Quizás alguna vez te hayas preguntado la razón por la que en los retratos antiguos la gente siempre tiene una expresión seria. Actualmente, sonreír ante una cámara es un acto reflejo y casi hasta una obligación pedida por el fotógrafo. Pero déjenme decirles que esto no siempre fue así. Un vistazo a un álbum antiguo y no hay asomo de una risa, ni siquiera estiran tímidamente los labios. Todos serios, mortalmente graves. ¿Por qué nadie sonreía en los retratos? ¿Cuándo empezamos a alegrarnos delante de un objetivo?
Las razones son básicamente dos: técnica y, sobre todo, moral. Al comienzo de la era de la fotografía, en el siglo XIX, los retratados debían pasar un largo tiempo posando hasta que el daguerrotipo (primer procedimiento fotográfico difundido oficialmente en el año 1839) era capaz de captar la imagen. Esto tardaba al menos diez minutos para recoger la luz. Por lo tanto, era imposible mantener un gesto forzado durante tanto tiempo sin que el resultado fuera la obtención de una imagen borrosa. De hecho, en ocasiones contaban con reposa-cabezas para evitar el entumecimiento muscular.
Las razones técnicas no invitaban entonces a la alegría. Aunque, de todas formas, los retratados tampoco habrían esbozado ningún síntoma de alborozo si la tecnología hubiera sido más rápida. El motivo principal para no sonreír delante de una cámara era moral. La sonrisa era vista tradicionalmente en occidente como un gesto infantil y principalmente desdeñoso (de indiferencia). La cultura artística europea mostraba que la risa estaba reservada para los locos, los borrachos, los niños, la gente del espectáculo y las prostitutas.
«Los borrachos» o «El triunfo de Baco», de Velázquez
Si bien estas eran las razones principales, también hay que tener en cuenta otros factores no menos importantes.
Sonreír era un atentado contra la decencia y el buen gusto. Como bien sabemos, durante años las dentaduras no tuvieron nada que ver con las que se ven hoy en día. No había ortodoncias, ni implantes, ni hábitos de higiene bucal. No obstante, tener unos dientes feos era algo tan normal que la gente ya estaba acostumbrada a ellos y no había reparos en mostrarlos en la vida social diaria.
Además, tener un retrato de la familia era un lujo no al alcance de todo el mundo, y en muchas ocasiones una persona se fotografiaba una o dos veces en toda su vida, de modo que este era un acontecimiento importante al que había que dotar de una gran solemnidad. Por esa razón la gente vestía sus mejores ropas y por supuesto su expresión más seria, que según en algunos casos, esto último también se debía a la preocupación en las personas por querer ofrecer una imagen responsable de sí mismos.
La literatura respecto al tema es abundante. El escritor Mark Twain, según recoge el artista Nicholas Jeeves en un artículo publicado en The Public Domain Review, dejó anotado: «Una fotografía es un documento demasiado importante, y no hay nada que lo dañe más y lo estropee que una tonta, estúpida sonrisa grabada para la posteridad». Y, como también anotó el escritor Charles Dickens: «La sonrisa es para las damas y caballeros a los que no les importa parecer inteligentes».
(Charles Dickens)
El historiador francés Colin Jones, estudioso de la evolución de la sonrisa, sostiene que en las artes plásticas (en la pintura) se pensaba que la mejor forma de captar el carácter era el reposo. La esencia del individuo no se podía expresar con una emoción fugaz o fingida. Cosa que analizándolo desde un cierto punto es bastante lógica y real. Sumado a esto, también está la dificultad del retratista para acertar con el matiz de la sonrisa en un retrato: evitar que resulte una mueca irónica, una burla, mostrar suficiencia… Demasiados tonos evitables con un gesto adusto natural.
Los primeros retratos a mediados del siglo XIX eran sucesores directos de esta visión sobre la imagen propia. Y, salvo raras excepciones, se mantuvo así durante toda la centuria hasta bien entrado el siglo XX. Hasta que, una vez más, Hollywood invirtió la tendencia con sus películas y las sesiones fotográficas de los actores recogidas en revistas con alcance mundial. La eclosión del cine americano, la popularidad de las estrellas, su imagen siempre alegre y despreocupada influyó en la forma de posar ante la cámara. Los dientes comenzaron a asomarse delante del objetivo y se extendieron como una feliz plaga, alimentada por la facilidad técnica para captar los instantes, cada vez con mayor rapidez y en mayor número.
(Los Príncipes de Asturias)
Hoy en día, ni siquiera las personalidades tienen ya necesidad de mostrar un porte firme en cada instantánea. Ahora son habituales las sesiones de fotos humanizadoras desde presidentes a casas reales. El ideal del individuo se forja para la posteridad en base a todo el rango emocional que recogen las imágenes en su conjunto. Aunque, como explica el historiador Colins, la cuestión no afecta a culturas menos occidentalizadas. Allí, donde la sonrisa no está tan valorada socialmente, el revelado sigue siendo de caras tímidas o directamente serias, como en cualquier fotografía antigua.