"El oro"; cuestión esta que se ha utilizado como caballo de Troya para intentar confundir los verdaderos designios de España en el continente. Típico de la mentalidad marxista de cuño hegeliano el querer explicar, interpretar, todo hecho histórico en móviles materiales (lo que usualmente denominamos "materialismo histórico" ), Y es por esta estrechez mental, esa insuficiencia crítica y cognitiva, que no han podido explicar un proceso que continuó por más de 300 años, donde se fundaron cientos de casas de estudios, de oficios, de hospitales, edificios, templos, construyendo ciudades en las regiones más recónditas, inhóspitas y peligrosas del continente donde no había más riqueza o recursos naturales que unos cuantos yuyos.
No. Imposible - y por ello inconducente- será intentar explicar la obra de pacificación y población americana con el pretexto que unos pocos aventureros sedientos de oro se despertaron un día cierto decidiendo ipso facto, desde la espesura de los montes vascos o de las montañas y prenillanuras extremeñas, recorrer más de 5.000 millas náuticas, liquidando todas sus pertenencias (incluso a precio vil), pidiendo prestado lo que no tenían, alejados de su prole, exponiéndose a todo tipo de peligros sabiendo que era probable que jamás volvieran a la Península con vida o con algún dinero en el bolsillo. Antes bien, más factible era que murieran sin un maravedí.
Y la experiencia se encargó de demostrar sus presunciones. Descubrimos por doquier en los anales del descubrimiento, exploración y pacificación americana, conquistadores y adelantados quebrados económicamente y/o comidos por caníbales o liquidados por la hambruna, las guerras, las tempestades y otros mil motivos.
Otros, como el mismo Cortés, reinvierten todo lo ganado en nuevas empresas que los llevarán eventual o indefectiblemente a la quiebra y a la muerte. El conquistador español se ubicó en las antípodas de su par europeo, enriquecido por la especulación financiera y la explotación inhumana de los naturales. La del conquistador español, advierte García Soriano: "fue una vejez de privaciones, estrecheces y miserias. Conquistada América, realizada la homérica hazaña y pacificada la tierra, el conquistador se sentía como escapado del tiempo... Fueron muy pocos los que pudieron gozar del fruto de sus trabajos y desvelos en la paz sencilla y tibia del hogar... En cambio, cuántos cayeron en la mitad del camino, padeciendo las terribles torturas de las flechas, arrebatados por los torrentes, despeñados en los abismos, víctimas de las espantosas torturas del hambre o de las fiebres tropicales, o al filo de las espadas de sus propios compañeros... Examinad el azar, las probanzas de méritos y servicios de los conquistadores que solicitan mercedes a la Corona y oiréis la voz angustiada de los viejos soldados, cubiertos de gloria, solicitar al monarca, en todos los tonos de la súplica, el reconocimiento de sus servicios para mitigar su miseria. Los oiréis quejarse de que a sus años no tienen con qué dotar a sus hijas para casarlas con decoro; que no tienen con qué vestir y educar a sus hijos; que salvo un nombre glorioso, no tienen qué otra herencia dejar a sus descendientes. Examinad el Diccionario Autobiográfico de los Conquistadores y Pobladores de Nueva España, y oiréis una interminable queja, una eterna cantinela, en la que el Conquistador pide a la Corona remedio para sus necesidades y miserias. Viejos, enfermos, cubiertos de heridas y rodeados de hijos, soportan las angustias de una estrechez económica que los aplasta, y que es la mejor réplica a la acusación de avaricia con que sus detractores pretendieron lapidarlos...".
Sin dudas, de haber constituido la materia su único móvil, bastante más sencillo hubiera sido para ellos probar suerte en otros lugares de Europa, en las costas asiáticas y africanas o en la misma España. 1492 es el año que marca el final de la reconquista española contra el infiel y despiadado invasor musulmán, que duró 8 siglos. Ese español, ese católico, infundido de un sentido heroico y servicial de la vida, anhelaba (buscaba incluso hasta enloquecerse) ensanchar los confines e ideales hispánicos -desafiando la gravedad y la geografía misma de ser necesario; como de hecho lo hicieron. Pero, por sobre todo, estos hombres cristocéntricos ambicionaban mayor gloria para Dios; y esto solo podían lograrlo evangelizando a aquellos extraños paganos que habitaban al otro lado del orbe; en un lugar que llamaban "el Nuevo Mundo".
Afirmar que España vino nomás a llevarse el oro riñe completamente con la cuantiosa documentación existente y con los hechos objetivos, verificables, de aquel período. En síntesis, insistir en ello para explicar una empresa que persistió por más de 3 siglos, que construyó y civilizó el continente, es una de dos cosas: mala voluntad o severa estultez.
La cuestión del oro fue para España complementaria, secundaria, casi accidental. Si bien el mal de unos no puede justificar el mal de otros, conviene recordar que los mismos indígenas explotaban a la gran masa perteneciente al pueblo llano en los trabajos de las minas; pues este metal precioso fue igual de estimado entre ellos. ¡Y qué decir de los ingleses! al norte del continente y aun en sus colonias africanas y asiáticas, junto a sus socios (a veces competidores) holandeses -y a veces portugueses-, que no hesitaron un instante en exterminar poblaciones enteras a ese propósito.
España no encuentra oro sino recién más de medio siglo después de haber puesto pie en América. Si la intención de España hubiera sido meramente comercial, hubiera agotado sus energías y recursos en la construcción de puertos y asentamientos costeros -como hicieron los sajones y portugueses-, sin penetrar en el corazón del continente, fundando escuelas, hospitales y universidades; tanto para indígenas como para españoles. Dice don Vicente Sierra:
" (...) las ganancias materiales no aparecieron sino mucho más tarde, pues ni el oro abundaba como algunos suponen, ni el trigo, las hortalizas y las frutas aparecieron con solo sembrarlas, ni aumentaron las vacas sus pariciones, ni las gallinas traídas de España pusieron más de un huevo por día (...) Y al llegar, lo mismo en la México fabulosa, que en el Tucumán donde no había ni raíces para comer, el conquistador se queda, deja en un rincón las armas y ara o busca quien mueva un arado".
No obstante, reconocemos, difícil será negar que algunos conquistadores fueron movidos en parte por afanes materiales (lo cual no es ilegítimo ni inmoral per se), y, en realidad, no debería sorprendernos si nos ponemos en sus zapatos por un momento.
Muchos de ellos, lo hemos dicho ya, habían invertido todo cuanto poseían para emprender tan agotador y costoso viaje, llegándose a endeudar grandemente. No hay que olvidar que las conquistas y exploraciones - salvo la de Colón y alguna otra, sufragadas por la Corona- fueron empresas privadas, siendo por tanto natural que estos quisiesen recuperar lo invertido o sacar algún rédito por su esfuerzo. Y es lógico que así fuese, ¿o acaso el que trabaja no merece una retribución? Máxime quien trabaja arriesgando su vida por una causa trascendente y universal. Ingrato e injusto sería de nuestra parte olvidar que hoy habitamos este continente gracias a su arrojo.
Conviene recordar, no obstante, que en general fueron estos hombres profundamente religiosos, mediando además un contrato con la Corona: "se habían comprometido con los monarcas a difundir el evangelio cristiano entre los indígenas y, naturalmente, a protegerlos y darles buen trato". Violentar el acuerdo no solo significaba la rescisión del convenio, sino que acarreaba gravísimas consecuencias para la fama de sus personas (en tiempos donde el honor lo era todo), pudiendo ser multados y encarcelados (como de hecho sucedió algunas veces). Por tanto, actuar conforme al Derecho y al Evangelio estaba en el mejor interés de todos -aun de los avariciosos-.
Y para asegurarse que ningún posible abuso de colonos, adelantados o conquistadores pasase por alto, la Corona y la Iglesia tenían sus propios ojos en el continente: los misioneros; predicadores como Antonio de Montesinos o Toribio de Benavente -por nombrar sólo dos grandes protectores de indígenas-, y un sin fin de funcionarios reales, entre cuyas atribuciones estaba la de supervisar y vigilar el comportamiento de conquistadores, adelantados, colonos, etc.
Por tanto, nada de inmoral e ilícito encontramos en el anhelo material de conquistadores y colonos, puesto que, antes que todo, fueron labradores y constructores. Lo "malo" o reprochable no es el oro en sí o su búsqueda, como enseña el Dr. Antonio Caponnetto, "Cuando las apartadas del sentido cristiano, las personas y las naciones anteponen las razones financieras a cualquier otra, las exacerban en desmedro de los bienes honestos y proceden con métodos viles para obtener riquezas materiales". Conviene aclarar, por si hiciera falta -como ha sido ya largamente probado y discutido- que España no se enriqueció en su empresa americana sino justamente lo contrario. Los mismos impugnadores de la conquista española son quienes se encargan de señalar que el fracaso económico de España se debió, en gran medida, a su falta de políticas y medidas adecuadas para la explotación comercial del continente; relegando lo económico a un segundo y lejano plano. Ingenuamente, algunos historiadores creen tener la prueba de la "sed de oro" española en los cargamentos que de este metal partían a la Península, pero no dicen que a cambio ingresaban al continente un sin fin de mercancías y productos utilísimos para la mejora sustancial en la calidad de vida de sus habitantes. A esto comentar el historiador Caponnetto: " (...) además, la explotación minera, fue considerada por la Corona como de utilidad pública, de modo tal que no pocos de sus réditos volvían a América en inversiones institucionales, administrativas o asistenciales". De allí la expresión de Bravo Duarte de que todo el país (refiriéndose al americano) fue beneficiado por la minería".
España no participó ni se contagió de la política capitalista y expoliadora -creada y promovida por protestantes y judíos- practicada por el resto de Europa, sino que la combatió tenazmente, coherente con la doctrina católica.
Si por el vil metal se inculpa a España, entonces, con mismo criterio, caerían necesariamente bajo el mismo yugo acusatorio todas las naciones modernas, que al momento de su creación o independencia apropiáronse de los recursos de la región (de otra forma no hubieran podido construir ni una mesa).
Refiriéndose al momento de la primera aparición de oro en América, dice don Vicente Sierra:
"Es muy explicable que los colonos, a pesar de todo su catolicismo, se dedicaron a recogerlo. Si así no hubieran procedido, y hubieran despreciado al rico metal para preferir continuar plantando repollos o criando aquellos cerdos, sin los cuales no se hubiera conquistado el Nuevo Mundo, pues fueron los cerdos de La Española los que integraban las columnas de abastecimiento de los conquistadores. España sería un país de orates. Y no hubiera fundado un imperio sino una casa de salud".
FUENTES:
1) 1492, FIN DE LA BARBARIE Y COMIENZO DE LA CIVILIZACIÓN EN AMÉRICA de Cristian Rodrigo Iturralde
2) EL CONQUISTADOR ESPAÑOL DEL SIGLO XVI de Manuel García Soriano
3) EL SENTIDO MISIONAL DE LA CONQUISTA DE AMÉRICA de Vicente Sierra
4) HISPANIDAD Y LEYENDAS NEGRAS de Antonio Caponnetto
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