Filipo II, Alejandro y Olimpia
Después de muchos meses de dejar colgada la vida de este gran personaje de la Antigüedad; hoy decidí terminarla. Continuando con la linea de los 6 anteriores post, vamos a repasar por donde nos quedamos.
Ambientando el post:
Breve Intro
Año 326 a.C. el ejército griego y macedonio, liderado por el rey Alejandro III, en su interrumpido avance arrollador hacia el Este, se enfrenta al poderoso rey indo Poros, en el río Hidaspes. La historia recordara este enfrentamiento militar, como La Batalla de Hidaspes, una de las mas sangrientas batallas de toda la Historia. En una genialidad del monarca macedonio, los indios y sus elefantes fueron aplastados. Al mostrar su reconocida generosidad con los valientes, Alejandro perdono al indio y lo sumo como aliado y vasallo. Después de esto y venciendo un par de batallas mas para consolidar la nueva provincia adquirida, las tropas griegas y macedonias, se rehusaron seguir. Frustrado su sueño de llegar al océano Oriental y al final de la tierra, el rey decidió regresar al Oeste. Pero el monarca se dedica a salvaguardar las comunicaciones y consolidar sus conquistas en el norte indio, es por eso que lo lleva a hacer campaña contra los malios.
Sustito para las tropas macedonias
Los malios eran las tribus más aguerridas del sur de Asia por aquellos tiempos. El ejército de Alejandro desafió a los malios, y la batalla los condujo hasta la ciudadela malia. Durante el asalto, el propio Alejandro fue herido gravemente por una flecha malia en el pulmón. Sus soldados, creyendo que el rey estaba muerto, tomaron la ciudadela y descargaron su furia contra los malios que se habían refugiado en ella, llevando a cabo una masacre, y no perdonaron la vida a ningún hombre, mujer o niño. A pesar de ello y gracias al esfuerzo de su cirujano, Critodemo de Cos, Alejandro sobrevivió a esa herida. Después de esto, los malios supervivientes se rindieron ante las fuerzas macedónicas, y éstas pudieron continuar su marcha. Alejandro envió a la mayor parte de sus efectivos a Carmania (al sur del actual Irán) bajo el mando del general Crátero, y ordenó montar una flota para explorar el golfo Pérsico bajo el mando de su almirante Nearco, mientras que él conduciría al resto del ejército de vuelta a Persia por la ruta del sur a través del desierto de Gedrosia (ahora parte del sur de Irán y de Makrán, en Pakistán).
Alejandro dejó, no obstante, refuerzos en la India. Nombró a su oficial Peitón sátrapa del territorio del Indo, cargo que éste ocuparía durante los próximos 10 años hasta el 316 a. C., y en Panyab dejó a cargo del ejército a Eudemos, junto con Poros y Āmbhi. Eudemos se convirtió en gobernador de una parte de Panyab después de que éstos murieran. Él y Peitón volvieron a Occidente en el 316 a. C. con sus ejércitos. En el 321 a. C., Chandragupta Mauria fundó el Imperio mauria en la India y expulsó a los sátrapas griegos.
Retorno a Persia, motin en Opis, las Bodas en Susa y el cambio de humor del monarca.
Tras enterarse de que muchos de sus sátrapas y delegados militares habían abusado de sus poderes en su ausencia, Alejandro ejecutó a varios de ellos como ejemplo mientras se dirigía a Susa. Como gesto de agradecimiento, Alejandro pagó las deudas de sus soldados, y anunció que enviaría a los veteranos mayores a Macedonia bajo el mando de Crátero, pero sus tropas malinterpretaron sus intenciones y se amotinaron en la ciudad de Opis, negándose a partir y criticando con amargura su adopción de las costumbres y forma de vestir de los persas, así como la introducción de oficiales y soldados persas en las unidades macedonias. Alejandro ejecutó a los cabecillas del motín, pero perdonó a las tropas. En un intento de crear una atmósfera de armonía entre sus súbditos persas y macedonios, casó en una ceremonia masiva a sus oficiales más importantes con persas y otras nobles de Susa, pero pocas de esas parejas duraron más de un año.
Una de las metas de Alejandro, fue casar a las hijas de los nobles persas con sus oficiales de mayor rango y soldados rasos, para crear unas nuevas generaciones que unieran por sangre a persas y griegos. Muy pocas parejas lograron cumplir con el sueño del rey macedonio.
Mientras tanto, en su regreso, Alejandro descubrió que algunos hombres habían saqueado la tumba de Ciro II el Grande, y los ejecutó sin dilación, ya que se trataba de los hombres que debían vigilar la tumba que Alejandro honraba.
Tumba de Ciro el Grande.
En su intento de mezclar la cultura persa y la griega entrenó a un regimiento de muchachos persas para combatir a la manera macedonia. La mayoría de los historiadores creen que Alejandro adoptó el título real persa de Shahanshah (Rey de Reyes).
La muerte de su amigo Hefestion.
Después de las bodas en Susa y de recibir delegaciones de embajadores de todo su imperio, que requerian sus consejos, Alejandro y su tropa llegò a la ciudad persa de Ecbatana.
La palabra es persa y significa bello parque. Siempre remiso a quedarse de brazos cruzados, invitó al habitual grupo de artistas distinguidos y celebró concursos, banquetes y juegos. Sin duda el alcohol fluyó libremente, aunque no más que en otras ocasiones. Conviene recordar que el patrón de conducta de los bebedores empedernidos es básicamente repetitivo en cuanto alcanzan el punto de desinhibición. Si Alejandro se hubiese vuelto cada vez más adicto, sin duda habría referencias a estallidos de violencia semejantes al que provocó la muerte de Clitos (banquete de Samarcanda, en mi anterior post se explica como murió este gran general a manos del rey macedonio). Podemos deducir que su penitencia fue más que transitoria y que le dio una dolorosa lección.
Durante las celebraciones, Hefestión cayó enfermo de unas fiebres, pero una semana después estaba mejor. Alejandro dejó el palacio para presidir una prueba atlética para varones. Le llegó el mensaje de que súbitamente Hefestión había empeorado. «Dicen que el estadio estaba lleno a rebosar»; dejó boquiabiertos a los asistentes ante su repentina partida y corrió al lecho del enfermo, pero llegó demasiado tarde.
General macedonio y comandante del escuadrón de los Compañeros, Hefestion, y Cratero,fueron los únicos, que tenían la confianza del monarca y estuvo al segundo del mando del ejercito imperial. Hefestion fue el mejor amigo de Alejandro. Fue un brillante general que gano muchas batallas sin pelear para el ejercito extranjero; se carteaba mucho con su antiguo maestro Aristòteles; durante toda su vida fue envidiado y ultrajado, debido a su rango y su acercamiento al rey.
Alejandro había desarrollado una fortaleza invulnerable ante el peligro, las heridas, las condiciones climáticas extremas, las penurias, la fatiga, la enfermedad, el peso de las responsabilidades y el temor a su propia muerte. Este golpe lo alcanzó donde carecía de defensas y su razón apenas lo resistió. Permaneció junto al cadáver un día y una noche, hasta que los amigos se lo llevaron a rastras; pasó tres días tendido, llorando o mudo, en ayunas e inabordable. Se convirtió en amarga realidad la tragedia que había representado en Opis para impresionar a los soldados. Cuando se levantó se entregó a un duelo desaforadamente extravagante. Se cortó el pelo, como Aquiles por Patroclo (el tributo habitual era un solo mechón que se ataba a una corona). Hizo recortar las crines y las colas de los caballos y retirar los adornos de las murallas de la ciudad.
Las fuentes no dan razones que permitan suponer que los amantes seguían distanciados a la muerte de Hefestión. Sin embargo, los autorreproches por la pérdida son implacablemente retrospectivos y recuerdan hasta el último detalle. Hacía poco Alejandro había puesto la monarquía por encima de la amistad, quizá con sobrados motivos, pero estas cuestiones se reviven con gran dolor. Es indudable que durante unos días apenas conservó la razón. Empero, no está nada claro que fuese tan irracional como para hacer ahorcar al médico de Hefestión.
Plutarco dice que mientras el médico (un griego llamado Glaucias; probablemente el fiel medico de la familia,Filipo ya había muerto) se encontraba en el teatro, el paciente interrumpió su dieta (sin especificar) y desayunó pollo y una botella de vino. (Habitualmente los griegos desayunaban con vino.) Arriano sólo menciona el vino. Fuera como fuese, murió poco después, ya que Alejandro permaneció junto al cadáver «la mayor parte del día». Arriano, que para este acontecimiento utiliza diversas fuentes cuyos nombres lamentablemente no da, cita a una según la cual Alejandro ordenó la muerte del médico por haber recetado una droga perniciosa. No sólo fue una sospecha razonable entonces, sino que lo sigue siendo en el presente.
Es muy difícil explicar una crisis tan repentina en un joven convaleciente. La peritonitis debida al apéndice perforado no mata en el acto. Se sugiere una fiebre tifoidea; provoca dolores como de hambre, los alimentos sólidos perforan el intestino ulcerado y el paciente puede morir de una hemorragia; sin embargo, dicho proceso se consideraría rápido si durara un período tan corto como seis horas y Alejandro debió de volver al galope del estadio en cuestión de minutos. Una hemorragia atípica y generalizada podría provocar un colapso tan acelerado, pero los síntomas están mucho más de acuerdo con un envenenamiento, y dados los conocimientos médicos de la época, a Alejandro le pareció que de eso se trataba. La posición del médico era sospechosa. Pudo administrar al paciente una medicina incorrecta mientras todos asistían a las celebraciones, decirle (para negarlo después) que podía hacer una comida, hecho al cual luego atribuiría la muerte, e irse a donde nadie pudiese encontrarlo –hecho que en sí mismo era censurable– mientras la droga surtía efecto. Sin duda la inútil búsqueda del médico fue lo que provocó la fatal demora a la hora de avisar a Alejandro. Como todos los poderosos, Hefestión tenía enemigos, hecho del que Alejandro estaba enterado. Había que vengar a Patroclo y Aquiles no estaba en condiciones de hilar fino. Pasada la desesperación inicial, se daría cuenta de que, en el caso de ser culpable, Glaucias no pudo ser más que un agente y con su ajusticiamiento se perdió definitivamente el conocimiento de quién fue el autor real.Teóricamente, es posible que Crátero lo hubiese planificado desde lejos. Empero, Alejandro jamás mostró hacia él el menor deterioro en la confianza, lo que demuestra que cualquier conflicto entre Crátero y Hefestión había quedado superado mucho tiempo atrás. Era Eumenes el que vivía aterrorizado. Su disputa había sido reciente, prolongada y acalorada. Plutarco, que escribió su vida, afirma que Alejandro se arrepintió enseguida de haberlo apoyado en contra de Hefestión. En ese momento el arrepentimiento se convirtió en amargura. Fue severo con cuantos se habían peleado con el difunto y, sobre todo, con Eumenes, pues suponía que se regocijaba. Si tenemos en cuenta el estado de ánimo del macedonio, Eumenes debió de preguntarse cuánto tardaría Alejandro en despertar una mañana con el convencimiento de saber quién era el asesino. El secretario, prudente hombre de negocios, se protegió organizando complejas y costosas conmemoraciones en honor de Hefestión. Al recobrar los cabales, Alejandro debió de descartar sus sospechas, pues conocía a Eumenes de toda la vida; ante esos tributos se sosegó y se ocupó de sus propias ofrendas. Para los de su época eran una forma de comunicación con los difuntos, la única que ahora le quedaba y, pese a las enseñanzas del indio Calano, la acción era el único escape que conocía.
Templo a Hefestion.
Prohibió la música en la corte y en el campamento: ordenó que todas las ciudades del imperio estuvieran de duelo; dedicó a Hefestión su regimiento, que portaría su nombre a perpetuidad y su imagen como estandarte. Arquitectos y escultores diseñaron santuarios y estatuas en su memoria en las principales ciudades. Los de Alejandría serían excepcionales y, para variar, en este punto el extravagante pseudo–Calístenes nos resulta útil: al menos se le puede hacer caso cuando describe su ciudad natal. Arriano cita –y deplora con razón– una presunta carta de Alejandro a Cleomenes, sátrapa de Egipto, posteriormente expulsado por Tolomeo. En la misiva se dice que, a cambio del cuidado correcto de los santuarios de Hefestión, a Cleomenes se le concederá inmunidad ante todos los delitos, pasados o futuros. El documento tiene cierta importancia porque si Alejandro lo redactó, es evidente que estaba transitoriamente enajenado; de todos modos, en la forma aquí presentado es indudablemente apócrifo (contiene una referencia al Faro, construido ochenta años después); de pseudo–Calístenes puede deducirse la verdadera naturaleza de la inmunidad concedida. Al describir la creación por parte de Tolomeo de un templo de culto estatal a Serapis y Apis, define la posición de su sumo sacerdote, sus atributos y su remuneración. «Será inviolado y estará libre de todo tipo de obligaciones.» Sobre los procedimientos religiosos egipcios, Alejandro sabía tanto como Tolomeo y sus verdaderas instrucciones debieron de consistir en organizar un sacerdocio inviolado para el culto de Hefestión.
Lo más penoso y heroico fue el envío, poco después, de una embajada al oráculo de Amón en Siva para pedir que se concedieran honores divinos a Hefestión. (De ahí, obviamente, la mención de los sacerdotes.) Fue algo más que el engrandecimiento del difunto. ¿De qué otra forma el hijo divinizado de Amón (Alejandro) podía reunirse en el mundo por venir con el hijo mortal de Amintor de Pella (padre de Hefestion)?
Preocupado por todo esto, Alejandro olvidó sus sospechas. Entre aquellas personas en las que recayeron, no se dice una sola palabra de la que más motivos tenía y que, al consolarlo de la pérdida, más debió regocijarse. Alejandro no podía saber que esa persona era lo bastante resuelta e implacable como para provocar su muerte. Es algo que se supo después de la defunción del monarca. Entonces quedó claro que nadie había odiado a Hefestión tan acerbamente como Roxana, que asesinó a su joven viuda en cuanto tuvo las manos libres. Antes de abandonar Ecbatana, el grupo de artistas que se había reunido para las celebraciones fue invitado a abandonar el silencio del luto para participar en los juegos funerarios. El funeral propiamente dicho se celebraría en Babilonia, junto a la hoguera homérica. El cuerpo embalsamado fue confiado al convoy de Pérdicas, el nuevo chiliarco, pariente de la casa real macedonia y portador de uno de sus nombres tradicionales. Deseoso de irse y de embotar el dolor con la acción, Alejandro en persona encabezó una expedición contra una tribu de bandidos, los coseanos, que desde hacía mucho tiempo asolaban la ruta entre Babilonia y Susa. Los reyes persas nunca lograron someterlos y les resultó más fácil librarse de ellos comprándolos. Los persiguió hasta sus fortalezas invernales –en verano hacían vida nómada– y los obligó a rendirse. (Con su habitual respeto por los valientes, posteriormente reclutó un cuerpo de coseanos.) Tolomeo, el otro comandante de la expedición, informó que había sido una difícil campaña de montaña en la que Alejandro participó activamente.
Los meses de descanso físico debieron de aliviar las molestias que le producía la herida en el pecho. No obstante, es posible que esa guerra se convirtiese en su sentencia de muerte. Pasó dos meses en las colinas en la misma época en que los reyes persas instalaban la corte en Babilonia en virtud de su moderada estación invernal. Alejandro llegó a la ciudad en primavera y permaneció durante su ardiente e insalubre verano.
La ultima marcha a Babilonia
Una vez de vuelta en Babilonia, en la última semana de mayo, Alejandro realizó los últimos preparativos de una expedición para navegar rodeando Arabia con una flota de mil barcos. El día 30 conmemoró el éxito del viaje de su almirante Nearco desde la India a principios del pasado año. El 31 de mayo, en una fiesta nocturna que celebró su compañero Medio, Alejandro se desmayó al sentir unos punzantes dolores en la espina dorsal y en las articulaciones. Fue conducido al aseo real, donde durmió junto a la piscina, porque ya tenía fiebre. En la siguiente semana el rey tuvo golpes de fiebre recurrentes por las noches, pero éstos solían bajar súbitamente por el día, permitiéndole que siguiera planeando esa inminente expedición a Arabia.
Pero los episodios de fiebre pronto se volvieron más intensos, y la fecha de salida de la expedición se acercaba cada vez más. El 5 de junio la fiebre persistió también durante el día, aunque era más intensa por la noche. El 7 de junio hubo un rápido deterioro en el estado de Alejandro. Por primera vez se vio claro que estaba en peligro. Ordenó a sus oficiales que se reunieran en el patio del palacio, mientras aquellos de menor rango tuvieron que esperar tras las puertas. El 9 de junio ya circulaban rumores entre las tropas de que Alejandro había muerto. Pidieron desesperadamente la entrada al palacio, donde los generales no tuvieron más remedio que dejarles pasar a ver a Alejandro en su lecho. Uno a uno todo el ejercito saludo por ultima vez al gran rey, este les devolvía el saludo con los ojos, ya que se encontraba muy débil.
Un grupo de amigos del rey estuvo toda una noche sin dormir para realizar una petición en el templo del dios Toro de la ciudad, pero el oráculo les negó su sugerencia: que el cuerpo de Alejandro fuera trasladado dentro de estas sagradas murallas para recuperarse. Al día siguiente, casi al caer la noche del día 10 de junio del 323 a. C.,2 según el calendario juliano, se declaró la muerte “oficial” de Alejandro. Esta noticia probablemente se difundió despacio, pero era conocida por casi todos al día siguiente, y esto resultó en lloros y lamentos por toda la ciudad. La plebe se hundió en una profunda pena, pero ya se estaba gestando una maliciosa disputa entre los contingentes de caballería e infantería del ejército. Incluso hubo peleas en el palacio. Mientras tanto el cuerpo de Alejandro se mantenía curiosamente fresco y con aspecto de estar vivo a pesar del agobiante calor por al menos unos cuantos días más, lo que puede indicar un profundo coma terminal.
Los síntomas y sus consecuencias coinciden de forma sorprendente con los de la malaria, que pudo haber contraído de las picaduras de los mosquitos de los pantanos. Aunque meses más tarde surgió el rumor de que pudo ser envenenado, según Andrew Chugg la fiebre intermitente que tuvo durante casi dos semanas terminando en coma nos indica que este argumento es muy inconsistente. De todas formas, no se puede hacer una hipótesis definitiva sin analizar los restos de Alejandro.
Causas
La teoría del envenenamiento deriva de la historia que sostenían en la antigüedad Justino y Curcio. Según ellos, Casandro, hijo de Antípatro, regente de Grecia, transportó el veneno a Babilonia con una mula, y el copero real de Alejandro, Yolas, hermano de Casandro y amante de Medio de Larisa, se lo administró. Muchos tenían razones de peso para deshacerse de Alejandro. Las sustancias mortales que podrían haber matado a Alejandro en una o más dosis incluyen el heléboro y la estricnina. Según el historiador Robin Lane Fox, el argumento más fuerte contra la teoría del envenenamiento es el hecho de que pasaron 12 días entre el comienzo de la enfermedad y su muerte y en el mundo antiguo no había, con casi toda probabilidad, venenos que tuvieran efectos de tan larga duración.
Convoy que transportaba los restos del monarca, según una vieja costumbre macedonia, los reyes eran enterrados en la capital de Macedonia, si la tradición se rompía, la familia real dejaría de reinar. Fue el monumento mas grande y caro hecho, se estima que el funeral de Alejandro costaría actualmente 600 millones de dolares...desde Babilonia hasta Macedonia, el carruaje lentamente hacia paradas en las ciudades del imperio, donde la gente se aglomeraba y se despedía del Gran Rey. Pero jamás llegaría a destino, desde Egipto, Tolomeo, primo y general de Alejandro, había expulsado al satrapa macedonio y se había hecho con el poder; el cuerpo de Alejandro fue llevado a Memphis y desde allí fue trasladado unos años después a Alejandría, en donde cada señal de respeto se mantiene como pago en memoria a su nombre.
Legado
Pese a sus ideales, motivos o puntos de vista sobre si mismo, un hecho se impone: Alejandro creó en verdad una nueva era, la helenística. El término helenístico proviene de una palabra griega que significa “imitar a los griegos”. Así, este calificativo resulta apropiado para describir una era que atestiguó la difusión de la lengua y las ideas griegas en el mundo no griego del antiguo Cercano Oriente. La destrucción de la monarquía persa a manos de Alejandro extendió el gobierno griego—macedonio a lo largo de una dilatada área. Creó oportunidades para los ingenieros, intelectuales, mercaderes, soldados y administradores griegos. En tanto que los griegos continentales seguían comprometidos con los ideales de tas ciudades-estado, aquellos que siguieron a Alejandro y a sus sucesores participaron en una nueva unidad política basada en el principio de la monarquía. Alejandro había transformado su ejército de ser una fuerza macedonia a convertirse en una fuerza internacional, la cual le había jurado exclusiva lealtad a él. Después de su muerte, sus sucesores se valieron de la fuerza para establecer monarquías militares que dominaron el mundo helenístico. El poder autocrático —basado en la fuerza militar y en las pretensiones de un gobierno divino— llego a convertirse en una característica usual de dichas monarquías helenísticas y fue parte del legado político que Alejandro dio al mundo helenístico. Su visión de imperio fue sin duda lo que inspiró a los romanos a conquistar todo el mundo conocido.
No obstante, Alejandro también dejó un legado cultural. Como resultado de sus conquistas, la arquitectura, la literatura, la lengua y-el arte griegos se diseminaron por todo el Cercano Oriente. Los centros urbanos de la época helenística —muchos de los cuales fueron fundados por Alejandro y sus sucesores—se convirtieron en impulsores de la difusión de la cultura griega. Alejandro fundó una serie de ciudades y de asentamientos militares, llamados Alejandría, para proteger puntos estratégicos y para supervisar amplias áreas. La mayoría de los colonizadores eran mercenarios griegos. Se ha calculado que en el curso de sus campañas, Alejandro reclutó de 60.00o a 65.000 mercenarios adicionales provenientes de Grecia, de los cuales, cuando menos 36.000 se establecieron en las guarniciones militares y en las nuevas ciudades. A la vez que los griegos esparcían su cultura hacia el este, ellos mismos se veían influidos de manera inevitable por los usos orientales. Así, el legado de Alejandro incluía una de las características básicas del mundo helénico: el choque de la fusión de culturas diversas.
Juicios sobre su personalidad
Flavio Arriano:
Cualquiera que hable mal de Alejandro que lo haga contando no solo las cosas censurables que Alejandro hizo, sino que junte todo lo que Alejandro llevó a cabo, y vea así el conjunto. Que considere ese tal quién es él mismo y cuál es su suerte y, frente a eso, que calcule quién llegó a ser Alejandro y hasta qué grado de humana felicidad llegó... Que hable mal ese tal de Alejandro, él que será un personajillo insignificante que se ocupa en pequeñeces y es incapaz incluso de poner orden en ellas.
Mary Renault:
Los (historiadores) modernos que lo han acusado de «una desagradable preocupación por su propia gloria» piensan en función de otra época. Hasta ese momento y de ahí en adelante, los más altos niveles de la literatura griega están impregnados del axioma según el cual ser digno de fama es la más honrosa de las aspiraciones, el incentivo de los mejores hombres para alcanzar las más altas cotas. Sócrates, Platón y Aristóteles lo aceptaron. Este ethos duró más que Grecia y Roma. La última palabra de la única épica inglesa es lofgeornost: ‘de lo más deseoso de fama’. Cierra el lamento de los guerreros ante el difunto Beowulf.
Hermann Bengston:
Si alguien tiene derecho a ser juzgado de acuerdo con las normas de su propio tiempo, este alguien es Alejandro.
Robin Lane Fox:
Los historiadores, que no ven bien las guerras sin justificación ni las matanzas, ahora consideran a Alejandro excepcionalmente salvaje y cada vez más propenso a matar. Sus más viejos contemporáneos recuerdan a Hitler o Stalin (...) Hay historiadores modernos que, detestando el «imperialismo», intentan barrer estos movimientos considerándolos «pragmáticos» o muy limitados. Creo que sus prejuicios modernos les conducen a mal puerto, como les ocurre a muchos otros. Alejandro nació rey —no derrocó una constitución, como Hitler-. No tenía ni idea de qué era la limpieza étnica o racial. Quería incluir a los pueblos conquistados en su nuevo reino, el de Alejandro, mientras sus súbditos, por supuesto, pagaban tributos y no podían rebelarse.
Victor Davis Hanson:
A demasiados estudiosos les gusta comparar a Alejandro con Aníbal o Napoleón. Un equivalente mucho mejor sería Hitler (...) ambos eran místicos chiflados, concentrados únicamente en el botín y el saqueo bajo la apariencia de llevar la 'cultura' a Oriente y 'liberar' a los pueblos oprimidos de un imperio corrupto. Ambos eran amables con los animales, mostraban deferencia a las mujeres, hablaban constantemente de su propio destino y divinidad, y podían ser especialmente corteses con subordinados aunque estuvieran planeando la destrucción de cientos de miles de personas, y asesinaron a sus colaboradores más íntimos.
Nicholas G. L. Hammond:
Hemos mencionado muchas facetas de la personalidad de Alejandro: sus profundos afectos, sus fuertes emociones, su valor sin límite, la brillantez y rapidez de su pensamiento, su curiosidad intelectual, su amor por la gloria, su espíritu competitivo, la aceptación de cualquier reto, su generosidad y su compasión; y, por otro lado, su ambición desmesurada, su despiadada fuerza de voluntad: sus deseos, pasiones y emociones sin freno (...) en suma, tenía muchas de las cualidades del buen salvaje.
Paul Cartledge:
¿O no fue ninguno de estos [posibles Alejandros recreados por los sabios], o tenía algo de todos, o algunos, de ellos? (...) Mi Alejandro es una suerte de contradicción: un pragmatista con una veta de falsedad, pero también un entusiasta con una veta de romanticismo apasionado.
Una oscura bruma atravesó el cielo y se vio descender un rayo del cielo hacia el mar, acompañado de una enorme águila. En Babilonia tembló la estatua de bronce de Arimazd; el rayo ascendió hacia los cielos y el águila la siguió, llevando consigo una estrella resplandeciente. Cuando la estrella se perdió en el firmamento, Alejandro cerro los ojos.