1. La palabra duelo tiene dos acepciones que etimológicamente derivan de dos palabras latinas distintas. La primera, que connota una cualidad afectiva, deriva de dolus (dolor); la segunda de duellum que es la antigua forma de bellum (guerra). Es interesante que duellum también tenga relación con dúo (dos). Esto nos indica que cuando hablamos de duelo estamos en presencia de un vínculo; que este vínculo es conflictivo y que su resolución es dolorosa.
Ricroft define el duelo normal como “el proceso psicológico que es puesto en marcha por la pérdida de un objeto amado y que comúnmente lleva al abandono de dicho objeto”.
El trabajo de duelo se cumple por lo general en tres etapas sucesivas:
a) Primera etapa: incluye las conductas defensivas maniacas, entre las cuales adquiere preponderancia la negación. El sujeto trata de rechazar la idea de que la perdida ha ocurrido y aparece incrédulo, busca encontrar culpables en algún lado, en primer lugar en el objeto mismo; y finalmente suele reprocharse a sí mismo, pero son reproches yodistónicos que no comprometen su autoestima.
b) Segunda etapa: lleva a que el yo incremente la relación con los objetos internos que de una u otra hayan estado ligados al objeto perdido. A la observación se ve un estado de resignación y aceptación de la realidad de la perdida y aparece en toda su magnitud la tristeza. El sujeto aparece sumido en interminables recuerdos y su conversación gira en torno de ellos: siente que el mundo no sentido sin el objeto amado y deseado, se retrae, no quiere salir, nada lo distrae y el desgano es evidente. Puede adoptar actitudes que en su momento pertenecieron al objeto perdido. Hay desalineo y abandono en el vestir y en el cuidado personal.
c) Tercera etapa: la relación con los objetos internos se va debilitando y el sujeto es capaz de reestablecer vínculos con los objetos del mundo exterior que había abandonado y finalmente puede conectarse con otros nuevos. Sus recuerdos se hacen más lejanos, la conversación comienza a incursionar por otros temas, recupera el interés por las actividades habituales, desaparece el desgano y el sujeto se siente en condiciones de salir y aceptar la distracción. El objeto perdido pasa a ser motiva de evocación cariñosa pero lejana; el duelo ha terminado.
2. Aberastury cita que el adolescente elabora 3(tres) duelos fundamentales:
• Duelo por el cuerpo infantil: el adolescente en esta etapa asiste a toda una serie de modificaciones que se operan en su propia estructura, creando un sentimiento de impotencia frente a esta realidad concreta. Vive la pérdida de su cuerpo infantil con una mente aun en la infancia y con un cuerpo que se va haciendo adulto. Esta contradicción produce un verdadero fenómeno de despersonalización. Esta implica una proyección es la esfera de una elucubración altamente abstracta del pensamiento y explica la relación lábil con objetos reales a los que rápidamente pierde, como pierda paulatina y progresivamente su cuerpo infantil.
• Duelo por la identidad y por el rol infantil: en la adolescencia hay una confusión de roles ya que al no poder mantener la dependencia infantil y al no poder asumir la independencia adulta, el sujeto sufre un fracaso de personificación. Así nos podemos explicar una característica típica de la adolescencia, la falta de carácter, surgida de este fracaso de personificación, que a su vez lo lleva a confrontaciones reverberantes con la realidad; un continuo comprobar y experimentar con objetos del mundo real y de la fantasía que se confunde.
• Duelo por los padres de la infancia: la relación infantil de dependencia se va abandonando paulatina y dificultosamente. El pensamiento se expresa aquí en forma de contradicciones: es la necesidad inmediata del automóvil familiar (dependencia), para mostrarse como adulto y dueño de la potencia familiar (pseudo-independencia). La demanda desconsiderada y a veces inoportuna de dinero para manejarse como un individuo adulto y potente frente a los demás. El adolescente se refugia en un mundo autista de meditación, análisis, elaboración de duelo, que le permite proyectar en maestro, ídolos deportivos, artistas, amigos íntimos y su diario la imagen paterna idealizada.
3. Los duelos, para elaborar el pasaje de la adolescencia a la adultez, son necesarios para la aceptación de la complejidad psíquica, física y social de esta etapa. Esta aceptación es la que le permitirá insertarse en la sociedad adulta, compleja e incoherente.
4. El duelo normal: es el trabajo de elaboración de una pérdida, mientras que el duelo patológico se caracteriza por la dificultad de aceptarla y por una reacción desmedida ante esa imposibilidad. Este último sus motivos pueden ser innumerables y dependerán siempre de significantes personales. A su vez sigue una evolución escalonada similar al duelo normal pero su calidad es totalmente distinta:
Primera fase: su duración puede variar entre algunas horas y varios días. La relación que se establece con los objetos siempre es compleja donde coexisten actitudes contradictorias hacia ellos, lo que recibe el nombre de ambivalencia.
Segunda fase: el objeto perdido se internaliza y el “yo” adquiere diversos grados de identificación con aquel; pero en la internalización se reinstala la primitiva relación ambivalente, entonces el yo queda atrapado en ella convirtiéndose en su víctima. Algunas características que presenta el sujeto es que los reproches hacia el objeto se intensifican al mismo tiempo que se instala la sensación de que el mundo esta vacío. La inestabilidad emocional es evidente, se ve desalineado descuidado en su aseo personal y el de su casa.
Tercera fase: la readaptación fracasa aparece con frecuencia los auto-reproches culposos; se acentúa la abulia y el paciente aparece irresoluto y temeroso. En esta etapa pueden producirse alteraciones profundas y duraderas de la estructura de la personalidad. La posibilidad de suicidio es cierta, lo que es preciso tener un cuidado especial.
Ricroft define el duelo normal como “el proceso psicológico que es puesto en marcha por la pérdida de un objeto amado y que comúnmente lleva al abandono de dicho objeto”.
El trabajo de duelo se cumple por lo general en tres etapas sucesivas:
a) Primera etapa: incluye las conductas defensivas maniacas, entre las cuales adquiere preponderancia la negación. El sujeto trata de rechazar la idea de que la perdida ha ocurrido y aparece incrédulo, busca encontrar culpables en algún lado, en primer lugar en el objeto mismo; y finalmente suele reprocharse a sí mismo, pero son reproches yodistónicos que no comprometen su autoestima.
b) Segunda etapa: lleva a que el yo incremente la relación con los objetos internos que de una u otra hayan estado ligados al objeto perdido. A la observación se ve un estado de resignación y aceptación de la realidad de la perdida y aparece en toda su magnitud la tristeza. El sujeto aparece sumido en interminables recuerdos y su conversación gira en torno de ellos: siente que el mundo no sentido sin el objeto amado y deseado, se retrae, no quiere salir, nada lo distrae y el desgano es evidente. Puede adoptar actitudes que en su momento pertenecieron al objeto perdido. Hay desalineo y abandono en el vestir y en el cuidado personal.
c) Tercera etapa: la relación con los objetos internos se va debilitando y el sujeto es capaz de reestablecer vínculos con los objetos del mundo exterior que había abandonado y finalmente puede conectarse con otros nuevos. Sus recuerdos se hacen más lejanos, la conversación comienza a incursionar por otros temas, recupera el interés por las actividades habituales, desaparece el desgano y el sujeto se siente en condiciones de salir y aceptar la distracción. El objeto perdido pasa a ser motiva de evocación cariñosa pero lejana; el duelo ha terminado.
2. Aberastury cita que el adolescente elabora 3(tres) duelos fundamentales:
• Duelo por el cuerpo infantil: el adolescente en esta etapa asiste a toda una serie de modificaciones que se operan en su propia estructura, creando un sentimiento de impotencia frente a esta realidad concreta. Vive la pérdida de su cuerpo infantil con una mente aun en la infancia y con un cuerpo que se va haciendo adulto. Esta contradicción produce un verdadero fenómeno de despersonalización. Esta implica una proyección es la esfera de una elucubración altamente abstracta del pensamiento y explica la relación lábil con objetos reales a los que rápidamente pierde, como pierda paulatina y progresivamente su cuerpo infantil.
• Duelo por la identidad y por el rol infantil: en la adolescencia hay una confusión de roles ya que al no poder mantener la dependencia infantil y al no poder asumir la independencia adulta, el sujeto sufre un fracaso de personificación. Así nos podemos explicar una característica típica de la adolescencia, la falta de carácter, surgida de este fracaso de personificación, que a su vez lo lleva a confrontaciones reverberantes con la realidad; un continuo comprobar y experimentar con objetos del mundo real y de la fantasía que se confunde.
• Duelo por los padres de la infancia: la relación infantil de dependencia se va abandonando paulatina y dificultosamente. El pensamiento se expresa aquí en forma de contradicciones: es la necesidad inmediata del automóvil familiar (dependencia), para mostrarse como adulto y dueño de la potencia familiar (pseudo-independencia). La demanda desconsiderada y a veces inoportuna de dinero para manejarse como un individuo adulto y potente frente a los demás. El adolescente se refugia en un mundo autista de meditación, análisis, elaboración de duelo, que le permite proyectar en maestro, ídolos deportivos, artistas, amigos íntimos y su diario la imagen paterna idealizada.
3. Los duelos, para elaborar el pasaje de la adolescencia a la adultez, son necesarios para la aceptación de la complejidad psíquica, física y social de esta etapa. Esta aceptación es la que le permitirá insertarse en la sociedad adulta, compleja e incoherente.
4. El duelo normal: es el trabajo de elaboración de una pérdida, mientras que el duelo patológico se caracteriza por la dificultad de aceptarla y por una reacción desmedida ante esa imposibilidad. Este último sus motivos pueden ser innumerables y dependerán siempre de significantes personales. A su vez sigue una evolución escalonada similar al duelo normal pero su calidad es totalmente distinta:
Primera fase: su duración puede variar entre algunas horas y varios días. La relación que se establece con los objetos siempre es compleja donde coexisten actitudes contradictorias hacia ellos, lo que recibe el nombre de ambivalencia.
Segunda fase: el objeto perdido se internaliza y el “yo” adquiere diversos grados de identificación con aquel; pero en la internalización se reinstala la primitiva relación ambivalente, entonces el yo queda atrapado en ella convirtiéndose en su víctima. Algunas características que presenta el sujeto es que los reproches hacia el objeto se intensifican al mismo tiempo que se instala la sensación de que el mundo esta vacío. La inestabilidad emocional es evidente, se ve desalineado descuidado en su aseo personal y el de su casa.
Tercera fase: la readaptación fracasa aparece con frecuencia los auto-reproches culposos; se acentúa la abulia y el paciente aparece irresoluto y temeroso. En esta etapa pueden producirse alteraciones profundas y duraderas de la estructura de la personalidad. La posibilidad de suicidio es cierta, lo que es preciso tener un cuidado especial.