El hombre es un animal social y es por eso que como bien decía Umberto Eco: “es la mirada del otro quien nos define y forma”. El peso de lo que piensan los demás, de lo que nos creen capaces o del lugar que nos asignan en la sociedad, es muchas veces más paralizante y limitante que las verdaderas barreras existentes.
Esto es exactamente lo que sucede con las personas con discapacidad. Este colectivo de 3 millones de argentinos que todos los días se enfrentan con la condena social de ser “diferentes”. Hoy, 3 de diciembre, cuando en todo el mundo se celebra el Día Internacional de la Discapacidad, vale reflexionar sobre qué vemos y qué deberíamos ver cuando vemos a una persona con discapacidad.
Pasar de la lástima y el prejuicio, a la admiración y el énfasis en sus potencialidades. De la indiferencia a la exhaltación por la diversidad. Del miedo a la curiosidad por lo diferente. Este chiste de Tute refleja perfectamente cómo se sienten las personas con discapacidad en una sociedad como la nuestra.




A lo largo de los 10 años que llevo en el diario, tuve la oportunidad de conocer a numerosas personas con discapacidad que me mostraron una manera diferente de vivir la vida, y en las cuales se humanizaron virtudes como la voluntad, la templanza, el valor, la fortaleza y la sabiduría.

Una madre como Laura Di Benedetto, que a pesar de movilizarse en una silla de ruedas desde los 8 años por una enfermedad que le afecta la médula, se animó al desafío de tener hijos, junto a su marido Tomás. “Los preconceptos sociales reinantes aplastan los sueños hasta que uno se convence de que no puede hacer mucho”, decía Laura en una nota publicada en el suplemento Comunidad en 2008.




En su caso, gracias al permanente apoyo de sus padres y su marido, logró sobreponerse al prejuicio social, terminó una carrera universitaria, tuvo numerosos empleos y hoy disfruta plenamente de sus hijos Mora y Santiago.

También me conmovió haber conocido a Mariela Almada, que todos los días viaje de Laferrère, La Matanza, al Cenard para entrenarse en el lanzamiento de bala y disco. A esta veinteañera, su ceguera no le impidió vivir del deporte y ser medalla olímpica de bronce en Pekín.

Pero lo más llamativo de su historia, es que la enfermedad genética que le quitó casi la totalidad de su visión, también afecta a su madre y a cinco de sus siete hermanos. “Mi casa no tiene nada adaptado, es una casa normal. Cuando todos queremos ver un programa es un problema porque no entramos juntos cerca del televisor. Tener una familia en la que todos están en la misma te ayuda”, explicaba Almada, a la vez que recordaba una infancia en la que se las ingeniaban para hacer lo mismo que cualquier otro chico. “Le poníamos una bolsa a la pelota para poder oírla y jugábamos en la plaza. Hoy por hoy la única diferencia es que tardo un rato más en encontrar las cosas o en cocinar.”



Otro lindo descubrimiento fue Juan Foa, que producto de un accidente en una pileta quedó en silla de ruedas y cuando le pregunté si eso le había cambiado la vida me contestó: “sigo haciendo lo mismo que antes, sólo que a menos centímetros del piso”. Hoy trabaja en el Banco Francés, sigue cultivando su gran pasión por el turismo y además es uno de los integrantes de la selección argentina de Quadrugby.

Estos son sólo algunos, pero desde ya que hay muchos más. Por eso aprovecho este día para hacer este pequeño homenaje a estas personas que cambiaron mi forma de ver y sentir la discapacidad. Pero ahora la pregunta te la hago a vos: ¿qué sensaciones te genera ver a una persona con discapacidad?
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