
Esta es una carta de un delincuente juvenil alemán; la carta está dirigida a sus padres, a todos los padres.
«Porque vosotros habéis sido débiles en el bien, nos han llamado fuertes en el mal, y con eso habéis condenado a toda una generación contra la que, sin embargo, habéis pecado.
»Nosotros os hemos concedido dos décadas para que nos hicierais fuertes, fuertes en el amor, fuertes en la voluntad; vosotros, en cambio, nos habéis hecho fuertes en el mal, porque sois débiles en el bien.
»No nos habéis indicado ningún camino con sentido, porque vosotros mismos no lo conocíais, y no lo habéis buscado porque sois débiles.
»Con vuestro "no" vacilante, nos habéis dicho "sí", con el único fin de calmar vuestros frágiles nervios. Y a esto le dabais el nombre de "amor".
»Como sois débiles, nos habéis comprado vuestro sosiego. Cuando éramos pequeños, nos dabais dinero para ir al cine o comprarnos un helado. Con eso, estabais haciendo un servicio, pero no a nosotros, sino a vuestra comodidad, porque sois débiles. Débiles en el amor, débiles en la paciencia, débiles en la esperanza y en la fe.
»Nosotros somos fuertes en el mal, pero nuestras almas apenas tienen la mitad de años que las vuestras. Hacemos ruido, pero es solo por no llorar por todas aquellas cosas que no nos habéis enseñado. Sabemos leer y hacer cuentas, pero no nos habéis enseñado a hacer frente a la vida, a ser hombres.
»Estaríamos dispuestos incluso a creer en Dios, en un Dios infinitamente bueno y fuerte, que todo lo comprendiera y que esperara nuestro buen comportamiento, pero vosotros no nos habéis mostrado ni un hombre que fuese bueno por creer en Dios. Ganabais dinero con vuestras devociones, murmurabais oraciones rutinariamente... ¿Será que nosotros no somos las caricaturas de esa existencia que vosotros llevabais, toda hecha de mentiras?
Nosotros somos alborotadores públicos y armamos mucho jaleo; vosotros, en cambio, lucháis a escondidas, os estranguláis unos a otros en vuestras transacciones comerciales y armáis intrigas para conquistar posiciones más ventajosas. En vez de amenazarnos con porras de goma, ponednos frente a frente con hombres de verdad, que crean en Dios y nos muestren el camino verdadero; no con palabras, sino con su vida. Pero, ¡ay!, vosotros sois débiles en el bien: los que son fuertes en el bien se van a la selva virgen y curan a los negros de África -porque ellos os desprecian como nosotros os despreciamos-.
Porque vosotros sois débiles en el bien y nosotros somos fuertes en el mal.
¡Mamá, reza! Porque estos hombres débiles vienen armados con pistolas».
»Nosotros os hemos concedido dos décadas para que nos hicierais fuertes, fuertes en el amor, fuertes en la voluntad; vosotros, en cambio, nos habéis hecho fuertes en el mal, porque sois débiles en el bien.
»No nos habéis indicado ningún camino con sentido, porque vosotros mismos no lo conocíais, y no lo habéis buscado porque sois débiles.
»Con vuestro "no" vacilante, nos habéis dicho "sí", con el único fin de calmar vuestros frágiles nervios. Y a esto le dabais el nombre de "amor".
»Como sois débiles, nos habéis comprado vuestro sosiego. Cuando éramos pequeños, nos dabais dinero para ir al cine o comprarnos un helado. Con eso, estabais haciendo un servicio, pero no a nosotros, sino a vuestra comodidad, porque sois débiles. Débiles en el amor, débiles en la paciencia, débiles en la esperanza y en la fe.
»Nosotros somos fuertes en el mal, pero nuestras almas apenas tienen la mitad de años que las vuestras. Hacemos ruido, pero es solo por no llorar por todas aquellas cosas que no nos habéis enseñado. Sabemos leer y hacer cuentas, pero no nos habéis enseñado a hacer frente a la vida, a ser hombres.
»Estaríamos dispuestos incluso a creer en Dios, en un Dios infinitamente bueno y fuerte, que todo lo comprendiera y que esperara nuestro buen comportamiento, pero vosotros no nos habéis mostrado ni un hombre que fuese bueno por creer en Dios. Ganabais dinero con vuestras devociones, murmurabais oraciones rutinariamente... ¿Será que nosotros no somos las caricaturas de esa existencia que vosotros llevabais, toda hecha de mentiras?
Nosotros somos alborotadores públicos y armamos mucho jaleo; vosotros, en cambio, lucháis a escondidas, os estranguláis unos a otros en vuestras transacciones comerciales y armáis intrigas para conquistar posiciones más ventajosas. En vez de amenazarnos con porras de goma, ponednos frente a frente con hombres de verdad, que crean en Dios y nos muestren el camino verdadero; no con palabras, sino con su vida. Pero, ¡ay!, vosotros sois débiles en el bien: los que son fuertes en el bien se van a la selva virgen y curan a los negros de África -porque ellos os desprecian como nosotros os despreciamos-.
Porque vosotros sois débiles en el bien y nosotros somos fuertes en el mal.
¡Mamá, reza! Porque estos hombres débiles vienen armados con pistolas».
La rebelión de los jóvenes no es más que el grito doloroso de un ideal reprimido. Y las expresiones chocantes y dramáticas que acabamos de leer indican claramente una verdad que sobrepasa la mera situación concreta: un hombre -joven o no- necesita un camino, un ideal a la altura de su dignidad. Los hombres sin ideal, los hombres débiles, forman personalidades desorientadas, débiles; débiles en el amor, débiles en la esperanza, débiles en la fe; por eso hay tantos jóvenes que suspiran por ser fuertes en el amor, en el carácter, en la fe, cuando en realidad solo se han vuelto fuertes en el mal y en la tristeza. Una generación entera de Jóvenes -no solo ese chico alemán- parece clamar: «Ponednos frente a frente con hombres de verdad, que crean en Dios y nos muestren el camino verdadero; no con palabras, sino con la vida».
Cuántos miles de vidas terminan desesperadas o revueltas como un delincuente encerrado en la cárcel, o enganchado a las drogas o la bebida, sintiendo así el dramatismo de una vida sin sentido, precisamente porque no han encontrado lo indispensable, lo absoluto, el verdadero sentido de la vida.
Cuántos miles de vidas terminan desesperadas o revueltas como un delincuente encerrado en la cárcel, o enganchado a las drogas o la bebida, sintiendo así el dramatismo de una vida sin sentido, precisamente porque no han encontrado lo indispensable, lo absoluto, el verdadero sentido de la vida.