Se llama industria cultural a un conjunto de empresas e instituciones cuya principal actividad económica es la producción de cultura de forma masiva y en serie, basada en la repetición constante de unos esquemas básicos que muestran una serie de situaciones y modelos irreales e inaccesibles en la gran mayoría de los casos, con una finalidad lucrativa.
Adorno y Horkheimer (1994) por ejemplo, profundizan sobre la reificación de la cultura por medio de procesos industriales. Asumen que el sistema de economía concentrada es un sistema mercantil, en el que la industria cultural se muestra como un negocio que, a su vez, reafirma el propio sistema, de manera los recursos tecnológicos terminan por ser recursos de dominación sobre el receptor. Según este sistema, la mayoría de las necesidades estructurales de la sociedad moderna encuentran su satisfacción en la cultura de masas. La industria cultural, antepone el valor mercantil de los productos a su calidad cultural.
Así, hoy en día se puede situar a cualquier medio de comunicación dentro de la propuesta de industria cultural, pues los medios se han consolidado no solamente como una fuente de inmensurable información, sino como industrias que han mecanizado tanto sus contenidos como a sus receptores, o para efectos de la industria; sus consumidores. Un ejemplo de esto es la música.
Por lo anteriormente expresado, es que haré un breve análisis comparativo de algunas concepciones respecto a la industria cultural de la música (centrándome en Horkheimer), situándolos específicamente dentro del estilo musical denominado como reggaetón.
Independientemente al origen de este género, el reggaetón ha sido uno de los productos que constantemente se ha explotado dentro de la industria cultural musical desde hace un par de años, pero ¿por qué ha causado tanto interés por parte de los medios, continuar copiando un producto que en esencia, se ha reciclado desde que se presentó al público?
Horkheimer afirma que los clichés surgieron a partir de la necesidad de los consumidores. Es decir, por la exigencia de querer ser aceptados socialmente. Dentro de este ciclo de manipulación y necesidad, es donde el sistema de los medios se reafirma cada vez con mayor fuerza. De la misma manera, el reggaetón al basar la imagen de sus principales exponentes en el derroche de bienes materiales, la fama, la sumisión del sexo opuesto, y en general en vidas completamente despreocupadas; logra acaparar la atención de un gran público enajenado previamente por las construcciones sociales de lo que entienden por éxito. Por otra parte, la letra de esta música hace referencia a situaciones sexuales en las que regularmente la mujer es puesta como un objeto de placer, y en ocasiones hasta llegan a ser denigrantes para algunos sectores de la sociedad. Sin embargo, a pesar de esto, el ritmo repetitivo y pegajoso hace que el público digiera rápidamente y memorice de manera sencilla las letras de casi cualquier canción de reggaetonera. Esta temática constante en dichas melodías, puede ser otra de las virtudes por las cuales las industrias culturales de la música, continúan interesándose en reciclar este tipo de género musical. En consecuencia, se puede decir que esta industria cultural en específico, busca lo estético por sobre lo ético, para así, generar mayor adhesión y mayores dividendos.
Otro de los grandes atributos por los que las industrias culturales musicales siguen echando mano del reggaetón, son las grandes sumas de dinero que deja como ganancia por la venta de discos. Pues, tan sólo en 2007 uno de sus principales exponentes vendió seis millones de copias alrededor del mundo. Esto nos demuestra con hechos, lo que planteaban los filósofos de la Escuela de Frankfurt, que es la obtención de ganancias a partir de la producción, la principal búsqueda de las industrias culturales.
Por lo tanto, esta venta masificada de un producto cultural (en este caso musical), se ve esquematizado bajo todo un plan de mercadeo como bien lo señala Horkheimer (1994), la industria realiza el esquematismo como el primer servicio para el cliente, para el consumidor no hay nada que clasificar que no haya sido anticipado por el esquematismo de la producción. Se evidencia así, que cualquier medio de comunicación que promociona este tipo de música funciona de la misma manera que cualquier empresa manufacturera, de servicios, o de cualquier otro giro comercial.
Toda cultura bajo el dominio monopolizador de una industria cultural, tiende a ser idéntica u homogenizada. Horkheimer plantea que los productos derivados de dicha industria no necesitan darse como arte, sino que únicamente la ideología les sirve como negocio que legitima la deficiente calidad en lo que realizan de manera deliberada. Con ello, se explica la difusión e interés recibido por parte de estas fábricas culturales, que obtiene este género musical debido a sus letras sexistas, soeces y sin coherencia con un discurso crítico, razonable o coherente con el contexto político, económico y social de Latinoamérica.
Los métodos de las industrias culturales suelen ser muy sutiles para incitar al consumismo de sus productos, aunque la adquisición de ello represente un perjuicio hacia éstos últimos. Las industrias culturales, particularmente las que se conciban como monopolios, tienen como verdadera intención un beneficio a cualquier costo. Horkheimer plantea que a los individuos que se niegan a cualquier tipo de práctica cultural por concebirlo como un agente dañino para sí mismo, están condenados a ser aislados o rechazados. Se llega así, al convencimiento hacia los receptores o más bien consumidores, que al negarse a los medios o a las distintas industrias culturales, no obtendrán ningún beneficio social. Dando así como resultado, que tarde o temprano todos los individuos se terminen por adherir a sus prácticas de industrialización mediática.
De esta manera (como cualquier negocio), las televisoras, radiodifusoras, disqueras, o cualquier empresa que se pueda beneficiar del reggaetón; se encargará de dirigir cada uno de sus productos a todo tipo de consumidor, funcionando bajo los mismos parámetros que una agencia de mercado. Esta industria cultural, hace sus distinciones enfáticas tal y como lo plantea Horkheimer, en el sentido que para todos hay algo previsto, ninguno puede escapar, las diferencias son acuñadas y propagadas artificialmente. En resumen, se homogenizan los gustos y preferencias para la sociedad. Cada uno debe comportarse, por así decirlo, espontáneamente de acuerdo con su “nivel”, que le ha sido asignado previamente sobre la base de índices estadísticos, y echar mano de la categoría de productos de masa que ha sido fabricada para su tipo.
Así, se puede afirmar abiertamente que las industrias culturales se han encargado de transformar gran parte de sus contenidos en simples mercancías ofrecidas para todo tipo de consumidor, con la única finalidad de mantener un letargo intelectual que tiene como objetivo continuar alimentando el sistema neo-liberalista que nos rige en la actualidad y que así mismo, procura institucionalizar de manera industrializada toda la cultura de las diversas sociedades del mundo.
Por: María Fernanda Moraga
Adorno y Horkheimer (1994) por ejemplo, profundizan sobre la reificación de la cultura por medio de procesos industriales. Asumen que el sistema de economía concentrada es un sistema mercantil, en el que la industria cultural se muestra como un negocio que, a su vez, reafirma el propio sistema, de manera los recursos tecnológicos terminan por ser recursos de dominación sobre el receptor. Según este sistema, la mayoría de las necesidades estructurales de la sociedad moderna encuentran su satisfacción en la cultura de masas. La industria cultural, antepone el valor mercantil de los productos a su calidad cultural.
Así, hoy en día se puede situar a cualquier medio de comunicación dentro de la propuesta de industria cultural, pues los medios se han consolidado no solamente como una fuente de inmensurable información, sino como industrias que han mecanizado tanto sus contenidos como a sus receptores, o para efectos de la industria; sus consumidores. Un ejemplo de esto es la música.
Por lo anteriormente expresado, es que haré un breve análisis comparativo de algunas concepciones respecto a la industria cultural de la música (centrándome en Horkheimer), situándolos específicamente dentro del estilo musical denominado como reggaetón.
Independientemente al origen de este género, el reggaetón ha sido uno de los productos que constantemente se ha explotado dentro de la industria cultural musical desde hace un par de años, pero ¿por qué ha causado tanto interés por parte de los medios, continuar copiando un producto que en esencia, se ha reciclado desde que se presentó al público?
Horkheimer afirma que los clichés surgieron a partir de la necesidad de los consumidores. Es decir, por la exigencia de querer ser aceptados socialmente. Dentro de este ciclo de manipulación y necesidad, es donde el sistema de los medios se reafirma cada vez con mayor fuerza. De la misma manera, el reggaetón al basar la imagen de sus principales exponentes en el derroche de bienes materiales, la fama, la sumisión del sexo opuesto, y en general en vidas completamente despreocupadas; logra acaparar la atención de un gran público enajenado previamente por las construcciones sociales de lo que entienden por éxito. Por otra parte, la letra de esta música hace referencia a situaciones sexuales en las que regularmente la mujer es puesta como un objeto de placer, y en ocasiones hasta llegan a ser denigrantes para algunos sectores de la sociedad. Sin embargo, a pesar de esto, el ritmo repetitivo y pegajoso hace que el público digiera rápidamente y memorice de manera sencilla las letras de casi cualquier canción de reggaetonera. Esta temática constante en dichas melodías, puede ser otra de las virtudes por las cuales las industrias culturales de la música, continúan interesándose en reciclar este tipo de género musical. En consecuencia, se puede decir que esta industria cultural en específico, busca lo estético por sobre lo ético, para así, generar mayor adhesión y mayores dividendos.
Otro de los grandes atributos por los que las industrias culturales musicales siguen echando mano del reggaetón, son las grandes sumas de dinero que deja como ganancia por la venta de discos. Pues, tan sólo en 2007 uno de sus principales exponentes vendió seis millones de copias alrededor del mundo. Esto nos demuestra con hechos, lo que planteaban los filósofos de la Escuela de Frankfurt, que es la obtención de ganancias a partir de la producción, la principal búsqueda de las industrias culturales.
Por lo tanto, esta venta masificada de un producto cultural (en este caso musical), se ve esquematizado bajo todo un plan de mercadeo como bien lo señala Horkheimer (1994), la industria realiza el esquematismo como el primer servicio para el cliente, para el consumidor no hay nada que clasificar que no haya sido anticipado por el esquematismo de la producción. Se evidencia así, que cualquier medio de comunicación que promociona este tipo de música funciona de la misma manera que cualquier empresa manufacturera, de servicios, o de cualquier otro giro comercial.
Toda cultura bajo el dominio monopolizador de una industria cultural, tiende a ser idéntica u homogenizada. Horkheimer plantea que los productos derivados de dicha industria no necesitan darse como arte, sino que únicamente la ideología les sirve como negocio que legitima la deficiente calidad en lo que realizan de manera deliberada. Con ello, se explica la difusión e interés recibido por parte de estas fábricas culturales, que obtiene este género musical debido a sus letras sexistas, soeces y sin coherencia con un discurso crítico, razonable o coherente con el contexto político, económico y social de Latinoamérica.
Los métodos de las industrias culturales suelen ser muy sutiles para incitar al consumismo de sus productos, aunque la adquisición de ello represente un perjuicio hacia éstos últimos. Las industrias culturales, particularmente las que se conciban como monopolios, tienen como verdadera intención un beneficio a cualquier costo. Horkheimer plantea que a los individuos que se niegan a cualquier tipo de práctica cultural por concebirlo como un agente dañino para sí mismo, están condenados a ser aislados o rechazados. Se llega así, al convencimiento hacia los receptores o más bien consumidores, que al negarse a los medios o a las distintas industrias culturales, no obtendrán ningún beneficio social. Dando así como resultado, que tarde o temprano todos los individuos se terminen por adherir a sus prácticas de industrialización mediática.
De esta manera (como cualquier negocio), las televisoras, radiodifusoras, disqueras, o cualquier empresa que se pueda beneficiar del reggaetón; se encargará de dirigir cada uno de sus productos a todo tipo de consumidor, funcionando bajo los mismos parámetros que una agencia de mercado. Esta industria cultural, hace sus distinciones enfáticas tal y como lo plantea Horkheimer, en el sentido que para todos hay algo previsto, ninguno puede escapar, las diferencias son acuñadas y propagadas artificialmente. En resumen, se homogenizan los gustos y preferencias para la sociedad. Cada uno debe comportarse, por así decirlo, espontáneamente de acuerdo con su “nivel”, que le ha sido asignado previamente sobre la base de índices estadísticos, y echar mano de la categoría de productos de masa que ha sido fabricada para su tipo.
Así, se puede afirmar abiertamente que las industrias culturales se han encargado de transformar gran parte de sus contenidos en simples mercancías ofrecidas para todo tipo de consumidor, con la única finalidad de mantener un letargo intelectual que tiene como objetivo continuar alimentando el sistema neo-liberalista que nos rige en la actualidad y que así mismo, procura institucionalizar de manera industrializada toda la cultura de las diversas sociedades del mundo.
Por: María Fernanda Moraga