Decir “radiación” o “rayos” es no decir mucho (“Energía ondulatoria o partículas materiales que se propagan a través del espacio” según el DRAE), porque radiaciones hay muchas y de muy diversos tipos.
Se le dio este nombre a cualquier emisión de algo, a partir de cualquier cosa, siempre que ese “algo” se transmitiese en línea recta y transportase energía de alguna manera (y, en el caso de las de Becquerel, se les dieron nombres arbitrarios para poder clasificarlas de alguna manera). Lo desafortunado del asunto es que, con el tiempo, radiación ha sido identificado erróneamente con radioactividad y con radiación ionizante, con lo que si alguien dice “hemos estado expuestos a radiación”, la reacción suele ser de preocupación e incluso pánico… aunque la frase pueda referirse igualmente a la radiación emitida por el radio al desintegrarse, o a la luz de color rojo de una simple bombilla.
Radiaciones alfa, beta y gamma
Las tres radiaciones de Becquerel, con el tiempo, fueron identificadas como lo que realmente son, y en mi humilde opinión, no deberíamos seguir llamándolas por sus letras griegas, poco informativas y que parecen englobar a estas emisiones como si fueran básicamente expresiones del mismo proceso físico, cuando existen bastantes más diferencias entre ellas que similitudes. Y, antes de que nadie lo diga, sí, yo sigo refiriéndome a ellas así en muchas ocasiones a lo largo del artículo, pero es que es como se llaman en todas partes; tampoco me gusta lo del efecto invernadero, y así lo llamo aunque me fastidie. Pero vamos por partes.
Los rayos α fueron así nombrados por Ernest Rutherford, y su identificación supuso para el neozelandés (junto con la de los rayos β) el Nobel de Química de 1908, con lo que no voy a extenderme aquí sobre su descubrimiento, sino que lo haré cuando corresponda.
Esta radiación alfa estaba formada por algún tipo de partículas cargadas positivamente, de gran masa o carga muy pequeña, ya que se desviaban al encontrarse en un campo magnético, pero no era una gran desviación.
Efectivamente, la radiación α no es más que núcleos de helio-4 emitidos por una fuente (en el caso de los experimentos de Becquerel y compañía, un elemento radioactivo). Un núcleo de helio tiene siempre dos protones, o no sería helio, y en el caso del helio-4 tiene, además, dos neutrones. Con lo que las partículas que componen la radiación α, llamadas a menudo partículas α, tienen dos protones y dos neutrones, y ningún electrón. Como ves, cumplen las condiciones observadas por los científicos en su descubrimiento inicial: cuatro nucleones suponen una masa realmente grande, la ausencia de electrones implica que tienen carga positiva (+2), con lo que se desvían, pero poco, ante un campo magnético.
Además, esta gran masa explicaba también la escasa penetración que habían observado Becquerel y compañía. Una partícula cargada tan grande (relativamente hablando, claro, como verás dentro de un momento cuando hablemos de la radiación β) no puede recorrer apenas espacio dentro de cualquier sustancia, ya que se topará con un átomo muy pronto, transfiriéndole gran parte de su energía y deteniendo o frenando bruscamente su movimiento. Por eso unos pocos centímetros de aire bastan para detener la radiación alfa.

Si esto sucede, no sobre moléculas del aire, sino sobre el ADN de nuestros cromosomas, las consecuencias pueden ser terribles. Los núcleos de helio-4 emitidos por los elementos radioactivos son verdadera “artillería pesada”, capaz de producir daños gravísimos sobre nuestros genes, con un potencial muy superior al de cualquier otro tipo de radiación, por su enorme masa y gran energía cinética. Afortunadamente para nosotros, este carácter de “artillería pesada” es precisamente el que nos protege de estos núcleos en casi todas las situaciones.
Para empezar, si estás a un metro de un elemento radioactivo que está emitiendo radiación α, los núcleos de helio ni te llegan, porque han sido absorbidos por el aire. De este modo, por dañinos que pudieran ser si alcanzasen el núcleo de tus células, no pueden llegar, con lo que es imposible que “bombardeen” nada. Pero el aire es una sustancia muy tenue, comparada con un líquido o un sólido: incluso si te acercaras a unos pocos centímetros, tu ropa evitaría que las partículas α llegasen a tu piel en casi todo tu cuerpo… y si llegaras a tocar la sustancia, la epidermis detendría prácticamente todas las partículas alfa, y una cantidad inapreciable alcanzaría el interior de tu cuerpo.
¿Quiere esto decir que la radiación α nunca es peligrosa? No, ni mucho menos. El gran tamaño y la carga eléctrica de los núcleos de helio hace muy difícil que lleguen al interior de tu cuerpo si fueron emitidos desde fuera. Si, por ejemplo, te tragas un pedazo de esa sustancia radioactiva, tienes un problema enorme, porque estás recibiendo los núcleos de helio desde dentro. Sí, las paredes de tu aparato digestivo los detendrán… pero, al contrario que las células más externas de la piel, aquéllas están vivas, con lo que puedes sufrir un cáncer en cualquier órgano del aparato digestivo en contacto con la sustancia.

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