Últimamente en Venezuela está de moda criticar al que emigró de allí. Que no se quedaron a luchar por el país. Que desde la comodidad del extranjero y del teclado dicen qué es lo que hay que hacer. Que emigran y lo único que hacen es hablar mal del país y de su gente. Que es muy fácil criticar mientras uno está aquí “luchando”. Que deberían esperar el final de la película con las palomitas de maíz. Que si esto y lo otro y para tú de contar. En resumen, una crítica más estúpida que la otra, pero no me voy a adelantar todavía.
Yo emigré a Bogotá el 20 de febrero de 2015, pero durante julio y agosto de ese año y noviembre y febrero (febrero de 2016, claro) estuve en Caracas, por lo que no pueden decirme que desconozco la realidad del país, ya que recientemente he tenido la “fortuna” de vivirla. Ya en febrero la escasez, la inflación y la delincuencia desatada eran un hecho, al igual que el mal funcionamiento de los servicios públicos y el deterioro social. De todas formas, vivir afuera no implica desconocer la realidad del país. Puede incluso darte una mejor perspectiva de la situación al no estar involucrado en la desgracia en carne propia.
Venezuela nunca me dio nada. El colegio era privado. La universidad era privada. La salud era privada. . Incluso la mayor parte de mi vida social fue privada (socio de un club, reuniones en casas de amigos y salir a rumbear o a tomar una que otra ocasión en algún local privado). Si debo estar agradecido con alguien, en tal caso, es con mis padres y mis abuelos, que pudieron proveerme una vida privilegiada en la Venezuela socialista. Por cierto, hablando de emigrantes, mis abuelos también emigraron (pero de Portugal) con el fin de tener una mejor vida porque su país no valía media mierda en aquel entonces.
Ahora mismo tengo 27 años. Desde que tengo 10 años he vivido en socialismo. Prácticamente desde que tengo memoria he vivido bajo el mismo régimen. En esos 16 años de chavismo lo único que he visto ha sido deterioro. Deterioro de la economía. Deterioro de los espacios públicos. Deterioro de la calidad de vida. Deterioro de los servicios. Deterioro moral y ético del ciudadano. Deterioro del sector privado y de la clase política.
El deterioro del país conlleva al deterioro moral y espiritual de su población. Un país lo hace su gente, no la tierra en la que habita (Ávila, Salto Ángel, las playas y varias cosas mas). La gente es la que crea las leyes, las costumbres, la forma de vida y los procesos que nos garantizan la calidad de vida. Un ejemplo tonto: de nada sirve tener tierras fértiles si no hay nadie que sepa cultivarlas o sacarle el mayor rendimiento posible. El país no es rico por lo que tiene, sino por lo que produce.
El proceso de deterioro del país no comenzó con el chavismo; lo único que hizo fue acelerarse. Ya el país desde finales de los ‘70 comenzó a desmoronarse por culpa de los incentivos perversos que generó la estatización de la industria petrolera. Gobiernos que en bonanza petrolera lo único que hacían eran derrochar y corromper instituciones gracias al inmenso flujo de divisas que generaba la renta petrolera, para luego quebrar al país en momentos de vacas flacas (entiéndase, cuando el precio del petróleo caía). A partir de la estatización del petróleo, los gobiernos se hicieron más populistas, clientelistas y paternalistas, corrompiendo instituciones y “premiando” la política del chanchullo y amiguismo, lo cual generó una serie de crisis económicas, políticas y sociales que acabaron con la estabilidad del país y los cimientos de una democracia que nunca fue fuerte. El chavismo, entonces, fue el resultado inevitable. Y aquí estamos.
Si naciste en los ‘80, es muy probable que hayas visto lo mismo que yo. Para cualquier persona es fuerte ver cómo todo se desmorona a su alrededor de forma lenta y constante mientras todos lo asumen con una pasividad francamente espeluznante. También jode ver cómo la situación está destruyendo tu futuro sin nada que puedas hacer, sin darte oportunidad alguna para planificar o pensar en el largo plazo. Si eres como yo, desafortunadamente no viviste la época de la Venezuela Saudita o el comienzo de la IV República. Esa Venezuela de la riqueza subsidiada y no-trabajada, esa del famoso “ta’ barato dame dos”. Si eres como yo, tampoco tuviste la culpa de que el chavismo haya llegado al poder, porque eras tan solo un niño cuando eso sucedió.
En tal caso, puedes tener culpa de que el chavismo se haya mantenido en el poder si votaste por ellos o si eres el típico venezolano que le gusta lo fácil y las políticas paternalistas: controles de precios; zonificación de compras; confiscaciones/expropiaciones; gasolina regalada; viajes al exterior subsidiados; “exiges” tu cadivi de estudiante en el exterior; está más pendiente de enchufarte en el partido político de turno en vez de promover y ejercer un verdadero activismo; estás más pendiente de un chanchullo con el Gobierno que de producir o de tener un una fuente de ingresos que no dependa de quién eres amigo; etc. Lamentablemente, muchos jóvenes (y adultos, claro está) sí han sido culpables de esto y han sido claves para mantener el chavismo o, al menos, de preservar sus políticas… ¡pero no es mi caso!
Si no eres como yo en algunos aspectos, como por ejemplo, tuviste la oportunidad de estudiar y recibir cuidado médico en una institución pública, te informo: no tienes por qué “luchar” por tu país. El individuo no le debe nada a su país más allá de ser un buen ciudadano y una persona productiva y respetar la ley. Un buen Gobierno y un buen país está obligado a brindarle oportunidades a sus ciudadanos y permitirles explotar su potencial. Si en Venezuela no tienes oportunidades, ni puedes explotar tu potencial (¡difícil cuando no hay materia prima ni luz!) ni tienes una garantía mínima de que no morirás por el hampa o por la falta de alguna medicina, tú me dirás…
Muchos deberían quitarse el complejo de Batman en creer que Venezuela es Ciudad Gótica y que debes dar tu vida por ella. “Luchar” por tu país no es pasar trabajo, hacer colas ni denigrarte por el Gobierno de turno. Eso es sufrir, nada más y nada menos. No eres un monje como para hacer del sufrimiento una virtud. No estamos en tiempo de democracia como para imponer nuestra voluntad mediante el voto. Actualmente el juego de poder se concentra en la clase política y en los militares. Y si la oposición, además, es reacia a ejercer presión constante en la calle, pues menos capacidad tendrá el ciudadano de verdaderamente luchar.
Mi país me preocupa bastante porque mi familia está allá. Es difícil desconectarse cuando allá están mi mamá, hermano, tíos, primos, abuelos, amigos, etc. ¿Pero amor por ese lugar y gentilicio? Generalizando (repito, generalizando) no puedo tener aprecio por una clase baja en modo The Walking Dead; una clase media que pide zonificación de ventas, controles y más paternalismo; una clase alta pendiente del guiso; una clase política inútil sin voluntad alguna de realizar un verdadero cambio; un empresariado que nunca ha sido empresariado sino unos rent-seekers; una población estudiantil pendiente de enchufarse en cualquier partido político y que sueña con una universidad de primer nivel pero sin hacer investigación , 100% dependiente del Estado y con comida de calidad y gratuita; unos policías y militares totalmente corruptos y sin preparación alguna.
Simplemente se me hace imposible sentir cariño por un país con ese tipo de personas. Tampoco puedo querer un país en donde no existen leyes ni justicia; un país con hiperinflación, escasez de toda vaina y con creciente desempleo; un país sin servicios públicos de calidad; un país donde la vida no tiene valor; un país donde es imposible emprender y poder explotar tu talento; un país sin rumbo en donde no se puede construir un futuro; un país donde hay más incentivo en ser revendedor/raspacupo/guisero que en ser cirujano, ingeniero o académico; etc. Y no es que yo soy un ser superior o la última Coca-Cola del desierto. Obviamente soy una persona con numerosos defectos, como todos, pero jamás he apoyado las políticas (ni los políticos) que nos tienen así.
Amar algo así me parece bastante denigrante. Si en realidad “amas” a tu país, deberías odiarlo en este momento. Odiar, o simplemente no querer a la Venezuela de las últimas décadas, es sano y bueno para tu moral.
En definitiva, hablar mal de Venezuela es normal y está bien.
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