Se cumplían ya 4 semanas desde la última vez. Con cada luna llena el ritual se repetía, una vez más, con la luna y el mar como mudos testigos de sus pensamientos.

Tenía su lugar propio, su pequeño altar en lo alto de una roca que coronaba el acantilado y con una evidente vista al abismo, espejo del sentimiento de vacio y soledad que cada noche gobernaba su alma, como si de una muñeca de trapo sin relleno se tratara.

Como compañía, su infaltable copa y su vino rosado italiano.
Mientras tendía la manta sobre la roca y descorchaba la botella de su elixir, sentía esos primeros escalofríos que la noche y el viento marítimo provocan. Cogió su manta y se la puso en los hombros mientras se sentaba a contemplar la luna. Su luna, que siempre estaba allí para guiarla, para escuchar sus confidencias y darle esperanzas. Su luna, que tantos años la había acompañado…

Imaginaba, sentada en su roca , que como ella, alguien en algún lugar, estaría contemplando la misma luna que sus ojos en esos momentos observaban. Con esa mirada inocente, y a veces, con lágrimas que resbalaban lentamente por sus mejillas, soñaba. Su amor, su alma gemela, su mitad que la complementara, estaba en algún lugar, y cada mes, con luna llena, ella quería creer que esa esfera luminosa en el cielo los unía.

Que compartían una botella de vino, una charla en silencio, una velada romántica. Y entonces era feliz, por una vez. Olvidaba los malos días, la falta de cariño, las malas historias y las malas experiencias con los hombres que solo mienten para obtener lo que quieren y luego desaparecen. Porque cada 28 días, ella por fin se sentía plena, completa, llena…

Al alba, cuando el sol ya despuntaba sus primeros rayos y la luna se desvanecía tímidamente, ella se ponía de pie, recogía sus cosas, y caminaba hasta ese bar donde alguna vez, en algún momento, había conocido al hombre de su vida.

Y mientras la camarera la saludaba y le preguntaba que tal había dormido, ella sonreía callada. Porque al final, lo que no contamos, es lo que nos convierte en quienes somos.

Tenía su lugar propio, su pequeño altar en lo alto de una roca que coronaba el acantilado y con una evidente vista al abismo, espejo del sentimiento de vacio y soledad que cada noche gobernaba su alma, como si de una muñeca de trapo sin relleno se tratara.

Como compañía, su infaltable copa y su vino rosado italiano.
Mientras tendía la manta sobre la roca y descorchaba la botella de su elixir, sentía esos primeros escalofríos que la noche y el viento marítimo provocan. Cogió su manta y se la puso en los hombros mientras se sentaba a contemplar la luna. Su luna, que siempre estaba allí para guiarla, para escuchar sus confidencias y darle esperanzas. Su luna, que tantos años la había acompañado…

Imaginaba, sentada en su roca , que como ella, alguien en algún lugar, estaría contemplando la misma luna que sus ojos en esos momentos observaban. Con esa mirada inocente, y a veces, con lágrimas que resbalaban lentamente por sus mejillas, soñaba. Su amor, su alma gemela, su mitad que la complementara, estaba en algún lugar, y cada mes, con luna llena, ella quería creer que esa esfera luminosa en el cielo los unía.

Que compartían una botella de vino, una charla en silencio, una velada romántica. Y entonces era feliz, por una vez. Olvidaba los malos días, la falta de cariño, las malas historias y las malas experiencias con los hombres que solo mienten para obtener lo que quieren y luego desaparecen. Porque cada 28 días, ella por fin se sentía plena, completa, llena…

Al alba, cuando el sol ya despuntaba sus primeros rayos y la luna se desvanecía tímidamente, ella se ponía de pie, recogía sus cosas, y caminaba hasta ese bar donde alguna vez, en algún momento, había conocido al hombre de su vida.

Y mientras la camarera la saludaba y le preguntaba que tal había dormido, ella sonreía callada. Porque al final, lo que no contamos, es lo que nos convierte en quienes somos.