

Efrén Rebolledo, o el triunfo del erotismo
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Te invito a disfrutar de este hermoso SWF, cortesía de mi amiga @mallorquina2 

Texto de Guillermo Sheridan (Selección).
Efrén Rebolledo fue uno de esos modernistas mexicanos en los que pareció reunirse la suficiente dosis de anacronismo como para haber pasado de moda aun antes de empezar a escribir. Su obra, formada por una decena de libros de poesía y antologías, una obra de teatro y tres o cuatro noveletas, es puntal del lugar común de nuestro modernismo rescatable, de ese modernismo semimuerto de origen en el que la pálida joyería parnasiana ya se mezcla con los póstumos hedores del numinoso dariano.


RELIQUIA
Me llevé el deslumbramiento
De tu blanquísima tez,
Y en mis manos voluptuosas
La sensación de tu piel,
Y recordaba tu imagen,
Acordándome también
De las liras, de las ánforas
Y de las alas, tal vez,
Porque remedan contornos
Y gálibos de mujer,
Y en la noche saturada
De tu memoria, soñé
Que era un escultor de Atenas,
Y que estaba en un taller
Lleno de hermosas estatuas
Del Arte y la Forma prez,
Y que tú estabas desnuda
Y mi labio era un cincel,
Y que pulía tu cuerpo
Muriéndome de placer
Desde tu bendita frente
Hasta tus divinos pies.
A mis amigos los redactores y dibujantes
de la “Revista Moderna” de México.
de la “Revista Moderna” de México.
Me llevé el deslumbramiento
De tu blanquísima tez,
Y en mis manos voluptuosas
La sensación de tu piel,
Y recordaba tu imagen,
Acordándome también
De las liras, de las ánforas
Y de las alas, tal vez,
Porque remedan contornos
Y gálibos de mujer,
Y en la noche saturada
De tu memoria, soñé
Que era un escultor de Atenas,
Y que estaba en un taller
Lleno de hermosas estatuas
Del Arte y la Forma prez,
Y que tú estabas desnuda
Y mi labio era un cincel,
Y que pulía tu cuerpo
Muriéndome de placer
Desde tu bendita frente
Hasta tus divinos pies.

La obra de Rebolledo equivale, en su habilidad sincrética, a la de ciertos modernistas menores como Bernardo Couto Castillo: vaciar, en el veleidoso perol de una modernidad más asumida que habitada, todas las ocurrencias y recurrencias del arribismo estético de la hora. A Rebolledo, no obstante, lo salva como poeta la sazón con que pudo mejorar tal guiso: el erotismo.


POSESIÓN
Se nublaron los cielos de tus ojos,
Y como una paloma agonizante,
Abatiste en mi pecho tu semblante
Que tiñó el rosicler de los sonrojos.
Jardín de nardos y de mirtos rojos
Era tu seno mórbido y fragante,
Y al sucumbir, abriste palpitante
Las puertas de marfil de tus hinojos.
Me diste generosa tus ardientes
Labios, tu aguda lengua que cual fino
Dardo vibraba en medio de tus dientes.
Y dócil, mustia, como débil hoja
Que gime cuando pasa el torbellino,
Gemiste de delicia y de congoja.
Se nublaron los cielos de tus ojos,
Y como una paloma agonizante,
Abatiste en mi pecho tu semblante
Que tiñó el rosicler de los sonrojos.
Jardín de nardos y de mirtos rojos
Era tu seno mórbido y fragante,
Y al sucumbir, abriste palpitante
Las puertas de marfil de tus hinojos.
Me diste generosa tus ardientes
Labios, tu aguda lengua que cual fino
Dardo vibraba en medio de tus dientes.
Y dócil, mustia, como débil hoja
Que gime cuando pasa el torbellino,
Gemiste de delicia y de congoja.

Esa sazón es en Rebolledo una alquimia o, mejor, una metáfora sostenida siempre: su afán artificializante lo lleva, cuando se asume esteta, a transmutar lo abstracto y lo natural en bisutería inorgánica, y cuando se acepta erótico, a convertirlo todo en “carne victoriosa”.


EL BESO DE SAFO
Más pulidos que el mármol transparente,
Más blancos que los blancos vellocinos,
Se anudan los dos cuerpos femeninos
En un grupo escultórico y ardiente.
Ancas de cebra, escorzos de serpiente,
Combas rotundas, senos colombinos,
Una lumbre los labios purpurinos,
Y las dos cabelleras un torrente.
En el vivo combate, los pezones
que se embisten, parecen dos pitones
Trabados en eróticas pendencias,
Y en medio de los muslos enlazados,
Dos rosas de capullos inviolados
Destilan y confunden sus esencias.
CLARO DE LUNA
Como un cisne espectral, la luna blanca
En el espacio transparente riela,
Y en el follaje espeso, filomela
Melifluas notas de su buche arranca.
Brilla en el fondo obscuro de la banca
Tu peinador de vaporosa tela,
Y por las frondas de satín se cuela
O en los claros la nivea luz se estanca.
Después de recorrer el mármol frío
De tu pulida tez, toco una rosa
Que se abre mojada de rocío;
Todo enmudece, y al sentir el grato
Calor de tus caricias, mi ardorosa
Virilidad se enarca como un gato.
Más pulidos que el mármol transparente,
Más blancos que los blancos vellocinos,
Se anudan los dos cuerpos femeninos
En un grupo escultórico y ardiente.
Ancas de cebra, escorzos de serpiente,
Combas rotundas, senos colombinos,
Una lumbre los labios purpurinos,
Y las dos cabelleras un torrente.
En el vivo combate, los pezones
que se embisten, parecen dos pitones
Trabados en eróticas pendencias,
Y en medio de los muslos enlazados,
Dos rosas de capullos inviolados
Destilan y confunden sus esencias.

CLARO DE LUNA
Como un cisne espectral, la luna blanca
En el espacio transparente riela,
Y en el follaje espeso, filomela
Melifluas notas de su buche arranca.
Brilla en el fondo obscuro de la banca
Tu peinador de vaporosa tela,
Y por las frondas de satín se cuela
O en los claros la nivea luz se estanca.
Después de recorrer el mármol frío
De tu pulida tez, toco una rosa
Que se abre mojada de rocío;
Todo enmudece, y al sentir el grato
Calor de tus caricias, mi ardorosa
Virilidad se enarca como un gato.

El valor del erotismo poético de Rebolledo radica en la habilidad para conseguir esos estados que, a la vez, consiguen para él la supervivencia en el parnaso mexicano. De no haber sido por eso, su obra hubiera quedado como curiosidad dentro de ese discurso enumerativo y exhuberante que marca todo nuestro modernismo menor. Rebolledo también usó y abusó de las cosas: medievales, japonesas, joyeles, mitologías excéntricas; la urbe comatosa, el fjord serafítico, o el jardín oriental suspendido en su etereidad son todos escenarios sustituibles, pero cuando en ellos se dramatizan los devaneos del falo y la tiranía del deseo, con todo y sus hábiles eufemismos y la truculencia de sus aberraciones, consigue atmósferas de gran delicadeza sexual y una intensidad que toca el desafuero. Es entonces cuando Villaurrutia, en 1939, habla de “los mejores poemas de amor sexual de la poesía mexicana” para agregar de inmediato que esos poemas no son ya como una joya sino una joya. Esa joya, por otra parte, es el soneto que distingue a Rebolledo de sus maestros de poesía erótica, Swinburne y Richepin en Europa, Darío y Lugones en América. Y el soneto como forma tendrá en él un secuaz notable.

ANTE EL ARA
Te brindas voluptuosa e impudente,
Y se antoja tu cuerpo soberano
Intacta nieve de crestón lejano,
Nítida perla de sedoso oriente.
Ebúrneos brazos, nunca transparente,
Aromático busto beso ufano,
Y de tu breve y satinada mano
Escurren las caricias lentamente.
Tu seno se hincha como láctea ola,
El albo armiño de mullida estola
No iguala de tus muslos la blancura,
Mientras tu vientre al que mi labio inclino,
Es un vergel de lóbrega espesura,
Un edén en un páramo de lino.
Te brindas voluptuosa e impudente,
Y se antoja tu cuerpo soberano
Intacta nieve de crestón lejano,
Nítida perla de sedoso oriente.
Ebúrneos brazos, nunca transparente,
Aromático busto beso ufano,
Y de tu breve y satinada mano
Escurren las caricias lentamente.
Tu seno se hincha como láctea ola,
El albo armiño de mullida estola
No iguala de tus muslos la blancura,
Mientras tu vientre al que mi labio inclino,
Es un vergel de lóbrega espesura,
Un edén en un páramo de lino.

Los doce sonetos de Caro Victrix (“Carne victoriosa”, literalmente) significan el momento en que Rebolledo logra evadirse de la rutilante monorritmia de buena parte de su obra anterior por el hueco hasta entonces casi inhollado del amor sexual como asunto poético. Se trata, por supuesto, de una poesía que ha dejado su cuidado entre las azucenas olvidado, que ha dejado toda gazmoñería y todo planteamiento velador. Ritmo, imágenes, alusiones celebran y refinan el goce con una plasticidad visual extraordinaria que no quita del todo el velo, pero que logra hacer de él un acicate más para el disfrute. En ellos triunfa la carne en su sentido más epidérmico, desenfadadamente nervioso, menos “interesado en la idealización que en el contacto”, como dice Carlos Monsiváis. La entrega, como en “Posesión” es “generosa”, si bien el goce que de ella nace deja una sensación “de delicia y de congoja”. ¿Podría ser, en esta época, de otra manera? Los dioses de Rebolledo impelen a su acólito a las mismas crisis: como Hannon, como Huysmans, como Darío mismo, este erótico alterna la erupción con el arrepentimiento, si bien en él el dilema ya es más tema literario que preocupación interna. Caro Victrix y su fina intemperancia logra sacudirse el resquemor de la culpa decadentista y los signos de la época que ahí se manipulan acentúan su especial vigor antes que distraer con sus cargas convencionales.

Éxtasis de Santa Teresa - Gian Lorenzo Bernini (1647-1652)
SANTA TERESA
El misticismo de la celda: brilla
En la sombra el reflejo de la lámpara,
Oscilando como una moribunda
Pupila que se estrecha y se dilata.
Qué tristeza en la llama que agoniza,
Qué blancas las paredes de la estancia,
Qué implacable silencio de sepulcro
En la indecisa claridad. La Santa
Reposa sobre el lecho inmaculado,
El lecho que se eleva como un ara
En uno de los ángulos sombríos;
Por su frente que han hecho mustia y pálida
Tanta meditación y tanto ayuno
Corre el sudor en transparentes lágrimas;
Sus ojos siempre abiertos por el éxtasis
Se entornan abatiendo sus pestañas;
En sus labios enjutos y apacibles
Perfumados con mirras de plegarias
Se despiertan los besos voluptuosos,
Y sus brazos, más blancos que las sábanas,
Queriendo rodear algo invisible,
Se retuercen, se agitan y se enlazan.
Sueña: sueña que el Cristo macilento,
El cuerpo exangüe y celestial que ama,
Sonríe tras su mueca de amargura,
Que sus frescas heridas se restañan
Y sus lívidos miembros se coloran
Y se cierran las bocas de sus llagas;
Sueña que su mirada se ilumina
Y del madero ignominioso baja
Más radiante que un ángel y más bello
Al lecho que se eleva como un ara,
Y que mezclan y juntan sus alientos
Y que sus cuerpos vírgenes se enlazan,
Y que en un beso trémulo y sonoro
Se confunden sus bocas invioladas.

LOS BESOS
Dame tus manos puras: una gema
Pondrá en cada falange transparente
Mi labio tembloroso, y en tu frente
Cincelará una fúlgida diadema.
Tus ojos soñadores, donde trema
La ilusión, besaré amorosamente,
Y con tu boca rimará mi ardiente
Boca un anacreóntico poema.
Y en tu cuello escondido entre las gasas
Encenderé un collar, que con sus brasas
Queme tus hombros tibios y morenos,
Y cuando al desvestirte lo desates,
Caiga como una lluvia de granates
Calcinando los lirios de tus senos.
Salomé, Lovis Corinth (1900)
SALOMÉ
Son cual dos mariposas sus ligeros
Pies, y arrojando el velo que la escuda,
Aparece magnífica y desnuda
Al fulgor de los rojos reverberos.
Sobre su obscura tez lucen regueros
De extrañas gemas, se abre su menuda
Boca, y prodigan su fragancia cruda
Frescas flores y raros pebeteros.
Todavía anhelante y sudorosa
De la danza sensual, la abierta rosa
De su virginidad brinda al tetrarca,
Y contemplando el lívido trofeo
De Yokanán, el núbil cuerpo enarca
Sacudida de horror y de deseo.


LETEO
Saturados de bíblica fragancia
Se abaten tus cabellos en racimo
De negros bucles, y con dulce mimo
En mi boca tu boca fuego escancia.
Se yerguen con indómita fragancia
Tus senos que con lenta mano oprimo,
Y tu cuerpo suave, blanco, opimo,
Se refleja en las lunas de la estancia.
En la molicie de tu rico lecho,
Quebrantando la horrible tiranía
Del dolor y la muerte exulta el pecho,
Y el fastidio letal y la sombría
Desesperanza y el feroz despecho
Se funden en tu himen de ambrosía.
Saturados de bíblica fragancia
Se abaten tus cabellos en racimo
De negros bucles, y con dulce mimo
En mi boca tu boca fuego escancia.
Se yerguen con indómita fragancia
Tus senos que con lenta mano oprimo,
Y tu cuerpo suave, blanco, opimo,
Se refleja en las lunas de la estancia.
En la molicie de tu rico lecho,
Quebrantando la horrible tiranía
Del dolor y la muerte exulta el pecho,
Y el fastidio letal y la sombría
Desesperanza y el feroz despecho
Se funden en tu himen de ambrosía.

Después de años dedicados al servicio exterior mexicano, el licenciado Rebolledo murió en funciones en Madrid, en 1929. Sus Obras completas se deben, como en varios otros casos, a la dedicación de Luis Mario Schneider quien las publicó en Ediciones de Bellas Artes, México, 1968.


EN LAS TINIEBLAS
El crespón de la sombra más profunda
Arrebuja mi lecho afortunado,
Y ciñendo tus formas a mi lado
De pasión te estremeces moribunda.
Tu cabello balsámico circunda
Los lirios de tu rostro delicado,
Y al flotar por mis dedos destrenzado
De más capuz el tálamo se inunda.
Vibra el alma en mi mano palpitante
Al palpar tu melena lujuriante,
Surca sedosos piélagos de aromas,
Busca ocultos jardines de delicias,
Y cubriendo las flores y las pomas
Nievan calladamente mis caricias.
EL DUQUE DE AUMALE
Bajo la obscura red de la pestaña
Destella su pupila de deseo
Al ver la grupa de esplendor sabeo
Y el albo dorso que la nieve empaña.
Embiste el sexo con la enhiesta caña
Igual que si campara en un torneo,
Y con mano feliz ase el trofeo
De la trenza odorífera y castaña.
El garrido soldado de Lutecia
Se ríe de sus triunfos, mas se precia
De haber abierto en el amor un rastro,
Y gallardo, magnífico, impaciente,
Como un corcel se agita cuando siente
La presión de su carga de alabastro.
El crespón de la sombra más profunda
Arrebuja mi lecho afortunado,
Y ciñendo tus formas a mi lado
De pasión te estremeces moribunda.
Tu cabello balsámico circunda
Los lirios de tu rostro delicado,
Y al flotar por mis dedos destrenzado
De más capuz el tálamo se inunda.
Vibra el alma en mi mano palpitante
Al palpar tu melena lujuriante,
Surca sedosos piélagos de aromas,
Busca ocultos jardines de delicias,
Y cubriendo las flores y las pomas
Nievan calladamente mis caricias.

EL DUQUE DE AUMALE
Bajo la obscura red de la pestaña
Destella su pupila de deseo
Al ver la grupa de esplendor sabeo
Y el albo dorso que la nieve empaña.
Embiste el sexo con la enhiesta caña
Igual que si campara en un torneo,
Y con mano feliz ase el trofeo
De la trenza odorífera y castaña.
El garrido soldado de Lutecia
Se ríe de sus triunfos, mas se precia
De haber abierto en el amor un rastro,
Y gallardo, magnífico, impaciente,
Como un corcel se agita cuando siente
La presión de su carga de alabastro.


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