Abrí los ojos
Si todos entendiéramos, lo maravilloso de abrir absolutamente todos los satélites de nuestro cuerpo, a percibir la locura que es la vida misma, y la magia de la naturaleza, encontraríamos como único propósito de vida, experimentar el éxtasis máximo de la creación de ser un nervio del planeta, sentir absolutamente todo lo perceptible por mi cuerpo y ser capaz de procesar todas y cada una de esas sensaciones, únicas, indivisibles, en conjunto agrupándolas desagrupándolas, procesando todo ese maldito vomito nuclear de sentimientos.
Guiar conscientemente nuestros cuerpos a una evolución corporal hasta a los límites mismos, forzarnos a experimentar lo que deseemos ser, sin el miedo a padecer.
A imaginarnos ser como una ave, pero un ave diferente, un híbrido, un anfibio, un ave de vuelo torpe pero que aun así, descubrió lo espectacular de volar, de no envidiar a otras aves (como las que miran para el costado, o para arriba, y siempre se sienten amenazadas, sino a las que miran para abajo y ven, al gusano que se arrastra, al insecto que trabaja incansablemente día y noche, la rata que se oculta en la madriguera de las garras y los ojos de sus feroces compañeros de especie, los caníbales depredadores, de comprender que no se trata de querer lo que otros poseen, sino de comprender lo que uno posee, y llevarlo hasta el límite en todos sus aspectos; mentales, corporales y espirituales, te permite llegar cada vez más al límite de la vida, porque cuando se aleja de todo lo que le hace mal, cuando decide irse a volar sobre los mares, y ve para abajo, y ya no ve otra cosa que el reflejo de sí mismo en las aguas, se olvida del agua, y solo se ve a el mismo, y se acuerda de quien fue, cuando estaba atrás, cuando estaba con todos, cuando se percata de quien es realmente, se odia tanto a si mismo que se decide inmolarse en el mismo, y cuando cree que está a punto de colisionar contra la vida, a atravesar ese límite del cielo y el agua, llegar al punto en que uno cree que todo se terminó, que estamos a punto de colapsar contra nosotros mismos.
ZAZ! súbito paro cardíaco, seguido de un impulso vital, y la situación más estimulante del planeta que produce el cerebro, cuando comprende que no hay nada que temer, que siempre que parece que la vida se termina, se abre un universo diferente, un universo anfibio, donde volamos en lo espeso de la vida, donde nace la evolución misma de nuestro ser, seres marítimos, comprender quienes somos y cuál es nuestro lugar mismo en el universo, estando en lo más alto que el resto de las especies, sin rendirnos un mínimo tributo a la vida, a la vida misma, a la evolución, al no comprender que nos estamos pisoteando a nosotros mismos en todos los estadios de la vida, que venimos con un linaje cargado que supura nuestro propio aplastamiento del planeta.
Comprender esto, que la vida es un ir y venir, funcionarse una y otra vez en uno mismo, un dar y recibir, una libertad constante de comprender que no somos nada, no somos nadie, no somos únicos, somos uno, y cada uno es uno en sí mismo y en los demás.
Por lo tanto no hay título que quepa, no hay divisiones ni agrupamientos posibles, cada uno es lo que es y nada más, ser un cuerpo, un ser vestido de piel, nada que exceda nuestra piel puede ser poseído como así mismo poseernos. Es esta acaso la piedra filosofal? el elixir de la vida, la inmortalidad de la mortalidad, la que todos quieren alcanzar pero nadie comprende que para esto se dé solo debemos vencer el miedo a la muerte, volvernos un virus que vuelva tantas veces a esta vida como se necesiten para corroer las vías de las mentiras de cada uno de los falsos personajes de la vida.
Empezar a rendir homenaje a quienes nos dan de comer todos los días, la gente de las tierras. Defender con honor nuestra postura con la vida, la responsabilidad de entender quiénes somos y que lugar estamos ocupando en la cadena alimenticia de nuestra propia sociedad.
Querer ser mejor por los demás, pero sobre todo por uno mismo. ¿Qué tan lejos estamos de este, de ese supuesto mío, imaginario colectivo de la paz y la felicidad? Desperdiciamos vidas enteras en un mundo virtual que nosotros mismos creamos.... Que tan lejos estamos de comprender que nuestras vidas solo valen para nosotros mismos, y el agarrarnos a las vidas de los demás, o peor aún, alimentarnos de las vidas ajenas, solo nos aleja de la sensación única de sentirse vivo, y nos arrastra a la inmundicia de la codicia humada, presentada como osadías envidiables a las masas, sin que nadie comprenda en realidad la naturaleza cobarde de aquellos actos, de aquel que no es capaz de responder y valerse por sí mismo, a hacerse cargo de sus actos, el que se esconde tras caretas, siempre tras un intermediario manipulado, tanto a un enemigo mío como el que se miente a sí mismo, de creerse limpio en esta vida, por el simple hecho de no haberse salpicado con barro, sin comprender que construimos nuestra sociedad, sobre tarimas que flotan en un mar de mierda.
Cuando fue que el hombre se dejó seducir, por la cosecha de almas de la luna, de las trampas de su lujuria, nosotros que éramos los pastores del rebaño, del ciclo de la vida, nos convertimos en comida envasada por nosotros mismo, para alimentar con nuestras almas, intereses ajenos.
Espero que les haya gustado..Comenten así escribo más
Si todos entendiéramos, lo maravilloso de abrir absolutamente todos los satélites de nuestro cuerpo, a percibir la locura que es la vida misma, y la magia de la naturaleza, encontraríamos como único propósito de vida, experimentar el éxtasis máximo de la creación de ser un nervio del planeta, sentir absolutamente todo lo perceptible por mi cuerpo y ser capaz de procesar todas y cada una de esas sensaciones, únicas, indivisibles, en conjunto agrupándolas desagrupándolas, procesando todo ese maldito vomito nuclear de sentimientos.
Guiar conscientemente nuestros cuerpos a una evolución corporal hasta a los límites mismos, forzarnos a experimentar lo que deseemos ser, sin el miedo a padecer.
A imaginarnos ser como una ave, pero un ave diferente, un híbrido, un anfibio, un ave de vuelo torpe pero que aun así, descubrió lo espectacular de volar, de no envidiar a otras aves (como las que miran para el costado, o para arriba, y siempre se sienten amenazadas, sino a las que miran para abajo y ven, al gusano que se arrastra, al insecto que trabaja incansablemente día y noche, la rata que se oculta en la madriguera de las garras y los ojos de sus feroces compañeros de especie, los caníbales depredadores, de comprender que no se trata de querer lo que otros poseen, sino de comprender lo que uno posee, y llevarlo hasta el límite en todos sus aspectos; mentales, corporales y espirituales, te permite llegar cada vez más al límite de la vida, porque cuando se aleja de todo lo que le hace mal, cuando decide irse a volar sobre los mares, y ve para abajo, y ya no ve otra cosa que el reflejo de sí mismo en las aguas, se olvida del agua, y solo se ve a el mismo, y se acuerda de quien fue, cuando estaba atrás, cuando estaba con todos, cuando se percata de quien es realmente, se odia tanto a si mismo que se decide inmolarse en el mismo, y cuando cree que está a punto de colisionar contra la vida, a atravesar ese límite del cielo y el agua, llegar al punto en que uno cree que todo se terminó, que estamos a punto de colapsar contra nosotros mismos.
ZAZ! súbito paro cardíaco, seguido de un impulso vital, y la situación más estimulante del planeta que produce el cerebro, cuando comprende que no hay nada que temer, que siempre que parece que la vida se termina, se abre un universo diferente, un universo anfibio, donde volamos en lo espeso de la vida, donde nace la evolución misma de nuestro ser, seres marítimos, comprender quienes somos y cuál es nuestro lugar mismo en el universo, estando en lo más alto que el resto de las especies, sin rendirnos un mínimo tributo a la vida, a la vida misma, a la evolución, al no comprender que nos estamos pisoteando a nosotros mismos en todos los estadios de la vida, que venimos con un linaje cargado que supura nuestro propio aplastamiento del planeta.
Comprender esto, que la vida es un ir y venir, funcionarse una y otra vez en uno mismo, un dar y recibir, una libertad constante de comprender que no somos nada, no somos nadie, no somos únicos, somos uno, y cada uno es uno en sí mismo y en los demás.
Por lo tanto no hay título que quepa, no hay divisiones ni agrupamientos posibles, cada uno es lo que es y nada más, ser un cuerpo, un ser vestido de piel, nada que exceda nuestra piel puede ser poseído como así mismo poseernos. Es esta acaso la piedra filosofal? el elixir de la vida, la inmortalidad de la mortalidad, la que todos quieren alcanzar pero nadie comprende que para esto se dé solo debemos vencer el miedo a la muerte, volvernos un virus que vuelva tantas veces a esta vida como se necesiten para corroer las vías de las mentiras de cada uno de los falsos personajes de la vida.
Empezar a rendir homenaje a quienes nos dan de comer todos los días, la gente de las tierras. Defender con honor nuestra postura con la vida, la responsabilidad de entender quiénes somos y que lugar estamos ocupando en la cadena alimenticia de nuestra propia sociedad.
Querer ser mejor por los demás, pero sobre todo por uno mismo. ¿Qué tan lejos estamos de este, de ese supuesto mío, imaginario colectivo de la paz y la felicidad? Desperdiciamos vidas enteras en un mundo virtual que nosotros mismos creamos.... Que tan lejos estamos de comprender que nuestras vidas solo valen para nosotros mismos, y el agarrarnos a las vidas de los demás, o peor aún, alimentarnos de las vidas ajenas, solo nos aleja de la sensación única de sentirse vivo, y nos arrastra a la inmundicia de la codicia humada, presentada como osadías envidiables a las masas, sin que nadie comprenda en realidad la naturaleza cobarde de aquellos actos, de aquel que no es capaz de responder y valerse por sí mismo, a hacerse cargo de sus actos, el que se esconde tras caretas, siempre tras un intermediario manipulado, tanto a un enemigo mío como el que se miente a sí mismo, de creerse limpio en esta vida, por el simple hecho de no haberse salpicado con barro, sin comprender que construimos nuestra sociedad, sobre tarimas que flotan en un mar de mierda.
Cuando fue que el hombre se dejó seducir, por la cosecha de almas de la luna, de las trampas de su lujuria, nosotros que éramos los pastores del rebaño, del ciclo de la vida, nos convertimos en comida envasada por nosotros mismo, para alimentar con nuestras almas, intereses ajenos.
Espero que les haya gustado..Comenten así escribo más