a fines del siglo XIX retornaron el estatismo y el Gobierno Grande, pero exhibiendo ahora una cara favorable a la industrialización y al bienestar general. El Antiguo Régimen retornó, aunque esta vez los beneficiarios resultaron ligeramente alterados: ya no eran tanto la nobleza, los terratenientes feudales, el ejército, la burocracia y los comerciantes privilegiados, sino más bien el ejército, la burocracia, los debilitados terratenientes feudales y, sobre todo, los fabricantes privilegiados. Liderada por Bismarck en Prusia, la Nueva Derecha formó un colectivismo de extrema derecha basado en la guerra, el militarismo, el proteccionismo y la cartelización compulsiva de los negocios y las industrias —una gigantesca red de controles, regulaciones, subsidios y privilegios que forjaron una gran coalición del Gobierno Grande con ciertos elementos privilegiados en las grandes empresas e industrias—. Había que hacer algo, además, respecto del nuevo fenómeno del gran número de trabajadores industriales asalariados: el "proletariado". Durante el siglo XVIII y comienzos del XIX, en realidad hasta bien entrado el siglo XIX, la masa de trabajadores apoyaba el laissez-faire y el libre mercado competitivo como lo mejor para sus salarios y condiciones laborales, como obreros, y para un rango cada vez más amplio de bienes de consumo baratos, como consumidores. Incluso los primeros gremios, por ejemplo en Gran Bretaña, creían firmemente en el laissez-faire. Los nuevos conservadores, guiados por Bismarck en Alemania y Disraeli en Gran Bretaña, debilitaron la voluntad libertaria de los trabajadores derramando lágrimas de cocodrilo respecto de las condiciones de la mano de obra industrial, cartelizando y regulando la industria, poniendo trabas intencionalmente a la competencia eficiente. Por último, a principios del siglo XX, los nuevos conservadores, el "Estado Corporativista" —entonces y ahora, el sistema político dominante en el mundo occidental— incorporaron a gremios "responsables" y corporativistas como socios menores del Gobierno Grande y favorecieron a las grandes empresas en el nuevo sistema de decisión estatista y corporativista. Para establecer este nuevo sistema, para crear un Nuevo Orden que era una versión modernizada y disfrazada del Ancien Régime anterior a las revoluciones Estadounidense y Francesa, las nuevas elites gobernantes debían tender una gigantesca estafa al engañado público, un engaño que continúa en la actualidad. Considerando que la existencia de todo gobierno, desde la monarquía absoluta hasta la dictadura militar, descansa en el consentimiento de la mayoría del público, un gobierno democrático debe construir ese consenso sobre una base más inmediata, día a día. Y para hacerlo, las elites gobernantes del nuevo conservadurismo tenían que engañar al público de muchas maneras cruciales y fundamentales. Había que convencer a las masas de que la tiranía era mejor que la libertad, de que un feudalismo industrial privilegiado era más favorable para los consumidores que un mercado libremente competitivo, de que un monopolio cartelizado debía imponerse en nombre del antimonopolio, y de que la guerra y la creciente militarización para beneficio de las elites gobernantes favorecía, en realidad, a los intereses de un público obligado a hacer la conscripción, a pagar impuestos, y a menudo masacrado. ¿Cómo lograr esto? En todas las sociedades, la opinión pública es determinada por las clases intelectuales, los formadores de opinión, dado que la mayoría de las personas no generan ni difunden ideas y conceptos; por el contrario, tienden a adoptar aquellos promulgados por las clases de intelectuales profesionales, los distribuidores profesionales de ideas. Como veremos más adelante, a lo largo de la historia los déspotas y las elites estatales gobernantes necesitaron mucho más los servicios de los intelectuales para que mantuvieran a los ciudadanos tranquilos dentro de una sociedad libre, porque los Estados siempre se han servido de intelectuales formadores de opinión para embaucar al público con la idea de que su gobierno es sabio, bueno e inevitable; en suma, con la creencia de que "el emperador está vestido". Hasta el advenimiento del mundo moderno, esos intelectuales fueron inevitablemente los clérigos (o los hechiceros), los custodios de la religión. Era una cómoda alianza esta antigua sociedad entre la Iglesia y el Estado; la Iglesia informaba a sus engañadas huestes que el rey gobernaba por mandato divino y, por lo tanto, había que obedecerlo; a cambio, el rey encauzaba gran parte de los ingresos impositivos hacia las arcas de la Iglesia. De ahí viene la gran importancia, para los liberales clásicos libertarios, del éxito en su objetivo de separar la Iglesia y el Estado. En el nuevo mundo liberal los intelectuales podían ser no confesionales, podían ganarse la vida por sí mismos, en el mercado, sin depender de la subvención estatal. Por lo tanto, para establecer su nuevo orden estatista, su Estado corporativo neomercantilista, los nuevos conservadores tuvieron que forjar una nueva alianza entre los intelectuales y el Estado. En una era de creciente secularización, esto significó que la alianza debía realizarse con intelectuales laicos, más que con los eclesiásticos: específicamente, con la nueva casta de profesores, doctores, historiadores, maestros y economistas tecnócratas, trabajadores sociales, sociólogos, médicos e ingenieros. Esta restaurada alianza se llevó a cabo en dos partes. A comienzos del siglo XIX, los conservadores, dando la razón a sus enemigos liberales, confiaron fuertemente en las invocadas virtudes de la irracionalidad, el romanticismo, la tradición y la teocracia. Poniendo énfasis en el valor de la tradición y de los símbolos irracionales, pudieron engañar al público para que siguiera aceptando el gobierno jerárquico privilegiado y continuara adorando al Estado-nación y a su maquinaria bélica. En los últimos años del siglo XIX, el nuevo conservadurismo se revistió de los adornos de la razón y de la "ciencia". Ahora era la ciencia la que supuestamente requería que el gobierno de la economía y de la sociedad estuviera en manos de tecnócratas "expertos". A cambio de difundir este mensaje entre el público, la nueva casta de intelectuales fue recompensada con puestos de trabajo y prestigio como apologistas del Nuevo Orden, y planificadores y reguladores de la nueva economía y la nueva sociedad cartelizadas. Para asegurarse el dominio del nuevo estatismo sobre la opinión pública, para tener la certeza de que se construiría el consenso público, los gobiernos del mundo occidental de fines del siglo XIX y comienzos del XX tomaron control de la educación, de las mentes de los hombres: no sólo de las universidades sino de la educación en general, mediante leyes de asistencia escolar obligatoria y una red de escuelas públicas. Éstas se usaban conscientemente para inculcar a sus jóvenes huestes la obediencia hacia el Estado y otras virtudes civiles. Más aun, esta educación estatizante garantizaba que los que tendrían uno de los intereses creados más grandes en la expansión del estatismo serían los maestros y los educadores profesionales de la nación. Una de las formas en que los nuevos intelectuales estatistas realizaban su trabajo era modificando el significado de antiguos rótulos, y consecuentemente manipulando en las mentes del público las connotaciones emocionales conferidas a tales rótulos. Por ejemplo, a los libertarios partidarios del laissez-faire se los conocía desde hacía mucho tiempo como "liberales", y a los más asépticos y combativos, como "radicales"; también se los había designado como "progresistas", debido a que eran quienes estaban a tono con el progreso industrial, la difusión de la libertad y el aumento de los niveles de vida de los consumidores. La nueva casta de académicos e intelectuales estatistas se aplicó a sí misma las denominaciones de "liberal" y "progresista" y logró con éxito manchar a sus adversarios del laissez-faire tildándolos de anticuados, "hombres de Neandertal" y "reaccionarios". Incluso se acusó a los liberales clásicos de ser "conservadores". Y, como hemos visto, los nuevos estatistas pudieron apropiarse también del concepto de "razón". Si los liberales partidarios del laissez-faire estaban confundidos por ese nuevo recrudecimiento del estatismo y el mercantilismo, ahora como "estatismo progresista corporativo", otra razón para la decadencia del liberalismo clásico hacia fines del siglo XIX fue el crecimiento de un nuevo movimiento peculiar: el socialismo. Éste comenzó en la década de 1830 y se expandió enormemente después de 1880. Su peculiaridad consistía en que se trataba de un movimiento confuso e híbrido, influido por las dos ideologías polarmente opuestas y preexistentes, el liberalismo y el conservadurismo. De los liberales clásicos, los socialistas tomaron una franca aceptación del industrialismo y de la Revolución Industrial, una temprana glorificación de la "ciencia" y la "razón", y una devoción, al menos retórica, por los ideales liberales clásicos tales como la paz, la libertad individual y un nivel de vida ascendente. En realidad, fueron pioneros, mucho antes que los corporativistas, en la apropiación de la ciencia, la razón y el industrialismo. Y no sólo adoptaron la adhesión liberal clásica a la democracia, sino que la sobrepasaron abogando por una "democracia expandida", en la cual "el pueblo" administraría la economía y todo lo demás. Por otro lado, los socialistas tomaron de los conservadores la devoción hacia la coerción y los medios estatistas para tratar de lograr sus objetivos liberales. La armonía industrial y el crecimiento se alcanzarían sobredimensionando el Estado hasta convertirlo en una institución todopoderosa, reguladora de la economía y de la sociedad en nombre de la "ciencia". Una vanguardia de tecnócratas asumiría un gobierno todopoderoso sobre la persona y la propiedad de todos en nombre del "pueblo" y de la "democracia". El Estado socialista, no contento con el logro liberal de la razón y la libertad para la investigación científica, pondría el gobierno de los científicos por sobre todos los demás; no conforme con la medida liberal de dejar a los trabajadores en libertad de alcanzar una prosperidad jamás pensada, instalaría el gobierno de los trabajadores por encima de todos los demás —o, mejor dicho, el gobierno de políticos, burócratas y tecnócratas en su nombre—. No conforme con el credo liberal de igualdad de derechos, de igualdad ante la ley, el Estado socialista pisotearía esa igualdad en nombre de monstruosos y quiméricos objetivos de igualdad o uniformidad de resultados —o más bien, erigiría una nueva elite privilegiada, una nueva clase, con el objetivo de hacer realidad esa igualdad imposible—. El socialismo era un movimiento confuso e híbrido porque intentaba alcanzar los objetivos liberales de libertad, paz, armonía industrial y crecimiento —que sólo pueden ser logrados a través de la libertad y la separación del gobierno de casi todo— imponiendo los antiguos medios conservadores del estatismo, el colectivismo y el privilegio jerárquico. Estaba destinado a fracasar, y de hecho fracasó miserablemente en los numerosos países donde alcanzó el poder durante el siglo XX, llevando a las masas a un despotismo sin precedentes, al hambre y a un empobrecimiento agobiante. Pero lo peor del ascenso del movimiento socialista fue que desplazó de su posición a los liberales clásicos de "la izquierda", es decir, del lugar del partido de la esperanza, del radicalismo, de la revolución en el mundo occidental. Así como durante la Revolución Francesa los defensores del Ancien Régime se sentaban a la derecha de la asamblea, y los liberales y radicales se ubicaban a la izquierda, desde entonces y hasta el nacimiento del socialismo, los liberales clásicos libertarios fueron conocidos como "la izquierda", incluso como la "extrema izquierda", en el espectro ideológico. Hasta fines de 1848, los militantes del liberalismo francés del laissez-faire, como Frédéric Bastiat, se sentaron a la izquierda en la asamblea nacional. Los liberales clásicos habían comenzado como el partido radical, revolucionario en Occidente, como el partido de la esperanza y del cambio en nombre de la libertad, la paz y el progreso. Fue un grave error estratégico dejarse desplazar, permitir que los socialistas se presentaran como el "partido de la izquierda", dejando a los liberales falsamente colocados en una posición centrista poco clara, con el socialismo y el conservadurismo como polos opuestos. Dado que el libertarianismo es precisamente un partido de cambio y de progreso hacia la libertad, al abandonar ese rol abandonaron también gran parte de su razón de ser, en la realidad o en la mente del público. Pero nada de esto podría haber sucedido si los liberales clásicos no hubiesen permitido su propia decadencia interna. Podrían haber destacado —como de hecho lo hicieron algunos de ellos— que el socialismo era un movimiento confuso, contradictorio y cuasi-conservador, que era una monarquía absoluta y un feudalismo con cara moderna, y que ellos seguían siendo los únicos verdaderos radicales intrépidos que no aceptarían otra cosa que la total victoria del ideal libertario.
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