Hola taringueros, taringueras y taringueros disfrazados de taringueras, aca les dejo algo de informacion del Clan Puccio.
A rquimedes Puccio: El líder del clan, murió en La Pampa de un accidente cerebro vascular. A pesar de haber sido condenado a reclusión perpetua más accesoria por tiempo indeterminado fue beneficiado por el 2x1 y recuperó su libertad. Tenía 84 años y vivía en la casa de un pastor evangelista.
Alejandro Puccio: Mano derecha de su padre, murió en 2008 luego de varios intentos de suicidio. Había sido liberado en 1997, también beneficiado por el 2x1 y luego volvió a la cárcel porque el proceso no había sido el correcto.
Daniel “Maguila” Puccio: En libertad por haber prescripto la causa, nunca cumplió la condena. Se escapó (se cree que a Brasil o Nueva Zelanda) y volvió en 2013 a Tribunales a buscar el documento que dejaba claro que estaba libre de culpa y cargo a pesar de haber eludido la justicia por tantos años. Se sospecha que vive en el sur de Brasil y que se dedica al rugby.
Epifania Calvo: Mujer de Arquímides y madre de sus cinco hijos, se cree que vive en Buenos Aires en total hermetismo y tiene cerca de 90 años.
Guillermo Puccio: Vive en el exterior y se encontraba allí en el momento en el que ocurrió todo. No se sabe si escapó al saber lo que sucedía.
Las hijas: Silvia Puccio murió de cáncer en 2011. Adriana Puccio era la menor, tenía 13 años cuando supo lo que pasaba en la casa, según el periodista Rodolfo Palacios, autor del libro de Planeta que ilustra la vida del clan. Decidió, por obvias razones, decidió cambiar su apellido.
Las víctimas
El 22 de julio de 1982 Ricardo Manoukian, de 23 años, desapareció sin dejar rastros. Poco después su familia recibió un pedido de rescate de US$ 250.000, que pagaron con la esperanza de recuperar al joven con vida. Sin embargo, y a pesar del pago, Manoukian fue asesinado el 30 de julio de ese mismo año de tres disparos en la cabeza.
El 5 de mayo de 1983 Eduardo Aulet, ingeniero y también jugador del CASI, fue secuestrado cuando iba en auto al trabajo. Su familia pagó el rescate, esta vez de US$ 150.000. Aulet fue asesinado y su cuerpo fue hallado cuatro años después.
En junio de 1984, el empresario Emilio Naum detuvo su vehículo al ver que Arquímedes le hacía señas, sin sospechar que intentaban secuestrarlo. Pero Naum ni siquiera llegó a ser capturado, porque al darse cuenta de lo que sucedía, intentó resistirse y fue asesinado de un balazo.
Los Puccio también secuestraron a la empresaria Nélida Bollini de Prado. El 23 de agosto de 1985 la policía irrumpió en la vivienda del Clan.. Bollini de Prado llevaba más de un mes en cautiverio en el sótano . Alejandro y su novia estaban en la casa cuando llegó la policía. El resto del clan fue detenido cuando intentaba cobrar el rescate.
Ni Arquímedes ni Alejandro reconocieron jamás ser los autores de los secuestros y asesinatos. Para los investigadores también formaron parte de esta organización criminalDaniel Puccio, otro de los hijos de Arquímedes, el militar retirado Rodolfo Franco y sus amigos Guillermo Fernández Laborde y Roberto Oscar Díaz.
Alguna info random!
EL SOTANO. “La casa está llena de explosivos. Apenas entren, vuelan todos por el aire”. La amenaza de Arquímedes Puccio (56) sonó como un latigazo esa tarde casi primaveral del viernes 23 de agosto de 1985. Sabía que estaba perdido y jugaba su última carta. Pero ya era tarde.
Cuarenta hombres y doce patrulleros de la División Defraudaciones y Estafas de la Policía Federal habían dado la estocada final. Lo habían atrapado en la estación de servicio desde donde hacía el último llamado para pedir el rescate por Nélida Bollini viuda de Prado (58), dueña de varios locales en la avenida Independencia y de la agencia de autos Tito y Oscar, a quien había secuestrado 32 días antes.
Puccio no estaba solo. Lo acompañaban uno de sus cómplices y uno de sus hijos, Daniel“Maguila” Puccio (23). En el bolsillo del rugbier, que sólo unos meses antes había regresado de Australia, la policía encontró unos papeles arrugados con los números de teléfono de los hijos de la empresaria. Maguila iba a hacer el último comunicado para cerrar la negociación.
Doscientos cincuenta mil dólares por la vida de esta mujer que estaba encadenada a un camastro, en un sótano asfixiante, debajo de la casa de los Puccio. El joven quiso resistirse; hasta intentó manotear el arma del oficial, pero luego bajó la cabeza y, sin mirar a su padre, dijo: “La tenemos en el sótano de mi casa”.
La puerta de la cocina de la casa de Martín y Omar 544, pleno centro de San Isidro, se abrió violentamente. Un grito áspero y ronco quebró el silencio de la noche. “¡Contra la pared, contra la pared!”, aulló el hombre de campera de cuero. En sus manos tenía una ametralladora corta.
Alejandro Rafael Puccio (26, rugbier del CASI y ex Puma) sintió una pistola en su cabeza. Aterrorizado, sólo atinó a estirar la mano para tomar la de su novia, Mónica Sörvick (21 años, maestra jardinera en el colegio Todos los Santos). Los dos estaban temblando. “¡Nos asaltan! Dios mío, ¿qué es esto?”.
La pareja había llegado a la casa una hora antes, luego de comer unas hamburguesas en Pepino’s, un conocido lugar de Acassuso, y alquilar dos películas para ver esa noche tranquilos. Pero, en sólo segundos, el patio de la casa estilo colonial se llenó de pisadas, gritos, policías de civil y uniformados.
El oficial atinó a mostrar una orden de allanamiento de la jueza María Romilda Servini de Cubría, y antes de que Alejandro pudiera preguntar por qué, le tiró los brazos hacia atrás y cerró las esposas sobre sus muñecas. “¡Soy inocente, soy inocente! ¡No sé nada!”, gritó el rugbier.
Eran exactamente las diez y doce minutos cuando Alejandro –con ojos brillosos y moviendo la cabeza, como negando la realidad– vio cómo dos oficiales sacaban del sótano a una mujer temblorosa, que apenas podía caminar.
De pollera y botas marrones, camisa blanca, el pelo revuelto, lloraba y repetía: “¿Por qué me liberaron? ¿Por qué? ¿Quién les avisó? ¿No ven que ahora van a matar a toda mi familia?”.
Las amenazas recibidas durante el cautiverio habían dado resultado. La mujer, exhausta, se sentó en uno de los silloncitos de mimbre pintados de blanco que estaban en el patio. La jueza Servini de Cubría pidió un médico.
La mujer rogó: “Por favor, no lo llame... Estoy sucia, me da vergüenza”. Alejandro miró la escena entre lágrimas. Un oficial le dijo: “Calmate, nene. Ahora no digas nada. Pensá que hoy se termina una pesadilla”.
La pesadilla se había terminado, sí, pero para esa mujer que fue martirizada durante su cautiverio en el sótano, con paredes recubiertas de diarios, encadenada a un camastro, sobre un colchón húmedo, en un cuartucho de dos por dos, que olía a orín y a alfalfa húmeda (la banda había puesto un fardo húmedo con un ventilador, para hacerle creer a la víctima que estaba en el campo).
“Fue una casualidad que se me ocurriera mover el placard, porque en el sótano no la habíamos encontrado”, relató uno de los oficiales encargados del allanamiento. Detrás de ese mueble, donde Arquímedes guardaba herramientas, se ocultaba la puerta al horror.
Si te intereso el tema ... ya sabes que hacer
A rquimedes Puccio: El líder del clan, murió en La Pampa de un accidente cerebro vascular. A pesar de haber sido condenado a reclusión perpetua más accesoria por tiempo indeterminado fue beneficiado por el 2x1 y recuperó su libertad. Tenía 84 años y vivía en la casa de un pastor evangelista.
Alejandro Puccio: Mano derecha de su padre, murió en 2008 luego de varios intentos de suicidio. Había sido liberado en 1997, también beneficiado por el 2x1 y luego volvió a la cárcel porque el proceso no había sido el correcto.
Daniel “Maguila” Puccio: En libertad por haber prescripto la causa, nunca cumplió la condena. Se escapó (se cree que a Brasil o Nueva Zelanda) y volvió en 2013 a Tribunales a buscar el documento que dejaba claro que estaba libre de culpa y cargo a pesar de haber eludido la justicia por tantos años. Se sospecha que vive en el sur de Brasil y que se dedica al rugby.
Epifania Calvo: Mujer de Arquímides y madre de sus cinco hijos, se cree que vive en Buenos Aires en total hermetismo y tiene cerca de 90 años.
Guillermo Puccio: Vive en el exterior y se encontraba allí en el momento en el que ocurrió todo. No se sabe si escapó al saber lo que sucedía.
Las hijas: Silvia Puccio murió de cáncer en 2011. Adriana Puccio era la menor, tenía 13 años cuando supo lo que pasaba en la casa, según el periodista Rodolfo Palacios, autor del libro de Planeta que ilustra la vida del clan. Decidió, por obvias razones, decidió cambiar su apellido.
Las víctimas
El 22 de julio de 1982 Ricardo Manoukian, de 23 años, desapareció sin dejar rastros. Poco después su familia recibió un pedido de rescate de US$ 250.000, que pagaron con la esperanza de recuperar al joven con vida. Sin embargo, y a pesar del pago, Manoukian fue asesinado el 30 de julio de ese mismo año de tres disparos en la cabeza.
El 5 de mayo de 1983 Eduardo Aulet, ingeniero y también jugador del CASI, fue secuestrado cuando iba en auto al trabajo. Su familia pagó el rescate, esta vez de US$ 150.000. Aulet fue asesinado y su cuerpo fue hallado cuatro años después.
En junio de 1984, el empresario Emilio Naum detuvo su vehículo al ver que Arquímedes le hacía señas, sin sospechar que intentaban secuestrarlo. Pero Naum ni siquiera llegó a ser capturado, porque al darse cuenta de lo que sucedía, intentó resistirse y fue asesinado de un balazo.
Los Puccio también secuestraron a la empresaria Nélida Bollini de Prado. El 23 de agosto de 1985 la policía irrumpió en la vivienda del Clan.. Bollini de Prado llevaba más de un mes en cautiverio en el sótano . Alejandro y su novia estaban en la casa cuando llegó la policía. El resto del clan fue detenido cuando intentaba cobrar el rescate.
Ni Arquímedes ni Alejandro reconocieron jamás ser los autores de los secuestros y asesinatos. Para los investigadores también formaron parte de esta organización criminalDaniel Puccio, otro de los hijos de Arquímedes, el militar retirado Rodolfo Franco y sus amigos Guillermo Fernández Laborde y Roberto Oscar Díaz.
Alguna info random!
EL SOTANO. “La casa está llena de explosivos. Apenas entren, vuelan todos por el aire”. La amenaza de Arquímedes Puccio (56) sonó como un latigazo esa tarde casi primaveral del viernes 23 de agosto de 1985. Sabía que estaba perdido y jugaba su última carta. Pero ya era tarde.
Cuarenta hombres y doce patrulleros de la División Defraudaciones y Estafas de la Policía Federal habían dado la estocada final. Lo habían atrapado en la estación de servicio desde donde hacía el último llamado para pedir el rescate por Nélida Bollini viuda de Prado (58), dueña de varios locales en la avenida Independencia y de la agencia de autos Tito y Oscar, a quien había secuestrado 32 días antes.
Puccio no estaba solo. Lo acompañaban uno de sus cómplices y uno de sus hijos, Daniel“Maguila” Puccio (23). En el bolsillo del rugbier, que sólo unos meses antes había regresado de Australia, la policía encontró unos papeles arrugados con los números de teléfono de los hijos de la empresaria. Maguila iba a hacer el último comunicado para cerrar la negociación.
Doscientos cincuenta mil dólares por la vida de esta mujer que estaba encadenada a un camastro, en un sótano asfixiante, debajo de la casa de los Puccio. El joven quiso resistirse; hasta intentó manotear el arma del oficial, pero luego bajó la cabeza y, sin mirar a su padre, dijo: “La tenemos en el sótano de mi casa”.
La puerta de la cocina de la casa de Martín y Omar 544, pleno centro de San Isidro, se abrió violentamente. Un grito áspero y ronco quebró el silencio de la noche. “¡Contra la pared, contra la pared!”, aulló el hombre de campera de cuero. En sus manos tenía una ametralladora corta.
Alejandro Rafael Puccio (26, rugbier del CASI y ex Puma) sintió una pistola en su cabeza. Aterrorizado, sólo atinó a estirar la mano para tomar la de su novia, Mónica Sörvick (21 años, maestra jardinera en el colegio Todos los Santos). Los dos estaban temblando. “¡Nos asaltan! Dios mío, ¿qué es esto?”.
La pareja había llegado a la casa una hora antes, luego de comer unas hamburguesas en Pepino’s, un conocido lugar de Acassuso, y alquilar dos películas para ver esa noche tranquilos. Pero, en sólo segundos, el patio de la casa estilo colonial se llenó de pisadas, gritos, policías de civil y uniformados.
El oficial atinó a mostrar una orden de allanamiento de la jueza María Romilda Servini de Cubría, y antes de que Alejandro pudiera preguntar por qué, le tiró los brazos hacia atrás y cerró las esposas sobre sus muñecas. “¡Soy inocente, soy inocente! ¡No sé nada!”, gritó el rugbier.
Eran exactamente las diez y doce minutos cuando Alejandro –con ojos brillosos y moviendo la cabeza, como negando la realidad– vio cómo dos oficiales sacaban del sótano a una mujer temblorosa, que apenas podía caminar.
De pollera y botas marrones, camisa blanca, el pelo revuelto, lloraba y repetía: “¿Por qué me liberaron? ¿Por qué? ¿Quién les avisó? ¿No ven que ahora van a matar a toda mi familia?”.
Las amenazas recibidas durante el cautiverio habían dado resultado. La mujer, exhausta, se sentó en uno de los silloncitos de mimbre pintados de blanco que estaban en el patio. La jueza Servini de Cubría pidió un médico.
La mujer rogó: “Por favor, no lo llame... Estoy sucia, me da vergüenza”. Alejandro miró la escena entre lágrimas. Un oficial le dijo: “Calmate, nene. Ahora no digas nada. Pensá que hoy se termina una pesadilla”.
La pesadilla se había terminado, sí, pero para esa mujer que fue martirizada durante su cautiverio en el sótano, con paredes recubiertas de diarios, encadenada a un camastro, sobre un colchón húmedo, en un cuartucho de dos por dos, que olía a orín y a alfalfa húmeda (la banda había puesto un fardo húmedo con un ventilador, para hacerle creer a la víctima que estaba en el campo).
“Fue una casualidad que se me ocurriera mover el placard, porque en el sótano no la habíamos encontrado”, relató uno de los oficiales encargados del allanamiento. Detrás de ese mueble, donde Arquímedes guardaba herramientas, se ocultaba la puerta al horror.
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