La Chacabuco llevaba a bordo unos 100 hombres: 30 hawaianos, y el resto de diverso origen: estadounidenses (la mayoría de los oficiales), españoles, hispanoamericanos, portugueses, africanos, filipinos, malayos, y algunos ingleses. La Argentina tenía 266 hombres: 50 hawaianos y el resto de origen diverso como en la Chacabuco.
Bouchard decidió navegar hacia las costas de Alta California, en donde esperaba aprovecharse del comercio español, pensando que podría hallarse allí algún tesoro producto de las ricas minas de la región, e insurreccionar a la población. Sin embargo, las autoridades españolas conocieron con antelación las intenciones del corsario, ya que el 6 de octubre la nave estadounidense Clarion les había informado que dos naves corsarias se preparaban para atacar las costas californianas. En una comida que el capitán de la nave dio a los oficiales corsarios en las islas Hawaii, uno de ellos dejó trascender las intenciones de atacar las costas de Alta California, por lo que la Clarion, al mando del capitán Henry Gyzelaar, partió de Oahu y se dirigió inmediatamente hacia Santa Bárbara para intentar vender el cargamento de 12 cañones que transportaba, lo que consiguió, avisando al comandante del presidio local, José de la Guerra, sobre los planes de Bouchard, a quien decía precedía en 4 ó 6 días. Informó además, que los barcos corsarios tenían 34 y 20 cañones y 250 hombres. De la Guerra avisó inmediatamente al gobernador y envió una circular a los sacerdotes de las misiones para que tomaran precauciones. El gobernador Pablo Vicente Solá, quien residía en Monterrey, ordenó retirar de la ciudad todos los objetos de valor y que se transportaran a una distancia considerable las dos terceras partes de la provisión de pólvora y pertrechos, lugares a donde se retirarían las guarniciones de los presidios atacados, además de pedir refuerzos de tropas y rehabilitar la artillería de 18 cañones. En 25 lugares de la costa hizo poner vigías con dos mensajeros indígenas. El ganado debía retirarse tierra adentro, mientras que las mujeres y los niños debían partir a la primera señal de peligro. Luego de un mes de alarma, Solá hizo retornar a la población a sus pueblos.
Los españoles de Alta California habían comenzado a tomar precauciones para enfrentar posibles ataques corsarios desde que Solá recibió un aviso desde Mazatlán, en junio de 1816, alertándolo sobre el avistamiento de corsarios en las costas de México. Poco antes, José de la Guerra había recibido una carta de un armador de mercantes de Lima avisando que las costas peruanas estaban bloqueadas por corsarios. Las precauciones se intensificaron al conocerse los ataques de Brown a Guayaquil y el Callao, y el avistamiento de barcos (probablemente corsarios chilenos) vigilando los puertos de San Blas, Acapulco, Teacapán, Ventanas y Tomatlán.
El 20 de noviembre de 1818 el vigía de Punta de Pinos, ubicado en uno de los extremos de la bahía de Monterrey, avistó a las dos embarcaciones argentinas. Otros informes que existen en los archivos de California, señalan que las naves fueron primero avistadas en el presidio de San Francisco, sin que se acercaran a la costa. Tras avisar al gobernador, se prepararon los cañones de la costa, se puso en armas a la guarnición de 40 hombres (25 soldados del presidio, 4 artilleros de línea y 11 artilleros milicianos) y se envió a la misión de Soledad (otras fuentes dicen que al Rancho del Rey) a las mujeres, niños, ancianos y personas incapacitadas para pelear. A cargo de las fuerzas se hallaba el sargento Manuel Gómez, tío del oficial Luciano Gómez, que iba en la expedición corsaria. Una batería de 3 cañones fue improvisada en la playa, al mando del cabo José Jesús Vallejo.
Bouchard se reunió con sus oficiales para diseñar el plan de ataque, el cual consistía en hacer que la Chacabuco ingresara al puerto con bandera estadounidense, para obtener información sobre las defensas, para luego ingresar La Argentina y efectuar el desembarco. El oficial Peter Corney ya había estado en dos oportunidades en Monterrey, por lo que conocía la profundidad de la bahía. Se determinó utilizar para el ataque la corbeta Chacabuco, ya que el gran calado de la fragata La Argentina podía producir que esa embarcación encallase, y se concentró allí la tropa de desembarco. Debido a una calma marina, la fragata tuvo que echar al agua varios botes para que la remolcaran lejos del alcance de la artillería española, hasta anclar en quince brazas de agua. Una vez remolcada, Bouchard envió en los mismos botes hacia la Chacabuco al capitán Sheppard junto a 200 hombres armados con fusiles y lanzas con órdenes de desembarcar inmediatamente.
La corbeta Chacabuco, al mando del Corney, ancló a las doce de la noche en las cercanías de un promontorio, sin saber que Solá había destacado 2 baterías con 6 cañones que podían alcanzar al barco. Debido al cansancio que sufrían los hombres, tras remolcar la fragata y remar hacia la corbeta, Sheppard decidió no atacar de noche, mientras desde tierra intentaban comunicarse con él con una bocina. Corney hizo entender a los españoles que por la mañana realizaría arreglos con ellos, sin que fuera atacado durante la noche. Con la primera luz del día descubrió que había anclado demasiado cerca de la costa, y que a pocos metros se encontraban la artillería española lista para atacarlos. El capitán decidió abrir fuego, que fue respondido por las 2 baterías, y tras quince minutos de combate la corbeta arrió la bandera en señal de rendición con el puente lleno de muertos y heridos, ante la vista de Bouchard que no podía avanzar por la calma marina. Bouchard envió 6 botes, pero el cabo Vallejo los atacó desde la playa con la batería improvisada, y debieron retornar.
Corney se hallaba con su barco inmovilizado y ordenó que sus hombres bajaran a los botes. Los españoles exigieron que el capitán bajara a tierra, pero solo lo hizo como parlamentario el segundo comandante de la Chacabuco, Joseph Chapman, junto con dos marineros, quedando encarcelados. Desde la fragata, Bouchard vio cómo sus hombres eran derrotados, pero también observó que los españoles no intentaron apoderarse de la Chacabuco ya que carecían de embarcaciones. Solá ordenó continuar el fuego, pero Gómez rehusó, debido a que ya se había rendido la Chacabuco por lo que Vallejo lo supuso en complicidad con su sobrino y continuó haciendo fuego hasta que su padre se acercó a convencerlo. Algunas versiones señalan que Gómez ordenó disparar sobre la batería de Vallejo para impedir que exterminara a la tripulación. Durante la noche, luego de que comenzara a soplar el viento, Bouchard ordenó levar anclas y moverse en dirección al puerto, contando entonces con solo 40 hombres a bordo. Sin embargo, debido al calado de la fragata, no podía acercarse lo suficiente como para abrir fuego, pero sí para proteger a la corbeta. Para ganar tiempo, envió un parlamentario a solicitar al gobernador que dejara salir a la corbeta, pero, según Bouchard éste le contestó que lo haría a cambio de una suma de dinero. La versión de Solá dice que el parlamentario exigió la rendición de la provincia y que él le contestó que la defendería en nombre del Rey. A las nueve de la noche comenzaron las tareas para trasladar a la fragata en botes a los sobrevivientes de la corbeta, lo que se realizó en sigilo mientras en tierra se realizaban festejos, pero dejando a los heridos a bordo para no alertar a los españoles.
En la madrugada del 24 de noviembre, Bouchard ordenó a sus hombres que se pusieran al mando de los 9 botes, 4 de ellos con un cañón a bordo. En las embarcaciones, comandadas por Bouchard, se encontraban 200 hombres, 130 armados con fusiles y 70 con picas de abordaje. Desembarcaron en Punta Potreros, a una legua del fuerte, en una caleta oculta por las alturas, quedando el teniente Burgen a cargo de los barcos. Mientras subían un desfiladero, se les acercó una fuerza de milicianos realistas de caballería al mando del alférez José Estrada enviada a rechazarlos, que fue dispersada retornando al presidio de Monterrey. Bouchard dice que eran entre 300 y 400 hombres de caballería, Solá dice que eran 25. Estrada dijo haberse retirado al ver 400 corsarios con 4 cañones. Al mismo tiempo, la Chacabuco abrió fuego sobre la batería costera, que recibió órdenes de destruir los cañones y retirarse hacia el presidio.
La resistencia del fuerte fue muy débil, los defensores abandonaron las fortificaciones antes de ser asaltadas. Los atacantes comenzaron a escalar los muros mientras los defensores escapaban por la puerta del fuerte y tras una hora fue enarbolada la bandera de la Argentina en el fuerte. Fueron capturadas 22 piezas de artillería, 12 de las cuales se hallaban en la batería baja, y 8 en la alta de la fortaleza, junto con 2 piezas volantes.
Después de tomar el Fuerte, las tropas argentinas decidieron atacar la otra batería, que restaba, y con otras varias piezas de artillería volante escoltadas por algunos piquetes de Caballería, que guarnecían sus presidios, y nos hacían bastante resistencia, y por ello, á sangre y fuego logramos rendir todo aquel pueblo y salvar a sus prisioneros.
Manuscrito de Píriz
Las tropas realistas dispersas se reagruparon en la población pero ante el avance de la infantería, el gobernador Solá se dirigió a Rancho del Rey (actual Salinas), llevando los archivos provinciales, un cañón de dos libras, dos cajas de pólvora y 6.000 cartuchos de fusil. Allí recibió 200 soldados de refuerzos de San José y San Francisco, y un considerable número de indígenas, retornando a Monterrey luego de que la población fuera casi completamente destruida y abandonada por los atacantes.
Los corsarios argentinos tomaron la ciudad durante seis días, en los que se apropiaron del ganado, que sacrificaron junto a los caballos que encontraron, destruyeron la artillería, quemaron el fuerte y lo arrasaron, el cuartel de los artilleros, la residencia del gobernador y las casas de los españoles junto a sus huertas y jardines. Solo permanecieron en pie los templos y las casas de los americanos. Solo 2 piezas de artillería ligera de bronce fueron embarcadas, junto con algunas barras de plata encontradas en un granero.
La alarma provocada por el desembarco hizo que algunas misiones fueran abandonadas. Luego de reparar a la corbeta Chacabuco, el 29 de noviembre zarparon de la bahía de Monterrey con intenciones de repetir las operaciones en todos los puertos mexicanos del Pacífico, dirigiéndose hacia una ensenada cerca de Santa Bárbara en donde se hallaba un rancho llamado El Refugio. Este rancho pertenecía a la familia Ortega, cuyos integrantes, según se le había informado a Bouchard, habían colaborado fuertemente con la causa española y se dedicaban al contrabando. El 5 de diciembre desembarcaron 60 hombres en las cercanías del rancho y, sin encontrar resistencia, se apoderaron de los comestibles y sacrificaron el ganado. Unos 30 milicianos llegaron ese día desde Santa Bárbara al mando del sargento Carlos Antonio Carrillo, y aguardaban en los alrededores esperando a que alguno de los hombres de Bouchard se separara para tomarlo como prisionero. De esta forma, capturaron al teniente Williams Taylor (nacido en Boston y probablemente incorporado en Hawaii) y a dos marineros, que se habían adelantado para tomar un carro. Bouchard los esperó durante todo el día 6, creyendo que se habían extraviado, hasta que decidió partir hacia Santa Bárbara, a donde se dirigió Carrillo, no sin antes incendiar el rancho. Tras desembarcar en la isla Santa Cruz para reaprovisionarse de madera y agua, llegaron a Santa Bárbara, el corsario envió a un emisario para proponerle a José de la Guerra un intercambio de prisioneros, a cambio de lo cual no atacaría. Después de la negociación, los tres hombres capturados volvieron a la Chacabuco. Bouchard debió entregar un prisionero, el ebrio Molina capturado en Monterrey, quien luego tuvo que soportar la ira del gobernador, enojado por el intercambio realizado por De la Guerra, y fue sentenciado a 6 años de prisión después de recibir 100 azotes. Cuatro marineros desertaron y se presentaron ante los españoles luego de la partida de los barcos, entre ellos el tambor John Ruse.
El 16 de diciembre llegaron a la bahía de San Juan Capistrano, a 2 millas de la Misión de San Juan Capistrano, sin detenerse en la misión de San Buenaventura, que fue evacuada por el padre José Señán. En San Juan Capistrano Bouchard le solicitó víveres al alférez realista Santiago Argüello: 20 bolsas de patatas, 10 bolsas de trigo y cuatro cabezas de ganado, a cambio de retirarse sin hacer daño. Bouchard dice que ofreció pagar, pero Argüello le respondió "que tenía bastante pólvora y balas para darle". Ante esa respuesta, Bouchard ordenó a Corney desembarcar con 140 hombres y 2 cañones a tomar el pueblo. Argüello había llegado con 30 hombres desde San Diego para ayudar a la misión, hizo un amago de resistencia y se retiró. Tras una breve lucha, los corsarios se llevaron algunos objetos de valor e incendiaron las casas de los españoles, dedicándose al saqueo. Al día siguiente una considerable fuerza arribó desde Los Ángeles y Santa Bárbara al mando de José de la Guerra. Bouchard rehusó el combate y partió en busca de 4 desertores. El 20 de diciembre zarpó hacia la bahía Sebastián Vizcaíno, donde reparó los buques en la isla de Cedros y les dio descanso a sus hombres. San Diego se preparó para combatir, enviando hacia Pala, en el interior, a mujeres y niños, pero Bouchard no se detuvo allí. En Cedros intercambiaron provisiones con cazadores de Rusia y sufrieron la deserción de una ballenera con 6 hombres.