Los 27 puntos psicodélicos del cerebro
Una vez, huyendo del metro, y siendo como soy un entusiasta del transporte público, cometí la hoy fácil de juzgar como temeridad de subirme a un autobús urbano de línea.
Hasta aquí bien, aparte de lo extremadamente abusivo del precio. Ya que estamos meto la púa; proteste, que algo queda, y últimamente no se ve muy desfasado.
Fui a sentarme en uno de los primeros asientos, cerca del conductor. Detrás de mí estaba todo completamente ocupado con gente tan corriente y variada que no merece la pena que ni haga una descripción. Casi todos tenemos cierta imaginación gregaria y nos hacemos a la idea de qué son las masas urbanitas.
El centro, al menos temporal, de esta historia era el tipo que se sentó frente a mí, en el primer asiento. Un tipo normal. Un hombre corriente, salvo por la hortera gorra de una empresa de la construcción, que creo que ha quebrado, desaliño casi violento y un sobrepeso evidente.
No hablaba; bramaba al conductor.
- ¡Los 27 puntos psicodélicos del cerebro! Lo que te he contado antes. LOS 27 PUNTOS. ¿Crees que todo esto es casualidad? ¿Que el cabrón que está en el Gobierno llegó porque sí? Es pura psicodelia. PSICODELIA. ¿¡ENTIENDES!? Lo vemos en el fútbol. ¿Sabes que usando nuestro cerebro podemos ir de Madrid a Barcelona en un pestañeo? ES POR LOS PUNTOS CEREBRALES PSICODÉLICOS. Son veintisiete. Aquí, aquí, aquí, aquí… los futbolistas lo saben, lo saben y lo aprovechan. El dopaje es psicodelia. Hay un hijo de puta en el Ayuntamiento, y es psicodelia. ¡VAYA PAR DE DOS! Vaya par de dos. ¿Prefieres rojo o azul? ¿Amarillo o negro? Hay un mundo LLENO de psicodelia, pero nadie sabe que tiene veintisiete puntos en el cerebro preparados. Aquí, aquí, aquí… preparados para todo. Preparados para quemar el Ayuntamiento, si es por echar a ese hijo de puta. El cambio es necesario. Hay una revolución. ¿Dónde está la revolución? ¡En la psicodelia! ¡El cerebro es el guardián inmutable de la REVOLUCIÓN PSICODÉLICA! ¡SIEMPRE HEMOS ESTADO EN GUERRA CON EL GOBIERNO! Aquí, aquí…
Etcétera. El conductor, estoico e imperturbable, o tal vez sordo, aguantaba el chaparrón presuntamente intelectual y se limitaba a conducir, a veces simplemente asintiendo con un cabeceo, suficiente para mantener el ánimo del orador.
Después de casi quince minutos sin parar de berrear su tesis – parecía que le iba a explotar la cabeza en cualquier momento, la cara roja, la voz medio rota y los ojos inflamados -, el de la gorra se calló, tomó aire y permaneció un par de minutos así en silencio hasta que se bajó en una parada sin decirle nada a nadie, ni recibir ninguna clase de respuesta de ninguno de los que estábamos allí, prácticamente lápidas humanas mientras había durado la intervención.
Inocente de mí, pensaba que había terminado el mitin y que entraríamos en una bendita y silenciosa jornada de reflexión. Lo que sucedió fue una lección de realismo, un serio correctivo moral que alguien seguramente estaba encantando de aplicarme por fin. Por bocazas mental, diría la Bruja. A veces es muy orwelliana.
Uno de los viajeros que estaba detrás de mí se adelantó y tomó el sitio vacío del de la gorra. Tomó aire y, con la cara de quien lleva mucho tiempo deseando decir algo – ansioso, jadeante, con los dientes apretados y los dedos convertidos en garfios en torno a las asas del asiento-, empezó el discurso hacia el conductor. Bramando.
- ¡Los 27 puntos psicodélicos del cerebro! Lo que te he contado antes. LOS 27 PUNTOS. ¿Crees que todo esto es casualidad? ¿Que el cabrón que está en el Gobierno llegó porque sí? Es pura psicodelia. PSICODELIA. ¿¡ENTIENDES!? Lo vemos en el fútbol. ¿Sabes que usando nuestro cerebro podemos ir de Madrid a Barcelona en un pestañeo? ES POR LOS PUNTOS CEREBRALES PSICODÉLICOS. Son veintisiete. Aquí, aquí, aquí, aquí…
Noté, no sé, cierta incomodidad.
Uno de esos malditos pero siempre oportunísimos presentimientos me llevó a girarme en el asiento para ver a los demás pasajeros. Todos y cada uno compartían la misma cara, compungida por la impaciencia, retorciendo los dedos, las correas de los bolsos, las gafas entre las manos. Todos mordiéndose los labios, ansiosos, esperando su turno de palabra, a un paso del colapso o del síncope, enrojecidos como en una serie de dibujos animados japoneses.
El que ahora hablaba también se terminó callando en el mismo punto, y también se bajó en otra parada al poco tiempo. Una mujer, una anciana, se levantó con un vigor inaudito y fue a ocupar su lugar. Yo la oí empezar la misma cantinela cuando ya estaba abajo, en la calle. Había salido del autobús casi corriendo, brincando. No quería pasar ni un minuto más allí dentro.
El caso es que durante el resto del día necesité contarle a alguien los de los puñeteros 27 puntos psicodélicos. Lo necesité más que respirar.