Siempre nos quejamos de los empresarios argentinos corruptos desalmados, pero no fue siempre así existieron hombres como Enrique Ernesto Shaw que honrraron el empresariado argentino.
Aqui un pantallazo de como era:
Enrique Shaw, hijo de los argentinos Sara Tornquist y Alejandro Shaw, nació en París el 26 de febrero de 1921 y regresó al país con su familia cuando tenía 2 años. Tras formarse en el colegio porteño de La Salle, se enroló en la Marina, donde llegó a ser teniente de fragata, para luego pedir la baja y dedicarse a la vida empresaria en la cristalería Rigolleau. El 23 de octubre de 1943 se casó con Cecilia Bunge, con quien tuvo 9 hijos.
Siendo militante de la Acción Católica fue detenido durante el gobierno de Juan Domingo Perón. A lo largo de su vida compatibilizó la actividad empresarial con la piedad religiosa, al punto de aplicar la Doctrina Social de la Iglesia al mundo de los negocios y fundar en 1952 ACDE, organización de la que fue su primer presidente.
Con los años, se dedicó al mundo empresarial y llegó a ser director de "Cristalerías Regolleau", donde tenía a cargo a 3.400 obreros y desde donde impulsó -en plena presidencia de Perón- una caja previsional propia, además de una mutual para brindar servicios médicos, subsidios por enfermedad y préstamos para urgencias en casos de casamiento, nacimiento o fallecimiento. Una de sus consignas era: "Debemos crear trabajo… y cuanto más eficiente sea nuestra labor, más recursos tendrá la Providencia para repartir entre pobres y necesitados".
Relación con todos. Su vida privada era sencilla y devota. Llevaba asiduamente a sus hijos a la empresa donde trabajaba para enseñarles a relacionarse con los obreros, a quienes conocía por sus nombres y recordaba sus problemas. No tenía chofer, asistía a la Iglesia del Pilar (Recoleta) donde escuchaban la misa en familia y descansaban en una quinta familiar de San Miguel o en el balneario bonaerense de Pinamar.
Quienes lo conocieron aseguran que aportaba préstamos de su propio bolsillo para alguna urgencia que se presentara entre los obreros. "Es indispensable mejorar la convivencia social dentro de la empresa", decía. "Importa mucho que el dirigente de empresa sea accesible. Hay que humanizar la fábrica", consideraba Shaw.
El empresario Enrique Shaw, quien, entre muchas otras actividades, fue el fundador, en 1952, y primer presidente de la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa (ACDE), y como tal supo concebir y empezar a desarrollar conceptos sobre el papel fundamental de las empresas en la economía y la sociedad de un país. Ayer se celebraron diversos actos en su homenaje que recordaron sus valiosos aportes.
En 1957 se le descubrió un cáncer y debió someterse a un tratamiento que implicó operaciones y transfusiones. Asombraba a los médicos la cantidad de donantes que se agolpaban para dar sangre, en su mayoría trabajadores de Rigolleau. Murió el 27 de agosto de 1962, a los 41 años.
No es extraño que cuando se recuerda a Shaw y su labor incansable sean sus familiares y empresarios quienes lo hagan, pero que también tomen la palabra para referirse a él los historiadores y preguntarse, por ejemplo, cuál sería su actitud si hoy viviera o cómo sería nuestro país de haberse aplicado el pensamiento llevado a la acción de Enrique Shaw.
A tantos años después de su desaparición física, hay una frase suya que no sólo ejemplifica perfectamente las obligaciones de quien está al frente de una empresa y, por eso mismo, tiene un gran compromiso y responsabilidad con los demás, sino que define también en un sentido más amplio a cualquier ciudadano: "Como empresario, hay que sembrar esperanza, ver la realidad, renunciar al beneficio del momento, ser un puente entre quienes conocen el problema y los sumergidos que piensan en su situación inmediata".
Shaw abogaba por humanizar las fábricas
Shaw abogaba por humanizar las fábricas.Foto:Archivo
El mismo ilustró con su desempeño el valor de esta frase. Como director de una de las principales empresas industriales del país hacia la década del cincuenta (la firma Cristalerías Rigolleau), se ocupó del bienestar de cada uno de sus más de 3000 trabajadores y de sus familias, asumió el cuidado del ambiente como responsabilidad hacia la sociedad y hacia las generaciones futuras, se preocupó para que las mejoras implementadas en su empresa se plasmaran en políticas públicas -fue impulsor de la ley de asignaciones familiares- y promovió decididamente el desarrollo de su comunidad.
Shaw seguramente no sabía que algún día su singular manera de encarar las relaciones entre el empresario, los trabajadores y la sociedad sería conocida con el nombre de responsabilidad social empresaria (RSE): "Es indispensable mejorar la convivencia social dentro de la empresa -explicaba-; hay que humanizar la fábrica".
En estos momentos de crisis moral más que económica, la vida y las enseñanzas de Enrique Shaw se constituyen en un ejemplo que los ciudadanos argentinos, y principalmente los empresarios, ciertamente deberían recoger para reflexionar sobre qué significa participar activamente de la vida de una comunidad y de un país, y por qué vale la pena comprometer en ello los mejores esfuerzos.
Anecdotas y testimonios.
En 1961, cuando la empresa se vendió a capitales norteamericanos que querían despedir a 1.200 obreros, Shaw -ya enfermo de cáncer- se opuso terminantemente y viajó a Estados Unidos para proponer soluciones que evitaran los despidos, lo que finalmente logró. Volcado a la defensa de los derechos del obrero, participó en congresos, dictó conferencias, editó publicaciones, redactó su diario y varios manuscritos.
"No hay que olvidar que el obrero no es sólo un productor de riqueza", afirmaba. "Es un instrumento de la empresa, o un engranaje de la industria, sino un ser espiritual, cuya dignidad y valores humanos han de estar siempre en el pensamiento de aquellos que administran las riquezas de la tierra", sostenía el empresario.
Una de las mejores postales que lo muestran como "un dirigente distinto" fue cuando, muy deteriorado por su enfermedad, se pidieron dadores de sangre para sus frecuentes transfusiones: se presentaron unos 260 obreros de la fábrica. "Ahora sí puedo decirles que casi toda la sangre que corre por mis venas es sangre obrera", les dijo. "Estoy así más identificado que nunca con ustedes, a quienes tuve y consideré siempre no como simples ejecutores, sino también como ejecutivos", agradeció.
Aqui un pantallazo de como era:
Enrique Shaw, hijo de los argentinos Sara Tornquist y Alejandro Shaw, nació en París el 26 de febrero de 1921 y regresó al país con su familia cuando tenía 2 años. Tras formarse en el colegio porteño de La Salle, se enroló en la Marina, donde llegó a ser teniente de fragata, para luego pedir la baja y dedicarse a la vida empresaria en la cristalería Rigolleau. El 23 de octubre de 1943 se casó con Cecilia Bunge, con quien tuvo 9 hijos.
Siendo militante de la Acción Católica fue detenido durante el gobierno de Juan Domingo Perón. A lo largo de su vida compatibilizó la actividad empresarial con la piedad religiosa, al punto de aplicar la Doctrina Social de la Iglesia al mundo de los negocios y fundar en 1952 ACDE, organización de la que fue su primer presidente.
Con los años, se dedicó al mundo empresarial y llegó a ser director de "Cristalerías Regolleau", donde tenía a cargo a 3.400 obreros y desde donde impulsó -en plena presidencia de Perón- una caja previsional propia, además de una mutual para brindar servicios médicos, subsidios por enfermedad y préstamos para urgencias en casos de casamiento, nacimiento o fallecimiento. Una de sus consignas era: "Debemos crear trabajo… y cuanto más eficiente sea nuestra labor, más recursos tendrá la Providencia para repartir entre pobres y necesitados".
Relación con todos. Su vida privada era sencilla y devota. Llevaba asiduamente a sus hijos a la empresa donde trabajaba para enseñarles a relacionarse con los obreros, a quienes conocía por sus nombres y recordaba sus problemas. No tenía chofer, asistía a la Iglesia del Pilar (Recoleta) donde escuchaban la misa en familia y descansaban en una quinta familiar de San Miguel o en el balneario bonaerense de Pinamar.
Quienes lo conocieron aseguran que aportaba préstamos de su propio bolsillo para alguna urgencia que se presentara entre los obreros. "Es indispensable mejorar la convivencia social dentro de la empresa", decía. "Importa mucho que el dirigente de empresa sea accesible. Hay que humanizar la fábrica", consideraba Shaw.
El empresario Enrique Shaw, quien, entre muchas otras actividades, fue el fundador, en 1952, y primer presidente de la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa (ACDE), y como tal supo concebir y empezar a desarrollar conceptos sobre el papel fundamental de las empresas en la economía y la sociedad de un país. Ayer se celebraron diversos actos en su homenaje que recordaron sus valiosos aportes.
En 1957 se le descubrió un cáncer y debió someterse a un tratamiento que implicó operaciones y transfusiones. Asombraba a los médicos la cantidad de donantes que se agolpaban para dar sangre, en su mayoría trabajadores de Rigolleau. Murió el 27 de agosto de 1962, a los 41 años.
No es extraño que cuando se recuerda a Shaw y su labor incansable sean sus familiares y empresarios quienes lo hagan, pero que también tomen la palabra para referirse a él los historiadores y preguntarse, por ejemplo, cuál sería su actitud si hoy viviera o cómo sería nuestro país de haberse aplicado el pensamiento llevado a la acción de Enrique Shaw.
A tantos años después de su desaparición física, hay una frase suya que no sólo ejemplifica perfectamente las obligaciones de quien está al frente de una empresa y, por eso mismo, tiene un gran compromiso y responsabilidad con los demás, sino que define también en un sentido más amplio a cualquier ciudadano: "Como empresario, hay que sembrar esperanza, ver la realidad, renunciar al beneficio del momento, ser un puente entre quienes conocen el problema y los sumergidos que piensan en su situación inmediata".
Shaw abogaba por humanizar las fábricas
Shaw abogaba por humanizar las fábricas.Foto:Archivo
El mismo ilustró con su desempeño el valor de esta frase. Como director de una de las principales empresas industriales del país hacia la década del cincuenta (la firma Cristalerías Rigolleau), se ocupó del bienestar de cada uno de sus más de 3000 trabajadores y de sus familias, asumió el cuidado del ambiente como responsabilidad hacia la sociedad y hacia las generaciones futuras, se preocupó para que las mejoras implementadas en su empresa se plasmaran en políticas públicas -fue impulsor de la ley de asignaciones familiares- y promovió decididamente el desarrollo de su comunidad.
Shaw seguramente no sabía que algún día su singular manera de encarar las relaciones entre el empresario, los trabajadores y la sociedad sería conocida con el nombre de responsabilidad social empresaria (RSE): "Es indispensable mejorar la convivencia social dentro de la empresa -explicaba-; hay que humanizar la fábrica".
En estos momentos de crisis moral más que económica, la vida y las enseñanzas de Enrique Shaw se constituyen en un ejemplo que los ciudadanos argentinos, y principalmente los empresarios, ciertamente deberían recoger para reflexionar sobre qué significa participar activamente de la vida de una comunidad y de un país, y por qué vale la pena comprometer en ello los mejores esfuerzos.
Anecdotas y testimonios.
En 1961, cuando la empresa se vendió a capitales norteamericanos que querían despedir a 1.200 obreros, Shaw -ya enfermo de cáncer- se opuso terminantemente y viajó a Estados Unidos para proponer soluciones que evitaran los despidos, lo que finalmente logró. Volcado a la defensa de los derechos del obrero, participó en congresos, dictó conferencias, editó publicaciones, redactó su diario y varios manuscritos.
"No hay que olvidar que el obrero no es sólo un productor de riqueza", afirmaba. "Es un instrumento de la empresa, o un engranaje de la industria, sino un ser espiritual, cuya dignidad y valores humanos han de estar siempre en el pensamiento de aquellos que administran las riquezas de la tierra", sostenía el empresario.
Una de las mejores postales que lo muestran como "un dirigente distinto" fue cuando, muy deteriorado por su enfermedad, se pidieron dadores de sangre para sus frecuentes transfusiones: se presentaron unos 260 obreros de la fábrica. "Ahora sí puedo decirles que casi toda la sangre que corre por mis venas es sangre obrera", les dijo. "Estoy así más identificado que nunca con ustedes, a quienes tuve y consideré siempre no como simples ejecutores, sino también como ejecutivos", agradeció.