Adolf Hitler padecía, según las investigaciones vertidas en el libro “Hitler’s Last day” de los investigadores E. Craigie y J. Mayo, de una anomalía genital cuya consecuencia era que el pene del mismo fuera realmente pequeño. Se trata de un defecto conocido como hipospadias penil, que evita que el pene se desarrolle correctamente. De hecho, en algunos casos esta condición llega a ser tan severa que obliga al afectado a tener que orinar sentado.
Revelan que además de padecer hipospadias penil, Hitler también tenía un testículo no descendido. Los expertos presumen que estas dos anomalías, especialmente la primera, debieron tener consecuencias directas en el desempeño sexual de Hitler.
La imposibilidad de un desempeño sexual eficiente traía como consecuencia inmediata el mal humor del Führer. De hecho, según los historiadores, el doctor personal de Hitler le recetaba anfetaminas, hormonas y hasta cocaína para tratar de solventar lo mejor posible esta situación que llenaba de vergüenza al tercer Reich.
Ambas características consideran que podrían haber llevado, según algunos investigadores, a que el Führer ordenase que tras su muerte su cuerpo fuera incinerado y así evitar que dos de sus más grandes secretos se hicieran públicos.