CIBERGUERRA, UN CONCEPTO PELIGROSO
La militarización del ciberespacio
Por Camille François*
La guerra tiene su derecho y sus reglas. La ciberguerra, en cambio, aún no cuenta con contornos claros y plantea serios problemas: cómo regular un enfrentamiento cuyos protagonistas son indefinidos y que se desarrolla en un terreno civil, Internet.
oco a poco, las sociedades industrializadas se mudaron a la “aldea global” a la que Marshall McLuhan daba su nombre profético en 1967: para una porción creciente de las actividades cotidianas, cada cual depende de la misma red de Internet libre y abierta. Pero cuando aparecen en el ciberespacio desafíos militares, la vida civil se encuentra en primera línea. Para retomar las palabras de la estrategia francesa de defensa y seguridad de los sistemas de información, esta situación hace del ciberespacio a la vez una “nueva torre de Babel” y unas “nuevas Termópilas” (1). Allí se vive y se combate simultáneamente.
La multiplicación de los conflictos estatales es a menudo llamada “ciberguerra”, a pesar del hecho de que ningún acto de violencia informática desencadenó aún un conflicto armado (2). El nombre seduce tanto más cuanto que remite a un trasfondo cultural que, sobre todo a partir de la película hollywoodense War Games (1983), forjó un imaginario común al punto de influir las políticas públicas en materia de beligerancia digital (3).
Primeros hitos
Aunque la ciberguerra ya figuraba en portada de Time Magazine en 1995, recién a fines de 2007 las capacidades de ataque y de defensa digital de los Estados se manifestaron a gran escala, primero con una serie de ciberataques dirigidos desde Rusia contra los servidores de la administración de Estonia, así como contra bancos y diarios del país, y luego contra Georgia en 2008. Estos incidentes confirmaron a los estrategas que los ciberataques debían contarse en adelante entre los instrumentos de los conflictos internacionales o bilaterales. También ilustraban la relación particular entre lo civil y lo militar: fue gracias al trabajo informal y cooperativo de la comunidad técnica estonia que el país logró salir de lo que el ministro de Defensa describía sin embargo como una “crisis de seguridad nacional” (4).
Estos acontecimientos incitaron a las grandes potencias a organizarse. En 2010, el subcomando estadounidense destinado a las operaciones cibernéticas (USCYBERCOM) fue oficialmente establecido en Fort Meade (Maryland). El general Keith Alexander, que dirigía desde 2005 la Agencia Nacional de Seguridad (NSA, en inglés) estadounidense, también se puso a la cabeza de esta nueva estructura, cuya misión consiste, según el Departamento de Defensa, en “garantizar la libertad de acción en el ciberespacio para Estados Unidos y sus aliados”, pero al mismo tiempo “negando esa libertad” a sus adversarios (5). Un mismo hombre, el almirante Mike Rogers, dirige hoy el USCYBERCOM y la NSA, permaneciendo las dos funciones bajo el mismo mando, a pesar de las recomendaciones hechas al presidente Barack Obama después del caso Edward Snowden (6).
En junio de 2010 tuvo lugar uno de los desarrollos más simbólicos de la ciberguerra contemporánea. Un grupo de investigadores bielorrusos descubrió un gusano informático concebido para atacar los sistemas industriales de las centrales Siemens, principalmente nucleares e hidroeléctricas. Bautizado Stuxnet, este programa constituye la primera “ciberarma” encontrada así por azar “en la naturaleza”, es decir, replicada y propagada en la red mundial. The New York Times reveló en junio de 2012 que se trataba de una construcción estadounidense e israelí, inicialmente desplegada contra las centrifugadoras de enriquecimiento de uranio iraníes del sitio nuclear de Natanz y que formaba parte de un programa de espionaje informático llamado Olympic Games. La ciberguerra no tiene reglas ni contornos, pero ya tendría sus primeros hitos.
Y sus tropas. Cuando emprendieron el censo de los “ciberejércitos” del mundo, una tarea particularmente ardua, a tal punto reina la opacidad, periodistas de The Wall Street Journal contabilizaron por lo menos 29 países dotados de una o varias unidades militares o de inteligencia formalmente consagradas a la ofensiva en el “ámbito cibernético”, siendo los principales Estados Unidos, Rusia, China, Irán, Israel y Corea del Norte. A ellos se suman las cincuenta naciones que compran para fines similares programas y herramientas de hacking listas para usar. Los de Hacking Team, de Fin Fisher o de Zerodium llamaron la atención de los investigadores, pero esta industria se preocupa por su discreción. “La ciberguerra provoca una nueva carrera armamentista”, observan los autores de la investigación (7). La sabiduría militar considera que “todo conflicto tiene hoy una dimensión cibernética”. Fenómeno que, frente a la inflación de equipamientos, tiene algo de profecía autocumplida.
Un universo hobbesiano
Si bien las capacidades estatales se organizan y se estructuran desde 2008, el marco jurídico de estas acciones cibernéticas sigue siendo flexible. El ex director de la NSA y de la Central Intelligence Agency (CIA), Michael Hayden, lo admite de buena gana, y cita al respecto una observación del presidente estonio Toomas Hendrik Ilves: “A falta de un contrato social en el ciberespacio, este último representa un universo casi puramente hobbesiano: un espacio sin reglas donde, como lo escribe el autor del Leviatán, las vidas de los hombres son ‘pobres, desagradables, brutales y cortas’ (cap. XIII). Donde lisa y llanamente no hay Estado de Derecho” (8).
En 2009, bajo la égida de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), un puñado de expertos inició un trabajo académico sobre el marco jurídico internacional aplicable a las confrontaciones en el ciberespacio. Publicado en 2013, el Manual de Tallin intenta dar respuesta a esta pregunta: el derecho internacional de los conflictos armados se aplica al ciberespacio, ciertamente, pero ¿cómo? Al remitir a hipotéticas reglas aplicables en período de conflicto armado, más que a las normas que gobernarían los diferendos interestatales en tiempos de paz, estos trabajos reflejan el estado del debate entre grandes potencias sobre este tema.
Así, la militarización del ciberespacio avanza mucho más rápido que la construcción de los mecanismos de paz positiva que deberían acompañarla. Hubo que esperar a 2012 y una iniciativa conjunta de Brasil, Estados Unidos, Nigeria, Suecia, Túnez y Turquía para que la Organización de las Naciones Unidas (ONU) afirmara que los derechos humanos también deben aplicarse on line, cualquiera que fuese el medio de comunicación e independientemente de las fronteras. Y recién en 2013 un informe del Grupo de Expertos Gubernamentales de la primera Comisión de Desarme y Seguridad Internacional de la ONU declaró que el derecho internacional, y en particular la Carta de las Naciones Unidas, se aplica en el ciberespacio (9); una declaración que requiere un trabajo de elaboración para determinar precisamente cómo puede ser puesto en marcha ese derecho internacional.
Otra particularidad de la carrera armamentista cibernética: se despliega en un contexto inestable y cambiante, donde hasta la calificación de los ciberconflictos es controvertida. Invitado en febrero de 2016 por el Comité de las Fuerzas Armadas del Senado de Estados Unidos para definir el tipo de ataques o de incidentes susceptibles de provocar una respuesta militar, James Clapper, director de la inteligencia estadounidense, se escapó por la tangente: “Es una cuestión de percepción”. El teniente general Vincent Stewart, que dirige la agencia de inteligencia de la defensa estadounidense, explicaba que no era particularmente juicioso categorizar a todos los acontecimientos cibernéticos como ataques, independientemente de la identidad de quienes los originaban y de sus motivaciones. “Sería muy útil –explicó– distinguir los incidentes cibernéticos de los actos de guerra” (10). Esta controversia resurge en cada incidente. En noviembre de 2014, el ataque informático contra Sony Pictures Entertainment suscitó una discordancia: dirigentes estadounidenses habían evocado un acto de “ciberterrorismo” o de “ciberguerra”, y otros un “simple hackeo”, un “hacktivismo” asimilable a un “cibercrimen”, hasta que Barack Obama zanjó por “cibervandalismo”.
Las consecuencias prácticas de este debate semántico son fundamentales para la democracia: determinan el marco jurídico aplicable, las consecuencias y los actores implicados. En la “verdadera vida” (es decir, off line) no se moviliza al ejército por un vidrio roto. En el ciberespacio, semejante exageración es mucho más plausible. En efecto, a medida que las sociedades dependen cada vez más estrechamente de Internet, deben adaptar sus leyes y sus mecanismos sociales para garantizar la paz, la justicia y la seguridad, y esto en un contexto donde los complejos militar-industriales mundiales desarrollan e imponen métodos de control intrusivos.
Sin embargo, los primeros arquitectos de la red y los ciberlibertarios soñaban con un ciberespacio que escapara a toda interferencia estatal, virgen de la influencia de las soberanías de los “gigantes de carne y de acero” descritos por el poeta John Perry Barlow en su Declaración de independencia del ciberespacio (11). El general Hayden se burla de esta visión, que se opone a la de un ciberespacio pensado como el quinto campo de las operaciones militares después de la tierra, el mar, el aire y el espacio: “En retrospectiva, no nos habíamos percatado de que existía en esta época una generación entera que accedía a la edad adulta y que pensaba el ciberespacio como un comedor mundial, una sala de juegos inmaculada, y no una zona potencial de conflictos entre Estados-nación poderosos”. Y agrega: “La confrontación entre esos arquetipos dura todavía en la actualidad” (12). Ni zona militarizada ni sala de juegos inmaculada, el ciberespacio sigue estando muy marcado por esos arquetipos: los conflictos que allí se despliegan parecen dibujar una zona gris.
Si esta noción de “zona gris” caracteriza tan a menudo la ciberguerra, es porque es inherente a su concepto mismo. Aparece ya en los primeros trabajos estratégicos sobre el despliegue del poder estatal en el ciberespacio. En Estados Unidos, por ejemplo, una de las primeras definiciones de la “guerra de la información” (information warfare) y de sus consecuencias estratégicas se remonta a 1976. En el informe que entrega a Boeing, Thomas Rona, consejero científico del Departamento de Defensa, describe “una competencia estratégica, operativa y táctica que barre el conjunto del espectro de la paz, de la crisis, de la escalada conflictiva, del conflicto, de la guerra, del cese de hostilidades y de la restauración de la paz, que causa estragos entre competidores, adversarios o enemigos que utilizan la información como recurso para alcanzar sus objetivos”. En otras palabras, esta competencia se desarrolla tanto en tiempos de paz como de guerra, entre aliados como entre enemigos.
La vaguedad del concepto de ciberguerra contribuye a su peligrosidad e impide reubicar las situaciones que describe en el seno de un marco jurídico claro. La noción debería inspirar la desconfianza: impide pensar la paz en el ciberespacio, allí donde la necesitaremos el día de mañana.
1. Lugar de un enfrentamiento sangriento entre persas y griegos en 480 a. C. “La stratégie de la France en matière de cyberdéfense et cybersécurité”, Agence Nationale de la Securité des Systèmes d’Information, París, febrero de 2011.
2. Thomas Rid, Cyber War Will Not Take Place, Oxford, Oxford University Press, 2013.
3. Stephanie Ricker Schulte, Cached: Decoding the Internet in Global Popular Culture, Nueva York, New York University Press, 2013.
4. Andreas Schmidt, “The Estonian cyberattacks”, en A Fierce Domain: Conflict in Cyberspace, 1986 to 2012, Cyber Conflict Studies Association, Viena, 2013.
5. “U.S. Cyber Command - U.S. Strategic Command”, www.stratcom.mil
6. “Liberty and security in a changing world. Report and Recommendations of The President’s Review Group on Intelligence and Communications Technologies”, Casa Blanca, Washington, DC, 12-12-13, www.whitehouse.gov
7. Damian Paletta, Danny Yadron y Jennifer Valentino-DeVries, “Cyberwar ignites a new arms race”, The Wall Street Journal, Nueva York, 11-10-15.
8. Michael V. Hayden, “The making of America’s cyberweapons”, The Christian Science Monitor, Boston, 24-12-16.
9. “Rapport du groupe d’experts gouvernementaux chargé d’examiner les progrès de la téléinformatique dans le contexte de la sécurité internationale”, Organización de las Naciones Unidas, Nueva York, 24-6-13.
10. “Worldwide Threats”, United States Senate Committee on Armed Services, Washington, DC, 9 -2-16, www.armed-services.senate.gov
11. John Perry Barlow, Declaración de independencia del ciberespacio, Davos, 8-2-96.
12. Michael V. Hayden, op. cit.
* Investigadora, Berkman Center for Internet and Society, Universidad de Harvard.
Traducción: Víctor Goldstein
La militarización del ciberespacio
Por Camille François*
La guerra tiene su derecho y sus reglas. La ciberguerra, en cambio, aún no cuenta con contornos claros y plantea serios problemas: cómo regular un enfrentamiento cuyos protagonistas son indefinidos y que se desarrolla en un terreno civil, Internet.
oco a poco, las sociedades industrializadas se mudaron a la “aldea global” a la que Marshall McLuhan daba su nombre profético en 1967: para una porción creciente de las actividades cotidianas, cada cual depende de la misma red de Internet libre y abierta. Pero cuando aparecen en el ciberespacio desafíos militares, la vida civil se encuentra en primera línea. Para retomar las palabras de la estrategia francesa de defensa y seguridad de los sistemas de información, esta situación hace del ciberespacio a la vez una “nueva torre de Babel” y unas “nuevas Termópilas” (1). Allí se vive y se combate simultáneamente.
La multiplicación de los conflictos estatales es a menudo llamada “ciberguerra”, a pesar del hecho de que ningún acto de violencia informática desencadenó aún un conflicto armado (2). El nombre seduce tanto más cuanto que remite a un trasfondo cultural que, sobre todo a partir de la película hollywoodense War Games (1983), forjó un imaginario común al punto de influir las políticas públicas en materia de beligerancia digital (3).
Primeros hitos
Aunque la ciberguerra ya figuraba en portada de Time Magazine en 1995, recién a fines de 2007 las capacidades de ataque y de defensa digital de los Estados se manifestaron a gran escala, primero con una serie de ciberataques dirigidos desde Rusia contra los servidores de la administración de Estonia, así como contra bancos y diarios del país, y luego contra Georgia en 2008. Estos incidentes confirmaron a los estrategas que los ciberataques debían contarse en adelante entre los instrumentos de los conflictos internacionales o bilaterales. También ilustraban la relación particular entre lo civil y lo militar: fue gracias al trabajo informal y cooperativo de la comunidad técnica estonia que el país logró salir de lo que el ministro de Defensa describía sin embargo como una “crisis de seguridad nacional” (4).
Estos acontecimientos incitaron a las grandes potencias a organizarse. En 2010, el subcomando estadounidense destinado a las operaciones cibernéticas (USCYBERCOM) fue oficialmente establecido en Fort Meade (Maryland). El general Keith Alexander, que dirigía desde 2005 la Agencia Nacional de Seguridad (NSA, en inglés) estadounidense, también se puso a la cabeza de esta nueva estructura, cuya misión consiste, según el Departamento de Defensa, en “garantizar la libertad de acción en el ciberespacio para Estados Unidos y sus aliados”, pero al mismo tiempo “negando esa libertad” a sus adversarios (5). Un mismo hombre, el almirante Mike Rogers, dirige hoy el USCYBERCOM y la NSA, permaneciendo las dos funciones bajo el mismo mando, a pesar de las recomendaciones hechas al presidente Barack Obama después del caso Edward Snowden (6).
En junio de 2010 tuvo lugar uno de los desarrollos más simbólicos de la ciberguerra contemporánea. Un grupo de investigadores bielorrusos descubrió un gusano informático concebido para atacar los sistemas industriales de las centrales Siemens, principalmente nucleares e hidroeléctricas. Bautizado Stuxnet, este programa constituye la primera “ciberarma” encontrada así por azar “en la naturaleza”, es decir, replicada y propagada en la red mundial. The New York Times reveló en junio de 2012 que se trataba de una construcción estadounidense e israelí, inicialmente desplegada contra las centrifugadoras de enriquecimiento de uranio iraníes del sitio nuclear de Natanz y que formaba parte de un programa de espionaje informático llamado Olympic Games. La ciberguerra no tiene reglas ni contornos, pero ya tendría sus primeros hitos.
Y sus tropas. Cuando emprendieron el censo de los “ciberejércitos” del mundo, una tarea particularmente ardua, a tal punto reina la opacidad, periodistas de The Wall Street Journal contabilizaron por lo menos 29 países dotados de una o varias unidades militares o de inteligencia formalmente consagradas a la ofensiva en el “ámbito cibernético”, siendo los principales Estados Unidos, Rusia, China, Irán, Israel y Corea del Norte. A ellos se suman las cincuenta naciones que compran para fines similares programas y herramientas de hacking listas para usar. Los de Hacking Team, de Fin Fisher o de Zerodium llamaron la atención de los investigadores, pero esta industria se preocupa por su discreción. “La ciberguerra provoca una nueva carrera armamentista”, observan los autores de la investigación (7). La sabiduría militar considera que “todo conflicto tiene hoy una dimensión cibernética”. Fenómeno que, frente a la inflación de equipamientos, tiene algo de profecía autocumplida.
Un universo hobbesiano
Si bien las capacidades estatales se organizan y se estructuran desde 2008, el marco jurídico de estas acciones cibernéticas sigue siendo flexible. El ex director de la NSA y de la Central Intelligence Agency (CIA), Michael Hayden, lo admite de buena gana, y cita al respecto una observación del presidente estonio Toomas Hendrik Ilves: “A falta de un contrato social en el ciberespacio, este último representa un universo casi puramente hobbesiano: un espacio sin reglas donde, como lo escribe el autor del Leviatán, las vidas de los hombres son ‘pobres, desagradables, brutales y cortas’ (cap. XIII). Donde lisa y llanamente no hay Estado de Derecho” (8).
En 2009, bajo la égida de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), un puñado de expertos inició un trabajo académico sobre el marco jurídico internacional aplicable a las confrontaciones en el ciberespacio. Publicado en 2013, el Manual de Tallin intenta dar respuesta a esta pregunta: el derecho internacional de los conflictos armados se aplica al ciberespacio, ciertamente, pero ¿cómo? Al remitir a hipotéticas reglas aplicables en período de conflicto armado, más que a las normas que gobernarían los diferendos interestatales en tiempos de paz, estos trabajos reflejan el estado del debate entre grandes potencias sobre este tema.
Así, la militarización del ciberespacio avanza mucho más rápido que la construcción de los mecanismos de paz positiva que deberían acompañarla. Hubo que esperar a 2012 y una iniciativa conjunta de Brasil, Estados Unidos, Nigeria, Suecia, Túnez y Turquía para que la Organización de las Naciones Unidas (ONU) afirmara que los derechos humanos también deben aplicarse on line, cualquiera que fuese el medio de comunicación e independientemente de las fronteras. Y recién en 2013 un informe del Grupo de Expertos Gubernamentales de la primera Comisión de Desarme y Seguridad Internacional de la ONU declaró que el derecho internacional, y en particular la Carta de las Naciones Unidas, se aplica en el ciberespacio (9); una declaración que requiere un trabajo de elaboración para determinar precisamente cómo puede ser puesto en marcha ese derecho internacional.
Otra particularidad de la carrera armamentista cibernética: se despliega en un contexto inestable y cambiante, donde hasta la calificación de los ciberconflictos es controvertida. Invitado en febrero de 2016 por el Comité de las Fuerzas Armadas del Senado de Estados Unidos para definir el tipo de ataques o de incidentes susceptibles de provocar una respuesta militar, James Clapper, director de la inteligencia estadounidense, se escapó por la tangente: “Es una cuestión de percepción”. El teniente general Vincent Stewart, que dirige la agencia de inteligencia de la defensa estadounidense, explicaba que no era particularmente juicioso categorizar a todos los acontecimientos cibernéticos como ataques, independientemente de la identidad de quienes los originaban y de sus motivaciones. “Sería muy útil –explicó– distinguir los incidentes cibernéticos de los actos de guerra” (10). Esta controversia resurge en cada incidente. En noviembre de 2014, el ataque informático contra Sony Pictures Entertainment suscitó una discordancia: dirigentes estadounidenses habían evocado un acto de “ciberterrorismo” o de “ciberguerra”, y otros un “simple hackeo”, un “hacktivismo” asimilable a un “cibercrimen”, hasta que Barack Obama zanjó por “cibervandalismo”.
Las consecuencias prácticas de este debate semántico son fundamentales para la democracia: determinan el marco jurídico aplicable, las consecuencias y los actores implicados. En la “verdadera vida” (es decir, off line) no se moviliza al ejército por un vidrio roto. En el ciberespacio, semejante exageración es mucho más plausible. En efecto, a medida que las sociedades dependen cada vez más estrechamente de Internet, deben adaptar sus leyes y sus mecanismos sociales para garantizar la paz, la justicia y la seguridad, y esto en un contexto donde los complejos militar-industriales mundiales desarrollan e imponen métodos de control intrusivos.
Sin embargo, los primeros arquitectos de la red y los ciberlibertarios soñaban con un ciberespacio que escapara a toda interferencia estatal, virgen de la influencia de las soberanías de los “gigantes de carne y de acero” descritos por el poeta John Perry Barlow en su Declaración de independencia del ciberespacio (11). El general Hayden se burla de esta visión, que se opone a la de un ciberespacio pensado como el quinto campo de las operaciones militares después de la tierra, el mar, el aire y el espacio: “En retrospectiva, no nos habíamos percatado de que existía en esta época una generación entera que accedía a la edad adulta y que pensaba el ciberespacio como un comedor mundial, una sala de juegos inmaculada, y no una zona potencial de conflictos entre Estados-nación poderosos”. Y agrega: “La confrontación entre esos arquetipos dura todavía en la actualidad” (12). Ni zona militarizada ni sala de juegos inmaculada, el ciberespacio sigue estando muy marcado por esos arquetipos: los conflictos que allí se despliegan parecen dibujar una zona gris.
Si esta noción de “zona gris” caracteriza tan a menudo la ciberguerra, es porque es inherente a su concepto mismo. Aparece ya en los primeros trabajos estratégicos sobre el despliegue del poder estatal en el ciberespacio. En Estados Unidos, por ejemplo, una de las primeras definiciones de la “guerra de la información” (information warfare) y de sus consecuencias estratégicas se remonta a 1976. En el informe que entrega a Boeing, Thomas Rona, consejero científico del Departamento de Defensa, describe “una competencia estratégica, operativa y táctica que barre el conjunto del espectro de la paz, de la crisis, de la escalada conflictiva, del conflicto, de la guerra, del cese de hostilidades y de la restauración de la paz, que causa estragos entre competidores, adversarios o enemigos que utilizan la información como recurso para alcanzar sus objetivos”. En otras palabras, esta competencia se desarrolla tanto en tiempos de paz como de guerra, entre aliados como entre enemigos.
La vaguedad del concepto de ciberguerra contribuye a su peligrosidad e impide reubicar las situaciones que describe en el seno de un marco jurídico claro. La noción debería inspirar la desconfianza: impide pensar la paz en el ciberespacio, allí donde la necesitaremos el día de mañana.
1. Lugar de un enfrentamiento sangriento entre persas y griegos en 480 a. C. “La stratégie de la France en matière de cyberdéfense et cybersécurité”, Agence Nationale de la Securité des Systèmes d’Information, París, febrero de 2011.
2. Thomas Rid, Cyber War Will Not Take Place, Oxford, Oxford University Press, 2013.
3. Stephanie Ricker Schulte, Cached: Decoding the Internet in Global Popular Culture, Nueva York, New York University Press, 2013.
4. Andreas Schmidt, “The Estonian cyberattacks”, en A Fierce Domain: Conflict in Cyberspace, 1986 to 2012, Cyber Conflict Studies Association, Viena, 2013.
5. “U.S. Cyber Command - U.S. Strategic Command”, www.stratcom.mil
6. “Liberty and security in a changing world. Report and Recommendations of The President’s Review Group on Intelligence and Communications Technologies”, Casa Blanca, Washington, DC, 12-12-13, www.whitehouse.gov
7. Damian Paletta, Danny Yadron y Jennifer Valentino-DeVries, “Cyberwar ignites a new arms race”, The Wall Street Journal, Nueva York, 11-10-15.
8. Michael V. Hayden, “The making of America’s cyberweapons”, The Christian Science Monitor, Boston, 24-12-16.
9. “Rapport du groupe d’experts gouvernementaux chargé d’examiner les progrès de la téléinformatique dans le contexte de la sécurité internationale”, Organización de las Naciones Unidas, Nueva York, 24-6-13.
10. “Worldwide Threats”, United States Senate Committee on Armed Services, Washington, DC, 9 -2-16, www.armed-services.senate.gov
11. John Perry Barlow, Declaración de independencia del ciberespacio, Davos, 8-2-96.
12. Michael V. Hayden, op. cit.
* Investigadora, Berkman Center for Internet and Society, Universidad de Harvard.
Traducción: Víctor Goldstein