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El viaje de Nietzsche a la locura, un nuevo libro

Info•8/12/2008

El viaje de Nietzsche a la locura documentado en las cartas de su madre
Acaba de editarse en España por primera vez la correspondencia entre la madre del gran filósofo alemán y un matrimonio amigo. En ella Franziska describe detalles casi desconocidos sobre la enfermedad que sumía al autor de Así habló Zarathustra.
Por: Por Xavi Ayén para La Vanguardia y Clarín

MADRE E HIJO. "Le pregunto por Epicuro, Aristóteles, ´cuéntame quién fue´ (...) Y me cuenta cosas durante una hora (...), de tal manera que siempre lamento el que no lo escuche ninguna persona culta y erudita que pudiera replicarle de manera análoga", les revelaba Franziska a un matrimonio amigo.
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Friedrich Nietzsche (1844-1900), una de las mentes más luminosas de la historia del pensamiento, descendió de la locura. Una en directo- de ese viaje a las sombras de la razón es la que ofrece Mi melancólica alegría –editado en España por Siete Mares- volumen recién publicado que recoge la amplia correspondencia (1889-1897) en la que la madre del filósofo, Franziska, explicó al matrimonio amigo Overbeck la vida cotidiana y los cuidados que requería su hijo, impedido durante sus once años finales. La mayoría de las 60 cartas son inéditas en castellano y nunca publicadas como libro, según sus editores.

El valor documental de lo narrado es indudable, y a ello se suma el testimonio del amor materno de alguien que consagró los últimos años de su vida al cuidado de su hijo. Stefan Zweig dijo de estos textos que son "uno de los documentos más conmovedores de la historia del espíritu".

El lector - privilegiado voyeur-acompañará a Franziska en momentos tiernos como cuando su hijo toca el piano y canta, cuando ella le baña, cuando le da de comer, cuando le lee sus libros en voz alta,pero también asistirá a su progresivo deterioro o a sus escándalos públicos.

Los destinatarios de las misivas fueron el profesor Franz Overbeck y su esposa Ida. Él fue la persona, como cuenta Mariano Serrano en la introducción, que se llevó a Nietzsche a un psiquiátrico de Basilea, de donde lo recogió Franziska para trasladarlo a un centro de Jena. Ahí empezó a escribir a los Overbeck. Y, finalmente, en 1890, se llevó a su hijo a la casa familiar de Naumburgo, sin consultar siquiera a los médicos. El filósofo vivirá allí hasta la muerte de su madre en 1897. Luego, se hará cargo de él su hermana Elisabeth, la mala de la película, responsable de aparear el pensamiento de Fritz con los nazis (Hitler asistiría a su funeral, en 1935). Serrano afirma que, en Weimar, Elisabeth exhibía a su hermano loco "como una pieza de museo" cuando ya no podía reconocer a nadie. El libro muestra los turbios manejos de Elisabeth con el legado de su hermano.

La gesta materna tiene algo de heroico, no sólo por los equilibrios económicos que realizó. Mujer de limitada cultura, firmemente religiosa, jamás había leído nada de su hijo pero, al perder este la cabeza, ella, a sus 70 años, decidió - acaso santiguándose antes- leerse su obra completa.

"No le dejo tocar a Wagner"
En una visita al sanatorio, le cuentan a Franziska la vida cotidiana de su hijo: "El profesor Nietzsche lee y acostumbra a tumbarse en el sofá del salón. (...) El jefe de los enfermeros-vigilantes hace algo muy íntimo con él, lo coge por la barbilla, lo acaricia, le atusa el bigote cuando se arregla para salir y le da palmadas en la espalda" (10/ II/ 1890) Un día, ya en Naumburgo, Nietzsche se escapa y está desaparecido durante dos horas. Al final, un policía lo trae de vuelta a casa: "Había querido bañarse en una charca que había al lado del baño de caballeros, y en efecto se había paseado desnudo durante un buen rato" (28/ V/ 1890) ]"Ya se ha levantado de su siestecita mi viejo y querido Fritz, y ahora oigo que está tocando Los maestros cantores.

Esto significa dejar de escribir e ir al mirador y leer, porque en ningún caso le dejo tocar las composiciones de Wagner (...) En las horas del crepúsculo, cuando la oscuridad suele ser tanta que ni siquiera nos vemos, realizo una especie de ejercicio de memoria. Por ejemplo, le pregunto por Epicuro, Aristóteles, 'cuéntame quién fue' (...) Y me cuenta cosas durante una hora (...), de tal manera que siempre lamento el que no lo escuche ninguna persona culta y erudita que pudiera replicarle de manera análoga" (5/ X/ 1890) Afrontar la lectura del Zaratustra le da miedo: "Me afecta mucho, en la medida en que los cimientos de nuestras creencias se tambalean, y al final, incluso, podría resentirse el amor que siento hacia un caballero tan querido y un hijo tan amado" (15/ IV/ 1891) ]"Hay días en los que está completamente callado, sólo hojea los libros, de cada página coge dos o tres palabras y entonces se contempla las manos largo tiempo con la sensación de que no fueran en absoluto las suyas, y (...) se las mete después en los bolsillos de los pantalones. (...) En estos casos, le pongo las manos en la mesa; si se resiste, obstinado, se las acaricio e intento hacerle entender cuál es su mano derecha y cuál su izquierda" (30/ XII/ 1891) ]"Alabado sea Dios sólo por haberme permitido hasta ahora prodigar los cuidados a mi hijo (...) Él sigue siendo mi melancólica alegría" (2/ VII/ 1896)

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