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Las drogas y el control social… paco, el ladrón de cerebr



Cierto día María Rosa González no pudo más. Después de ver cómo en pocas semanas su tercer hijo, Jerónimo, un joven de 19 años, había perdido kilos de manera alarmante, no se bañaba y prácticamente no dormía, decidió seguirlo por los enrevesados callejones de una gran barriada de casas precarias situada en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires denominada oficialmente como Villa de Emergencia 15, pero a la que todos conocen como Ciudad Oculta. “Yo no sabía nada de esta droga. Para mí fue algo nuevo”, indica la mujer, mientras recuerda cómo encontró a su hijo sentado en el suelo y fumando una especie de cigarrillo que le provocaba una reacción inmediata de bienestar que apenas duraba unos minutos.

Para María Rosa era nuevo, para Jerónimo no tanto. Hacía apenas unas semanas que se había fumado su primer cigarrillo de pasta base de cocaína -conocida popularmente como paco- una potente droga que surge del fondo de los recipientes donde se fabrica la cocaína y que comenzó haciendo estragos entre la población más pobre de la ciudad de Buenos Aires.

A comienzos del año 2006, el entonces gobernador bonaerense, Felipe Solá, hizo un dramático llamado a combatir el paco argumentando que estaba matando a los adolescentes en los lugares más humildes. Pero los familiares de las víctimas de esta nueva droga y los responsables de la lucha contra el narcotráfico le advirtieron que el paco también estaba matando a niños menores de 10 años.

El paco es muy barato y está al alcance de cualquiera, no importa su edad. Con una sola vez que se fume provoca una fuerte angustia que empuja a volver a fumar ya que activa con inusitada fuerza el sistema de recompensa del cerebro.

De las sustancias que se pueden conseguir en la calle, el paco es la droga que provoca el mayor deterioro mental y físico en la menor cantidad de tiempo.

La droga es barata y su efecto es inmediato, una tentación difícil de rechazar por miles de jóvenes y niños cuya realidad cotidiana es un callejón sin salida. El paco hizo su aparición en Argentina en 2002, tras la crisis económica e institucional que puso al país al borde del caos y hundió en la pobreza a una porción importante de la clase media.

María Rosa experimentó en su humilde vivienda otro de los efectos del paco. Comenzaron a desaparecer toda clase de objetos -incluso los de valor más ínfimo- que su hijo vendía con tal de conseguir otro cigarrillo. El paco hace olvidar la realidad de forma inmediata y además se puede fumar y los adictos venden absolutamente todo, asegura María Rosa. “Yo he visto entrar en Ciudad Oculta a muchachos de clase media bien pulcros y vestidos y salir prácticamente desnudos. Lo han vendido todo con tal de conseguir otro paco”.

La delincuencia se dispara y en ocasiones pequeños traficantes se convierten en los amos del lugar. Todos están dispuestos a darle cualquier cosa a cambio de un cigarrillo de pasta base, ya sean pertenencias, una paliza a un tercero o un favor sexual a quien sea. Los llaman “muertos vivos” porque caminan con dificultad, muy delgados y con los ojos hundidos. Jerónimo, en hijo de María Rosa, pasó de 70 kilos a pesar apenas 46. Los consumidores de paco no comen porque dejan de sentir hambre.

El pobre se droga porque tiene vacío el estómago, el rico porque tiene vacío el espíritu.

En Argentina se denomina al paco “la droga de los pobres” y su consumo ha disparado todas las alarmas por la rapidez con que se extiende.

Narcotraficantes caseros

Uno de los fenómenos particulares de la pasta de cocaína es que no genera redes de narcotráfico, como otras sustancias, ya que se consume prácticamente en el mismo lugar donde se produce, lo cual ha cambiado drásticamente el perfil del narcotraficante que, en lo referido al paco, no tiene por qué ser un señor local de la droga. Basta que sea quien consigue los restos de la fabricación de la cocaína. Esto acarrea una nueva situación: La proximidad y conocimiento entre consumidores, productores y traficantes genera situaciones de extrema tensión.

Desde que en el año 2005 algunas madres de Ciudad Oculta comenzaron a pedir ayuda en público contra el tráfico de paco, empezaron las amenazas y las agresiones contra ellas. Se acentuó la violencia de manera alarmante.

En la República Argentina las diferentes estadísticas muestran que una gran proporción de escolares han consumido o son consumidores habituales de drogas.

El desencanto, es decir, el momento en el que el drogadicto es consciente de que tiene un problema peligroso con una droga, se suele dar a los cuatro años, pero con el paco se produce en apenas nueve meses. El problema es que muchos no llegan a los nueve meses. Cuando tras siete u ocho minutos cesa el efecto del paco, el bajón que sufre quien lo fuma es sencillamente intolerable. Esta dispuesto a todo para volver a fumar. Se pueden fumar entre 20 y 100 cigarrillos de pasta de coca en un solo día. El límite no es el propio cuerpo sino, en la mayoría de los casos, la cantidad de dinero que tenga el adicto. Además, los fumadores de pasta de coca comienzan a sentir un miedo permanente a que los maten. Al fin y al cabo el agudo deterioro físico no es sino el reflejo del deterioro mental.

Jerónimo pudo al fin ser internado en una comunidad de rehabilitación. Recuperó peso y sabe que es un afortunado. Ha tenido más suerte que algunas niñas de nueve o diez años que a diario se arrastran por los callejones de Ciudad Oculta encadenadas a una pesadilla que son incapaces de comprender y que las obliga a buscar droga cuando a su misma edad otras niñas siguen pensando en muñecas.

Las drogas y la muerte
Desde 1995 hasta la actualidad se triplicó la tasa de mortalidad adolescente. Hoy mueren tres veces más jóvenes que en los años ’70 y ‘80. Este es un dato alarmante, pero más alarmante es el hecho de que el 90% de esas muertes son evitables.

Siete de cada diez de esas muertes están vinculadas con el consumo de drogas y alcohol. Este último dato indica una realidad cotidiana, cruel y concreta; y refleja la complejidad de los factores que se conjugan en el estado de las cosas en cada ciudad y en cada pueblo de Argentina .

Hábitos de consumo, posturas frente a la despenalización, concepciones diversas sobre la moral y la libertad nunca pueden apartarse del narcotráfico, del lavado de dinero y del control social .

Control completo

El retorno a la democracia en Argentina trajo consigo un halo de euforia y optimismo. La participación iba de la mano de un incipiente destape y del auge de la marihuana a escala masiva. Eran tiempos de encuentros y, sobre todo, de reencuentros; los colores volvían a las calles como los exiliados de la triple A y de la dictadura militar, y el porro era la droga ideal.

Por su naturaleza y por la forma de consumirla (compartiendo, en ronda) y por la desinhibición que produce, la marihuana de los años ’80 fue una suerte de “droga alegre” que acompañó la ilusión de libertad de los argentinos más jóvenes.

En los años ‘90 la cosa fue bien distinta. La paridad 1 peso = 1 dólar convirtió al país en un paraíso para capitales buitres, fondos de inversión y empresas estatales europeas que se hacían cargo de los servicios públicos argentinos mediante las privatizaciones. También los carteles de la droga obtendrían dólares aquí sin necesidad de trasladar ningún cargamento hacia Europa. Técnicamente, se habla de que la Argentina de los años ‘90 pasó de ser un país de tránsito a ser un país de consumo.

Y es que la revolución productiva importó el ritmo de vida del primer mundo; nada de quietud, nada de silencio: ocho, doce, catorce horas de fiesta en boliches, casinos y cabarets como los de Puerto Madero y los de las zonas más privilegiadas de las principales ciudades argentinas. La misma cantidad de horas pero de trabajo para los que comenzaron a ser empleados mediante contratos basura. En ese contexto comienza a escalar posiciones la cocaína, y el modo de consumirla es marca de época: nada de compartir, nada de ser solidarios.

El nuevo siglo trajo consigo un nuevo veneno para los adolescentes argentinos: el paco, una droga similar al crack, de bajo costo que está elaborada con residuos de cocaína y procesada con ácido sulfúrico y querosén. Se la llama también “ pasta básica de cocaína”, “bazuco”, “ pasta base”, “PBC” u “oxi”, diminutivo de “oxidado”.

Diversos factores económicos y geopolíticos hicieron que la pasta base o paco sea una de las drogas más consumidas actualmente en gran parte de Sudamérica.

Los primeros casos de consumo masivo de paco se registraron en el año 2002 y fue Berazategui, en el sudeste del Gran Buenos Aires desde donde comenzó a expandirse su consumo. El Río de La Plata habría hecho de nexo para que ingrese al país la pasta base que desembarcó en Uruguay, aunque en Chile esta droga ya estaba instalada desde hacía más de una década.

El paco no es la droga de los pobres, es la droga “dirigida” a los pobres. Por esa razón es tan barata, tan adictiva y tan destructiva. Su efecto es un poderoso viaje seguido de un bajón en caída libre y sin fin, todo en pocos minutos. Ese derrumbe, en tan poco tiempo, dispara la ansiedad por una nueva dosis.

El paco no divierte como una pastilla de diseño, no distiende como el canabis, ni euforiza como la cocaína. El paco le sirve a muchos pibes pobres para olvidar la angustia por los dramas familiares, la exclusión social y la desesperanza.

El paco les sirve a los gobiernos para controlar sistemáticamente a la población.

La persona que consume paco rápidamente termina con la mente entumecida, sin valor emocional ni fuerza física; por lo tanto deja de molestar.

El paco hace que las personas desaparezcan. Porque son tantos los jóvenes que están desparramados por las calles y veredas que ya nadie les presta atención, ya nadie repara en ellos ni se sorprende; por lo tanto, al ser ignorados, desaparecen. Desaparecen de la vida productiva; dejan de ser creativos y ni siquiera tienen ya capacidad para expresarse. Desaparecen de las estadísticas y, en poco tiempo, muchos de ellos, se mueren.

Las drogas controlan el comportamiento de las personas, y los gobiernos han sabido aprovechar esta “herramienta” de la manera más perversa.

Es bien sabido que la sociedad actual ha sentado sus bases en la injusta distribución de la riqueza, que para que existan personas muy poderosas y extremadamente ricas, debe, necesariamente, existir una gran cantidad de otras personas que vivan en la absoluta pobreza. Esas personas dejan de ser útiles a la sociedad cuando envejecen, cuando se enferman, cuando se embarazan o cuando comienzan a idear formas de expresar su repudio por la situación que les toca vivir.



Una gran cantidad de las personas que no sirven para el funcionamiento de una sociedad fundada en la acumulación desmedida de la riqueza viven en eternas villas de emergencia, de donde nunca saldrán, ya que el sistema así lo indica.

Muchas de estas villas de emergencia se han transformado, de manera sistemática, en verdaderas prisiones sociales en las que los carceleros son la violencia, el crimen, la prostitución y la droga. Y muchos de los jóvenes encerrados en este sistema de exclusión y pobreza, terminan sus días a edad muy temprana como mano de obra barata del más perverso de los negocios que pueda existir: el narcotráfico.

En la sociedad actual, los fuertes necesitan que existan los débiles, los ricos necesitan que haya pobres, los gobiernos necesitan que los voten y, que además, no los molesten.

Así es como el paco se convirtió en un recurso confiable y barato para mantener a cierta parte de la población dentro de los límites que ellos quieren.

La pasta base
El paco se suele consumir por vía respiratoria mediante pipas -generalmente caseras- o mezclado con marihuana o tabaco en forma de cigarrillo y, debido a su composición química, es muy tóxico y al ser muy breve su efecto es extremadamente adictivo.

La pasta base consiste en una sustancia psicoactiva compuesta principalmente por la extracción de alcaloides de la hoja de coca que no llegan a ser procesados hasta convertirse en el clorhidrato de cocaína, que es la forma más común y buscada de presentación de esa sustancia. La extracción de estos alcaloides se realiza mediante la maceración de la hoja de coca en querosén u otros solventes, pero por la escasez de precursores químicos para convertir este grupo de alcaloides en la sal de cocaína por reacción con el ácido clorhídrico, se vende de esta forma en buena parte de Sudamérica.

Esta droga es barata, ya que no cuesta mucho su procesamiento. Sus efectos secundarios son muy similares a los de la cocaína, con la diferencia de que el riesgo de padecer alguno de ellos es mucho más alto por las mezclas de químicos y otras sustancias que contiene el paco y sobre todo debido a que no se trata de una droga refinada como la cocaína.

Le suelen llamar “fondo de olla” haciendo referencia a que se produce con los restos que quedan de la conversión de la pasta base a clorhidrato de cocaína. Su altísima toxicidad también se debe a que estos restos de la producción de cocaína se suelen mezclar con cal, nafta y ácido sulfúrico.

Cuando se utilizan pipas caseras (hechas con latas agujereadas o con tubos de aluminio) se mezcla el producto con viruta de metal, vidrio molido, ceniza de cigarrillos de tabaco o lana metálica a modo de filtro.

El paco no es soluble en agua por eso no se puede aspirar ni inyectar y sólo puede consumirse fumándolo en forma de cigarrillo o en pipa.

El paco se consume en Chile, en Argentina y en Uruguay, y se lo conoce por los nombres de “ pasta base”, “ pasta ”, “lata”, “churri”, “tumba”, entre otros.

En Brasil, más precisamente en ciudades de la Amazonía también existen adictos a esta droga que causa estragos en pueblos y ciudades del Amazonas, gracias a su bajo precio, alrededor de un dólar la dosis. Se viene usando en las últimas dos décadas en la Amazonía, pero en los últimos años las autoridades han detectado un incremento notable en su consumo. Representa cerca del 80% de la droga incautada en el estado de Pará, y ya reemplazó al crack como la droga de moda en la región; y aunque el paco, llamado “oxi” en estos lugares, es la droga de los pobres, está comenzando a ganar terreno en las clases media y alta y se está volviendo una epidemia, un problema de salud pública.

En Venezuela, Ecuador y Colombia se lo conoce como bazuco, ya que es parte de un juego de palabras “basura de coca” y cuyo origen se le atribuye a Carlos Lehder, reconocido narcotraficante colombiano.

Las etapas por las que transita una persona al momento de consumir paco son cuatro:

La euforia, que puede durar entre 2 y 15 minutos, dependiendo de la cantidad y de la calidad de la droga, trae consigo la disminución de las inhibiciones, una sensación de bienestar, de poder y la aceleración del ritmo cardiaco.

La disforia, momento en que comienza el sentimiento de angustia, la depresión y la inseguridad. También se siente una necesidad imperiosa de volver a fumar para evitar esa caída tan abrupta que llaman “bajón”.

La adicción, o sea el consumo sin interrupciones, buscando mitigar la sensación de disforia o deseando la sensación de euforia previa.

La etapa de psicosis y alucinaciones, que se manifiesta con mayor fuerza en personas con tendencias genéticas a sufrir desequilibrios mentales. Surge la pérdida de contacto con la realidad, agitación, paranoias, agresividad y alucinaciones que pueden durar mientras el adicto no deje de fumar.

Durante la euforia la persona puede parecer atontada, se queda sin habla y se le abren los ojos más de lo normal, se le dilatan las pupilas, puede manifestar una verborragia desmedida y la sensación de poder los torna agresivos y les quita la capacidad de razonar.

Luego de esta euforia pasajera todo lo demás es disforia y adicción o como se dice popularmente “fisura” o estar “doblado”, “quebrado”, la persona se vuelve seria y su único interés es seguir fumando a cualquier costo, de ahí viene el altísimo nivel de robos y asesinatos con tal de conseguir su dosis, que nunca llega a ser suficiente para el que la consume.

Si se tuviera que comparar se puede decir que produce el efecto de la cocaína pero potenciado diez veces y con una duración mucho menor lo cual lleva a no poder dejar de fumarla para evitar el bajón, obviamente diez veces peor que el de la cocaína.

Los consumidores de paco pierden el interés por cualquier actividad social o cultural e inclusive llegan a estar sin bañarse por meses. Es muy curioso como dentro del mundo de la droga los mismos cocainómanos los discriminan y los observan con pena y repulsión.

Los consumidores de paco, especialmente aquellos con escasos recursos económicos, suelen cometer delitos, prostituirse o vender sus pertenencias para obtener más de esta droga. Incluso existirían casos en los que mujeres jóvenes vendieron a sus propios hijos para comprar paco.

Las mismas autoridades oficiales admiten que el consumo de paco puede producir muerte cerebral en apenas seis meses y que sólo en la zona sur de la Ciudad de Buenos Aires mueren entre 2 y 4 jóvenes por semana debido al consumo de paco.

Entre los efectos secundarios provocados por el consumo de paco se encuentran la expectoración de sangre o mucosa sanguinolenta del tracto respiratorio, la degradación progresiva de la piel, el debilitamiento de los músculos y la reducción acelerada del peso corporal. También puede provocar desgano, insomnio, comportamiento errático y violento, convulsiones, midriasis, náuseas y vómitos, hipertensión arterial, migraña severa., taquicardia y ulceraciones en los labios, en las encías y en la cavidad bucal.
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Considerado formalmente como desecho químico, el paco se ha vuelto popular en las villas miserias de Argentina luego del colapso financiero sufrido en 2001.

Con el fin de la convertibilidad llegó el paco, el ladrón de cerebros, creando a su paso una nueva y grotesca generación de “muertos vivos”.

La filosofía del control

Desde que comienza a consumir paco, a una persona le quedan entre siete meses y un año de “vida útil”. A partir de allí, algún tipo de parálisis convierte a esa persona en una especie de zombi. Mientras tanto, su conducta agresiva y antisocial se va profundizando bajo los efectos del paco.

Hace un tiempo, la novedad fue la aparición del paco de cinco pesos, con un efecto o “flash” más largo que causa menos “bajón”. Esto garantiza clientes por algún tiempo más. Evidentemente, el poder de adaptación del mercado no tiene límites.

En su “Postdata sobre las Sociedades de Control”, Gilles Deleuze, filósofo francés, considerado entre los más importantes e influyentes del siglo XX, marca que a cada sociedad le corresponde un tipo de máquina. No porque la máquina determine a las sociedades, sino porque expresan las formas sociales capaces de crear y utilizar esas máquinas.

Al capitalismo de las sociedades disciplinarias de los siglos XIX y XX, le correspondieron máquinas simples en las que poleas y palancas basaban su mecanismo de funcionamiento. La fábrica era el lugar donde se sintetizaban las fuerzas y contradicciones internas. El control, entonces, estaba dado por los lugares de encierro: la casa, la escuela, el cuartel y la fábrica; eventualmente, la cárcel y el manicomio albergaban las disidencias.

A partir de mediados del siglo pasado, se hace evidente la presencia de un nuevo tipo de sociedad. Una transformación mediante la cual el capitalismo de producción pasó a ser capitalismo de producto, para la venta y el mercado. Un capitalismo que no emplaza parques industriales ni corredores productivos, sino que compra acciones y vende servicios. Las personas viven hoy el auge de esta sociedad llamada por Miguel Foucault “Sociedad de Control”, con máquinas complejas que se activan a través de operaciones algebraicas, con software y programas de inicio.

Sin embargo, en la sociedad de control, el capitalismo sigue con la lógica de mantener a dos tercios de la población hundida en la ciénaga de la pobreza. Observando la filosofía de Miguel Foucault se podría decir que actualmente dos tercios de la población mundial son demasiadas personas para tenerlas encerradas, por lo tanto la sociedad de control debe echar mano a otros recursos para lograr que las personas mismas sean las que se encierren y desaparezcan por su propia cuenta, y las drogas como el paco logran este cometido.

Según el pensamiento de Gilles Deleuze, en el capitalismo de la sociedad de control, los individuos no rentables representan además, demasiadas deudas que cobrar, ya que todas estas personas pertenecen a países que están sumamente endeudados con los organismos financieros internacionales, y a ellos lo único que les interesa es recuperar y acrecentar su caudal de dinero. Por eso es que en los países endeudados no se ponen en marcha verdaderos y profundos planes para rescatar a las personas de la pobreza y de la marginalidad. Porque esos planes representan grandes sumas de dinero que los gobiernos no pueden ver como una inversión sino como un gasto; y ningún político estaría de acuerdo en malgastar fondos públicos que se necesitan para pagar partes de las deudas internacionales; lo que les permitirá seguir manteniendo un alto estándar de vida sólo para las clases sociales más encumbradas.

En este contexto, es utópico pensar en una solución de fondo para el gran problema social de la violencia, la pobreza, la marginalidad y las drogas; ya que todas estas situaciones son necesarias y funcionales para el sometimiento y el control de una gran masa de gente.

A partir de este pensamiento se puede trazar un paralelismo entre las máquinas y las drogas en cada desarrollo de la sociedad. Sobre todo teniendo en cuenta que nada tiene lugar dentro del capitalismo si no es rentable o si no es patrocinado por los Estados y sus gobiernos; y que la pobreza, la violencia, la marginalidad y el narcotráfico no surgieron espontáneamente, sino que se instalaron adrede como herramientas para controlar a las personas mediante la desesperanza y la tristeza.

Según el filósofo Gilles Deleuze, la tristeza no vuelve inteligentes a las personas. En la tristeza los individuos están perdidos. Por eso los poderes tienen necesidad de que los sujetos sean tristes. La angustia nunca ha sido un juego de cultura, de inteligencia o de vivacidad. Cuando una persona está triste, es porque un cuerpo actúa sobre el suyo, un alma actúa sobre la suya en condiciones tales y bajo una relación que no conviene con la suya, es decir, está dominado. Desde el momento en que el individuo es dominado, nada en la tristeza puede inducirlo a formar la noción común, es decir, ya no piensa o no le interesa pensar por sí mismo y acatará todo sin resistencia.

La transición entre la sociedad disciplinaria de los siglos XIX y XX y la nueva sociedad de control se caracteriza por una lógica crisis generalizada de todos los lugares de encierro. Las prisiones están superpobladas, los hospitales públicos con cada vez menos recursos, las fábricas se han vuelto altamente tecnificadas y los robots han suplantado a millones de obreros, las escuelas has sido vulneradas por la violencia y los bajos sueldos. Hasta la familia como institución se está disgregando, perdiendo su rol de núcleo de contención primaria para el individuo.

El filósofo Deleuze opina que la familia es un “interior” en crisis como todos los interiores, escolares, profesionales, hospitalarios. Los ministros competentes no han dejado de anunciar reformas supuestamente necesarias. Reformar la educación, reformar la industria, los hospitales, el ejército, la prisión; pero en el fondo saben que estas instituciones están terminadas, a corto o mediano plazo. Sólo se trata de administrar su agonía y de ocupar a la gente hasta la instalación de las nuevas fuerzas que están golpeando las puertas de los países.

Lo que está llegando es un conjunto de nuevas estructuras de control y encierro social que no necesita de muros: Escuelas virtuales, fábricas de gran tecnología con pocos obreros sumamente calificados, empresas de medicina a donde todos deben acudir ante el sometimiento del monopolio y prisiones a cielo abierto en las que las armas de los carceleros son principalmente las drogas baratas como el paco. Así se presentan las sociedades de control que están reemplazando a las sociedades disciplinarias.

El paco no apareció de la nada. Alguien lo financia y se ocupó de instalarlo en un determinado sector de la sociedad para que cumpla su función, como ocurrió con la marihuana y con la cocaína.

En Argentina , al radicalismo le fue tan funcional el hábito y el financiamiento de la producción a gran escala de la marihuana en los años ’80, como al peronismo la cocaína en los años ’90. De esta forma, la pasta base que invade los barrios de las ciudades más grandes del país, hoy parece estar en sintonía con el actual gobierno y su política de control social , con la que no necesita disparar ni un solo tiro para mantener el orden y coincide con la necesidad que tiene el gobierno - desde diciembre de 2001- de que el pueblo abandone de una vez la protesta social .

En el país son las mismas estadísticas oficiales las que reconocen que desde su aparición, decenas de miles de personas se han volcado al consumo de paco. La desaparición de personas como expresión máxima de control social durante el siglo pasado encuentra hoy su correlato en las víctimas de la pasta base, que incluso coinciden en edad con los muertos y desaparecidos de las dictaduras militares y del “gatillo fácil” de algunos policías.

El ritmo de producción se acelera para producir cada vez más con menos trabajadores, y también los efectos de las herramientas de control social se aceleran: en solo tres años, la pasta base se llevó la misma cantidad de almas que la última dictadura militar en siete años. El largo y penoso peregrinar de madres y familiares no para de reproducirse.

Y no es la única coincidencia: al Río de la Plata, que décadas atrás devolvía los cuerpos de enemigos declarados del régimen, hoy le toca ser partícipe necesario del tráfico de la pasta base que neutralizará a gran cantidad de personas sin dispararles ni un solo tiro ni apresarlas en las cárceles de un gobierno que dice reivindicar la lucha por la memoria y la justicia.

El control social , también en argentina es cuestión de clase. En la etapa actual, el control continuo e ilimitado se vuelca cada vez más hacia los aspectos culturales. Coincidentemente con el arribo del paco se fue desarrollando la “cumbia villera”, también llamada “cumbia base”.

La nomenclatura de “base” marca una dualidad: “base por la base de programación de la batería; base por la pasta base a la que le canta, la base de una pirámide social imposible de escalar.

El paco a uno, dos o cinco pesos no puede generar grandes ganancias si se debe repartir entre laboratorios, distribuidores, mayoristas, punteros o dealers, policías y políticos. ¿No será que esta droga es financiada y patrocinada por los poderosos como el Departamento de Estado Norteamericano, como lo denuncian las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia?

Si el paco es capaz de aniquilar a una población pobre, que bien puede convertirse en fuente de rebeldía popular, ¿cómo no imaginar que los gobiernos no vayan a dejar actuar a la pasta base?

Si le canta a la pasta base, ¿cómo sorprenderse cuando un presidente dice públicamente: “Yo banco a la cumbia villera”?
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