Nuestra amistad ha pasado por momentos complicados, pero la fe en el cariño que nos tenemos los ha vencido. Así que ahora lo entiendo: las relaciones verdaderas pueden tambalearse a causa de las circunstancias pero, al final, nada ni nadie puede con ellas.
Cuando ni siquiera nos habíamos planteado lo fuertes que podíamos ser juntas, se disiparon todas las dudas y acabamos con cada una de las sombras que querían hacernos dudar. Y de esta manera, hasta que amainó el oleaje, nos cogimos de la mano y continuamos el abrazo: nuestros miedos llegaron a ser nuestras fortalezas más útiles.
Lo cierto es que puedo estar diciéndote esto gracias al maravilloso valor de la amistad: esa sensación de felicidad y orgullo que recibes al cultivar algo eterno, puro y sincero. Porque sí, nunca habrá un lazo tan único como aquel que se mantiene tras kilómetros de distancia, tras años de vida que comienzan en la infancia o tras encontrar en él una familia.
Hemos vivido de todo y nos han pasado millones de cosas. Sin embargo, el valor de la amistad es justamente compartir experiencias y conocimientos vitales: no puede existir por separado y se potencia en conjunto.
Enojos, rabietas, malentendidos, pequeñas mentiras sin mucha importancia, sin intención de causar dolor o hacer daño. Con el propósito de proteger a la otra sobre el fino cable de equilibrio de la vida. Somos humanas y adultas, así que es normal que hayamos experimentado todo eso. Lo bueno es que a pesar de ello hemos aprendido a seguir adelante, juntas.
Y es que me has enseñado que el perdón por encima de deslices que no quisieron hacer daño, aunque lo hicieran. Me has transmitido que el cariño puede más que el reproche, que la empatía es más fuerte que el orgullo y que en la amistad la separación es un espejismo.
Tener un amigo también es serlo, contigo y con el otro. Eso es lo que se nos da tan bien. Es decir, eres amiga de ti misma, esperas que yo sea tu amiga y no te olvidas de serlo conmigo: la reciprocidad en ti y en mí es especial.
Un amigo es una de las cosas más bonitas que puedes tener y una de las mejores cosas que puedes ser.
Cuando ni siquiera nos habíamos planteado lo fuertes que podíamos ser juntas, se disiparon todas las dudas y acabamos con cada una de las sombras que querían hacernos dudar. Y de esta manera, hasta que amainó el oleaje, nos cogimos de la mano y continuamos el abrazo: nuestros miedos llegaron a ser nuestras fortalezas más útiles.
Lo cierto es que puedo estar diciéndote esto gracias al maravilloso valor de la amistad: esa sensación de felicidad y orgullo que recibes al cultivar algo eterno, puro y sincero. Porque sí, nunca habrá un lazo tan único como aquel que se mantiene tras kilómetros de distancia, tras años de vida que comienzan en la infancia o tras encontrar en él una familia.
Hemos vivido de todo y nos han pasado millones de cosas. Sin embargo, el valor de la amistad es justamente compartir experiencias y conocimientos vitales: no puede existir por separado y se potencia en conjunto.
Enojos, rabietas, malentendidos, pequeñas mentiras sin mucha importancia, sin intención de causar dolor o hacer daño. Con el propósito de proteger a la otra sobre el fino cable de equilibrio de la vida. Somos humanas y adultas, así que es normal que hayamos experimentado todo eso. Lo bueno es que a pesar de ello hemos aprendido a seguir adelante, juntas.
Y es que me has enseñado que el perdón por encima de deslices que no quisieron hacer daño, aunque lo hicieran. Me has transmitido que el cariño puede más que el reproche, que la empatía es más fuerte que el orgullo y que en la amistad la separación es un espejismo.
Tener un amigo también es serlo, contigo y con el otro. Eso es lo que se nos da tan bien. Es decir, eres amiga de ti misma, esperas que yo sea tu amiga y no te olvidas de serlo conmigo: la reciprocidad en ti y en mí es especial.
Un amigo es una de las cosas más bonitas que puedes tener y una de las mejores cosas que puedes ser.