¿Quién fue San Martín?" Columna del historiador sobre el "Padre de la Patria". Los silencios de la historia oficial: "Generación tras generación se ha contado una historiatergiversada". Generación tras generación se ha contado una historia tergiversada basada en los conceptos del mitrismo que eligió presentarlo a la posteridad como un héroe digno de estar al lado de Rivadavia y de otros próceres unitarios. La Historia oficial nos enseñó que era el Padre de la Patria. Nos contó que nació en Yapeyú–aunque no nos dijo que hablase, además de castellano, el guaraní, propio de esa zona– que después estuvo dos años en Buenos Aires y al cumplir los seis, se fue con su familia a España. Mitre poco nos dijo sobre su estadía allí, salvo que a los once años ingresó al ejército español como cadete en Murcia, y menos aun nos relató datos fundamentales para conocerlo: dónde y qué estudió, si bailó y tuvo novia, si corrió peligros en muchas batallas, si lo deslumbró la Revolución Francesa de 1789 o la insurrección popular en la península ante la invasión napoleónica, en mayo de1808. Nos recordó en cambio que sobresalió en las luchas de Arjonilla y Bailén y de repente,siendo teniente coronel de caballería de ese ejército en el que ya había peleado más de 20 años, nos dijo que decidió, de repente, regresar al Río de la Plata para sumarse a una revolución antiespañola que había estallado el 25 demayo de 1810. ¡Qué hombre extraño!, ¿no es cierto? Habiendo aprendido a leer, a sumar y restar, a conocer de la geografía y la historia españolas, impregnado de esa cultura, habiendo combatido largamente bajo la bandera española, acostumbrado a repetir refranes o giros lingüísticos hispanos, ¡venir a dar su vida peleándole al ejército del cual había formado parte tantos años! Pero lo hizo tan bien, enseñó Mitre, que merecía colocárselo junto a grandes patriotas como Rivadavia y otros próceres unitarios y colmarlo de halagos en las fiestas escolares. Él quería,según Mitre, liberar a los países de América del “yugo español” –al cual había defendido 22 años– y que cada uno se declarara país independiente, aunque no explica por qué razón se fue a pelear a Chile –en vez de defender a Buenos Aires acosada por los montoneros artiguistas– y después se hizo protector del Perú, como si fuera un apátrida, un aventurero o peor aun, un mercenario, pero sí nos señaló que hubiera hecho más proezas si no se hubiese cruzado en su camino un tal Bolívar que le quitó la gloria de dar el golpe final al ejército español en el Perú, maniobra de la cual fue víctima, dada su generosidad, que debe llevarlo a la condición de “Santo de la Espada” (según Ricardo Rojas) y no de ambicioso expansionista que quería unir a Hispanoamérica como aquel venezolano “pícaro y mujeriego”. Esta leyenda sobre San Martín fue repetida generación tras generación, puesto que Mitre había sido consagrado Padre de la Historia por la clase dominante y después lo sucedieron aquellos a los que todo “le vene” bien, con tal de estar en la Academia y tener espacios en los medios de comunicación (y a quien le acomode el sayo, que se lo ponga, sea liberal o revisionista “a la violeta”). Pero en 1997, Juan Bautista Sejean aterrizó en el tema sorpresivamente y publicó San Martín y la tercera invasión inglesa, sosteniendo que la única explicación de que un veterano del ejército español viniese al Río de la Plata a sumarse a una revolución antiespañola y, por tanto, a combatir al ejército al cual había pertenecido hasta pocos días antes, sólo puede residir en que fue sobornado por los ingleses, al pasar por Londres en 1811. Y lo sostuvo contundentemente: “Parece muy difícil afirmar que San Martín no fue un agente inglés” (pág. 129). Lo cual significa: el Padre de la Patria de los argentinos fue un agente inglés. ¡Qué osadía!¿No es cierto? Pero no hubo refutación alguna por parte de academias, universidades y otras instituciones llamadas “de bien público”, a tal punto que el mismo Sejean, al año siguiente publicó Prohibido discutir sobre San Martín, donde afirmó que había supuesto“que se iba a desatar un intenso y apasionante debate… pero no fue así.En forma unánime optaron por el silencio” (pág. 13 y 15). Para la misma época, alguien sostuvo que San Martín no era hijo de Gregoria Matorras sino de la guaraní Rosa Guarú y don Diego de Alvear, es decir: no sólo hijo extramatrimonial sino, además, hijo de india… Y esto provocó diversasrefutaciones porque para buena parte de la gente “léida” de la Argentina es denigrante ser hijo de india, pero no lo es ser agente inglés. En verdad,quienes así piensan merecen tener un Padre de la Patria de nacionalidad inglesa y por supuesto es razonable que voten en las elecciones a los candidatos que promociona Clarín o concluyan en que las Malvinas son inglesas. Sin embargo,tanto Mitre como Sejean –así como sus seguidores y asimismo, los revisionistasrosistas– habían caído en la maniobra mitrista, de tipo colonial. Formado en España, en lo cultural, como hombre y como político, y fuertemente influido por lo que él llamaba “El Evangelio de los Derechos del Hombre”, es decir, la Revolución Francesa, San Martín era americano por nacimiento, pero muy hispano (por batallas, amores, estudios, en fin, sentimiento y pensamiento), un indo hispano diríamos, un liberal revolucionario como los de las Juntas Populares de 1808 en España, como eran también los de las juntas populares liberales de América surgidas entre 1809 y 1811 (que ahora se sabe que no eran antiespañolas ni separatistas como pretendía Mitre, sino, como sostuvo Alberdi, constituían un amplio movimiento democrático de España y de América contra el absolutismo monárquico). San Martín regresó, pues, en 1812, no por soborno alguno (fue enemigo a muerte de Rivadavia que era la expresión de los ingleses), tampoco por “un llamado de las fuerzas telúricas” como se ha sostenido ingenuamente, ni tampoco en el caso dehaber sido hijo de Rosa Guarú (pues junto con él asumieron las banderas democráticas de Mayo muchos españoles de nacimiento, como Larrea, Matheu,Álvarez Jonte, Arenales, Blas Parera y tantos otros), así como hubo americanos de nacimiento que sirvieron a los ejércitos contrarrevolucionarios delabsolutismo (como Pío Tristán, Goyeneche, Michelena, Olañeta y tantos otros). Pero Mitre quiso, por sobre todo, mostrar una Revolución de Mayo antiespañola,separatista, por el comercio libre (y por tanto pro inglesa) y de ahí sus discípulos sacaron que San Martín (siendo como Moreno defensor del indio,expropiador, revolucionario) fuera el antecedente de Rivadavia, proclamado por Mitre “el más grande hombre civil de los argentinos” (por ser elitista, probritánico y antilatinoamericano). Y entonces los alumnos se confunden: no entienden a San Martín (quien admiraba a Bolívar y tenía en Europa tres retratos suyos, uno delante de su propia cama) metido en una revolución para remplazar un virrey por una Junta Popular, permaneciendo la región adherida a España hasta 1814 en que se hunde la revolución democrática española y entonces sí resulta necesaria la independencia de 1816, por la que San Martín bregó para no someterse a la monarquía (ahora se sabe que hasta 1814 flameó la bandera española en el Fuerte de Buenos Aires). La Biblioteca de Mayo, del año 1960, explica todas estas cosas, pero muestra la falsedad del mitrismo. ¿Y quién le pone el cascabel al gato, es decir al diario La Nación? Se ha repetido muchas veces lo que decía Homero Manzi: “Mitre se dejó un diario de guardaespaldas.” Y Alberdi,Manuel Ugarte, José León Suárez, Augusto Barcia Trelles, Julio V. González y tantos otros que dijeron la verdad en distintas épocas, fueron lapidados por el mitrismo, amordazados. Sumidos en el más profundo de los silencios, convertidos en “Malditos”. Pero en esta época en que queremos ser nosotros mismos, no sumisos a la reina de Inglaterra ni al FMI de los yanquis, es preciso tener en claro quién era San Martín: era,junto a Bolívar, no sólo el Padre de nuestra Patria sino un Libertador que quería la América Latina que estamos gestando hoy con la Unasur, la CELAC,etc., y por eso, hay que decir bien alto que la OEA se ha muerto, enterrada en la misma fosa del mitrismo y de todos aquellos historiadores –sean liberales,“modernos” o revisionistas– que no se atreven a decir quién es el verdadero San Martín: nacional, en tanto le legó su espada a Rosas por defender la soberanía y fue enemigo de Rivadavia expresión del imperio inglés; latinoamericano, en tanto luchó por la liberación y unificación de varios países, admiró a Bolívar y respetó a los pueblos originarios a quienes llamaba “nuestros paisanos, los indios”; popular en tanto escribió “odio todo lo que es lujo y aristocracia”;intervencionista en economía (como lo demostró en Perú) y hasta expropiador(como lo demostró en Cuyo). Con un Padre de la Patria con estas virtudes, ¿cómo no nos vamos a encaminar ahora hacia una América Latina libre, unida e igualitaria? San Martín y el Bicentenario Por Maximiliano Pedranzini* “Ya no queda duda de que una fuerte expedición española viene a atacarnos, sin duda alguna los gallegos creen que estamos cansados de pelear y que nuestros sables y bayonetas ya no cortan ni ensartan; vamos a desengañarlos. La guerra la tenemos que hacer del modo que podamos, si no tenemos dinero, carne y un pedazo de tabaco no nos ha de faltar; cuando se acaben los vestuarios nos vestiremos con las bayetitas que nos trabajan nuestras mujeres y si no, andaremos en pelotas como nuestros paisanos los indios. Seamos libres y lo demás no importa nada. Yo y vuestros oficiales os daremos el ejemplo en las privaciones y trabajos. La muerte es mejor que ser esclavo de los maturrangos. Compañeros, juremos no dejar las armas de la mano hasta ver el país enteramente libre o morir con ellas como hombres de coraje”. José de San Martín, Mendoza, 1819 Es este Bicentenario que atraviesa América Latina, el carácter histórico y político de la figura del General San Martín, símbolo indiscutido de la emancipación americana, adquiere una vigencia fundamental en este presente. El espectro ilustre construido a pelo y contrapelo de la historia argentina se ha convertido en una disputa por el sentido que recobra una importancia trascendental en este nuevo proceso por la Liberación Nacional. ¿Qué representa San Martín en estos 200 años de historia nacional? La figura de José de San Martín como la de muchos otros protagonistas de las revoluciones hispanoamericanas, ha estado sometida a la sala de operaciones de la historia oficial y no-oficial. Infinidades de interpretaciones, tanto historiográficas como políticas han ido circulando a lo largo del tiempo. Pero fue sin duda, uno de los personajes más significativos (y polémicos) de toda la historia argentina y latinoamericana, y que marcó a fuego los destinos políticos e ideológicos tanto de nuestro país como de América del Sur. Es quizás, la batalla más importante la que debemos dar entorno a la inmensa representación histórico-simbólica que conlleva la vida de San Martín como el máximo prócer de la historia argentina, lugar en el coinciden la mayoría de las corrientes historiográficas. Ahondar el carácter más revolucionario que quiebra con el orden “marmóreo” del discurso historiográfico liberal es una tarea esencial en este nuevo momento histórico para los pueblos de la América Latina, que percibe a su vez una gran responsabilidad intelectual y un compromiso político articulado con un devenir que encuentra su brújula en este horizonte de liberación. Por eso se vuelve indispensable encontrar los lazos históricos que habitan entre la lucha de San Martín y el proyecto emancipatorio de la Generación de Mayo. La ceguera historiográfica impuesta por la matriz liberal-positivista de Bartolomé Mitre y la Generación del ´80, construyeron una imagen tergiversada y por lo tanto falsa de los acontecimientos de la Revolución de Mayo: la invención del relato oficial proclamaba al proceso de Mayo como una independencia separatista con un marcado discurso antihispanista a favor del libre comercio, más precisamente con Inglaterra. El elemento que merodea entrelíneas en este relato es el del factor económico, subyacente en el entramado histórico por los intereses que ostentaba la élite oligárquica -a la que pertenecía Mitre- con el imperio británico tras los triunfos en la Batalla de Caseros en 1852 y finalmente con la de Pavón casi una década más tarde; y la consolidación de una arcaica estructura agroexportadora, condición que hacía necesaria la construcción de un relato que se encargue de dar función legitimadora a las acciones políticas y económicas de esta oligarquía liberal triunfante. ¿Si la Revolución de Mayo aparece como independentista y antiespañola? ¿No fue asimismo un proceso secesionista a los ojos de las oligarquías liberales en toda la región? ¿No es casualidad que dichos discursos historiográficos legitimados desde el poder por estas elites, hayan “olvidado” a los demás patriotas latinoamericanos por el simple hecho de no pertenecer al mismo suelo y no poseer la misma “nacionalidad”, reduciendo a la figura hegemónica y jerarquizada de un solo “prócer nacional”? La construcción del rompecabezas a sangre y fuego que daría como resultados a los Estados-Nación modelo capitalista en América Latina, configuró el mapa balcanizador del continente a finales del siglo XIX, que conllevó a la producción de discursos historiográficos institucionalizados por medio del aparato estatal que hegemonizaron la vida social y pedagógica de los distintos países. Este discurso producido desde las elites oligárquicas interpelaba a la sociedad, a la vez que la moldeaba a través de este esquema dominante. El carácter dominante del discurso historiográfico liberal ha impedido entender a la historia como un campo de batalla donde se dirimen los conflictos, en el que se hacen presentes los hechos y se confrontan las verdades. Su desentendimiento de la compleja dimensión social y la “inmortalización” cuasi-divina de los próceres, eran elementos que formaban parte de su impronta política. Con la “invisibilización” de los sectores populares como protagonistas reales de la escena revolucionaria, Mayo expresaba el corolario del viejo orden colonial español y la aparición de uno nuevo, una nueva organización económica que estaba de moda por estos lares en pleno siglo de expansión capitalista. En este contexto de nuevas configuraciones: ¿Qué llevó a San Martín a retornar al continente americano? ¿Cómo se explica el fenómeno que lo impulso a dirigir el ejercito independentista antiespañol? ¿Por qué se reduce su figura a la del retrato idílico de retornar en 1812 a sus raíces abandonadas cuando era un simple infante? En esto coinciden varias corrientes historiográficas que, variando sus caracterizaciones, encuentran un denominador común en la matriz propuesta por el mitrismo y la lógica constituida a partir de la consolidación del modelo oligárquico-liberal del “Granero del Mundo”. Pero a pesar del universo hermenéutico en el que navega San Martín, es imposible y absurdo disociarlo del proceso revolucionario de Mayo, y mucho menos de las revoluciones que habían tomado carácter hispanoamericano, en principio totalizador pero luego se desgranaría por la puja de los intereses que tenían las diferentes élites criollas devenidas luego en oligárquicas. La consumación valorativa propuesta por corrientes historiográficas de distinta índole -principalmente por toda la tradición liberal- sobre el Padre de la Patria, proponen señalarlo como el paradigma épico del héroe individual, solitario frente al resto de los mortales subalternos imposibilitados de ser parte de ese relato mítico, que ponía por obra y destino de la providencia como figura central al héroe, que por obvias razones, se robaba toda la película y se coronaba con todos los laureles de tan gloriosa epopeya construida a partir de su figura por la historia oficial. He aquí varios elementos primordiales para tener en cuenta en la elaboración de esta trama. Uno de los principales es el individualismo, germen característico de toda la tradición liberal. La exaltación de la figura del héroe individual como epicentro en el desarrollo del relato histórico nacional, pone de manifiesto el carácter utilitario de San Martín como eje constitutivo en la construcción de la historia oficial de la nación, tanto Argentina como sus reproducciones en toda América Latina. Sin duda, nuestra postura data de afirmar todo lo contrario. Aunque la ficción de los hechos hayan instalado en los libros de historia la idea de que San Martín retornó a América, en 1812, por el "llamado de las fuerzas telúricas". El sentido más noble que convoca al Libertador a suelo americano es continuar con la lucha antiabsolutista que veía impedida en España por el avance napoleónico. Las historias oficiales no están encerradas en cáscaras de nueces. Atraviesan por su fuerza dominante todos los rincones comunes de nuestra región que amalgaman por esas mismas raíces históricas un pasado en común, por lo que estos tipos de relatos construidos desde la hegemonía de la historiografía liberal son fácilmente impuestos en toda la sociedad y en sus instituciones encargadas de reproducir de manera sistemática y simultanea el orden del discurso oficial a lo largo del tiempo. El problema no es interpretar o criticar el relato en sí, sino el de perforar las capaz de sedimentación estructural impuestas por el discurso dominante y encarnadas profundamente en la conciencia de los ciudadanos. Desmitificar esta narración sesgada e inverosímil que componen su estructura, implica en efecto, revisar todos los recovecos ocultos o poco explorados de nuestro pasado, y eso constituye la ardua tarea de construir y consolidar un nuevo edificio historiográfico en nuestro país y en todo el continente. Son quizás las celebraciones bicentenarias las que ponen en perspectiva como nunca antes en 200 años, la posibilidad de encarar nuestro pasado desde una mirada crítica que sirva para mitigar el viejo orden dominante de la historia liberal-conservadora que aún sigue vigente; donde que poco a poco se está logrando colocar en la arena del combate historiográfico, la posición subterránea del revisionismo histórico emergente en el umbral de este siglo XXI. La Otra Historia pone sobre la mesa todo lo que la historia oficial ha ocultado o peor aún, lo que ha desvirtuado a través del poder de un relato infame creado con la arcilla de la mentira y la denigración de figuras populares a quien considera “malditos” y que debían ser demonizados, ya que éstos representan un estorbo en los planes la oligarquía. En los bordes de este sendero a caminado San Martín. Donde su figura está embarrada por las vicisitudes de una historia agitada y convulsionada, en el que el Libertador fue protagonista clave. Y ese protagonismo ha sido la base donde se erigieron las interpretaciones que colocaron las dimensiones del prócer, en el pedestal de bronce o en la crítica más despiadada que lo hundía en el desprestigio y la humillación por sus orígenes o por su concepción ideológico-política. Un ejemplo contundente de esto había sido su función como Protector del Perú, donde toma una serie de medidas que levantan el polvo de la lima: a) Elimina la servidumbre de los indios. b) Declara la abolición de la esclavitud y de la Inquisición. c) Da por terminado los castigos corporales. d) Decreta la libertad de expresión y la instrucción pública. Principios que estaban enmarcados dentro de las ideas progresistas de la época, muchos de ellos contemplados en la Asamblea del Año XIII. Esto inmediatamente causaría el repudio de la oligarquía limeña y de la Iglesia Católica -que aún tenía fuerte injerencia en el ex virreinato-, acusándolo de lo peor, desde tirano hasta de expropiador, celosa de cualquiera que viniera y les cercenara los privilegios que supieron ostentar desde los tiempos coloniales. Vayamos a otro breve ejemplo. La historia oficial tampoco nos narra sobre el odio que le tenía Rivadavia y los rivadavianos en Buenos Aires. Un odio de poder que lo perseguiría, como persiguió a Moreno, Belgrano y Castelli que representaban un proyecto político que estaba en las antípodas del hacedor del empréstito Baring Brothers y la ley de Enfiteusis. Esto la historia oficial prefiere omitirlo de su heurística y contar el lado que más le conviene, que más le sea útil. Este es el caso del San Martín tardío, el del exilio en Francia que llevaría a la historiografía liberal a hacer una abstracción mitológica necesaria para legitimar su discurso. Su distanciamiento de la realidad que acontecía en Hispanoamérica y su aislamiento europeo, hacía más fácil la configuración de ese mito. Pues, los últimos días de San Martín son los que el mitrismo prefiere reivindicar y poner como estampa en los manuales de escuela. Ese San Martín anciano que despertaba la admiración y el beneplácito de tipos como Alberdi o Sarmiento por esa lucidez republicana que le hizo cruzar el charco y supo mantener hasta el final de su vida en Boulogne-sur-Mer. Ese recorte es el que le sirve, el que no entrega a San Martín como el prócer estoico e impoluto de enormes cualidades y atribuciones que lo vuelven un ser en tanto perfecto, inalcanzable. Un ser sobrehumano al que nunca le llegaremos a los talones, ni siquiera a la puntita. Esta más allá de nuestra imaginación terrenal. Esta es el concepto que han intentado imponer de San Martín. Desprovista de toda humanidad, de toda equivocación, de todo error. El primer paso metodológico que tiene que dar la historiografía es la de humanizar a los próceres. Mostrarle al pueblo que están hechos de carne y hueso, como todos nosotros. Lo demás, eso que horroriza y causa urticaria a los administradores de la historia oficial, es mejor ocultarlo en los sótanos de los archivos nacionales para que jamás sea encontrado. Todas las corrientes ideológico-historiográficas han vertido sus opiniones sobre la figura de San Martín. Desde el liberalismo mitrista (proemio del relato fundador de su argumento historiográfico), pasando por el nacionalismo en todas sus versiones y la historiografía mosaica de la izquierda que lo aniquila por ser un impulsor de más que de la emancipación americana, de las relaciones capitalistas reflejo de su pensamiento liberal heredado de Europa. Por lo que merece ser duramente criticado hasta el hartazgo, llegando a la simple conclusión de que nuestro Padre de la Patria es un personero de la más rancia burguesía mercantil proimperialista. Trasladando mecánicamente la repulsión que tenía su mentor (Karl Marx) hacia Simón Bolívar, que luchaba por la emancipación en otras latitudes del continente americano. En definitiva, para la izquierda argentina, todos los próceres representan lo mismo, y si Marx criticaba con munición gruesa al fundador de la Gran Colombia y Libertador de Venezuela, eso quiere decir que tendría la misma opinión de los demás patriotas hispanoamericanos. ¿Qué hubiera dicho Marx desde la redacción del New York Daily Tribune de San Martín, Moreno, Belgrano, Castelli o Monteagudo? Bueno, no hacemos historia contra fáctica, ni somos cultores de ucronías para responder esto. Pero la izquierda hace este tipo de deducciones teóricas que lo llevan casi podríamos decir, a un suicidio historiográfico. Por lo tanto, nuestros recordatorios o fiestas patrias terminan siendo el síntoma de un nacionalismo burgués que impide toda revolución, sea obrera o campesina. En la vasta y espesa selva historiográfica hay de todo. Si no tenemos un machete en mano, estos bichos raros pueden atacarnos en cualquier momento. Por eso debemos estar atentos y bien preparados. Con los pies firmes sobre la tierra, pero para eso debemos tomar una postura, una interpretación que consideremos la más adecuada para analizar su figura y el contexto histórico donde se desenvuelve. Y para eso intentaremos dar respuesta a estos interrogantes: ¿Por qué San Martín vuelve después de mucho a suelo hispanoamericano? ¿Qué proceso lo impulsa a retornar? ¿O simplemente es una cuestión del destino o de la divina providencia? Como hemos vistos, San Martín regresa para continuar con el proceso de lucha contra el absolutismo monárquico, que vieron agotadas sus posibilidades de seguir dando pelea debido a que España había sido derrotada y sometida por el imperio napoleónico. San Martín veía con ojos de gran estratega, que la lucha debía continuar, pero del otro lado del Atlántico, en las colonias españolas que se encontraban en América. Y San Martín lo veía como una obligación seguir dando pelea porque los tiempos se lo demandaban y no quería dejar asignaturas pendientes, y menos en el campo de batalla. La guerra tenía que prolongarse y extenderse al territorio colonial. Es ahí cuando decide desembarcar en 1812. Y en el proceso se constituye la Logia Lautaro, donde incorpora -por medio de Monteagudo y los hombres que integran la Sociedad Patriótica- al grupo comandado por Mariano Moreno, quien lo consideraba una pieza clave en el mapa estratégico de la revolución por su papel trascendente en las jornadas de Mayo. Como así también daría su apoyo a las insurrecciones comandadas por Güemes en Salta y Pedro José Saravia y Álvarez de Arenales en el Alto Perú, quienes tenían un amplio consenso de las masas populares que San Martín veía con buenos ojos. Su inquietud e insistencia estaba en que se acatara la voluntad popular, porque sabía que sin el pueblo acompañando, difícilmente se alcanzarían los objetivos deseados. Por esta razón, decide no apoyar el proyecto constitucional de ese año, ya que ésta les otorgaba a los diputados americanos una escasa representación, que San Martín veía necesaria para cristalizar los cambios políticos. Su visión iba más allá de los horizontes del Río de la Plata, donde la continuidad del proceso revolucionario no se acortaba en los límites del virreinato. Veía en Artigas, Bolívar, O`Higgins y Sucre no solamente aliados por la causa patriótica, sino líderes capaces de unificar y profundizar el proceso de liberación, a pesar de los rechazos internos con los que tenía que lidiar, ya que todos coincidían en que la América española era una sola y su lucha una sola, que se iba dirimiendo en diferentes puntos del continente. Esto de alguna manera se intenta llevar adelante en el encuentro cumbre de Guayaquil entre los dos libertadores el 26 de julio de 1822. En consecuencia, pensar a San Martín es reflexionar sobre el sentido, tanto de la historia nacional como latinoamericana. No se puede concebir bajo ninguna circunstancia hermenéutica el derrotero histórico de Nuestra América sin la figura de San Martín, cardinal para ubicarnos en la contienda de ese pasado que le da forma y sentido a lo que somos y representamos los latinoamericanos como pueblo que empieza a reconocerse como uno solo y no como los retazos de una patria condenada a permanecer dividida y separada por disposición extranjera. Sin embargo, es el presente el que nos retrotrae a San Martín, para que desde este presente bicentenario lo interpretemos y le demos un nuevo valor, quizás ese valor que siempre tuvo, pero queda en las subjetividades políticas de ese tiempo que lo convoca, más que en discutir vanamente si San Martín era esto o aquellos, si iba para aquí o para allá. Es desde el presente donde cobra vida, para sintetizar simbólicamente un proyecto político. Para que su figura sea el reflejo de ese nuevo proceso que lo llama. Tal como lo han hecho quienes convocaron el oráculo de Delfos de la historia patria para justificar sus políticas presentes, como lo hicieron Mitre, Generación del `80, la oligarquía del primer Centenario o el peronismo. En fin, todos los convocan, independientemente de sus posiciones ideológico-políticas, sean buenos o malos, eso lo juzgará la historia, no como fuerza sobrenatural, con dotes mágicos, sino la historia como esa arma del presente. Ergo, pensar en San Martín es pensar en el devenir, pero por sobre todo es pensar en el porvenir de una Patria Grande Latinoamericana Unida hacia el camino de la Liberación Nacional.
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