Por cientos de kilómetros la Pampa se extiende con sus bellas llanuras, sus campos desérticos, con sus mares de pastos y páramos que son sendeados por frescos ríos y arroyos. Tanta tierra… y tan vacía.
Más allá, la cordillera llega. Primero algunos cerros se elevan aislados en los solitarios llanos y un cielo azulado anuncia que se esta llegando al costado extremo del continente. Los caminos bajan y suben, entonces uno sabe que se esta acercando a los Andes patagónicos. Un paraíso otrora envidiado por los europeos. Era un tesoro americano, una reserva que los siglos de la historia mantuvo oculto hasta la llegada del imperio español.
Al norte, las tierras siguen expandiéndose en místicos llanos áridos con miles de secretos ocultos y más al noroeste llegan algunos tramos de selva, por no hablar de las majestuosas cataratas del Iguazú.
A lo largo y ancho, árboles de frutos, granjas, cosechas, pesca, todo es posible. America es un tesoro de recursos.
Al sur, hermosos cerros sin igual, zonas desoladas bajo el cielo más austral del planeta.
El imperio español llegó, levantó las primeras colonias. Conquistó y esclavizó a los pueblos indígenas. Luego designó sus dominios como el Virreinato del río de la Plata. Los cursos de la historia nos permitieron la independencia y gracias a grandes guerreros la independencia fue posible. Luego siguió la era del caudillismo, y más tarde los unitarios lograrían revivir la República que quiso nacer allá por 1810 y que en ese momento no pudo consolidarse.
Por desgracia, el legado de la República resulto ser más siniestro y corrompido que los grandes ideales que se profesaban en aquél entonces.
América era una tierra libre, y penosamente, su libertad fue mal utilizada.
Pudiendo haber rescatado más la cultura Taoísta que la francesa, tal vez nuestro destino social hubiera sido muy diferente.
Hace muchos, muchos años, miles de años atrás, el Taoísmo fue un movimiento filosófico que se propagó por la antigua china. La tradición se atribuye al filósofo chino Lao Tsé. Según él y sus analisis, sus enseñanzas parten del concepto de unidad absoluta y al mismo tiempo mutable.
Hacía el siglo III a.C. los espiritistas que promovían este movimiento querían un mundo de sujetos libres y sabios. Estos sujetos debían aprender de sí mismos a través de la meditación y la reflexión. Tal como afirmaba Sócrates, en el alma de uno se encuentra todo lo necesario para aprender acerca del cosmos.
Pues en ese entonces, en la Antigua China, la elevación del alma, se daba a través de la dialéctica. Algo que los griegos ya habían tratado también. La dialéctica consistía básicamente en un diálogo bien intencionado, donde uno trababa de alcanzar respuestas hablando con otros. Sería la típica conversación intelectual. Esta búsqueda no acababa ahí, luego uno, en sí mismo, debía meditar ante sus problemas. Lo que implicaba dos tipos de flujos, primero el flujo de uno a uno, de un ser humano a otro, y luego el flujo de energía interior de uno mismo. Un mecanismo tenía que ver con el macrocosmos, que es el mundo que se extiende más allá del sujeto, y el otro con el microcosmos, que vendría a ser algo así como la realidad psicológica.
La idea de Lao Tsé fue ver un mundo libre donde la sabiduría humana aflorara y surgieran por doquier templos, palacios, monasterios y otros tipos de maravillas arquitectónicas. De allí se derivarían no solo habilidades mentales, sino también físicas. El entrenamiento del cuerpo era parte de la armonía entre mente-materia.
Y así, de a poco, la búsqueda del equilibrio entre los opuestos (calor- frio; luz-oscuridad, etc) llevaría a un mundo mutable, cambiante pero pacifico y disfrutable.
Pues lo peculiar de esta filosofía, no era que concebían un “más allá” o el cielo o el infierno, ni lo eterno, ni lo puro. Al contrario, estos sabios comprendieron que todo en la vida es cambio. La vida se da entre la nada y el todo. Es transición y flujo constante.. Y así, a lo largo y ancho del mundo, las personas libres andarían sin cesar, por todos los palacios, monasterios y templos que hubieran desparramados por los más bellos paisajes.
Lo interesante de esta forma de religión es que tiene puntos cercanos con concepciones anteriores e incluso posteriores. Entre las anteriores podemos ubicar a pre-socráticos como Heráclito de Éfeso, según él, hacía el siglo V a.C, pensaba que lo sabio es «uno y una sola cosa», esto es, la teoría de los opuestos enteramente interrelacionados.
El sabio decía: ”En los mismos ríos entramos y no entramos,(pues) somos y no somos [los mismos].”
Lo interesante de esto es como el Ser siempre es, pero a la vez no, a cada instante el Ser cambia, lo que fuimos un segundo atrás, no lo seremos en dos segundos más adelante. El aire, la comida, que se ingiere en nuestro cuerpo gradualmente se va reemplazando a las anteriores y lo mismo sucede con la mente. Las experiencias nuevas se van reelaborando con las anteriores. Pensamientos y pasiones ceden a otras manifestaciones nuevas en el espíritu.
Ahora todo este flujo del Ser, no es solo con nosotros. Los ríos, como decía el filosofo, por fuera parecen los mismos, pero por dentro, son otros, pues sus aguas todo el tiempo corren, y cuando te metiste una vez, y luego vas para bañarte de nuevo, el agua que va a estar será otra. Así sucede con las cosas invisibles también, como el aire. Cada respiración es un nuevo devenir del Ser.
Pero yendo más allá, incluso el mismo Universo presenta esta misma naturaleza. Un movimiento perpetuo e infinito, siempre creciente, una nada que se amplifica, el espacio se ensancha y de su movimiento la energía generó las primeras frecuencias de nuevas energías que se tradujeron en la relatividad de la materia.
El tiempo es el Ser mismo. Es inconmensurable y uno no lo puede atrapar, siempre se escapa. Por eso es tan valioso. Por eso cada persona y criatura es tan única.
Pero entre las corrientes posteriores (y más modernas) podemos ubicar a los anarquistas de principios del siglo XX en Argentina. Los inmigrantes europeos que pertenecían a este movimiento, en concordancia con la religión Taoísta, comprendieron que la solución no podía residir en los centros de poder, sino en la humanidad misma. Una de sus innovaciones sociales más importantes fue la creación de escuelas por ellos mismos, sin reconocimiento del Estado. Esta acción plenamente libre fue valiosa en la actitud de autonomía propia.
Cada barrio, cada pueblo en el campo, cada ciudad, crearían por iniciativa propia, sus escuelas, sin tener que pedir permiso a nadie. Y con ello, al estilo jesuita, los maestros trotamundos andarían por las tierras pampeanas enseñando sus valores.
Pero volvamos al siglo III a.C. Por desgracia, al margen de los taoístas, otro tipo de gente ya existía. Eran los basileus, o los reyes de la antigüedad. En la génesis del poder, surgieron los “legalistas”. Los legalistas eran como los abogados y políticos de ahora, eran ambiciosos que deseaban codificar en un escrito, o sea una constitución, las conductas que podían y no se podían hacer. Para ello, un rey, es decir, un monarca, debía controlar a la gente y ser el encargado de educarlos. Para ello dispondría de soldados para mantener el orden. Los taoístas sintieron tristezas y pena por esto. Pues la concentración del poder, no era el camino que a largo plazo funcionaría. Lo peor fue cuando comenzó a surgir la burocracia. El conflicto comenzó cuando los taoístas intentaron advertir a las personas que no se dejaran dominar, entonces, empezaron a ser perseguidos, exiliados, ejecutados y desaparecidos.
En ese entonces, o poco después, ocurrió la expansión del imperio Macedonio a manos de Alejandro Magno y fue así como el estadismo y el legalismo se esparcieron en la primera suerte de globalización de la antigüedad.
El taoísmo fue olvidado, los siglos pasaron, y las 3 religiones que prevalecieron fueron el cristianismo, el judaísmo y el Islam. Lo que Borges diría, los 3 grandes mitos ordenares del mundo, que influirían en los acontecimientos polítcos. Lo curioso de estas 3 religiones, es que eran compatibles con el estadismo/legalismo, es decir, con los centros de poder.
¿Y como puede afectar esto a los argentinos? Bueno, en el siguiente tratado, continuaré con estas cuestiones.
Más allá, la cordillera llega. Primero algunos cerros se elevan aislados en los solitarios llanos y un cielo azulado anuncia que se esta llegando al costado extremo del continente. Los caminos bajan y suben, entonces uno sabe que se esta acercando a los Andes patagónicos. Un paraíso otrora envidiado por los europeos. Era un tesoro americano, una reserva que los siglos de la historia mantuvo oculto hasta la llegada del imperio español.
Al norte, las tierras siguen expandiéndose en místicos llanos áridos con miles de secretos ocultos y más al noroeste llegan algunos tramos de selva, por no hablar de las majestuosas cataratas del Iguazú.
A lo largo y ancho, árboles de frutos, granjas, cosechas, pesca, todo es posible. America es un tesoro de recursos.
Al sur, hermosos cerros sin igual, zonas desoladas bajo el cielo más austral del planeta.
El imperio español llegó, levantó las primeras colonias. Conquistó y esclavizó a los pueblos indígenas. Luego designó sus dominios como el Virreinato del río de la Plata. Los cursos de la historia nos permitieron la independencia y gracias a grandes guerreros la independencia fue posible. Luego siguió la era del caudillismo, y más tarde los unitarios lograrían revivir la República que quiso nacer allá por 1810 y que en ese momento no pudo consolidarse.
Por desgracia, el legado de la República resulto ser más siniestro y corrompido que los grandes ideales que se profesaban en aquél entonces.
América era una tierra libre, y penosamente, su libertad fue mal utilizada.
Pudiendo haber rescatado más la cultura Taoísta que la francesa, tal vez nuestro destino social hubiera sido muy diferente.
Hace muchos, muchos años, miles de años atrás, el Taoísmo fue un movimiento filosófico que se propagó por la antigua china. La tradición se atribuye al filósofo chino Lao Tsé. Según él y sus analisis, sus enseñanzas parten del concepto de unidad absoluta y al mismo tiempo mutable.
Hacía el siglo III a.C. los espiritistas que promovían este movimiento querían un mundo de sujetos libres y sabios. Estos sujetos debían aprender de sí mismos a través de la meditación y la reflexión. Tal como afirmaba Sócrates, en el alma de uno se encuentra todo lo necesario para aprender acerca del cosmos.
Pues en ese entonces, en la Antigua China, la elevación del alma, se daba a través de la dialéctica. Algo que los griegos ya habían tratado también. La dialéctica consistía básicamente en un diálogo bien intencionado, donde uno trababa de alcanzar respuestas hablando con otros. Sería la típica conversación intelectual. Esta búsqueda no acababa ahí, luego uno, en sí mismo, debía meditar ante sus problemas. Lo que implicaba dos tipos de flujos, primero el flujo de uno a uno, de un ser humano a otro, y luego el flujo de energía interior de uno mismo. Un mecanismo tenía que ver con el macrocosmos, que es el mundo que se extiende más allá del sujeto, y el otro con el microcosmos, que vendría a ser algo así como la realidad psicológica.
La idea de Lao Tsé fue ver un mundo libre donde la sabiduría humana aflorara y surgieran por doquier templos, palacios, monasterios y otros tipos de maravillas arquitectónicas. De allí se derivarían no solo habilidades mentales, sino también físicas. El entrenamiento del cuerpo era parte de la armonía entre mente-materia.
Y así, de a poco, la búsqueda del equilibrio entre los opuestos (calor- frio; luz-oscuridad, etc) llevaría a un mundo mutable, cambiante pero pacifico y disfrutable.
Pues lo peculiar de esta filosofía, no era que concebían un “más allá” o el cielo o el infierno, ni lo eterno, ni lo puro. Al contrario, estos sabios comprendieron que todo en la vida es cambio. La vida se da entre la nada y el todo. Es transición y flujo constante.. Y así, a lo largo y ancho del mundo, las personas libres andarían sin cesar, por todos los palacios, monasterios y templos que hubieran desparramados por los más bellos paisajes.
Lo interesante de esta forma de religión es que tiene puntos cercanos con concepciones anteriores e incluso posteriores. Entre las anteriores podemos ubicar a pre-socráticos como Heráclito de Éfeso, según él, hacía el siglo V a.C, pensaba que lo sabio es «uno y una sola cosa», esto es, la teoría de los opuestos enteramente interrelacionados.
El sabio decía: ”En los mismos ríos entramos y no entramos,(pues) somos y no somos [los mismos].”
Lo interesante de esto es como el Ser siempre es, pero a la vez no, a cada instante el Ser cambia, lo que fuimos un segundo atrás, no lo seremos en dos segundos más adelante. El aire, la comida, que se ingiere en nuestro cuerpo gradualmente se va reemplazando a las anteriores y lo mismo sucede con la mente. Las experiencias nuevas se van reelaborando con las anteriores. Pensamientos y pasiones ceden a otras manifestaciones nuevas en el espíritu.
Ahora todo este flujo del Ser, no es solo con nosotros. Los ríos, como decía el filosofo, por fuera parecen los mismos, pero por dentro, son otros, pues sus aguas todo el tiempo corren, y cuando te metiste una vez, y luego vas para bañarte de nuevo, el agua que va a estar será otra. Así sucede con las cosas invisibles también, como el aire. Cada respiración es un nuevo devenir del Ser.
Pero yendo más allá, incluso el mismo Universo presenta esta misma naturaleza. Un movimiento perpetuo e infinito, siempre creciente, una nada que se amplifica, el espacio se ensancha y de su movimiento la energía generó las primeras frecuencias de nuevas energías que se tradujeron en la relatividad de la materia.
El tiempo es el Ser mismo. Es inconmensurable y uno no lo puede atrapar, siempre se escapa. Por eso es tan valioso. Por eso cada persona y criatura es tan única.
Pero entre las corrientes posteriores (y más modernas) podemos ubicar a los anarquistas de principios del siglo XX en Argentina. Los inmigrantes europeos que pertenecían a este movimiento, en concordancia con la religión Taoísta, comprendieron que la solución no podía residir en los centros de poder, sino en la humanidad misma. Una de sus innovaciones sociales más importantes fue la creación de escuelas por ellos mismos, sin reconocimiento del Estado. Esta acción plenamente libre fue valiosa en la actitud de autonomía propia.
Cada barrio, cada pueblo en el campo, cada ciudad, crearían por iniciativa propia, sus escuelas, sin tener que pedir permiso a nadie. Y con ello, al estilo jesuita, los maestros trotamundos andarían por las tierras pampeanas enseñando sus valores.
Pero volvamos al siglo III a.C. Por desgracia, al margen de los taoístas, otro tipo de gente ya existía. Eran los basileus, o los reyes de la antigüedad. En la génesis del poder, surgieron los “legalistas”. Los legalistas eran como los abogados y políticos de ahora, eran ambiciosos que deseaban codificar en un escrito, o sea una constitución, las conductas que podían y no se podían hacer. Para ello, un rey, es decir, un monarca, debía controlar a la gente y ser el encargado de educarlos. Para ello dispondría de soldados para mantener el orden. Los taoístas sintieron tristezas y pena por esto. Pues la concentración del poder, no era el camino que a largo plazo funcionaría. Lo peor fue cuando comenzó a surgir la burocracia. El conflicto comenzó cuando los taoístas intentaron advertir a las personas que no se dejaran dominar, entonces, empezaron a ser perseguidos, exiliados, ejecutados y desaparecidos.
En ese entonces, o poco después, ocurrió la expansión del imperio Macedonio a manos de Alejandro Magno y fue así como el estadismo y el legalismo se esparcieron en la primera suerte de globalización de la antigüedad.
El taoísmo fue olvidado, los siglos pasaron, y las 3 religiones que prevalecieron fueron el cristianismo, el judaísmo y el Islam. Lo que Borges diría, los 3 grandes mitos ordenares del mundo, que influirían en los acontecimientos polítcos. Lo curioso de estas 3 religiones, es que eran compatibles con el estadismo/legalismo, es decir, con los centros de poder.
¿Y como puede afectar esto a los argentinos? Bueno, en el siguiente tratado, continuaré con estas cuestiones.