Mucho se ha hablado sobre la personalidad del más tirano de los dictadores del siglo XX, pero pocos como yo conocen su verdadera personalidad. Este es el relato de mis tres días con Adolf Hitler.
DÍA PRIMERO
El día anterior había estado comiendo unas bayas verdes en un arbusto de Berlín. Debían ser alucinógenas, porque el primer recuerdo que tengo al despertarme es de Goebbels intentando ahuyentarme con sus huesudos brazos.
Al parecer, había volado hasta él y me había posado en su brazo pensando que era un raquítico árbol que había perdido todas sus hojas. Resultó que no era una árbol, sino el propio ministro de propaganda nazi.
Goebbels me echó de su hombro y fui a parar al de un simpático señor con simpático bigote, que resultó ser el mismísimo Hitler. Este me acogió feliz a su lado, diciendo que los pájaros eran el símbolo del nacionalsocialismo. Goebbels le corrigió diciendo que en realidad eran las águilas, pero Hitler contestó que no pensaba ir por ahí con un águila en el hombro. Me dijo: “Voy a llamarte Águila.” Yo no le contesté porque, como buen pájaro, no hablo humano.
Cuando Eva me vió esa noche se puso muy celosa de mi presencia. Hitler le explicó que nuestra relación era platónica, pero la señorita Braun le decía que hacia meses que no la tocaba y que ya entendía por qué. Hitler trató de explicarle también a ella que yo era un símbolo nazi, y Eva le dijo que a ver si le gustaría a él ver como se lo monta con un papagayo. Adolf, consternado, acabó durmiendo en el sofá.
DÍA SEGUNDO
Esa mañana, Adolf y yo nos duchamos juntos. Yo ya había decidido no abandonar su hombro bajo ninguna circunstancia, porque cuando se arreglaba su fabuloso peinado la caspa que salía despedida era un buen alimento para mi. Esto, que también era positivo para su imagen, hizo que me nombrase aliado del regimen.
Durante el desayuno, Göering le dijo que a ver que hacía con un pájaro en el hombro. Hitler le contestó que lo que tenía era celos. Era muy curiosa la relación de los dos. Göering amaba tanto la figura de Hitler que cuentan que una vez, mientras este dormía, trató de cubrirle de cera para hacerse una Vela Hitler de tamaño natural. Tras este incidente, Hitler pasó una semana sin salir de la Guarida del Lobo porque al quitarse la cera se había arrancado el bigote.
Tras la hora de comer, Adolf me llevó a que conociese a su sastre. Quería que me confeccionase un uniforme especial de las SS tamaño águila, pero el propio sastre le convenció de que no era más que una cría de cuervo. Desengañado, apunto estuvimos de separarnos. Solo la intervención de Goebbels, que no quería volver a enfadar a su Fuhrer, nos mantuvo unidos. En vez del traje, me cosieron una cruz de hierro a la panza. Aún conservo las cicatrices de la intervención. Cuando mis nietos me preguntan de que son, yo me invento la historia de que tuve una pelea a muerte con un león y gané. Ser un pájaro no implica no ser presumido.
Esa noche la volvimos a pasar en el sofá. A la dulce Eva se le había pasado el enfado, pero Hitler no la veía ya con los mismos ojos. Prefería pasar la noche conmigo, su amigo con alas. Creo que empezaba a enamorarse de mi.
DÍA TERCERO – LA DESPEDIDA
El tercer día desayunamos con fuerza y con Martin Bormann. Hitler y Bormann tomaron un enorme pastel que llevaba tres meses en la cocina del Fuhrer y yo me comí todos los gusanos que había en el pastel. Fue una lástima que el sabor del chocolate enmascarase el sutil aroma de gusano.
Al mediodía había programado un discurso. Hitler me pidió que me posase sobre el brazo izquierdo, que ya carecía de movilidad, para que pudiese mover el derecho a su antojo. Desde el atril, ante miles de fieles seguidores del regimen, Hitler lanzó su mensaje a la patria.
Tras su turno llegó el mío. Hitler se agachó de manera que yo llegase al micrófono y empecé a piar. A cada pausa que hacía, miles de manos se levantaban al aire mientras gritaban: “Heil, pajarito”. Me sentía el rey del mundo.
Tras el discurso, fuimos a una cafetería donde Hitler tomó un té y yo me comí toda la caspa que tenía acumulada en el brazo izquierdo. Allí, Göering y Goebbels se pelearon por quién jugaba primero a la máquina de petacos. Hitler me dejó a mi decidir salomónicamente quién empezaba. Yo señalé con la cabeza un cuadro de Himmler que había en la pared. Hitler lo hizo llamar y tuvo que venir desde Munich a jugar a los petacos, que ni siquiera le gustaban. Definitivamente, me estaba convirtiendo en un ser todopoderoso..
Esa tarde llegó la tragedia. Hitler, Goebbels, Göering, Himmler y yo fuimos a una barbería donde pidó al responsable que me afeitase un bigote como el suyo. El peluquero le dijo que no podía hacer eso, dado que los pájaros no tienen bigote, y Goebbels le acusó de judío, gitano, negro, homosexual y traidor a la patria. Göering añadió homosexual y Himmler le dio una colleja por no enterarse de nada.
Hitler me preguntó a mi si quería hacerme un bigote como el suyo y yo negué con la cabeza. De todos es sabido lo poco que le gustaba a ese hombre que le levasen la contraria. Hitler, enloquecido, ordenó fusilarme. Me llevaron a un paredón y el propio Hitler hizo la cuenta atrás para que me disparasen. Como me había cogido cariño, empezó desde el número 100. Cuando llegó al 20 yo había volado de allí hacía minutos, para nunca, nunca más volver.
Dicen que, en unas memorias no publicadas que Hitler escribió en sus últimos días en el bunker, me culpaba a mi de todas las atrocidades que había cometido. El último párrafo rezaba: “Y si masacré a toda una raza, si conquisté paises y destrocé millones de vidas, fue solo porque me lo dijo un pajarito”. Desmiento esas declaraciones con todas mis fuerzas. Yo no pude decirle nada de eso porque, como ya les he dicho, no se hablar humano.
Texto extraído del documental experimental”Heil Pajarito”
realizado en la URSS en el año 1953.
Traducción al humano por Oleg Makarov
experto en Comunicación con Pajaritos por la Universidad de San Petersburgo
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