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San Agustín

Confesiones

Extractado del libro VII

Páginas 121-123



Capítulo V: Vuelve otra vez a inquirir de dónde provenga el mal y cuál será su origen y raíz.



Yo buscaba el origen del mal, y siendo así que le buscaba malamente, no echaba de ver el mal que había en el mismo modo con que le buscaba. Ponía yo delante de los ojos de mi alma todo lo que habéis creado, ya sean las cosas que podemos ver, como la tierra, el mar, el aire, los astros, los árboles y los animales; ya también todas las cosas que no vemos, como son el firmamento con todos los Ángeles, y todos los entes espirituales del universo; pero también estas cosas las fue colocando mi fantasía en diversos y respectivos lugares, como si verdaderamente fueran cuerpos: de todo ello formé en la imaginación como una gran masa compuesta de los distintos géneros de cuerpos de vuestras criaturas, tanto de aquellos que eran verdaderos cuerpos, como de los otros que ya había fingido y apropiado a los espíritus. Yo imaginaba esta masa muy grande y extensa, no tanto como ella lo fuera en si misma, que esto no podía saberlo a punto fijo, sino cuanto le pareció a mi fantasía; pero siempre me la representaba finita y limitada por todas partes.
Después os concebía a Vos, Señor, como una sustancia infinita sin término ni límite alguno, que rodeaba y penetraba por todas partes aquella gran masa: así como si el mar lo llenase todo, y hacia todas partes por espacios inmensos sólo hubiese un infinito mar, y dentro de sí tuviese una esponja que aunque fuese muy grande, fuera limitada y finita; esta esponja estaría verdaderamente por todas partes rodeada y llena de aquel inmenso mar.
Así juzgaba yo que todas vuestras criaturas, que son finitas y limitadas, estaban por todas partes circunvaladas y llenas de Vos, que sois infinito, y decía: veis aquí a Dios, y veis aquí todo lo que Dios ha creado: Dios es bueno, y su bondad excede infinitamente a todo el conjunto de sus criaturas; mas como es sumamente bueno, todas las cosas las crea buenas, y ved ahí como todas las abraza y llena de bondad. Pues ¿En dónde está el mal?; ¿de dónde ha dimanado?; ¿por dónde se ha introducido en el universo?; ¿cuál es la raíz que le produce?; ¿de qué semilla nace?
¿Acaso diremos que el mal no tiene ser alguno?; pues ¿por qué tememos y evitamos lo que no existe ni tiene ser? Y si es que tememos vanamente y sin fundamento, sin duda que este temor ya es algún mal que inútilmente atormenta y despedaza nuestro corazón: y este mal será tanto más grave, cuanto más tememos no habiendo qué temer. Por lo cual, o hay algún mal que temamos , o el mal que hay es que tememos. Pues ¿de dónde vino ese mal? Porque Dios, siendo todo bondad, hizo buenas todas estas cosas. el mayor y sumo bien hizo las criaturas que son bienes menores; pero así el Creador como las cosas creadas, todo es bueno. Pues ¿de dónde nace el mal?.

¿Será acaso que la materia de que hizo Dios todas las criaturas era en sí misma alguna cosa mala, y Dios la formó y ordenó, pero dejó algo en ella que no lo ordenase y convirtiese de mal en bien? Y si fue así ¿qué causa hubo para esto? ¿Acaso no podía convertirla toda y mudarla en bien de modo que no quedase en ella nada de malo, siendo Él todopoderoso?
Finalmente, ¿por qué quiso servirse de ella para formar de allí sus criaturas y no usar de su misma omnipotencia para destruirla enteramente y aniquilarla?, o ¿podrá decirse que ella podía existir contra la voluntad de Dios? Aún suponiendo que fuese eterna, ¿por qué la dejó durar antecedentemente por infinitos espacios de duraciones; y tanto después tuvo por bien servirse de aquella materia, y hacer de ella alguna cosa? Y ya que repentinamente determinó y quiso hacer alguna cosa, como omnipotente que es, hubiera comenzado antes aniquilando y deshaciendo enteramente aquella materia; y así hubiera quedado Él, siendo el todo, el verdadero, sumo e infinito bien. Él tan bueno, destruida aquella mala materia y reducida a la nada, podía haber creado otra buena, de la cual produjese todas las cosas. Porque no sería todopoderoso si no pudiera hacer algo bueno sin ayuda de aquella materia que Él no había creado.
De aquí las cosas que yo andaba revolviendo en mi infeliz espíritu lleno de cuidados que le consumían, causados del temor de la muerte y de no hallar la verdad; pero estaba firmemente arraigada en mi corazón la fe que en la Católica Iglesia se tiene de vuestro hijo Jesucristo, Señor y Salvador nuestro; y aunque a la verdad era mi fe todavía imperfecta en muchas cosas, y se salía de las reglas de la sana doctrina, con todo no la dejaba mi alma, antes bien cada día se iba instruyendo e imbuyéndose más y más en ella.

También me hicisteis conocer, Señor, que todas las cosas que se corrompen son buenas, porque no podrían corromperse si no tuvieran alguna bondad, ni tampoco si su bondad fuera suma; pues si fueran sumamente buenas, sería incorruptibles, y si no tuvieran alguna bondad, no habría en ellas cosa alguna que se pudiera corromper.
Porque es certísimo que la corrupción causa algún daño, y si no disminuyera algún bien, no le causaría. Luego, o se ha de decir que la corrupción no causa daño alguno, lo cual es falso e imposible, o se ha de confesar que todas las cosas que se corrompen se privan de algún bien con la corrupción, lo cual es certísimo y evidente.
Y si se privaran enteramente de su bondad, absolutamente dejarían de ser, porque si todavía existieran sin bondad alguna, quedarían incapaces de ser corrompidas, y por consiguiente, mucho mejores que antes, pues permanecerían incorruptibles. Y ¿qué desatino más monstruoso se puede imaginar que el decir que perdiendo aquellas cosas toda la bondad que tenían, se habían hecho mejores de lo que antes eran? Conque es evidente, que si se privaran enteramente de toda su bondad, absolutamente dejarían de ser: luego, mientras que tienen ser, tienen alguna bondad, y así es cierto que todas las cosas que son, son buenas. Lo cual prueba convincentemente que el mal, cuyo principio andaba yo buscando, no es alguna sustancia, porque si lo fuera, algún bien sería. Pues o había de ser una sustancia incorruptible, y esto era un bien muy grande o una sustancia corruptible, la cual si no tuviera alguna bondad, no podría corromperse.
Así llegué a conocer claramente, y Vos me lo manifestasteis, que todas las cosas que Vos hicisteis son buenas, y que no hay sustancia alguna en todo el mundo que Vos no hayáis creado. Y por lo mismo que no hicisteis todas las criaturas iguales en bondad, por eso mismo son todas y tienen su propio y distinto ser: cada una de por sí tiene su particular bondad, miradas todas juntas, son muy buenas, porque nuestro Dios y Señor hizo todas las cosas, no buenas solamente, sino en grado superlativo muy buenas.
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