¿PUEDE CONSIDERARSE A LA EXPERIENCIA COMO UN
TRIBUNAL NEUTRAL DE LA RACIONALIDAD EN NUESTRA CULTURA? ( Dr. San Bruno ) . _Las investigaciones de campo realizadas por los antropólogos parecen apoyar las
doctrinas relativistas culturales. La antropología muestra haces de creencias de otras culturas
humanas que desde un prisma occidentalizado carecen de nuestros cánones de racionalidad, en
tanto en su hábitat funcionan de forma consistente, son “ sus correcciones” , por expresarlo
así. Pero la mostración de otras pautas de corrección no significa negar la existencia de
criterios de demarcación entre lo que es correcto aceptar y lo que no. La relativización de los
criterios de uso en la estipulación de lo que es correcto aceptar en tanto circunstancias socio –
culturales específicas no ha de traducirse en un `Todo vale ´ puesto que `Todo es relativo ´.
La argumentación de los antropólogos es negar la existencia de valores objetivos en los que
comparar las distintas normas de corrección socio – culturales, y de aquí concluir una bondad
intercultural idéntica. En esta tesitura, cualquier cultura primitiva es exactamente tan buena
como la occidental o norteamericana. Según Putnam , los motivos de los antropólogos
relativistas son muy nobles. Conservemos la diferencia, no destruyamos a las otras formas de
asociación, pero su forma de apuntalar esta pretensión anti – imperialista no es consistente.
Los valores no son cuestiones de gusto, `prefiero el refresco de limón ´. La variedad cultural
nos conmina a cercenar nuestra henchida superioridad cultural, pero ha de admitirse que las
culturas o las tradiciones mismas pueden y deber ser escrutadas críticamente. Dicho más
plásticamente: “Nuestra tarea no es aplicar mecánicamente normas culturales, como si se tratara del
programa de una computadora y nosotros fueramos la computadora, sino interpretarlas, criticarlas y
ponerlas en un equilibrio reflexivo con los ideales que le dan forma” (5).
Las ciencias del Espíritu han causado un gran impacto en nuestra sensibilidad con
respecto a las argumentaciones racionales, impulsándonos a la falaz conclusión de las bases
no – racionales de toda argumentación. Pero esta conclusión es “contingentemente auto –
refutable” porque debe ser esgrimida desde algún ángulo argumental, y más valdría un
silencio semejante al del Tractatus. Los sistemas credenciales no son pseudo - enunciados
nacidos de motivaciones, intereses, deseos o conductas puramente arbitrarias, si esto fuera
realmente el caso nuestras proferencias, cualquier actitud proposicional sería, poco más, que
unos ruidos emocionales. Por supuesto, algunas de nuestras creencias pueden resultar
irracionales, pero para que esto sea una posibilidad práctica y real se precisa que nuestros
discursos sean inteligiblemente racionales y gradualmente nos aproximemos a unos patrones -de asertabilidad correcta, “mejor garantizada”. Como dice Putnam “Pese a que la racionalidad
no puede ser definida mediante un canon o conjunto de principios, sí tenemos una concepción en
evolución de las virtudes cognitivas que nos sirve de guía” (6).
_Putnam enfatiza el hecho de que las prácticas suelen ofrecer resultados no muy
satisfactorios, el diálogo habitual no parece fluir con toda la soltura y frescura que debería.
No obstante, el hecho de que no siempre se logre un consenso, un acuerdo entre las partes
que dialogan, que se comunican, no ha de traducirse en una afirmación de la
“inconmensurabilidad total”. En última instancia, no podríamos decantarnos racionalmente a
favor o en contra de una de las partes en discusión. Aún admitiendo lo irresoluble de algunas
cuestiones, ha de postularse una idea directriz de lo que ha de ser un juicio racionalmente
aceptable al cual nos aproximamos gradualmente en una infinita peregrinación hacia la
imparcialidad, la consistencia y la razonabilidad.
Los desacuerdos políticos suele ser viscerales, con frecuencia puede describirse
su génesis como más filosofía política que meramente política. Si no se llega a un acuerdo
real, pueden estipularse una serie de compromisos que repartan las hostilidades posibles entre
los litigantes. Cuando los sindicatos y los empresarios se sientan a dialogar existe la
voluntad por parte de todos a sopesar razones y argumentos, y a ejercer una actividad crítica –
comprensiva. Putnam cree que existen mejores y peores razones en los puntos fundamentales
sobre los que se está debatiendo. Sucede, con frecuencia, que se siente un particular
desprecio hacia un oponente porque consideramos que algunas de sus premisas genético –
fundamentales exhiben una inmadurez intelectual y moral . Esta es nuestra vívida actitud
hacia sus presupuestos, como portador de las virtudes que nos permiten trabar una
conversación con él como la apertura mental, voluntad de considerar razones y argumentos,
capacidad de aceptar críticas certeras. Es decir, el juego dialógico presupone un oponente
con virtudes intelectuales que se respetan, aunque se desprecien sus premisas, y no un
oponente que profiere sin sentidos o fantasías emocionales o caóticas. Un relativismo total
significaría presentar toda discusión relevante como una preferencia idéntica a la de Juan y
Pedro, no hay razones en la elección que posibiliten su legitimación. Sin embargo, somos
oponentes impenitentes ante tal pretensión porque siempre esbozamos razones, más o menos
meticulosas, con respecto a nuestra posición en el diálogo. Sería sumamente interesante
describir las razones que pueden ofertarse cuando enjuiciamos sagazmente nuestra repulsa
hacia el belicismo, preferir cohabitar en paz no ha de interpretarse como un burdo auto
interés, sucede que es una opción más racional. Si una sociedad defiende la postura contraria _
_esto ha de estimarse como una creencia no – racional, porque existen creencias irracionales
pero no todas son de tal guisa. El esquema conceptual que debería haber expuesto esta
comunidad guerrera sería difícilmente justificable si tratase de desembarazarse de sus propios
matices partidistas, si no hay lugar para la imparcialidad y la autocrítica entonces sus
discursos son meros pseudo discursos, serían, algo así, como funestas demagogias
nacionalistas de factura expansionista.
Putnam no trata de caracterizar una comunidad de ángeles, nuestros juicios de
valor, con frecuencia, rebosan de factores interesados no – racionales. Extirpar, en la
medida de lo posible, estos apéndices corrosivos es la infinita tarea de depuración necesaria
para intentar lograr discursos razonables. La humanidad de la razón nos muestra falibilidad,
pero de aquí no ha de pasarse a una exégesis de la historia como una serie de relatos
ideológicos, relatos sin legitimación posible. Nuestro interlocutor más perspicuo no es el
relativista total, hemos de habérnoslas con un “relativista objetivo” como John Dewey.
Expuesto en los términos de Putnam: “Ciertas cosas son correctas (objetivamente correctas) en
ciertas circunstancias, e incorrectas (objetivamente incorrectas), y la cultura y el entorno constituyen
las circunstancias relevantes” (7).
La relatividad objetiva deweyana de los valores se circunscribe en sus propias
perspectivas socio – históricas de las que germina. No hay un Espejo Absoluto desde el que
pueden quedar reflejados todos los juicios, y obviarse las circunstancias en su proceso de
validación. La objetividad en sí y por sí platónica queda diluida, en su lugar el movimiento
de pensamiento Dewey – Putnam nos habla de una objetividad judicativa legitimada desde el
intradós de un ámbito socio – cultural efectivo. Esta Objetividad con mayúsculas es una
“manía” platónica de legitimación metahistórica que busca sistema, ley y estructura válida
para toda circunstancia posible. La objetividad con minúsculas acepta de buen grado el
devenir y la mutación histórica como una objetividad humana “una objetividad suficiente” ,
la única que tenemos.
Acerquémonos ahora a la concepción instrumental de la racionalidad en la que se
ejercita una dicotomía entre medios y fines. Se supone que la elección de fines ha de ser
coherente mínimamente, pero la elección misma no se estima como racional; en cambio, en
los medios la eficiencia es el criterio racional de la elección. La economía contemporánea se
_ha hecho eco de esta dicotomía instrumental medios – fines acentuando el criterio de
eficiencia en la órbita de la elección de medios en la que podrían ser maximizados sus
resultados; es decir tales medios son susceptibles de crítica racional. Ahora bien, los fines
de los agentes económicos no están sujetos a ningún criterio racional. La cuestión es, de
acuerdo con Putnam, que esta polaridad instrumental fines – medios descansa en un
esquema psicológico, cuando menos, simplista. Los fines o metas, en la misma medida que
los medios usados para lograrlos, son claramene criticables bajo prismas racionales una vez
superada esta muestra psicológica tan estrecha. Bajo este marco psicológico, las metas de los
agentes han de tratarse como “parámetros individuales fijos”, el agente se adiestra en el
cálculo probabilista de las consecuencias de sus decisiones o acciones para de esta forma
lograr los fines con un alto grado de eficiencia. Si se considera que los parámetros
indiviuales no son fijos su variación no responde a factores racionales, no podremos explicar
los motivos del cambio. _
