RESUMEN PARA TARINGUERO NIVEL 5:
NO ES 100% CONFIABLE
NO ES 100% CONFIABLE
Hoy en día, “la ciencia” se ha convertido en uno de los grandes mitos de nuestro tiempo. Nuestra sociedad rinde culto a la ciencia, aunque no sabe muy bien (quizá porque no sabe muy bien) en qué consiste aquello que venera. El científico, por su parte, parece muy consciente, en algunos casos, de su propia ascendencia social y, en consecuencia, tiende a reforzar con signos externos la excelsitud de su tarea y su distanciamiento de la sociedad. Los mismos filósofos parecen considerar “intocable” a la ciencia, bien mediante una servidumbre hacia ella, bien mediante una estricta delimitación de campos. La ciencia se ha convertido casi en un dogma y en un misterio, y, apurando las cosas, se podría afirmar que la ciencia es una forma actual de religión.
Ante esta situación, una de las tareas del pensador crítico es contribuir a clarificar y disolver el mito de la ciencia, procurando poner la cuestión en sus justos términos.
Quede claro que está crítica no va dirigida contra la ciencia como tal, sino contra la mitificación de la ciencia. Pocas dudas debe haber de que la ciencia es la forma más desarrollada, completa y apreciable del saber. Declarado esto, lo que se quiere criticar es la actitud positivista, dogmática y cientifista que pretende agotar el saber, cualquier saber en la ciencia. Fuera de ella, habría que callar.
Tales afirmaciones presuponen un concepto dado de ciencia, concepto que de hecho no es inmodificable e invariable, sino precisamente algo que hay que construir (y reconstruir a cada paso de la historia). Tal construcción, como veremos, será precisamente el objetivo fundamental de la filosofía de la ciencia. Para ello habrá que superar ciertas concepciones míticas (ideológicas), ciertas imágenes, que hoy dificultan esta tarea. Las principales son las que vamos a analizar a continuación.
La concepción positivista de la ciencia presupone que el conocimiento científico es un conocimiento seguro y su alcance es ilimitado. En su caso extremo, este presupuesto se traduce en la infalibilidad de la ciencia.
Este carácter infalible se concreta en las siguientes ideas:
a) La verdad científica es absoluta y definitiva: un enunciado realmente científico (que normalmente equivale a comprobado) tiene un valor igual o muy semejante al de un enunciado del tipo “2+2=4”.
b) El conocimiento científico es un conocimiento total: sus afirmaciones agotan lo que se puede decir verdaderamente sobre la realidad (La inteligencia es ni más ni menos que lo que sobre ella dice la psicología científica, por ejemplo).
c) El conocimiento científico es un conocimiento seguro: las dudas no son asunto de la ciencia; cuando ésta ha logrado un descubrimiento o ha formulado una ley, esta ley se cumple siempre y el descubrimiento es válido para siempre.
d) Las predicciones científicas son infalibles: si la ciencia dice que en tales circunstancias sucederá tal cosa, tal cosa debe suceder; si queremos estar seguros de que sucederá en tal circunstancia, no tenemos más que preguntar a la ciencia.
Aparte de que con una simple ojeada histórica se puede comprobar que no se cumple (vg. el sistema de Newton, la geometría de Euclides, el verificacionismo del Círculo de Viena o el socialismo científico de Engels), la epistemología que subyace a estas ideas es inaceptable. La ciencia evoluciona y en esta evolución hay múltiples errores, pasos hacia atrás, modificaciones, cambios, etc. Por otro lado, el carácter de certeza y de seguridad atribuido al conocimiento científico es algo que hace referencia más a una actitud psicológica del individuo (científico o filósofo) que a una nota intrínseca de la ciencia. Esta no tiene ningún medio para proporcionar un conocimiento cuya certeza esté garantizada.
De ahí que K. Popper afirme que lo característico de la ciencia no es su infalibilidad, sino precisamente lo contrario: la falibilidad o, más estrictamente, la falsabilidad: el hecho de que en la ciencia se indican siempre las condiciones en las que podría demostrarse que nuestro conocimiento es falso, que hemos cometido un error. Lo importante para la ciencia no es, en último término, acertar, sino intentar acertar, afrontando sin miedo la posibilidad del error, del que suelen salir nuevas enseñanzas que hagan progresar el conocimiento.
Otra afirmación aparentemente indiscutida es que la ciencia en su evolución histórica conoce cada vez más y mejor la realidad. Esto implica que sólo hay una línea de progreso (sentido absoluto) o que progresa en una determinada línea de evolución (sentido relativo), definida a su vez por criterios concretos (dejando abierta la alternativa a otros criterios de progreso diferentes de los que rigen a lo largo de su desarrollo).
Para que haya progreso científico es preciso dar por supuesto que el conocimiento científico es objetivo. Pero la idea de progreso tiene un contenido más rico que la simple idea de objetividad. El conocimiento es objetivo si responde a la realidad, es progresivo si cada vez abarca más amplia y profundamente la realidad.
No es que se afirme que la ciencia no comete errores, sino más bien que, aun con sus errores, la ciencia siempre avanza de la manera más amplia y precisa. Igualmente, que la línea de desarrollo que la ciencia sigue en su evolución es la mejor posible y la que mejor garantiza el aumento de nuestro conocimiento.
Está claro, sin embargo, que el progreso científico no tiene un carácter absoluto. No se puede negar, desde luego, que la historia de la ciencia presente un carácter progresivo; pero de lo que se trata es de saber si la línea de progreso no podría haber ido por otros derroteros diferentes, incluso más interesantes.
En el desarrollo de la ciencia cada paso condiciona a los que se van a dar después, y comprometerse por una sola línea posible de desarrollo científico es un tanto arriesgado, pues no hay garantías a priori de que tal línea o acción sea la más adecuada (para el progreso intelectual, social o moral de la humanidad o, en otros términos, para la “aproximación a la verdad” o “al bien”).