El hecho de creer o no creer en Dios o en varios dioses de ningún modo es factor indicador de inteligencia o estupidez. Albert Einstein, sin duda un genio, sí creía; otro genio, Stephen Hawking, no cree. Por debajo de su coeficiente mental hay muchas otras personas de inteligencia normal o directamente tontos, repartidos, en lo que se refiere a creencias religiosas, en ambos bandos.


Si razonando intentamos discernir los motivos por los que existe la religión, podremos establecer que el hombre siempre buscó respuestas para aquello que no comprendía y, cuando no le bastaban las que iba hallando por razonamientos, empezaba a pensar en lo sobrenatural. El surgimiento de la religión trajo consigo varias consecuencias, provechosas unas y nefastas otras. A modo de ejemplo de unas y otras podríamos citar, para las primeras, el hecho de que la religión representó para muchas personas una fuerza que utilizó de manera positiva para hacer obras en beneficio del prójimo, caso de la Madre Teresa; y para las segundas, el descarado mercantilismo que a veces desde el mismo clero se hace en base a las necesidades espirituales de la gente. En lo personal, creo que el fanatismo, lo mismo entre creyentes que entre no creyentes, empieza a partir de la no aceptación de todas estas premisas básicas.


Los fanatismos, es sabido, han abundado en la religión, muy a pesar de creyentes que sentimos vergüenza ajena ante la conducta de exaltados que no hacen sino desprestigiar nuestras creencias. Como mucho se ha escrito ya al respecto, los dejaremos de lado para hablar de otros fanáticos que, si no son tan dañinos como los anteriores, es porque no gozan del necesario poder: ciertos ateos que ni siquiera soportan la callada fe del prójimo. Hasta donde pude ver, se trata de personas amargas y frustradas, muy pequeñas mentalmente (característica por otra parte común a todos los fanáticos) y sin embargo con la necesidad de sentirse importantes (en realidad, sospecho que TODAS estas características son comunes a todos los fanáticos, aunque hagamos hincapié ahora en un grupo de ellos). Para satisfacer esa necesidad, el ateo fanático verá a los creyentes, sin distinciones, como un rebaño de tontos crédulos. El, por supuesto, se creerá el lobo que va adonde le viene en gana, sin seguir indicaciones de nadie. Pero es posible que allí donde él vea un rebaño haya en realidad una manada que, como él, va también adonde viene en gana; que no se trate de animales domésticos aunque, como ovejas, se alimenten también de hierba. Y también es posible que esa independencia que intente justificar en su propia persona no sea más que una forma de justificar su propio anhelo de sangre, sus instintos agresivos. Debería tener en cuenta que los depredadores no siempre salen bien parados cuando atacan a una manada muy unida y capaz de defenderse.


El ateo fanático, tonto como todos los fanáticos, se tiene por muy inteligente, y quienes no piensen como él serán estúpidos de remate. También es irrespetuoso, como también lo son todos los fanáticos. En muchos casos, sustituye a la religión por la ciencia o por algo que parece ciencia, pero no lo es; por cosas que ellos defienden como científicas, pero que merecerían reprobación y carcajadas hasta de Stephen Hawking. Que crean en ellas es tan respetable como la creencia en Dios; siempre y cuando, claro, esas creencias no sean ostensiblemente malas para los demás. Yo puedo creer en Dios, pero lo que no debo hacer es matar, en nombre de Dios, a todos los no creyentes. Un ateo podrá creer, si le place, que hay extraterrestres viviendo entre los seres humanos; pero no le está permitido matar gente en la creencia de que se trata de invasores de otros mundos venidos a acabar con el género humano. De cualquier manera, la religión se basa en supuestos, en postulados de comprobación casi imposible; y la seudociencia (y a veces también la misma ciencia, cuando no tiene la forma de comprobar teorías) hace lo mismo. Y en nombre de las tres, de la religión, de una pretendida ciencia y de la ciencia se conciben y a menudo llevan a cabo atrocidades inenarrables. Los horrores de la Inquisición sin duda parecen cosa de bárbaros (con perdón de los bárbaros, algunos de los cuales, tal vez, eran civilizados por comparación), pero no lo fueron menos los experimentos de Mengele o la creación de la bomba atómica.


Es cierto que, lamentablemente, en todos nosotros hay un fanático dormido, y al que debemos darle un garrotazo ni bien amague despertar. Digo esto porque lo que motivó el presente artículo fueron ciertos comentarios que leí en otro artículo que escribí anteriormente y que eliminé de inmediato por estar teñidos de fanatismo. La persona que los escribió puede que no sea fanático full time, pero en ese momento se comportó como tal. El artículo en cuestión era Que se sepa, Señor, para tu gloria..., el cual es básicamente una oración de agradecimiento a Dios (punto de vista creyente) o un monólogo de una persona que se dirige a alguien en cuya existencia, equivocadamente, cree (punto de vista ateo). No incluía invitación al debate, como sí lo hace éste, ni hace daño a nadie. Por lo tanto, la primera parte del comentario, Dios no existe, era una falta de respeto. Yo puedo creer que Buda no es Dios, pero no puedo entrar en una pagoda donde haya fieles rezando y hacer esa afirmación en voz alta, para que me oigan todos. Y la segunda parte de la frase, pero la Iglesia es un gran negocio, era, en ese contexto, una rematada estupidez, por más que la Iglesia, entre otras cosas que es, lamentablemente sea también eso. ¿Y por qué digo que en ese contexto esa frase es una estupidez? Pues porque en ese artículo ni siquiera mencionaba a la Iglesia, porque hace años que no voy a la Iglesia y porque por lo tanto ni percibo ni genero dividendos, ni creo en Dios por lo que diga la Iglesia. El negocio que el clero pueda hacer con la espiritualidad de los fieles es consecuencia, no causa de la fe; lo hemos dicho más arriba y lo repetimos aquí.


De modo que, si el autor de aquel comentario eliminado (ni recuerdo quién fue) está leyendo esto, con todas mis excusas le anuncio que cualquier comentario de esa índole en un artículo como Que se sepa, Señor, para tu gloria... está fuera de lugar y volvería a eliminarlo, pues en ese artículo no hacía más que ejercer uno de mis derechos, el derecho a la religión. Si hace ese mismo comentario en un artículo como Fanatismo Ateo, en cambio, podrá opinar exactamente lo que se le venga en gana. Yo tal vez coincida o no coincida con su opinión, pero la respetaré, porque aquí ya no estoy ejerciendo mi derecho a la religión, sino que sólo digo lo que opino. Con lo que él puede aquí manifestar libremente su total desacuerdo, si lo desea y si lo hace en un marco de respeto. Que de eso se trata, después de todo: de respetar al prójimo.
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