“El que a vosotros recibe, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió.” (MATEO 10:40)
“Yo Soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá
eternamente. ¿Crees esto?” (JUAN I 1:25–26)
“Yo Soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá
eternamente. ¿Crees esto?” (JUAN I 1:25–26)
Uno de los miembros de nuestra clase, un profesor en Duluth, Minnesota, desarrolló una condición seria en la base de su cabeza, en la unión del cuello. Era un crecimiento consistente, en el orden de un absceso, aún más serio, ya que era mucho más grande en tamaño que un absceso.
El doctor le informó a los familiares que si no se suavizaba y deshacía, tendrían que operar. Una operación podría aliviar la condición, pero también había una posibilidad de que la operación pudiera resultar fatal.
Se me pidió ir al hospital y hacer un Decreto por este hombre quien necesitaba mucha ayuda. En consecuencia, mis secretarias y yo fuimos a hacer nuestros Decretos para que se arreglara la condición. La familia estaba allí porque el paciente había sufrido y había estado con tanto dolor, que le era imposible dormir. Hice que todos los presentes formaran un círculo alrededor de la cama, conmigo al pie de la cama. Le pedí a cada uno de los presentes que visualizaran un gran sol alrededor de la cabeza del paciente, como si el sol del medio día hubiese bajado para envolver a nuestro paciente. Luego, para tranquilizar sus sentimientos, le pedí a cada uno de los visitantes y a los familiares que se visualizaran como el Cristo.
Entonces, elevando mis brazos a la Presencia, invoqué a ese Sol Sanador con sanación en sus alas, para que envolviera al paciente con sus poderosos rayos y le diera paz, para que pudiera dormir.
Sostuvimos este pensamiento por cinco minutos y cuando el paciente aflojó y concilio el sueño, en puntillas salimos de la habitación.
El médico que me encontró afuera en el pasillo me dijo, "no sé quién o qué es usted... alguna clase de médico, pero realmente aprecio sus oraciones. Si esta cosa no se deshace esta noche, nos veremos forzados a operar. Si se deshace, el hombre tendrá mucha posibilidad. Veo que su llamado por paz ha causado que el paciente duerma. Eso está a su favor".
Luego, en el mismo hospital visitamos a un chico de seis años que tenía sarampión. Se suponía que el sarampión era contagioso. Los padres estaban allí y a nadie se le permitía estar en el cuarto, ya que se suponía que era un momento muy crítico para el chico y su condición. En este caso el médico le prohibió a todo el mundo que entrara al cuarto, pero yo le aseguré que no tocaría al chico y que me pararía al pie de la cama, de hecho, a un metro o dos de la cama. Él me permitió que lo hiciera, mientras me observaba para oír y ver lo que yo iba a hacer.
Las secretarias y yo procedimos a volver a realizar la misma actividad, como con el paciente en el otro cuarto. El médico evidentemente estaba satisfecho, ya que no hizo comentario. Nos fuimos conscientes de que habíamos hecho nuestro trabajo.
A la mañana siguiente, recibimos dos llamadas telefónicas. Se nos dijo que el niño de seis años se le permitió irse a casa, puesto que el sarampión ciertamente estaba detenido. El hombre con el absceso había dormido y durante la noche se liberó la pus acumulada y se había aliviado la situación al punto de no necesitar operación. El pudo irse a casa tan pronto como el médico limpió la sangre y la pus de la herida.
De esta manera, los Poderes de la Luz de Dios una vez más fueron victoriosos. El médico me preguntó: "¿exactamente qué hace usted?" Le informé que todo lo que podía hacer era orar. Le expliqué que yo, por mí cuenta, no podía hacer nada. Que es Dios el que sana. Yo hago los Llamados (oraciones). Que no soy un doctor en medicina y que no tenía un entendimiento del proceso de sanación. De hecho, le dije: "no tengo la menor idea de cómo se realizó la sanación, pero estoy feliz de que se haya realizado y le doy gracias a Dios con todo mi corazón".*
William Cassierre
* Tomado del libro La Ley de Precipitacion, de Werner Schroeder, publicado por la Ascended Master Teachings Foundation.
Para comprender los temas tratados es imprescindible la lectura de los libros Misterios Develados, La Presencia Magica y Los Discursos del YO SOY. Los mismos relatan las experiencias vividas por su autor (Godfre Ray King) asi como las enseñanzas que recibio en su asociacion con el Maestro Ascendido Saint Germain.
