A Sudáfrica no sólo llegan futbolistas y turistas
Miles de inmigrantes y refugiados viven hacinados en edicifios abandonados de Sudáfrica
Los que entran por la frontera con Zimbabue se enfrentan a la extorsión y la violencia de las mafias
Musina está en la frontera que separa a Zimbabue y Sudáfrica, una línea que no sólo es territorial, también delimita al país de la crisis humanitaria frente al de la economía emergente, con mundial de fútbol incluido. En la imagen que Sudáfrica exporta estos días no hay rastro de los miles de inmigrantes que malviven en sus calles y edificios abandonados.
En Musina piden asilo 300 personas cada día, la mayoría vecinos zimbabuenses y muchos de ellos niños que viajan solos enviados por sus propias familias en busca de ingresos, cuenta Médicos Sin Fronteras en su informe “La vida de los migrantes y refugiados en Suráfrica”. Al no tener pasaporte se ven obligados a traspasar la frontera de forma irregular. Les cuesta 150 dólares, prohibitivo para quien huye de la pobreza. Pero el precio es mucho más alto, cruzan el río Limpopo, se abren paso entre la maleza y se exponen a la extorsión de las mafias. Las bandas criminales, conocidas como los guma guma, roban y violan a mujeres y hombres.
“Crucé el río con un grupo de cuatro personas. Nos abordó en el lado sudafricano una banda de siete guma guma armados con cuchillos y pistolas. Quisieron obligarme a mantener relaciones con las mujeres de mi grupo, pero me negué. Entonces, uno de los guma guma me introdujo a la fuerza su pene en el ano y eyaculó. No sé en realidad cuántos me violaron porque todo el incidente me dejó muy confuso. Me desmayé y cuando me desperté no estaban por ninguna parte” cuenta un joven a MSF.
En lo que llevamos de 2010 han recibido asistencia 120 personas. Dos de cada tres víctimas que atiende la organización son mujeres, de ellas un 20 por ciento están embarazadas. “En estos casos de violación nunca se utilizan preservativos. Muchos de los supervivientes de las agresiones sexuales y de las bandas de guma guma ya son seropositivos, por lo que estamos asistiendo a la propagación del ciclo del VIH, ya que una misma mujer a menudo es violada repetidamente por distintos miembros de las bandas de guma guma, y a menudo también obligan a los compañeros de viaje de las mujeres a violarlas. No podemos dar a todo el mundo el tratamiento profiláctico pos-exposición contra el VIH porque no siempre acuden a nosotros a tiempo. Muchas veces, lo primero que hacen tras ser robadas en la frontera es dirigirse a buscar trabajo en las granjas y sólo acuden a Musina días después, cuando hayan ganado algo de dinero. Para entonces, ya es tarde para prevenir el VIH”, explica un consejero de salud de MSF en Musina. En Sudáfrica vive una sexta parte de todos los enfermos de sida del mundo. Cada día hay 1.500 nuevos infectados y 1.000 personas mueren al año por la enfermedad. Las cifras oficiales hablan de casi seis millones de seropositivos.
El Gobierno no sabe cuántos inmigrantes y refugiados indocumentados hay, sus números oscilan entre los tres y seis millones. En Johannesburgo viven, junto a otros sudafricanos que huyen de las zonas más pobres del país, en los 1000 edificios abandonados que están repartidos por la ciudad. Muchos están controlados por criminales y terratenientes que les cobran precios que oscilan entre 80 euros mensuales hasta cinco euros al día pero no realizan ningún tipo de mantenimiento. No tienen luz, agua, ni servicios básicos. En cada inmueble habitan entre 500 y 1.000 personas.
“La cantidad de basura aumenta a diario. Mira este enorme montón: cada dos por tres se oyen y se ven las ratas. ¿Puedes imaginar que por aquí pasan y juegan niños, o que en esta misma habitación, justo al lado de la basura, vive un pequeño bebé de apenas unos días de edad?” cuenta uno de los residentes.
Según MSF en los últimos siete meses ha habido al menos cuatro desalojos en los que miles de personas han sido expulsadas a la calle con palos y ,en algunos casos, balas de goma por compañías de seguridad privadas conocidas como las Red Ants (Hormigas Rojas). Una vez fuera no se les permite volver para recoger sus pertenecias, que son tiradas a la calle desde las ventanas.
Los inmigrantes y refugiados se enfrentan, además, a una fuerte discriminación. En 2008 un brote de xenofobia se saldó con 62 inmigrantes asesinados, miles huyeron de sus hogares. Hoy se siguen dando casos de desalojados por grupos de ciudadanos sudafricanos. En noviembre, más de 1.600 zimbabuenses, entre los que había 187 niños, fueron expulsados de un suburbio en la región de Cabo Occidental. Sus chozas fueron saqueadas y destruidas junto a la mayor parte de sus pertenencias. La gente del lugar decía que los extranjeros les estaban dejando sin empleo. Y en diciembre un grupo de vecinos de Polokwane atacaron a más de 100 zimbabuenses que vivían en otro suburbio de esa ciudad.
“Un grupo de gente irrumpió en la casa echando la puerta abajo. Me dijeron que les mostrara mi DNI sudafricano y cuando les dije que no tenía, comenzaron a golpearme con palos y piedras y a darme patadas y puñetazos. Logré escapar de la casa y empecé a correr calle abajo, pero no se detuvieron. Empezaron a seguirme en coche y me dejaron correr un buen rato. Me volvieron a atrapar y a golpearme hasta que quedé tendido en el suelo cubierto de sangre. Me dieron por muerto. Al cabo de un rato, intenté moverme, llegué con dificultad hasta una cabina y llamé a una ambulancia. La ambulancia nunca llegó. Tres personas que me vieron tirado en el suelo pararon, me subieron a su coche y me trajeron al hospital. No ha sido la primera vez. El año pasado seis personas me dieron una paliza, pero no fue como esta vez, esta vez querían matarme” cuenta un joven zimbabuense.
Habitualmente son arrestados y liberados por la policía sin cargo alguno. “La policía nacional o la metropolitana siempre están yendo a por los extranjeros que van por la calle, aunque estés de compras. Siempre encuentran algún delito del cual acusarte y te piden que pienses un plan [pagarles], como darles dinero, aunque no sea más que 20 Rand (unos dos euros)” cuenta un inmigrante en Johannesburgo. En el ámbito laboral son explotados, recibiendo salarios míseros.
MSF ha registrado un aumento de casos de tuberculosis y una alta tasa de enfermedades de transmisión sexual. La organización denuncia que el hacinamiento y las pésimas condiciones de vida en las que viven estas personas les provocan infecciones de las vías respiratorias, enfermedades diarreicas y gastrointestinales, afecciones cutáneas y dolencias relacionadas con el estrés. Estrés y miedo con el que conviven a diario. ”Tengo miedo de la xenofobia, pues todo el mundo dice que nuestra situación se agravará después del Mundial de fútbol” cuenta un inmigrante.
Trabajo infantil en la industria de los balones de fútbol
La ilusión, los goles, las ganas de divertirse y, como no, de ganar. Todo esto es el Mundial. Pero la celebración del Día Internacional contra el Trabajo Infantil obliga a acordarse de la otra cara de la moneda: la de los niños que pierden la infancia cosiendo balones para esta gran industria que es el fútbol.
Un mundial Neoliberal
Éste es un país donde sorprenden los niveles de riqueza y pobreza puestos de forma contigua. La Copa del Mundo, lejos de ayudar a cambiar esta situación es sólo una lupa que amplifica todos los defectos de este sistema post-apartheid". Esta frase, contra lo que podría parecer, no proviene de ningún activista social o un académico marxista, sino de Dave Zirin, uno de los periodistas deportivos más famosos de los Estados Unidos. Pero es que Sudáfrica es, desde el año pasado, el país más desigual del mundo y es imposible que a ningún visitante mínimamente curiosos se le escape el contraste entre los hoteles de cinco estrellas y los inmensos barrios de chabolas de cartón y lata. Y a medida que se acercaba el evento deportivo -el más grande celebrado nunca en todo el continente- han ido en aumento las voces que denunciaban que el Mundial ha acentuado aún más estas desigualdades en vez de, como prometía el Gobierno, desarrollar el país y ayudar a la gente a salir de la pobreza.
Según datos ofrecidos por Pravin Gordhan, Ministro sudafricano de Economía, del 2,5% de crecimiento del PIB calculado para 2010 un 0,5 estará relacionado directamente con la organización del Mundial. Pero es que este tirón solo se explica por una colosal inversión pública. En los últimos años el país entero ha hecho una "puesta a punto" y hoy puede presumir de carreteras, aeropuertos, estadios y centros urbanos totalmente remodelados, cuando no directamente nuevos. "El problema es que se ha hipotecado gran parte del presupuesto público en unas infraestructuras que refuerzan el modelo de desarrollo neoliberal en vez de centrarse en una apuesta social y sostenible -cuenta el profesor de economía de la Universidad de Kwa Zulu Natal, Patrick Bond- cuando no se han dedicado directamente a instalaciones totalmente inútiles como son los estadios, que en conjunto han costado 3.000 millones de rands [300 millones de euros]. Y éste es un dinero que ha salido de las partidas para agua potable, vivienda social, sanidad o educación". O tal y como expresaba el recientemente fallecido Dennis Brutus, considerado una de las estrellas deportivas nacionales, "si quieren ayudar al deporte que hagan canchas en los colegios
Miles de inmigrantes y refugiados viven hacinados en edicifios abandonados de Sudáfrica
Los que entran por la frontera con Zimbabue se enfrentan a la extorsión y la violencia de las mafias
Musina está en la frontera que separa a Zimbabue y Sudáfrica, una línea que no sólo es territorial, también delimita al país de la crisis humanitaria frente al de la economía emergente, con mundial de fútbol incluido. En la imagen que Sudáfrica exporta estos días no hay rastro de los miles de inmigrantes que malviven en sus calles y edificios abandonados.
En Musina piden asilo 300 personas cada día, la mayoría vecinos zimbabuenses y muchos de ellos niños que viajan solos enviados por sus propias familias en busca de ingresos, cuenta Médicos Sin Fronteras en su informe “La vida de los migrantes y refugiados en Suráfrica”. Al no tener pasaporte se ven obligados a traspasar la frontera de forma irregular. Les cuesta 150 dólares, prohibitivo para quien huye de la pobreza. Pero el precio es mucho más alto, cruzan el río Limpopo, se abren paso entre la maleza y se exponen a la extorsión de las mafias. Las bandas criminales, conocidas como los guma guma, roban y violan a mujeres y hombres.
“Crucé el río con un grupo de cuatro personas. Nos abordó en el lado sudafricano una banda de siete guma guma armados con cuchillos y pistolas. Quisieron obligarme a mantener relaciones con las mujeres de mi grupo, pero me negué. Entonces, uno de los guma guma me introdujo a la fuerza su pene en el ano y eyaculó. No sé en realidad cuántos me violaron porque todo el incidente me dejó muy confuso. Me desmayé y cuando me desperté no estaban por ninguna parte” cuenta un joven a MSF.
En lo que llevamos de 2010 han recibido asistencia 120 personas. Dos de cada tres víctimas que atiende la organización son mujeres, de ellas un 20 por ciento están embarazadas. “En estos casos de violación nunca se utilizan preservativos. Muchos de los supervivientes de las agresiones sexuales y de las bandas de guma guma ya son seropositivos, por lo que estamos asistiendo a la propagación del ciclo del VIH, ya que una misma mujer a menudo es violada repetidamente por distintos miembros de las bandas de guma guma, y a menudo también obligan a los compañeros de viaje de las mujeres a violarlas. No podemos dar a todo el mundo el tratamiento profiláctico pos-exposición contra el VIH porque no siempre acuden a nosotros a tiempo. Muchas veces, lo primero que hacen tras ser robadas en la frontera es dirigirse a buscar trabajo en las granjas y sólo acuden a Musina días después, cuando hayan ganado algo de dinero. Para entonces, ya es tarde para prevenir el VIH”, explica un consejero de salud de MSF en Musina. En Sudáfrica vive una sexta parte de todos los enfermos de sida del mundo. Cada día hay 1.500 nuevos infectados y 1.000 personas mueren al año por la enfermedad. Las cifras oficiales hablan de casi seis millones de seropositivos.
El Gobierno no sabe cuántos inmigrantes y refugiados indocumentados hay, sus números oscilan entre los tres y seis millones. En Johannesburgo viven, junto a otros sudafricanos que huyen de las zonas más pobres del país, en los 1000 edificios abandonados que están repartidos por la ciudad. Muchos están controlados por criminales y terratenientes que les cobran precios que oscilan entre 80 euros mensuales hasta cinco euros al día pero no realizan ningún tipo de mantenimiento. No tienen luz, agua, ni servicios básicos. En cada inmueble habitan entre 500 y 1.000 personas.
“La cantidad de basura aumenta a diario. Mira este enorme montón: cada dos por tres se oyen y se ven las ratas. ¿Puedes imaginar que por aquí pasan y juegan niños, o que en esta misma habitación, justo al lado de la basura, vive un pequeño bebé de apenas unos días de edad?” cuenta uno de los residentes.
Según MSF en los últimos siete meses ha habido al menos cuatro desalojos en los que miles de personas han sido expulsadas a la calle con palos y ,en algunos casos, balas de goma por compañías de seguridad privadas conocidas como las Red Ants (Hormigas Rojas). Una vez fuera no se les permite volver para recoger sus pertenecias, que son tiradas a la calle desde las ventanas.
Los inmigrantes y refugiados se enfrentan, además, a una fuerte discriminación. En 2008 un brote de xenofobia se saldó con 62 inmigrantes asesinados, miles huyeron de sus hogares. Hoy se siguen dando casos de desalojados por grupos de ciudadanos sudafricanos. En noviembre, más de 1.600 zimbabuenses, entre los que había 187 niños, fueron expulsados de un suburbio en la región de Cabo Occidental. Sus chozas fueron saqueadas y destruidas junto a la mayor parte de sus pertenencias. La gente del lugar decía que los extranjeros les estaban dejando sin empleo. Y en diciembre un grupo de vecinos de Polokwane atacaron a más de 100 zimbabuenses que vivían en otro suburbio de esa ciudad.
“Un grupo de gente irrumpió en la casa echando la puerta abajo. Me dijeron que les mostrara mi DNI sudafricano y cuando les dije que no tenía, comenzaron a golpearme con palos y piedras y a darme patadas y puñetazos. Logré escapar de la casa y empecé a correr calle abajo, pero no se detuvieron. Empezaron a seguirme en coche y me dejaron correr un buen rato. Me volvieron a atrapar y a golpearme hasta que quedé tendido en el suelo cubierto de sangre. Me dieron por muerto. Al cabo de un rato, intenté moverme, llegué con dificultad hasta una cabina y llamé a una ambulancia. La ambulancia nunca llegó. Tres personas que me vieron tirado en el suelo pararon, me subieron a su coche y me trajeron al hospital. No ha sido la primera vez. El año pasado seis personas me dieron una paliza, pero no fue como esta vez, esta vez querían matarme” cuenta un joven zimbabuense.
Habitualmente son arrestados y liberados por la policía sin cargo alguno. “La policía nacional o la metropolitana siempre están yendo a por los extranjeros que van por la calle, aunque estés de compras. Siempre encuentran algún delito del cual acusarte y te piden que pienses un plan [pagarles], como darles dinero, aunque no sea más que 20 Rand (unos dos euros)” cuenta un inmigrante en Johannesburgo. En el ámbito laboral son explotados, recibiendo salarios míseros.
MSF ha registrado un aumento de casos de tuberculosis y una alta tasa de enfermedades de transmisión sexual. La organización denuncia que el hacinamiento y las pésimas condiciones de vida en las que viven estas personas les provocan infecciones de las vías respiratorias, enfermedades diarreicas y gastrointestinales, afecciones cutáneas y dolencias relacionadas con el estrés. Estrés y miedo con el que conviven a diario. ”Tengo miedo de la xenofobia, pues todo el mundo dice que nuestra situación se agravará después del Mundial de fútbol” cuenta un inmigrante.
Trabajo infantil en la industria de los balones de fútbol
La ilusión, los goles, las ganas de divertirse y, como no, de ganar. Todo esto es el Mundial. Pero la celebración del Día Internacional contra el Trabajo Infantil obliga a acordarse de la otra cara de la moneda: la de los niños que pierden la infancia cosiendo balones para esta gran industria que es el fútbol.
Un mundial Neoliberal
Éste es un país donde sorprenden los niveles de riqueza y pobreza puestos de forma contigua. La Copa del Mundo, lejos de ayudar a cambiar esta situación es sólo una lupa que amplifica todos los defectos de este sistema post-apartheid". Esta frase, contra lo que podría parecer, no proviene de ningún activista social o un académico marxista, sino de Dave Zirin, uno de los periodistas deportivos más famosos de los Estados Unidos. Pero es que Sudáfrica es, desde el año pasado, el país más desigual del mundo y es imposible que a ningún visitante mínimamente curiosos se le escape el contraste entre los hoteles de cinco estrellas y los inmensos barrios de chabolas de cartón y lata. Y a medida que se acercaba el evento deportivo -el más grande celebrado nunca en todo el continente- han ido en aumento las voces que denunciaban que el Mundial ha acentuado aún más estas desigualdades en vez de, como prometía el Gobierno, desarrollar el país y ayudar a la gente a salir de la pobreza.
Según datos ofrecidos por Pravin Gordhan, Ministro sudafricano de Economía, del 2,5% de crecimiento del PIB calculado para 2010 un 0,5 estará relacionado directamente con la organización del Mundial. Pero es que este tirón solo se explica por una colosal inversión pública. En los últimos años el país entero ha hecho una "puesta a punto" y hoy puede presumir de carreteras, aeropuertos, estadios y centros urbanos totalmente remodelados, cuando no directamente nuevos. "El problema es que se ha hipotecado gran parte del presupuesto público en unas infraestructuras que refuerzan el modelo de desarrollo neoliberal en vez de centrarse en una apuesta social y sostenible -cuenta el profesor de economía de la Universidad de Kwa Zulu Natal, Patrick Bond- cuando no se han dedicado directamente a instalaciones totalmente inútiles como son los estadios, que en conjunto han costado 3.000 millones de rands [300 millones de euros]. Y éste es un dinero que ha salido de las partidas para agua potable, vivienda social, sanidad o educación". O tal y como expresaba el recientemente fallecido Dennis Brutus, considerado una de las estrellas deportivas nacionales, "si quieren ayudar al deporte que hagan canchas en los colegios