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La Novia Del Puente Monte Lindo

LA NOVIA DEL MONTE LINDO:



Cuando el obrajero trabaja, en la mayoría de los casos es un hombre solitario. Las tareas de los montes son esforzadas y variadas, que finalizan con la extracción del rollizo de madera del monte. Por mencionar algunos de estos trabajos, que son: hacer la picada, voltear, arrastrar, cargar y transportar.
En esos días de niño, supe escuchar una historia, de los montes formoseños, que vale la pena compartir; contaba que: En el medio del campo, bajo un gran guabuyú estaban dos obrajeros : Don Alberto, un gringo de pelo amarillos ondulados y de bigotes anchos, (parecido a la propaganda de cigarrillo “camel” de los años 80); acompañado del Sr. D’augero, hombre mayor de rasgos aborígenes, rostro surcado por pliegues que actúan sincronizadamente al gesticular, del cual también se apreciaban duras barbas que denotaban que no se afeitó por 3 o 4 días. Soy de los D’augero pobres me decía, y recuerdo una frase que repetía como una enseñanza oral , esas que los caciques expresan a los muchachones a la luz de un fuego en las silenciosas noches . La frase decía “ el que corta o quema los arbole ..y el que quema la tierra: nunca va progresar” vieja maldición que ilustra la vida del obrajero, carbonero y ladrillero.
Los hombre sucios y ásperos, se preparaban para volver al “pueblo”.
Antes de que, se iniciara el viaje, enrollaron sus mal tratados colchones y sus amarillentos mosquiteros. Juntaron todas las herramientas, tarros ollas y bártulos. Solo dejaron a mano un balde y una latona con los cuales se pegaron un inservible y ultimo baño. La tempranera tarde comenzaba a enfriarse, no había mosquitos, pero la garrapata más chica, era del tamaño de una chicharra.
Regresaban, en un herrumbrado camión marca Chevrolet del año 36. Esos que tenían el volante a la derecha y arrancaban dándole palanca en el frente del motor. Transportaban una carga de 10 (diez) toneladas de rollizos de algarrobo, era el fruto de una semana de ardua labor en el monte.
Salieron del monte por una estrecha picada, cerraron el ultimo portón, allí se lanzaron por un polvoriento camino de tierra, desde la zona de Guazú-cuá. Esos caminos vecinales que en ocasiones tienen una sola mano, en los cuales, si viene alguien de frente hay que tirarse a la banquina para dejarlo pasar.
La idea de viajar sin sol, favorecía por en el poco tránsito y que la balanza no funcionaba. Don Alberto apretujo unos trapos en un tarro de aceite en desuso, cargo un poco de gasoil y lo encendió. Después lo colocó en uno de los palos que salía de la caja del camión. La idea era evitar que algún desprevenido chocara desde atrás el palo, o el camión. Las luces de atrás funcionaban mal y el improvisado “lampium” haría las veces de faro.
Era una noche clara en el inicio del invierno, con el paso del “veranillo de San Juan hacia recordar a la relegada primavera,”. El eco de algún “caraú-n”, rompía el silencio de la última tarde y anunciaba una noche despejada. Sabían que, si se largaba un chaparrón, era casi imposible que pudieran llegar a destino, los caminos de tierra se convertían en interminables lodazales.
Ya, traqueteando en el camioncito con la carga en su espalda, alcanzaron la Ruta Provincial 3, (antigua Ruta Nacional 90), y se enfilaron al sur. Buscaban acomodarse en la rustica cabina. Tomaron los últimos mates recontra amargos de yerba “La jornada”. Don Alberto, estiró la mano y encendió una linterna (esas de dos pilas grandes con el gatito). Con esto la cabina se iluminó. Buscaba sus cigarrillos marca Jokey club “colorado”, la situación relajada le había producido ansiedad, que quería disipar con el humo.
Al cabo de un rato, los dos obrajeros se miraron al divisar el viejo puente sobre el riacho Monte Lindo. Con la amarillenta luz se divisaba una cruz a la izquierda del camino. Sabían que allí, o en sus cercanías aparecía “la novia”; que en varias oportunidades les había cortado el paso a los viajeros nocturnos. Con la mirada y telepáticamente transmitieron esa información producto del temor y la incertidumbre.



Hasta hoy al costado del talud del puente, sobrevive una cruz de madera que de vez en cuando alguna señora muy cristiana de los alrededores, le cambia el paño el día de los difuntos.
Al llegar a dicho puente, Alberto – el chofer - disminuye la velocidad, comenta el tema con voz firme y apacible, que: - de aparecerle “la novia” bajaría del camión a saludarla con un gran beso.
Sobre el puente, fueron acompañados por el crujir y rechinar de los añosos postes de quebracho, que formaban el pasadero. Debajo de sus ruedas, acompasados lamentos de las vigas, del hermoso y arquitectónico puente, pusieron en alerta a los fleteros.
Bajaron más la velocidad casi al mínimo (como pasos de hombre) y los maderos continuaron llorisqueando por el sobrepeso. Franquearon el puente sin sobresaltos y se dirigieron, a cruzar el caserío que suponía ser la colonia “La Loma” de Monte Lindo. Después el polvoroso camino se oscureció nuevamente, quedando atrás los escasos focos que indicaban que existían casa y vidas en esos lugares.
Alberto sacudió la cabeza buscando despabilarse. Por la pequeña ventana del camioncito disparó la colilla de otro pucho. A pocos metros al frente (la vieron!!) era una mujer que estaba parada al costado de la ruta. Vestida con un inmaculado blanco. Un largo y brillante vestido de novia; la silueta en la negra noche, les indicaba con la mano para que frene el camión.
Alberto – en silencio- detuvo la marcha y sin bajarse ninguno de los dos, la invitaros a subir y llevarla.
La joven accedió denotando estar afligida o inquieta - por algo sucedido- , o tal vez por llegar urgentemente a algún lugar cercano; subió y se sentó a la izquierda del largo asiento de “cuerina”, al lado de Don D´augero, que sintió que el cuerpo de la mujer era extremadamente frio. Tratando de ser cordiales, entablaron conversaciones efímeras (el clima, el camino, etc.); la mujer hablaba de forma normal hasta que, Don D´augero le preguntó
- ¿Por qué estaba vestida de esa forma?. Ella no contestó la pregunta, y se limitó a reír en forma burlona e histérica ; los dos viejos - hombres curtidos por el monte-, sintieron miedo, nadie habló; las piernas de Don D´augero temblaron como si fueran presas de un espasmo muscular inconsciente, y semejaban una rama de un frágil árbol de sauce, golpeada por el viento.
Don Alberto apretó el acelerador fijando la vista en la lejana curva denominada “El Algarrobito” y sin darse cuenta la joven despareció del habitáculo. El chofer y el acompañante se miraron, no podían hablar del pánico terrible que los agobiaba.
Por solo comprobar, el viejito acompañante estiró su brazo izquierdo revisando la traba de la puerta por donde entró y salió la joven. Por supuesto que seguía cerrada con lo cual aumento sus asombros. No se podían explicar, como desapareció. El camión continuó con su marcha, con su trajinar que aportaba hipnótico sueños. Siguieron viaje hasta Corralito y de allí a Pirané, casi amaneciendo llegaron cada uno a sus casas.
Ninguno pudo conciliar el sueño – acusando fiebres y delirios- .
Al día siguiente tuvieron que consultar con el viejo medico Tonina, por razones nerviosas y malestares incomprensibles.
El 3 de Julio de 1986, hizo dos años de lo ocurrido.
Al fin y al cabo yo soy hijo de Alberto, ese viejo obrajero que no pudo olvidar jamás a:
“LA NOVIA DEL PUENTE MONTE LINDO”.



Scheihing Edgardo Adrián - Pirané - Formosa - Argentina -
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