El conflicto entre Maruja y Dominga había empezado por razones tan insignificantes que ya ninguna de las vecinas chismosas lograba recordarlas con claridad.
El caso es que estas señoras se convirtieron en verdaderas enemigas y constantemente se molestaban poniendo el radio a todo volumen, desperdigando la basura y hasta dándose uno que otro empujón.
Después de un incidente en especial grave (Maruca le cortó el agua a Dominga), las vecinas convencieron a esta última de que aplicara una solución definitiva. También fueron a advertirle a Maruca lo que se planeaba en su contra.
Ella se puso un poco nerviosa y esperó el inicio del ataque pensando en cómo se defendería. Éste comenzó de una manera muy inquietante: Dominga le dejó una planta a la puerta de su departamento. “Seguramente es de las que enferman el ambiente con su mal olor”, dijo Maruca y la llevó a la azotea.
Al día siguiente desde su departamento Dominga escuchó que Maruca estaba enferma de tos y pensó: “¡Ésta es mi oportunidad!”.
Le preparó un jarabe con su ingrediente secreto y se lo mandó con Angelito, el niño del portero. El tercer paso del ataque de Dominga fue más raro: de un clavo que había en la puerta de Maruca colgó un extraño amuleto metálico .
Al verlo, Maruca gritó asustada: “Estoy segura de que es un amuleto para que yo tenga mala suerte. Iré al mercado a indagar”
Se dirigió hacia allá y le preguntó a la señora que atendía el puesto de talismanes, hierbas y veladoras. Ésta le respondió: “¡Qué chistoso! Ayer vino su vecina y me pidió algo para la buena suerte. Le vendí ese amuleto que es muy poderoso”. Desconcertada, Maruja volvió a casa. Subió a la azotea y vio que se habían abierto los botones de la planta; era un rosal miniatura, muy perfumado, por el que se peleaban abejas y colibríes.
Fuera de sí bajó corriendo al departamento de Dominga, llamó a la puerta y le preguntó: “¿Pues qué te traes? ¿No que querías acabar con tu enemiga?”. “Claro, y ya lo logré —respondió Dominga—, porque a partir de ahora tú y yo ya somos amigas.
Pásale, te invito un café.” Así fue como Dominga y Maruca se convirtieron en ejemplo de buena amistad y vecindad: ante las adversidades, se daban ánimos y se acompañaban, y ante las alegrías, siempre las compartían; si una enfermaba, la otra la atendía.
Y lo mejor de todo: ¡acabaron para siempre con las habladurías de las vecinas!