Somos de los que nos gusta visitar lugares menos turísticos pero con más alma, nos encanta perdernos por carreteras olvidadas y dar con algún tesoro… Suelen ser estos lugares los que nos dejan las memorias más marcadas y de los que más podemos contar, su gente suele ser distinta, más pausada y más feliz. Sus calles más limpias, su historia más reciente.
Por eso hoy hemos comenzado con este recopilatorio de pueblos y lugares remotos de Colombia que no te puedes perder visitar ya seas colombiano o turista recorriendo el país. Estas localidades han sido elegidas por bloggers de viaje con muchos kilómetros bajo sus pies y si bien es cierto que cada experiencia es distinta también es cierto que ellos, después de todo lo visto, tienen un sentido de criterio del que suelo fiarme.
Guatapé
A pocos kilómetros de Medellín se encuentra un pueblo inolvidable, Guatapé. Suele ser relativamente conocido gracias a la piedra que corona sus afueras y el embalse (El peñón) pero no tanta gente suele perderse por las callejuelas del pueblo y disfrutar de su historia plasmada en zócalos de colores.
Guatapé es uno de los lugares que más nos ha gustado, sus habitantes conservan una adorable tradición, la decoración de los zócalos de sus casas, cada zócalo es único y totalmente personalizado y suelen representar algo en lo que el habitante de la casa destaca. Los hay desde muy simples con formas florales hasta increíblemente complejos con historias escondidas dentro de cada una de las viñetas, lo que comenzó como un proceso de restauración de algunas casas afectadas por el agua y la creación del nuevo embalse se ha convertido en la marca personal del lugar y es sin duda, un distintivo admirable.

Santa Elena
Siguiendo nuestra ruta en busca de culturas nativas, nos topamos con una comunidad de colombianos veganos viviendo en equilibrio y armonía con el entorno. La misma se encontraba en territorio cercano al poblado de Santa Elena.
Llegamos allí y nos recibieron con los brazos abiertos, según ellos están acostumbrados a recibir visita cada tanto tiempo y se mostraron gustosos de compartir con nosotros muchas de las costumbres que practicaban a diario. Primero un almuerzo vegano, una vuelta por la eco-comunidad mostrándonos los cultivos, casas, la repartición de tareas, y también la “maloca” o “centro ceremonial”, donde practicaban diferentes ceremonias, entre ellas la toma de “yage” o “ayahuasca”.
Al día siguiente, habiendo ayunado, los hombres armaron un gran fuego donde colocaron 28 piedras volcánicas (“abuelas”), que al calentarse lentamente durante horas, quedaron al rojo vivo. Las mujeres, yo incluida, nos dispusimos a preparar las aguas aromáticas que dentro del temazcal se volcarían progresivamente sobre las piedras calientes para provocar el vapor que es elemental en esta ceremonia.
El temazcal consiste en una estructura hecha de palos de madera curvados a modo de iglú, y sobre ellos muchas mantas que forman la estructura y ayudan a que el vapor y el calor se mantengan dentro. En el centro un agujero donde de a poco se van disponiendo las piedras calientes que harán su ingreso de a 7, en cuatro “puertas” o “entradas”.
La experiencia ha sido alucinante, uno puede sentir que esta en el mismísimo vientre de la Pacha Mamma, una ceremonia de purificación en la que procuraremos seguir incursionando.

La Alta Guajira
Nuestro método infalible para encontrar buenos lugares siempre ha sido perdernos. Primero eliges un sitio lejano, pero que todavía aparezca en los mapas y tenga algo tentador, como las playas de Cabo de Vela, en la Alta Guajira colombiana. Luego de unos días cuando ya te conozca hasta el vendedor diario de pescado, cuando ninguna madre wayuu te ofrezca artesanías, cuando el viento huracanado de cada día sople a la misma hora, el sol se convierta en una oración repetida y el cuerpo te pida continuar tu ruta, puedes seguir hacia el norte por huellas de arena.
En el camino está Puerto Nuevo, de dónde parten todas las semanas barcos de carga vacíos hacia Panamá. Y más allá está Punta Gallinas, extremo norte de Sudamérica, junto a la espectacular Bahía Hondita. Allí, con un poco de suerte, los pescadores te regalarán un buen pedazo de tiburón para hacer esa tarde a la parrilla.
Luego puedes avanzar hacia Taroa, cruzar una sorprendente Buenos Aires de cinco casas y desviarte hacia Puerto Estrella, donde encontramos el primer baño completo de agua dulce en diez días. Era una bonita laguna embarrada. Y preguntando llegas a Nazareth, pleno territorio Wayuu, donde puede que encuentres un grupo de amigos preparándose con cerveza para la próxima celebración tradicional en el cementerio: el desenterramiento y reenterramiento de los huesos de un viejo familiar.
Sí, cuando te pierdes encuentras muchas cosas inesperadas.

Bocas de Ceniza
Un lugar extraordinario, se encuentra bajo la sombra de grandes monstruos de ladrillo en Barranquilla. Allí, donde convergen revoltosos el Río Magdalena y el Océano Atlántico, viven los pescadores de Bocas de Ceniza. El transporte hacia allí, no es muy convencional. Yo subí por casualidad al Tren Verde de Yoyito, un aparato rústico de metal y madera, con banderas de Colombia y el motor cerca a mis piernas; cuando otro tren iba en dirección contraria, Yoyito debía frenar, bajar a todos los pasajeros, retirar el vagón de la carrilera y volverlo a encarrilar. A cada lado del ferrocarril, se extienden hileras de árboles, mariposas amarillas y los caudales estruendosos.
Sobre el dique que separa las dos fuerzas de agua, crearon una magia digna de un cuento, construyendo diminutas casas de madera llenas de color. Éstas, son golpeadas por la fuerte brisa, al igual que las mujeres y hombres que viven de la pesca con cometa y de la venta de platos típicos en pequeños restaurantes. Lo más curioso de las fachadas y las personas, son los letreros escritos por los pescadores, quienes advierten que la austeridad no es un inconveniente si tienen el sol, la brisa y el alimento.

Capurganá
El viaje en lancha desde Turbo tardó dos horas y llegamos a los saltos hasta la parte más norte de la región del Chocó, ya muy cerca de Panamá. Resultó ser un lugar con pequeñas bahías con cocoteros, arenas blancas y casitas rústicas y sobre todo sin coches: las ciudades quedaron atrás de forma rotunda.
Bajamos en un pequeño muelle en Capurganá. Elegí un hostal barato de un italiano hiperactivo. Pensé: hiperactivo como un italiano en Colombia . El hotel es una casa de madera medio desvencijada y está un poco alejada y entre la selva. Tienen un tití (Saguinus geoffroyi) llamado Quico que, según el italiano, llegó herido por un perro. A Quico le di mucha confianza desde el principio y en estos cuatro días que llevo en el hostal lo tuve demasiadas veces colgado al cuello. El cariño de un mono no deja de ser algo reconfortante, pero también hay que tener en cuenta que es un animal salvaje, con olor a animal salvaje y uñas de animal salvaje. En general se me sube para dormirse una siesta, pero a la noche se pone más complicado porque se duerme profundamente y cuando intento sacarlo me insulta con gruñidos y gritos agudos. Si está muy dormido, la cosa se pone más violenta, y pasa del insulto a la mordida. Me clavó un par de veces sus colmillitos filosos. Ayer me lo saqué empujándolo con mi linterna y se fue caminando como borracho y haciendo ruidos guturales. Debía estar murmurando sueños de mono.
Por eso hoy hemos comenzado con este recopilatorio de pueblos y lugares remotos de Colombia que no te puedes perder visitar ya seas colombiano o turista recorriendo el país. Estas localidades han sido elegidas por bloggers de viaje con muchos kilómetros bajo sus pies y si bien es cierto que cada experiencia es distinta también es cierto que ellos, después de todo lo visto, tienen un sentido de criterio del que suelo fiarme.
Guatapé
A pocos kilómetros de Medellín se encuentra un pueblo inolvidable, Guatapé. Suele ser relativamente conocido gracias a la piedra que corona sus afueras y el embalse (El peñón) pero no tanta gente suele perderse por las callejuelas del pueblo y disfrutar de su historia plasmada en zócalos de colores.
Guatapé es uno de los lugares que más nos ha gustado, sus habitantes conservan una adorable tradición, la decoración de los zócalos de sus casas, cada zócalo es único y totalmente personalizado y suelen representar algo en lo que el habitante de la casa destaca. Los hay desde muy simples con formas florales hasta increíblemente complejos con historias escondidas dentro de cada una de las viñetas, lo que comenzó como un proceso de restauración de algunas casas afectadas por el agua y la creación del nuevo embalse se ha convertido en la marca personal del lugar y es sin duda, un distintivo admirable.

Santa Elena
Siguiendo nuestra ruta en busca de culturas nativas, nos topamos con una comunidad de colombianos veganos viviendo en equilibrio y armonía con el entorno. La misma se encontraba en territorio cercano al poblado de Santa Elena.
Llegamos allí y nos recibieron con los brazos abiertos, según ellos están acostumbrados a recibir visita cada tanto tiempo y se mostraron gustosos de compartir con nosotros muchas de las costumbres que practicaban a diario. Primero un almuerzo vegano, una vuelta por la eco-comunidad mostrándonos los cultivos, casas, la repartición de tareas, y también la “maloca” o “centro ceremonial”, donde practicaban diferentes ceremonias, entre ellas la toma de “yage” o “ayahuasca”.
Al día siguiente, habiendo ayunado, los hombres armaron un gran fuego donde colocaron 28 piedras volcánicas (“abuelas”), que al calentarse lentamente durante horas, quedaron al rojo vivo. Las mujeres, yo incluida, nos dispusimos a preparar las aguas aromáticas que dentro del temazcal se volcarían progresivamente sobre las piedras calientes para provocar el vapor que es elemental en esta ceremonia.
El temazcal consiste en una estructura hecha de palos de madera curvados a modo de iglú, y sobre ellos muchas mantas que forman la estructura y ayudan a que el vapor y el calor se mantengan dentro. En el centro un agujero donde de a poco se van disponiendo las piedras calientes que harán su ingreso de a 7, en cuatro “puertas” o “entradas”.
La experiencia ha sido alucinante, uno puede sentir que esta en el mismísimo vientre de la Pacha Mamma, una ceremonia de purificación en la que procuraremos seguir incursionando.

La Alta Guajira
Nuestro método infalible para encontrar buenos lugares siempre ha sido perdernos. Primero eliges un sitio lejano, pero que todavía aparezca en los mapas y tenga algo tentador, como las playas de Cabo de Vela, en la Alta Guajira colombiana. Luego de unos días cuando ya te conozca hasta el vendedor diario de pescado, cuando ninguna madre wayuu te ofrezca artesanías, cuando el viento huracanado de cada día sople a la misma hora, el sol se convierta en una oración repetida y el cuerpo te pida continuar tu ruta, puedes seguir hacia el norte por huellas de arena.
En el camino está Puerto Nuevo, de dónde parten todas las semanas barcos de carga vacíos hacia Panamá. Y más allá está Punta Gallinas, extremo norte de Sudamérica, junto a la espectacular Bahía Hondita. Allí, con un poco de suerte, los pescadores te regalarán un buen pedazo de tiburón para hacer esa tarde a la parrilla.
Luego puedes avanzar hacia Taroa, cruzar una sorprendente Buenos Aires de cinco casas y desviarte hacia Puerto Estrella, donde encontramos el primer baño completo de agua dulce en diez días. Era una bonita laguna embarrada. Y preguntando llegas a Nazareth, pleno territorio Wayuu, donde puede que encuentres un grupo de amigos preparándose con cerveza para la próxima celebración tradicional en el cementerio: el desenterramiento y reenterramiento de los huesos de un viejo familiar.
Sí, cuando te pierdes encuentras muchas cosas inesperadas.

Bocas de Ceniza
Un lugar extraordinario, se encuentra bajo la sombra de grandes monstruos de ladrillo en Barranquilla. Allí, donde convergen revoltosos el Río Magdalena y el Océano Atlántico, viven los pescadores de Bocas de Ceniza. El transporte hacia allí, no es muy convencional. Yo subí por casualidad al Tren Verde de Yoyito, un aparato rústico de metal y madera, con banderas de Colombia y el motor cerca a mis piernas; cuando otro tren iba en dirección contraria, Yoyito debía frenar, bajar a todos los pasajeros, retirar el vagón de la carrilera y volverlo a encarrilar. A cada lado del ferrocarril, se extienden hileras de árboles, mariposas amarillas y los caudales estruendosos.
Sobre el dique que separa las dos fuerzas de agua, crearon una magia digna de un cuento, construyendo diminutas casas de madera llenas de color. Éstas, son golpeadas por la fuerte brisa, al igual que las mujeres y hombres que viven de la pesca con cometa y de la venta de platos típicos en pequeños restaurantes. Lo más curioso de las fachadas y las personas, son los letreros escritos por los pescadores, quienes advierten que la austeridad no es un inconveniente si tienen el sol, la brisa y el alimento.

Capurganá
El viaje en lancha desde Turbo tardó dos horas y llegamos a los saltos hasta la parte más norte de la región del Chocó, ya muy cerca de Panamá. Resultó ser un lugar con pequeñas bahías con cocoteros, arenas blancas y casitas rústicas y sobre todo sin coches: las ciudades quedaron atrás de forma rotunda.
Bajamos en un pequeño muelle en Capurganá. Elegí un hostal barato de un italiano hiperactivo. Pensé: hiperactivo como un italiano en Colombia . El hotel es una casa de madera medio desvencijada y está un poco alejada y entre la selva. Tienen un tití (Saguinus geoffroyi) llamado Quico que, según el italiano, llegó herido por un perro. A Quico le di mucha confianza desde el principio y en estos cuatro días que llevo en el hostal lo tuve demasiadas veces colgado al cuello. El cariño de un mono no deja de ser algo reconfortante, pero también hay que tener en cuenta que es un animal salvaje, con olor a animal salvaje y uñas de animal salvaje. En general se me sube para dormirse una siesta, pero a la noche se pone más complicado porque se duerme profundamente y cuando intento sacarlo me insulta con gruñidos y gritos agudos. Si está muy dormido, la cosa se pone más violenta, y pasa del insulto a la mordida. Me clavó un par de veces sus colmillitos filosos. Ayer me lo saqué empujándolo con mi linterna y se fue caminando como borracho y haciendo ruidos guturales. Debía estar murmurando sueños de mono.