Hija pequeña de un noble romano, tanto ella como sus hermanos y su madrastra sufrieron los abusos de su padre; Beatrice lo denunció sin éxito, y entonces decidieron acabar con él
Una leyenda romana asegura que en la madrugada de cada 11 de septiembre la silueta fantasmal de una muchacha muy joven aparece en la puerta de la iglesia de San Pietro in Montorio y, caminando lentamente a orillas del Tíber, se dirige hacia el castillo de Sant’Angelo.
Aunque ésta es una más de las muchas historias que ponen una nota de misterio en Roma , ha permitido conservar el recuerdo de la trágica odisea de Beatrice Cenci –el espectro doliente–, que protagonizó junto con su familia uno de los episodios más escabrosos que se recuerdan en la ciudad.
Su dramática historia comenzó en Petrella del Salto, una pequeña localidad pocos kilómetros al norte de Roma , en plena campiña del Lacio.
Allí, en un castillo conocido como La Rocca –propiedad de su aristocrática familia– nació Beatrice el 12 de febrero de 1577. Su padre, Francesco Cenci, que entonces tenía cerca de cuarenta años, era un acaudalado terrateniente de carácter violento y conducta amoral, odiado por la práctica totalidad de quienes le conocían. Cuando todavía era muy joven había contraído matrimonio con Ersilia Santacroce, con la que tuvo doce hijos, aunque sólo siete alcanzaron la edad adulta: Giacomo, Cristoforo, Antonina, Rocco, Beatrice, Bernardo y Paolo.

El traslado a la capital
Tras la muerte de su esposa, Francesco confió a las religiosas de Santa Croce in Montecitorio la educación de sus dos hijas, Antonina y Beatrice, y poco después contrajo nuevas nupcias con una viuda llamada Lucrezia Petroni. La ambición y la conducta disipada de Francesco Cenci le habían llevado a enfrentarse varias veces con el papado y a tener que vérselas con la justicia por cuestiones muy delicadas. En una ocasión fue acusado de forzar a uno de sus criados menor de edad a practicar el «vicio nefando»
(*nefando: Indigno, torpe, de que no se puede hablar sin repugnancia u horror).
Sólo la compra de favores entre los encargados de juzgarle lo salvó de la hoguera y, decidido a poner tierra de por medio, se hizo construir un soberbio palacio en las inmediaciones del gueto judío de Roma , donde se instaló en abril de 1595.

Por aquel entonces, Antonina –la mayor de las dos hermanas– ya no residía en el convento de Santa Croce, puesto que se había casado. Por su parte, Cristoforo y Rocco se habían incorporado a la milicia papal. Así pues, quienes acompañaron a Francesco a la nueva residencia fueron su esposa Lucrezia y sus hijos Giacomo, Beatrice, Bernardo y Paolo. Francesco pensaba que, una vez en Roma , su cercanía a la corte papal induciría al pontífice a olvidar sus antiguos desencuentros y le sería más fácil medrar socialmente, al tiempo que podría conseguir para sus hijos un futuro más prometedor del que les esperaba retirados en la campiña del Lacio. Sin embargo, al poco tiempo estalló la tragedia. Francesco Cenci resultó ser, también en la intimidad, un auténtico energúmeno que se dedicaba a maltratar a sus hijos y a sus servidores, violaba a su esposa y abusaba de su propia hija pequeña

Acusaciones ignoradas
Precisamente fue Beatrice la primera en alertar de la situación a las autoridades, pero su juventud –apenas contaba dieciocho años– y la condición de noble de su padre quitaron toda verosimilitud a su denuncia. Francesco simplemente fue requerido por la autoridad, que lo mantuvo retenido unos días en prisión y lo devolvió a casa, donde cabe pensar que, espoleado por la ira, redobló sus tropelías. Decidió entonces recluir a su familia en el castillo de La Rocca. Allí les visitaba frecuentemente con la seguridad de que, al estar lejos de la vigilancia de las autoridades romanas, él quedaría a salvo de todo peligro.
Pero se equivocaba. Hartos de sufrir abusos de todo tipo, Lucrezia, Beatrice, Giacomo y Bernardo idearon un complot para deshacerse de aquel tirano doméstico. Con ellos colaboraron dos jóvenes del lugar, uno de los cuales, Olimpio Calvetti, pretendía a la joven Beatrice pese a la prohibición explícita de su padre, que por oscuros intereses se negaba a que la muchacha contrajera matrimonio. Y fue el mismo Olimpio, durante una de las visitas de Francesco al castillo, quien intentó envenenarle.
Pero no consiguió terminar con la vida de aquel hombre odiado, así que entraron en acción las mujeres de la familia, decididas a acabar con su tormento. Cuando el padre de familia estaba inconsciente a causa del tóxico ingerido, Lucreziay Beatrice le golpearon la cabeza con una maza hasta matarlo. Luego, Giacomo y Bernardo arrojaron el cuerpo por la ventana para simular un accidente.
Nadie les creyó. La guardia papal inició una investigación y el amante de Beatrice, una vez capturado, fue torturado hasta la muerte. Otro tanto sucedió con su cómplice, que pereció sin revelar la verdad. Hasta que, finalmente, se interrogó a la familia y se descubrió la verdad de los hechos.

Una cruel ejecución
Los cuatro cómplices fueron arrestados, declarados culpables y condenados a muerte, a excepción de Bernardo, que fue indultado a causa de su juventud. Aun así, se le obligó a contemplar la estremecedora ejecución de todos los miembros de su familia y pasó el resto de sus días en prisión. Cuando trascendió la noticia de la condena a muerte de Beatrice y los suyos, Roma en pleno se echó a la calle. El talante agresivo de Francesco Cenci era de todos conocido, la familia alegaba haber actuado en legítima defensa el veredicto del jurado se interpretó como un abuso de autoridad. El levantamiento popular fue tan violento que requirió la intervención de las fuerzas del papado. Ante el temor de que las protestas acabaran por convertirse en un conflicto violento, el tribunal concedió un pequeño aplazamiento para la ejecución de la sentencia. Todos confiaban en que la tregua serviría para que el papa Clemente VIII reflexionara y concediera el indulto. Pero, movido por la oportunidad de hacerse con la inmensa fortuna de los Cenci y pese a la gravedad de los hechos que se imputaban al cabeza de familia, el pontífice no mostró clemencia alguna.

El 11 de septiembre de 1599, los cuatro Cenci fueron llevados frente al castillo de Sant’Angelo, donde se había levantado el patíbulo. Allí, Giacomo fue descuartizado con tenazas al rojo vivo y sus miembros quedaron a la vista del público, todo ello ante los ojos horrorizados del joven Bernardo. Luego, atendiendo a su condición de nobles, Lucrezia y Beatrice fueron decapitadas en lugar de ser ahorcadas, como era habitual en el ajusticiamiento de reos comunes.
Sin olvido ni sepulcro
El cadáver de Beatrice fue llevado en procesión hasta la iglesia de San Pietro in Montorio, donde fue sepultada bajo el altar mayor sin ninguna lápida en la que figurara su nombre. Los bienes confiscados a la familia pasaron a manos de la Iglesia, engrosando así las arcas papales. Desde entonces, Beatrice fue venerada como una auténtica santa laica y su sepultura se convirtió en lugar de peregrinación.
Para la gente de Roma , Beatrice se convirtió en un símbolo de resistencia contra la aristocracia, y una leyenda surgió:
La trágica vida y la desgraciada muerte de Beatrice Cenci fueron y siguen siendo motivo de inspiración para músicos y poetas. Pero, sobre todo, se convirtieron en un símbolo de resistencia contra todo abuso de poder. El poeta inglés Percy B. Shelley, impresionado por la belleza del retrato de la joven que había pintado Guido Reni, fue el primero en sucumbir al dramatismo de semejante historia. Le siguieron, entre otros, Stendhal, que la incluyó en sus Crónicas italianas (1829), y Alejandro Dumas, que incorporó el ensayo Los Cenci a su obra Crímenes célebres (1841). En época más reciente Antonin Artaud (1935) y Alberto Moravia (1956) rindieron homenaje en sendas obras teatrales a la desdichada

El primer intento de tratar el tema con evidencias documentales fue el de A. Bertolotti en su obra "Francesco Cenci e la sua famiglia" (2ª edición, Florencia, 1879). Incluye una serie de documentos con los que intenta sitúar los acontecimientos en su verdadera dimensión. Dio a conocer el testamento de Beatrice y sugiere la existencia de un hijo oculto de Beatrice, criado por la señora Catarina de Santis. Dejaba en un principio 300 escudos a un "pobre niñito" y luego, el último día de vida, amplió la suma a 1.000 escudos disponiendo que al cumplir los 20 años de edad podría poseer libremente ese dinero. En base a estos datos se ha sugerido que este niño misterioso pudo haber sido fruto de una relación con Olympio Calvetti y que su embarazo fue el motivo por el cual su padre la encerró en La Rocca.
Literatura y artes
Una leyenda romana asegura que en la madrugada de cada 11 de septiembre la silueta fantasmal de una muchacha muy joven aparece en la puerta de la iglesia de San Pietro in Montorio y, caminando lentamente a orillas del Tíber, se dirige hacia el castillo de Sant’Angelo.
Aunque ésta es una más de las muchas historias que ponen una nota de misterio en Roma , ha permitido conservar el recuerdo de la trágica odisea de Beatrice Cenci –el espectro doliente–, que protagonizó junto con su familia uno de los episodios más escabrosos que se recuerdan en la ciudad.
Su dramática historia comenzó en Petrella del Salto, una pequeña localidad pocos kilómetros al norte de Roma , en plena campiña del Lacio.
Allí, en un castillo conocido como La Rocca –propiedad de su aristocrática familia– nació Beatrice el 12 de febrero de 1577. Su padre, Francesco Cenci, que entonces tenía cerca de cuarenta años, era un acaudalado terrateniente de carácter violento y conducta amoral, odiado por la práctica totalidad de quienes le conocían. Cuando todavía era muy joven había contraído matrimonio con Ersilia Santacroce, con la que tuvo doce hijos, aunque sólo siete alcanzaron la edad adulta: Giacomo, Cristoforo, Antonina, Rocco, Beatrice, Bernardo y Paolo.

El traslado a la capital
Tras la muerte de su esposa, Francesco confió a las religiosas de Santa Croce in Montecitorio la educación de sus dos hijas, Antonina y Beatrice, y poco después contrajo nuevas nupcias con una viuda llamada Lucrezia Petroni. La ambición y la conducta disipada de Francesco Cenci le habían llevado a enfrentarse varias veces con el papado y a tener que vérselas con la justicia por cuestiones muy delicadas. En una ocasión fue acusado de forzar a uno de sus criados menor de edad a practicar el «vicio nefando»
(*nefando: Indigno, torpe, de que no se puede hablar sin repugnancia u horror).
Sólo la compra de favores entre los encargados de juzgarle lo salvó de la hoguera y, decidido a poner tierra de por medio, se hizo construir un soberbio palacio en las inmediaciones del gueto judío de Roma , donde se instaló en abril de 1595.

Por aquel entonces, Antonina –la mayor de las dos hermanas– ya no residía en el convento de Santa Croce, puesto que se había casado. Por su parte, Cristoforo y Rocco se habían incorporado a la milicia papal. Así pues, quienes acompañaron a Francesco a la nueva residencia fueron su esposa Lucrezia y sus hijos Giacomo, Beatrice, Bernardo y Paolo. Francesco pensaba que, una vez en Roma , su cercanía a la corte papal induciría al pontífice a olvidar sus antiguos desencuentros y le sería más fácil medrar socialmente, al tiempo que podría conseguir para sus hijos un futuro más prometedor del que les esperaba retirados en la campiña del Lacio. Sin embargo, al poco tiempo estalló la tragedia. Francesco Cenci resultó ser, también en la intimidad, un auténtico energúmeno que se dedicaba a maltratar a sus hijos y a sus servidores, violaba a su esposa y abusaba de su propia hija pequeña

Acusaciones ignoradas
Precisamente fue Beatrice la primera en alertar de la situación a las autoridades, pero su juventud –apenas contaba dieciocho años– y la condición de noble de su padre quitaron toda verosimilitud a su denuncia. Francesco simplemente fue requerido por la autoridad, que lo mantuvo retenido unos días en prisión y lo devolvió a casa, donde cabe pensar que, espoleado por la ira, redobló sus tropelías. Decidió entonces recluir a su familia en el castillo de La Rocca. Allí les visitaba frecuentemente con la seguridad de que, al estar lejos de la vigilancia de las autoridades romanas, él quedaría a salvo de todo peligro.
Pero se equivocaba. Hartos de sufrir abusos de todo tipo, Lucrezia, Beatrice, Giacomo y Bernardo idearon un complot para deshacerse de aquel tirano doméstico. Con ellos colaboraron dos jóvenes del lugar, uno de los cuales, Olimpio Calvetti, pretendía a la joven Beatrice pese a la prohibición explícita de su padre, que por oscuros intereses se negaba a que la muchacha contrajera matrimonio. Y fue el mismo Olimpio, durante una de las visitas de Francesco al castillo, quien intentó envenenarle.
Pero no consiguió terminar con la vida de aquel hombre odiado, así que entraron en acción las mujeres de la familia, decididas a acabar con su tormento. Cuando el padre de familia estaba inconsciente a causa del tóxico ingerido, Lucreziay Beatrice le golpearon la cabeza con una maza hasta matarlo. Luego, Giacomo y Bernardo arrojaron el cuerpo por la ventana para simular un accidente.
Nadie les creyó. La guardia papal inició una investigación y el amante de Beatrice, una vez capturado, fue torturado hasta la muerte. Otro tanto sucedió con su cómplice, que pereció sin revelar la verdad. Hasta que, finalmente, se interrogó a la familia y se descubrió la verdad de los hechos.

Una cruel ejecución
Los cuatro cómplices fueron arrestados, declarados culpables y condenados a muerte, a excepción de Bernardo, que fue indultado a causa de su juventud. Aun así, se le obligó a contemplar la estremecedora ejecución de todos los miembros de su familia y pasó el resto de sus días en prisión. Cuando trascendió la noticia de la condena a muerte de Beatrice y los suyos, Roma en pleno se echó a la calle. El talante agresivo de Francesco Cenci era de todos conocido, la familia alegaba haber actuado en legítima defensa el veredicto del jurado se interpretó como un abuso de autoridad. El levantamiento popular fue tan violento que requirió la intervención de las fuerzas del papado. Ante el temor de que las protestas acabaran por convertirse en un conflicto violento, el tribunal concedió un pequeño aplazamiento para la ejecución de la sentencia. Todos confiaban en que la tregua serviría para que el papa Clemente VIII reflexionara y concediera el indulto. Pero, movido por la oportunidad de hacerse con la inmensa fortuna de los Cenci y pese a la gravedad de los hechos que se imputaban al cabeza de familia, el pontífice no mostró clemencia alguna.

El 11 de septiembre de 1599, los cuatro Cenci fueron llevados frente al castillo de Sant’Angelo, donde se había levantado el patíbulo. Allí, Giacomo fue descuartizado con tenazas al rojo vivo y sus miembros quedaron a la vista del público, todo ello ante los ojos horrorizados del joven Bernardo. Luego, atendiendo a su condición de nobles, Lucrezia y Beatrice fueron decapitadas en lugar de ser ahorcadas, como era habitual en el ajusticiamiento de reos comunes.
Sin olvido ni sepulcro
El cadáver de Beatrice fue llevado en procesión hasta la iglesia de San Pietro in Montorio, donde fue sepultada bajo el altar mayor sin ninguna lápida en la que figurara su nombre. Los bienes confiscados a la familia pasaron a manos de la Iglesia, engrosando así las arcas papales. Desde entonces, Beatrice fue venerada como una auténtica santa laica y su sepultura se convirtió en lugar de peregrinación.
Para la gente de Roma , Beatrice se convirtió en un símbolo de resistencia contra la aristocracia, y una leyenda surgió:
Cada año en la noche antes del día de su muerte, ella volvió al puente cargando su cabeza.
La trágica vida y la desgraciada muerte de Beatrice Cenci fueron y siguen siendo motivo de inspiración para músicos y poetas. Pero, sobre todo, se convirtieron en un símbolo de resistencia contra todo abuso de poder. El poeta inglés Percy B. Shelley, impresionado por la belleza del retrato de la joven que había pintado Guido Reni, fue el primero en sucumbir al dramatismo de semejante historia. Le siguieron, entre otros, Stendhal, que la incluyó en sus Crónicas italianas (1829), y Alejandro Dumas, que incorporó el ensayo Los Cenci a su obra Crímenes célebres (1841). En época más reciente Antonin Artaud (1935) y Alberto Moravia (1956) rindieron homenaje en sendas obras teatrales a la desdichada

El primer intento de tratar el tema con evidencias documentales fue el de A. Bertolotti en su obra "Francesco Cenci e la sua famiglia" (2ª edición, Florencia, 1879). Incluye una serie de documentos con los que intenta sitúar los acontecimientos en su verdadera dimensión. Dio a conocer el testamento de Beatrice y sugiere la existencia de un hijo oculto de Beatrice, criado por la señora Catarina de Santis. Dejaba en un principio 300 escudos a un "pobre niñito" y luego, el último día de vida, amplió la suma a 1.000 escudos disponiendo que al cumplir los 20 años de edad podría poseer libremente ese dinero. En base a estos datos se ha sugerido que este niño misterioso pudo haber sido fruto de una relación con Olympio Calvetti y que su embarazo fue el motivo por el cual su padre la encerró en La Rocca.
Literatura y artes
Beatrice Cenci, H. G. Hosmer.
Beatrice Cenci ha sido mencionada en un buen númeo de obras literarias y musicales:
Beatrice Cenci, novela de Francesco Domenico Guerrazzi
Les Cenci, novela de Stendhal
The Cenci: A Tragedy in Five Acts, drama de Percy Bysshe Shelley (compuesto en Roma y Villa Valsovano cerca a Livorno, Mayo–Agosto 5, 1819, publicado en primavera de 1820 por C. & J. Ollier, Londres, 1819)
Béatrix Cenci, por Astolphe de Custine
Béatrix Cenci, 1839, por gran poeta polaco, Juliusz Słowacki
Nemesis, tragedia escrita por Alfred Nobel.
Beatrice Cenci, obra teatral de Alberto Moravia
Beatrix Cenci, ópera compuesta por Alberto Ginastera con letra de Alberto Girri.
Beatrice Cenci, ópera de Berthold Goldschmidt
Les Cenci (1935), obra teatral de Antonin Artaud
The Cenci, ensayo escrito por Alejandro Dumas en el volumen 1 de Celebrated Crimes
The Cenci (1951-52), ópera de Havergal Brian
Beatrix Cenci (1971), ópera de Alberto Ginastera.
"Beatriz Cenci, una historia romana" (2009), obra teatral de Pedro Amorós.
La pintura, Beatrice Cenci, del pintor manierista Guido Reni (1575-1642) y la leyenda rodeando a Beatrice figura prominentemente en el Fauno de Mármol (1806) de Nathaniel Hawthorne. Los dos personajes femeninos principales del libro, Hilda y Miriam, debaten la naturaleza y amplitud de la culpabilidad de Beatrice. Hilda cree que el acto de Beatrice es un "crimen inexpiable", mientras que Miriam cree que no fue "pecado en lo absoluto, sino la mejor virtud posible en las circunstancias." Hawthorne dibuja muchas similaridades entre Miriam y Beatrice, y el lector debe debatir si Miriam es o no, una vengadora o una culpable.
La pintura de Reni aparece también en la película de David Lynch Mulholland Drive (2001), que se muestra en el apartamento de Hollywood de Ruth Elms, como una referencia de Cenci.
Una película italiana sobre su historia, dirigida por Lucio Fulci, fue lanzada en 1969. La ópera canadiense Beatrice Chancy, escrita por George Elliott y James Rolfe, e inspirada por el drama de Shelley, trasplantó el relato a un escenario ancontrado en la Nueva Escocia del siglo XIX. Harriet Goodhue Hosmer esculpió el mármol Beatrice Cenci (1857) el cual se halla en la Librería Mercantile de San Luis.
historia de la joven BeatriceCenci.
MARÍA PILAR QUERALT DEL HIERRO
HISTORIADORA