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Las plagas del siglo XXI: La conspiración secreta de los microorganismos

Puzzle maquiavélico

Los agentes que contribuyen o contribuirán a esta situación son numerosos y ninguno de ellos es más crucial que otro, sino que encajan en un puzzle que más que fortuito parece fruto de una inteligencia maquiavélica y nos aboca a la fatalidad. Por ejemplo, el incremento de nuestra capacidad de desplazarnos –por vía aérea, terrestre o marítima– facilita el rápido transporte de personas y mercancías, imposibles de controlar al 100%, que pueden arrastrar con ellas virus de un lado a otro del planeta, como ha sucedido con el Ébola o el Marburg (procedente de Uganda y descubierto por primera vez en Alemania). Por su parte, el cambio climático, la deforestación de amplias zonas antes inaccesibles y la urbanización de otras ocasionan variables en la migración de aves e insectos que transportan algunas de estas afecciones, tales como la gripe aviar o la malaria. A estos dos factores se ha venido a sumar el uso continuado, y en ocasiones exagerado, tanto en personas como en animales de antibióticos. Algo que en menos de dos décadas ha creado fuertes resistencias en ciertos microorganismos y reducido la eficacia de dichos medicamentos frente a infecciones como la tuberculosis. A todo ello podríamos añadir la aparición de nuevas pautas de comportamiento alimentarias que han debilitado el sistema inmunitario del ser humano y que son responsables, al menos en parte, de la aparición de numerosas enfermedades, entre ellas el cáncer. Dejando a un lado la teoría de la conspiración de los poderes fácticos para terminar con la promiscuidad sexual, la prostitución, los gays y las lesbianas, un ejemplo claro de cómo los tiempos y las modas influyen en la propagación de algunas de estas enfermedades lo tenemos en el virus de inmunodeficiencia humana (VIH). Si bien tiene posiblemente más de 100 años, solo había infectado a menos de un 0,001% de la población mundial antes de 1975, pero se propagó como un reguero de pólvora a partir de esa fecha debido a los nuevos hábitos de conducta, los viajes, el uso de drogas, los contactos sexuales, las guerras, etc., unidos a los prejuicios sociales y a la inacción por parte de la industria farmacéutica, que durante años se ha negado a facilitar medicamentos genéricos y más baratos a países empobrecidos asolados por esta enfermedad. Por último, tampoco se pueden olvidar agentes determinantes que afectan a países en vías de desarrollo, como la imposibilidad, en el caso de la tuberculosis, de realizar un seguimiento de las poblaciones afectadas y de controlar los tratamientos a los que han de ser sometidas.


Olvidados del mundo

Los brotes del virus del Ébola han aumentado inesperadamente en los últimos años.
Y es que, en general, tal y como ha asegurado la OMS en reiteradas ocasiones, existe una total falta de interés internacional por prestar más recursos económicos a los países pobres para que puedan adquirir o fabricar los medicamentos que necesitan. La eficacia a la hora de reducir la morbilidad y la mortalidad o prevenir brotes futuros depende de la rapidez de la respuesta, la disponibilidad de infraestructuras sanitarias sólidas, las investigaciones epidemiológicas de alto nivel y la pronta confirmación del diagnóstico. Un reto que requiere el esfuerzo de la comunidad internacional en una lucha feroz contra el círculo vicioso de la enfermedad y la pobreza. Pero, tal y como repitió hasta la saciedad David L. Heymann, que durante años lideró la División de Vigilancia y Control de Enfermedades Emergentes y Enfermedades Trasmisibles de la OMS y ha sido galardonado en diferentes ocasiones por su labor, “no contamos con los medios globales –de rápida detección, ni con recursos económicos y políticos para actuar con celeridad en territorios de continentes enteros– para afrontar un problema que sí exige recursos globales; los organismos internacionales no poseen presupuestos comparables a los de defensa. Así es que no puede afirmarse quién se alzará con el triunfo en cada caso, si los virus o nosotros”. En una llamada de atención hacia esta flagrante amenaza, el premio Nobel de Medicina del año pasado recompensó los trabajos de los investigadores franceses Francoise Barré-Sinoussi y Luc Montagnier y del alemán Harald zur Hausen en dos de las grandes plagas del siglo XXI: el sida y el cáncer.

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