Un niño que lee será un adulto que piensa.
Fomentar la lectura a cualquier edad siempre es sinónimo de enriquecimiento, pero hacerlo entre los más pequeños de la sociedad es una garantía total de un futuro mejor. Un niño que lee se irá convirtiendo a medida que crezca en un adulto con unas ideas propias y una mentalidad firme, capaz de cuestionar lo que le rodea y de comprender más fácilmente su lugar en el mundo.
Un niño que lee será un adulto que piense, porque no hay un dominio más amplio de conocimiento que aquel que nos ofrecen los libros. Cuando leemos nos nutrimos de la imaginación y el razonamiento que los demás han depositado en hojas en blanco y somos más receptores cuanto más nos abramos a ello: los niños, sin prejuicios, son capaces de leer con todo su abanico de emociones puesto en ello.
En muchas ocasiones, como adultos, nos ha ocurrido que aquello desconocido para nuestro pequeño mundo habitual nos sorprendía o, incluso, incomodaba. Estas sensaciones provienen sobre todo de querer creer que lo de cada uno es lo válido y lo ajeno no puede serlo, pensamiento que deriva sobre todo de la ignorancia.
Los “locos” que leen son capaces de encontrar el refugio a las miserias de la vida mientras los que no lo hacen viven en ellas sin si quiera ser conscientes. Por eso, a un niño que lee hay que dejarlo llorar y reír con un libro, hay que permitirle enamorarse de una historia, hay que apoyarle si decide entrar en todo ese campo de imaginación al alcance de cualquiera.
De lo contrario, a la mínima que lea se sorprenderá con lo que encuentra y es probable que sufra más con lo que recibe, ya que será para él como un ente extraño que quiere cambiar su conformismo. Las palabras de Unamuno, ciertamente, piden niños que crezcan leyendo porque de esa manera serán adultos menos vulnerables, menos indefensos y más humanos.
Existen diversas actividades que ayudan de desarrollar y potenciar la imaginación independientemente de la edad que tengamos, entre las cuales una de las más bonitas es la lectura: toda una fábrica donde se forja y se recoge la creatividad del ser humano.
Un niño que lee será un niño que piensa, lo dijo algún genial pensador y no se equivocaba. Leer es juego, es entretenimiento, es construir sueños, es reflexionar, es un estado de ánimo, es aislamiento y compañía, es placer. Leer brinda recuerdos cumplidos y otros que cumpliremos y mueve las inquietudes más internas para acercarnos a ellas.
Fomentar la lectura a cualquier edad siempre es sinónimo de enriquecimiento, pero hacerlo entre los más pequeños de la sociedad es una garantía total de un futuro mejor. Un niño que lee se irá convirtiendo a medida que crezca en un adulto con unas ideas propias y una mentalidad firme, capaz de cuestionar lo que le rodea y de comprender más fácilmente su lugar en el mundo.
Un niño que lee será un adulto que piense, porque no hay un dominio más amplio de conocimiento que aquel que nos ofrecen los libros. Cuando leemos nos nutrimos de la imaginación y el razonamiento que los demás han depositado en hojas en blanco y somos más receptores cuanto más nos abramos a ello: los niños, sin prejuicios, son capaces de leer con todo su abanico de emociones puesto en ello.
En muchas ocasiones, como adultos, nos ha ocurrido que aquello desconocido para nuestro pequeño mundo habitual nos sorprendía o, incluso, incomodaba. Estas sensaciones provienen sobre todo de querer creer que lo de cada uno es lo válido y lo ajeno no puede serlo, pensamiento que deriva sobre todo de la ignorancia.
Los “locos” que leen son capaces de encontrar el refugio a las miserias de la vida mientras los que no lo hacen viven en ellas sin si quiera ser conscientes. Por eso, a un niño que lee hay que dejarlo llorar y reír con un libro, hay que permitirle enamorarse de una historia, hay que apoyarle si decide entrar en todo ese campo de imaginación al alcance de cualquiera.
De lo contrario, a la mínima que lea se sorprenderá con lo que encuentra y es probable que sufra más con lo que recibe, ya que será para él como un ente extraño que quiere cambiar su conformismo. Las palabras de Unamuno, ciertamente, piden niños que crezcan leyendo porque de esa manera serán adultos menos vulnerables, menos indefensos y más humanos.
Existen diversas actividades que ayudan de desarrollar y potenciar la imaginación independientemente de la edad que tengamos, entre las cuales una de las más bonitas es la lectura: toda una fábrica donde se forja y se recoge la creatividad del ser humano.
Un niño que lee será un niño que piensa, lo dijo algún genial pensador y no se equivocaba. Leer es juego, es entretenimiento, es construir sueños, es reflexionar, es un estado de ánimo, es aislamiento y compañía, es placer. Leer brinda recuerdos cumplidos y otros que cumpliremos y mueve las inquietudes más internas para acercarnos a ellas.