InicioApuntes Y MonografiasCausas del ataque a Pearl Harbor






Desde septiembre de 1931, el Japón se encuentra en guerra con China. Es innegable que el Mikado es el agresor. Ya ha conseguido crear un Estado «títere» en Manchukuo (Manchuria) y se ha apoderado de la provincia de Jehol, en China del Norte, así como de la región de Shanghai. Los Estados Unidos son los proveedores del Japón en diversas materias primas indispensables para la conducción de la guerra, especialmente petróleo. Inglaterra es igualmente complaciente con Tokio , y no sólo le suministra materiales estratégicos sino que, en 1939, a punto está de reconocer el «derecho de beligerancia» nipón en China. En marzo de 1940, bajo protección japonesa, se establece, en Nanking, un «Gobierno nacional» chino, presidido por Wang-Ching-Wei.

En aquellos momentos el Japón ha conquistado ya, aparte Manchuria, el treinta por ciento del territorio chino continental, más la isla de Hainán. Chiang-Kai-Shek, abandonado por todos, se defiende como puede, pero debe luchar, simultáneamente, contra los japoneses y contra las bandas comunistas chinas que, apoyadas por la U.R.S.S., se han apoderado del Sing-Kiang (Turkestán chino).
Los soviéticos inician tanteos diplomáticos para pactar con el Japón, pero este les vuelve la espalda, espectacularmente, y firma el pacto antiKomintern, con Alemania e Italia.

Pero no basta con el pacto antíKomintern: el 27 de septiembre de 1940, Japón firma con Alemania e Italia el Pacto Tripartito, según los términos del cual, todo ataque contra uno de los firmantes significará, de hecho, una agresión contra los otros dos. Pero existe una cláusula secreta en el pacto: el previsto ataque alemán contra la U.R.S.S. será seguido de una acción armada nipona contra la Unión Soviética en Oriente. Esto lo saben en Washington y, en vista de la negativa alemana a responder a las provocaciones de que se le ha hecho reiteradamente objeto, Roosevelt deducirá, correctamente, que un «estado de guerra oficial con Berlín puede obtenerse vía Tokio .

En consecuencia, el 26 de julio de 1941, Roosevelt ordena congelar los valores japoneses en los Estados Unidos, poniendo bajo control gubernamental «todas las operaciones relacionadas con intereses nipones, y, como resultado de ello, queda virtualmente paralizado el comercio entre los Estados Unidos el Japón».
Los Estados Unidos eran, juntamente con la Gran Bretaña y Holanda, los principales exportadores de petróleo al Japón, pero... «unos días más tarde, este Gobierno (el americano), de acuerdo con los de la Gran Bretaña y los Países Bajos (el de los exilados de Londres) decidió suspender toda exportación de petróleo al Japón. La disposición tenía carácter retroactivo, pues existía un acuerdo en firme con los japoneses para suministrarles petróleo hasta fines de 1941. Pero, además... «Con objeto de hacer más eficaces esas medidas, el Gobierno (americano) presionó a los países de Iberoamérica para que rompieran sus compromisos comerciales con Tokio . Los países latinoamericanos, sobre todo Venezuela y Méjico, habían establecido firmes relaciones comerciales y amistosas con el Japón. Pero Roosevelt les presiona, y tales relaciones son rotas unilateralmente. Churchill reconoce que «la aplicación drástica de las medidas económicas - bloqueos, embargos, incautaciones, presiones sobre terceros, etc. impuestas por los Estados Unidos y secundadas por la Gran Bretaña y Holanda, produjeron una terrible crisis en el Japón... Las medidas adoptadas por Roosevelt y secundadas por nosotros (los ingleses) significaban la estrangulación económica del Japón».

Es evidente que si el Japón no quería morir de hambre, o capitular incondicionalmente en China, cuando estaba a dos pasos de la victoria, tenía que ir a buscar las materias primas embargadas y el petróleo que súbitamente se le negaba, donde pudiera encontrarlo.
El príncipe Konoye, presidente del Consejo de Ministros, viejo occidentalista, intenta llegar a un acuerdo con los Estados Unidos, para que éstos levanten su bloqueo. Grew, embajador americano en Tokio , garantiza la buena fe de Konoye, pero Roosevelt se niega a concederle la entrevista que le ha pedido. Las conversaciones se realizarán a un escalón más bajo, entre Nomura, embajador nipón en Washington, y Cordell HuIl. Se celebrarán más de cuarenta reuniones entre la misión japonesa y la americana, presidida por Hull; los americanos no desaprovecharán ninguna ocasión que se les presente para humillar a sus huéspedes. Por fin, la Casa Blanca se digna presentar sus propuestas..., o, más exactamente, sus condiciones. Helas aquí:
1) Renuncia a toda aspiración japonesa en el continente asiático, incluyendo Corea -parte integrante del Japón desde 1907- ;
2) Vigencia del principio de no-intervención en los asuntos internos de otros países;
3) Status quo en el Pacífico;
4) Establecimiento de relaciones de buena vecindad con la Unión Soviética, y
5) Abandono de la alianza japonesa con Alemania e Italia.

Es decir: Japón debía rendirse incondicionalmente
y a la «discreción» de los políticos de Washington; debía entregar incluso partes de su -entonces- territorio metropolitano, Corea y Formosa; debía abandonar todo el territorio conquistado tras dura lucha en China continental, debía abandonar el territorio de Manchuria; debía volver a sus islas, sin combate. Sólo entonces se le devolverían al Japón sus bienes embargados, sus barcos robados y se le venderían, a buen precio, las mercancías que precisara para subsistir... Una significativa exigencia adicional: Japón debía garantizar formalmente que, ni entonces ni en el futuro, llevaría a cabo acciones agresivas contra la Unión Soviética. Concluyendo: el Japón victorioso en el campo de batalla debía renunciar estrictamente a todo y volver a sus islas, donde sus noventa millones de habitantes, apiñados, no podían vivir... debía renunciar a toda expansión exterior, en beneficio de los Estados Unidos y la
U.R.S.S., a quienes, sobrándoles terreno, mantenían una política exterior netamente expan- sionista. Debía comprar el petróleo que quisiera la «Standard Oil» al precio que fijara mayestáticamente la «Standard Oil», y vender sus productos manufacturados al precio que quisieran los amos de Washington y, finalmente, debía entrar en la vía del neutralismo, preludio de su bolchevización.

Las ofertas de la Casa Blanca eran absolutamente inaceptables para cualquier país soberano y todavía más para un país victorioso, Roosevelt sabía que Tokio las rechazaría pues, entre morir sin lucha y luchar con una posibilidad de victoria la elección no ofrece duda. Precisamente, la de Roosevelt consista en obligar al Japón a luchar, con objeto de meter a los Estados Unidos en la guerra, y llegar a tiempo de salvar a la U.R.S.S., cuyos ejércitos estaban siendo derrotados por la
Wehrmacht desde Carelia hasta Crimea. Esta conclusión es irrefutable, pues, según él tantas veces citado documento oficial del Departamento de Estado norteamericano "War and Peace"...
«... el día anterior a la entrega de nuestras condiciones a los japoneses, se discutió cómo sería posible obligar a los nipones a disparar el primer tiro, sin necesidad de correr nosotros (los americanos) un peligro excesivamente grande».

Roosevelt desea pues, fervientemente, que se produzca el «primer disparo» en Extremo Oriente. Sus provocaciones contra Alemania no han surtido efecto. Y, con objeto de conseguir hacer entrar a América en la guerra, el presidente necesita una agresión formal japonesa. Ésa es la razón de sus constantes provocaciones y no, como pretenden falazmente sus acólitos, su «deseo de conservar la paz».

Mientras la U.R.S.S. no ha sido atacada por Alemania y mientras el Mikado no ha dado su adhesión al Pacto Tripartito, a Roosevelt no le ha preocupado en absoluto la «paz» en Asia, y hasta ha facilitado la agresión japonesa contra Chiang-Kai-Shek en busca de espacio vital, y la ha facilitado, no por mala voluntad hacia China, sino por que «bussiness is bussiness». Sólo cuando el bolchevismo, instaurado en Rusia se encuentra en peligro, decide Roosevelt olvidarse del bussiness y acordarse de la «paz».

Por otra parte, como ya hemos visto, el Japón, según una cláusula del Pacto Tripartito, se ha comprometido a atacar a la U.R.S.S. Washington ha informado diligentemente al Kremlin del ataque que contra él se trama en Extremo Oriente, y los soviéticos se ven obligados a mantener a sesenta y cinco divisiones en Siberia Meridional, Mongolia Exterior y Sakhalin del Norte. Un millón y medio de hombres, que tanta falta le hacen a Stalin en la Rusia europea, donde la Wehrmacht se acerca incesantemente a Moscú y está consumando el cerco de Leningrado.

El historiador norteamericano Emmanuel M. Josephsson afirma y demuestra que fueron los magnates del poderoso clan Rockefeller y el «Brains Trust» de Roosevelt quienes posibilitaron la realización del triple objetivo buscado, entonces, para la salvación del bolchevismo desde América, Es decir:
a) Mediante el bloqueo del Japón, conducirlo a una situación en la que, forzosamente, y para no sucumbir de hambre, tuviera que realizar un acto agresivo contra uno de sus vecinos, con objeto de obtener el petróleo y las primeras materias que necesitaba angustiosamente.
b) Desviar el golpe japonés contra la U.R.S.S. (para el que, ahora, existía doble motivo: el Pacto Tripartito y la existencia de petróleo en la Rusia asiática) y atraerlo sobre los Estados Unidos, con objeto de poder, mediante esa agresión técnica nipona, hacer entrar al pueblo americano en la guerra, en contra de su voluntad.
c) Una vez conseguido el anterior objetivo, y basándose, en el propio Pacto Tripartito, una de cuyas cláusulas era, precisamente, la mutua asistencia de los tres signatarios en caso de guerra, el Gobierno de la Casa Blanca tendría una base legal y una apariencia de derecho para incluir, entre sus enemigos, a Alemania e Italia, a parte del Japón.


El primer punto del plan había sido ya obtenido, merced al bloqueo del Japón y a las maniobras anticonstitucionales de Roosevelt: Tokio estaba, en la situación dada, materialmente obligado a atacar; a «agredir».
La siguiente tarea consistió en hacer creer al Mikado que la posición de los Estados Unidos en el Pacifico era muy débil. Simultáneamente, los Gobiernos neerlandés e inglés retiraron, sin razón aparente, una buena parte de sus efectivos militares y navales del Sudeste de Asia e Insulindia. Los Altos Estados Mayores respectivos -sin duda no informados por sus gobiernos de lo que se tramaba protestaron, enérgicamente, contra tales medidas.

El escritor Josephsson revela en la obra antes aludida, y lo confirma, entre otros, nada menos que el general Willoughby, que fue jefe del contraespionaje americano en Tokio , después de la Guerra Mundial, que el anhelado cambio de frente japonés fue inducido y alentado por el Consejo de Relaciones Exteriores» (Council of Foreign Relations) organización que, pese a su denominación de empaque oficial, es privada, y funciona bajo el patrocinio del clan Rockefeller.

El mismo Josephsson, confirmado por testimonios de la calidad de un general Willoughby, un Charles Callan Tansill y un general Wedemeyer, afirman que fue el famosísimo espía Richard Sorge quien, en última instancia, convenció a los japoneses de la conveniencia de cambiar de dirección su proyectado ataque en busca de primeras materias y petróleo, desviándolo de la Siberia Meridional hacia las Indias angloholandesas y los territorios americanos del océano Pacifico.

Sorge era un alemán que, gracias a la protección de Canaris, llegó a ser un alto funcionario del Servicio Secreto. Por recomendación de Canaris llegó incluso a ser agregado militar de la Embajada alemana en Tokio . Su misión consistía en ponerse en contacto con la funcionaria de la Embajada americana en Tokio , Agnes Smedley, miembro del Partido comunista y, a la vez, agente del C.R.E. Servía de enlace entre Sorge y la Smedley un alemán de raza judía, apellidado Stein, domiciliado en Tokio . La Smedley y Stein transmitieron a Sorge todos los detalles del minucioso plan elaborado por los Rockefeller y Roosevelt para forzar, prácticamente, al Japón, a atacar a los Estados Unidos. El trabajo que debía realizar Sorge era sutilisimo: como funcionado que era de la Embajada alemana en Tokio , debía dejarse «trabajar» por los agentes japoneses que se movían por Embajadas, Legaciones y Consulados, y hacerles creer que las posiciones americanas en el Pacifico eran muy débiles y, sobre todo, que las defensas de la base naval de Pearl Harbour eran deficientisimas. Agnes Smedley, por otra parte, debía, igualmente, dejarse sonsacar por agentes nipones, corroborando las manifestaciones de Sorge.

El general Willoughby afirma, también, que el "Consejo de Relaciones Exteriores" y el "Instituto de Relaciones del Pacifico", ambos financiados por los Rockefeller, emplearon a la red de espionaje de Sorge para hacer que el Japón abandonara su proyectado ataque contra Rusia y se abalanzara sobre Pearl Harbour, cuya protección había sido increíblemente abandonada.
Insiste el prestigioso general americano sobre el hecho de que la guarnición de Pearl Harbour no era solamente insuficiente, en relación a la poderosa flota que albergaba, sino que se hallaba «extrañamente desprotegida y desprevenida».


Otro aspecto de la misión de la organización de Sorge consistió en dejar entrever a los japoneses que el ministro de Asuntos Exteriores, Matsuoka -que preconizaba seguir los compromisos del Pacto Tripartito y, en consecuencia, atacar a la U.R.S.S.- recibía dinero de Berlín. El caso fue que Matsuoka fue sustituido por el almirante Toyada, conocido por sus simpatías proamericanas.

La organización de la derrota de Pearl Harbour fue un verdadero «chef d'oeuvre». Rockefeller y el grupo Sorge ya habían cumplido su misión de hacer cambiar de dirección el proyectado golpe japonés. La etapa siguiente, o sea, obligar a los nipones a atacar, precisamente, en un punto determinado, Pearl Harbour, fue preparada con virtuosismo extraordinario por un general experto en derrotas: George Catlett Marshall, jefe del Estado Mayor de la Armada.

La flota sacrificada en la base naval de Pearl Harbour había sido situada allí por orden especial del presidente Roosevelt, el 22 de abril de 1940. El almirante Richardson, jefe de la flota del Pacifico, fue personalmente a Washington a visitar al secretario de Marina, Stimson y al mismo Roosevelt, exponiéndoles su punto de vista, opuesto al estacionamiento de una gran flota en Pearl Harbour. Su oposición se basaba en las razones siguientes:
a) Los buques carecían de la tripulación necesaria para un caso de emergencia.
b) Las islas Hawai estaban demasiado expuestas por su situación a los ataques del presunto adversario de los Estados Unidos en aquella zona, el Japón.
c) Los elementos defensivos de la base eran netamente insuficientes para protegerla contra los ataques aéreos o submarinos.

En consecuencia pedía que la flota del Pacífico fuera retirada de Pearl Harbour y enviada a cualquier otro lugar. Pero la flota seguiría atracada en Pearl Harbour... y el almirante Richardson, insólitamente, cambiado de destino.

Entre tanto, el embajador en Tokio , Grew, uno de los más prestigiosos dentro del escalafón diplomático yanki, comunica a Roosevelt que los servicios de información de la Embajada le han hecho participe de la intención de los japoneses de atacar Pearl Harbour, en los primeros días de diciembre (1941), si las últimas propuestas de Nomura para hacer levantar el bloqueo no son
aceptadas por Washington. Pero en la Casa Blanca no parecen darse por aludidos.

El almirante Husband E. Kimmel, comandante de la plaza de Pearl Harbour manda, a, su vez, un informe a Washington, pidiendo baterías antiaéreas, cien aviones patrulleros Y ciento ochenta cazabombarderos. Pero el Departamento de Guerra le contesta que no dispone de ese material. Esto es una mentira flagrante:
Estados. Unidos está enviando aviones por millares a la Gran Bretaña y a la Unión Soviética. Kimmel se queja a sus superiores por la falta absoluta de defensas de Pearl Harbour pide personal especializado para las instalaciones de detección, pero, según el Departamento de Guerra, presidido por el inefable Marshall, los Estados Unidos no disponen de técnicos en detección.

Marshall hace bien las cosas. Sabe que si se dota a la base de Pearl Harbour de unas defensas adecuadas, Japón no atacará -pues Tokio sabe perfectamente que su única posibilidad de victoria en la guerra radica en dar un fuerte golpe inicial por sorpresa; de lo contrario la enorme potencia americana se impondrá rápidamente- y si Japón no ataca a América, se decidirá a cumplir lo pactado con Alemania y se lanzará sobre la Rusia asiática. Y esto es, precisamente lo que Marshall interpretando sin duda consignas de Roosevelt, debe evitar a toda costa.

Es un hecho históricamente admitido, hoy día, que la Casa Blanca sabía, desde el 24 de septiembre por lo menos, que los japoneses atacarían Pearl Harbour el 7 de diciembre, en caso de que los americanos no levantasen su bloqueo. El Servicio de Contraespionaje americano logró, incluso descifrar el código secreto japonés llamado "Código Púrpura", lo que permitió a Washington captar todos los mensajes que Tokio enviaba a sus diplomáticos en territorio americano y conocer no solamente las intenciones japonesas, sino incluso la hora exacta del ataque.

Pero Roosevelt y Marshall mantuvieron deliberadamente en la ignorancia de lo que se tramaba a la base de Pearl Harbour. Frustraron todo intento de movimiento defensivo por parte de los comandantes de la base y, no contentos con ello -para facilitar aún más el ataque nipón y hacer más atrayente el cebo- mandaron a los dos portaaviones Lexington, anclados en Pearl Harbour a las islas Samoa, en el Pacífico Sur. El grueso de la flota del Pacifico quedaba, así, insólitamente
desprotegido, sin aviación de patrulla, privado de toda información sobre la situación real de las relaciones yanki-japonesas, Y encerrado en una auténtica ratonera.


El vicealmirante Robert E. Theobald, uno de los jefes de la flota del Pacífico, escribe:
"... y a pesar de conocerse con lujo de detalles el plan de ataque japonés, sólo se envió un mensaje de alarma a la base (de Pearl Harbour)... pero utilizando la vía ordinaria, cuando Marshall tenía a mano el teléfono transpacífico. Esa inútil comunicación llegó a manos de Kimmel ocho horas después de haber comenzado el ataque..." .


Mauricio Karl relata con todos los pormenores los subterfugios empleados por Roosevelt y Marshall para mantener en la ignorancia del ataque nipón a la base de Pearl Harbour. Marshall conocía la hora exacta del ataque y no podía ignorar el tiempo que tarda en llegar un telegrama desde Washington a las islas Hawaii.
De haber usado el teléfono transpacífico, el mensaje hubiera llegado bastante antes de la hora en que se había previsto el ataque nipón. Kimmel hubiera tenido aún tiempo de colocar a sus fuerzas en estado de alerta y mandar fuera del puerto a algunas patrullas de observación... y a Marshall y a sus superiores les constaba que los japoneses, informados al minuto por sus agentes en Pearl Harbour de los movimientos americanos, darían media vuelta, desistiendo de atacar si éstos se apercibían de la proyectada agresión.


El radiotelegrama sólo se envió, a sabiendas de que llegaría demasiado tarde, para procurar a Marshall una tosca coartada John T. Flynn, biógrafo de Roosevelt, relata que «... el presidente le dijo a Stimson que la mejor táctica era obligar a los japoneses a descargar el primer golpe. Esto conduciría automáticamente a la guerra con Alemania e Italia, Y el problema se resolvería de la mejor manera posible... » Y añade Flynn: «Roosevelt consiguió lo que hacía años buscaba afanosamente». Como es natural, el traidor ataque japonés unió a toda la nación en derredor del Gobierno. La conclusión la ofrece el propio Flynn: «Los japoneses atacaron, Norteamérica se encontró en guerra. Y ROOSEVELT VIO ASÍ RESUELTO SU PROBLEMA».


El domingo, 7 de diciembre de 1941, a las siete de la mañana, la aviación japonesa se lanzó a un devastador ataque sobre la flota americana del Pacifico, anclada en Pearl Harbour. Dieciocho grandes navíos de guerra, entre ellos seis acorazados y un crucero pesado, fueron hundidos. Otros once buques de guerra, incluyendo dos acorazados más fueron seriamente averiados. Las instalaciones de la mayor base naval americana fueron totalmente destruidas. Ciento noventa
aviones pesados fueron destruidos en tierra. Tres mil cuatrocientos marinos y soldados de EEUU perecieron y otros mil cuatrocientos resultaron heridos. Las pérdidas japonesas. como consecuencia del factor sorpresa, fueron mínimas.

A la misma hora en que se iniciaba el ataque, la agresión soñada por Roosevelt y los suyos, el embajador japonés en Washington notificaba, oficialmente, al Gobierno de los Estados Unidos, la declaración de guerra. Y, APROXIMADAMENTE, TAMBIÉN, A LA MISMA HORA, UN MILLÓN Y MEDIO DE SOLDADOS SOVIETICOS EMPEZABAN A SER PRECIPITADAMENTE TRANSPORTADOS DE SIBERIA Y MONGOLIA HACIA LA RUSIA EUROPA.
La doble maniobra de la Casa Blanca -meter a los Estados Unidos en la guerra e impedir un "segundo frente" contra el comunismo en Asia Oriental- había sido coronada por el éxito. Y Roosevelt pudo anunciar, triunfalmente, al Congreso: «A pesar de que Alemania e Italia no han hecho todavía, una declaración "formal" de guerra, se consideran tan en guerra con los Estados Unidos como con Inglaterra y Rusia».




En efecto, el día siguiente, Alemania e Italia, amparándose en las «constantes violaciones de la neutralidad cometidas por el Gobierno de los Estados Unidos» enviaron sendas declaraciones de guerra. En realidad, esa declaración de guerra no tiene más efecto que permitir a los submarinos alemanes responder a los ataques de los buques yankis, toda vez que el estado de guerra existía, en realidad, desde seis meses atrás. La única variante consistirá, ahora, en la participación efectiva de tropas americanas en la lucha, pero Hitler confía en que los japoneses distraerán una buena parte de tales tropas en el área del Pacifico.
En cualquiera de los casos, en Berlín se dan cuenta de que la guerra será larga y difícil, pues mientras es evidente que el Japón se limita a hacer «su guerra» e Italia resulta ser más un lastre que un aliado, Alemania se encuentra prácticamente sola frente a la mayor coalición que los siglos han visto: el imperio británico, la Unión Soviética y los Estados Unidos, más sus innumerables "satélites", unidos bajo el signo de la democracia....

EEUU
FUENTES:
1) LA HISTORIA DE LOS VENCIDOS de Joaquín Bochaca
2) THE FORRESTAL DIARIES de James V. Forrestal
URSS
3) CRÍMENES DE GUERRA de José Llorens Borrás

4) LA AMENAZA MUNDIAL de William Bullitt


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