InicioApuntes Y MonografiasRoberto Arlt El juguete rabioso
Hola taringueros, quiero compartir esta monografia del autor Roberto Arlt, que principalmente lo elegí porque me llamo mucho la atención el título y porque el autor se basa más en el realismo que lo diferencia de otros autores, y además fue una de sus novelas con más éxito que tuvo, bueno espero que lo disfruten y que les sirva de mucho mi aporte, desde ya muchas gracias.


Primer Capítulo:

Los Ladrones:
La historia comienza con un adolecente llamado Silvio Astier que tiene 14 años cuando el se inicio en la literatura bandolesca, y alimenta su imaginación con libros sobre ladrones y aventureros: "yo soñaba con ser bandido y estrangular a corregidores libidinosos; enderezaría entuertos, protegería a las viudas y me amarían singulares doncellas"(…), que le alquilaba a un viejo zapatero por unos pocos sentados. Silvio para poder llevar a cabo sus aventuras necesitaba un amigo entonces es donde conoce a Enrique Izurbeta, que tenía como sobrenombre "el falsificador”, tenía 14 años y su historia es que el gano su reputación cuando engaño a una fábrica de caramelos: Para estimular la venta de sus productos, una fábrica importante inicio un concurso con opción a premios destinados a aquellos que presentaban una colección de bandera de las cuales se encontraba una bandera en la envoltura interior de cada caramelo(…) la dificultad que hacia complicado este con concurso, estaba en que escaseaban las banderas de Nicaragua, entonces es cuando Enrique se le ocurre la idea de fabricarla siempre cuando sus compañeros le facilitaran las herramientas. Es Enrique quien lo inicia en el crimen y en el ámbito de robar, utilizando a Silvio, porque era muy inteligentes para crear diferentes tipos de armas para cada situación, una de las armas que fabrica es un cañón con el propósito de bajar la muralla de una carpintería, con la ayuda de un tercer chico llamado Lucio, que venía de una familia muy pobre, y que la familia no se calentaba en salir adelante económicamente, en fin con el formaron "el club de los caballeros de la media noche", una pequeña sociedad secreta de tres dedicada al hurto. Silvio descubre a lo largo de sus delito, sobre todo en el ámbito de robar que se ganaba dinero fácil, sin tener que trabajar, que para el es un tiempo de felicidad. Con dinero disponible, la ciudad se vuelve muy agradable. Un día
esperaba en una tarde para comenzar otro delito, pero como llovía, decidieron cambiar su rutina y salieron en un automóvil a disfrutar de la ciudad . ¡Qué voluptuosidad entonces recorrer entre cortinas de agua la ciudad ! (...). Los tres adolescentes se imaginaban que vivían en París como auténticos ricos. Después decidieron ir a una confitería muy lujosa, en donde tomaron chocolate con vainilla, y al finalizar volvieron en el tren de la tarde, duplicadas sus energías y se dieron cuenta que la gente que era de la clase alta la pasaba de maravilla.
Para ello el robo se mostraba como un medio de vida en la ciudad , un medio para acceder a los productos que la ciudad le ofrecía. Ya con nuevos planes los tres muchachos planean un robo a una biblioteca de una escuela y de hecho lo ejecutan con éxito, pero cuando Enrique se iba a casa, un policía le pregunta qué lleva escondido atrás de la espalda, Enrique se ve obligado a correr a la casa de Silvio y los dos sienten el peligro: la pérdida de la libertad, que tanto temían. Pasan por angustiantes minutos, mientras la policía pasa por la calle recorriéndola (…) Ya lo habían conversado antes y Silvio fue enfático: "A mí no me cachan. Antes matar"(…). Después del incidente, que Silvio nombra "el gran peligro", los tres adolescentes deciden, inmediatamente aflojar con los robos que realizaban habitualmente. Si bien el crimen era la forma de moverse y disfrutar la ciudad , pero con el gran peligro les queda claro que no es tan sencillo hacerlo y que las consecuencias son temibles, si lo llegaban a atrapar. Silvio ha fracasado en su primer intento por encontrar un espacio en la ciudad .

Segundo Capitulo:

"Los trabajos y los días"
En el segundo capítulo, empieza con la mudanza de barrio a consecuencia de que la familia de Silvio lo tiene que hacer por sus condiciones económicas relacionadas a la falta de trabajo, Silvio es desplazado y pierde contacto con sus amistades que era lo que el más quería. Se van a vivir a un barrio más pobre. Silvio ya tiene 15 años y su madre empieza a presionarlo para que trabaje: "Tenés que trabajar, ¿entendés? Tú no quisiste estudiar. Yo no te puedo mantener. Es necesario que trabajes (…) Silvio entiende que la familia necesita dinero, Silvio ya con quince años y en la condición económica que sufrían, era difícil que la ciudad viniera a buscarlo y para realizar lo que la metrópolis se podía disfrutar de: todas las maravillas de la modernidad, los trenes, automóviles, las confiterías, lo cual Silvio no puede encontrarlos. Para querer ser un joven de clase media, la gran ciudad contenía muchos de los pequeños comerciantes explotadores de jóvenes y ambiciosos. Silvio trabaja y vive en una librería de un inmigrante italiano, D. Gaetano que era su patrón, pero Silvio sufre diferentes humillación entonces intenta quemar la librería, pero fracasa entonces abandona el puesto. Una tarde decide pasar por la casa de un señor adinerado que había prometido conseguirle un empleo, pero éste lo recibe muy mal y le grita que se retire y le dice que no lo moleste más. Lo cual el autor marca una diferencia entre la gente dinerada, con la gente de poco recursos. Ahora íbamos por calles solitarias, discretamente iluminadas, con plátanos vigorosos al borde de las aceras, elevados edificios de fachadas hermosas y vitrales cubiertos de amplios cortinados. Un adolescente y una niña conversaban en la penumbra (...) Pensé que yo nunca sería como ellos (...), nunca viviría en una casa hermosa y tendría una novia de la aristocracia. Todo el corazón se me empequeñeció de envidia y congoja. (…)
Al pasar de los días en esas condiciones de humillación y deterioro lo llevan a Silvio a concluir que ha aprendido algo: "Entonces repetí palabras que antes habían tenido un sentido pálido en mi experiencia. -Sufrirás -me decía- sufrirás..., sufrirás..., sufrirás (...) Y la palabra se me caía de los labios. Así maduré todo el invierno infernal"(…)

En el capítulo tercero

"El juguete rabioso"
Silvio ya tiene 16 años y ha vuelto a la casa de su madre. Una vecina le avisa que en la escuela militar de Aviación estaban reclutando jóvenes para ser mecánicos. Es donde Silvio decide ir por esa oportunidad y de hecho, después de mostrar inteligencia convence a los reclutadores de que aún que las inscripciones ya se habían encerrado deberían aceptarlo. Y lo logra, aunque no logra ahuyentar el destino de no ser más pobre.
En el futuro, ¿no sería yo uno de esos hombres que llevan cuellos sucios, camisas sucias, traje color vinoso y botines enormes, porque en los pies les han salido callos y juanetes de tanto caminar, de tanto caminar solicitando de puerta en puerta trabajo en que ganarse la vida? Me tembló el alma ¿Qué hacer, qué podría hacer para triunfar, para tener dinero, mucho dinero? Seguramente no me iba a encontrar en la calle una cartera con diez mil pesos ¿Y qué hacer entonces? Y no sabiendo si pudiera asesinar a alguien, si al menos hubiera tenido algún pariente rico, a quien asesinar y responderme, comprendí que nunca me resignaría a la vida penuriosa que sobrellevan naturalmente la mayoría de los hombres (…)
Y ese destino se hace presente cuando al cuarto día de estar reclutado lo dan de baja, y Silvio les dice:
"Su puesto está en una escuela industrial. Aquí no necesitamos personas inteligentes, sino brutos para el trabajo"(…)
Sale de la escuela recorriendo las calles y dice: Ahora cruzaba las calles de Buenos Aires con estos gritos adentrados en el alma.
Calor de fiebre me subía a las sienes; olíame sudoroso, tenía la sensación de que mi rostro se había entosquecido de pena, deformado de pena, una pena hondísima, toda clamorosa.
Rodaba abstraído, sin derrotero. Por momentos los ímpetus de cólera me envaraban los nervios, quería gritar, luchar a golpes con la ciudad espantosamente sorda... Y súbitamente todo se rompía adentro, todo me pregonaba a las orejas mi absoluta inutilidad (…)
Termina pasando la noche en un conventillo, adonde un chico homosexual, que trabaja prostituyéndose, lo acosa. Por la mañana Silvio sale del conventillo por la mañana y se queja que no se puede vivir tranquilo en la sociedad, es por eso que se compra un revólver y piensa irse a Europa y conseguir empleo en un navío, pero no consigue el trabajo en el puerto. La desesperación que tiene Silvio lo lleva a un punto:
-Es inútil, tengo que matarme (…). Pero en el intento de suicidarse el revólver le falla y Silvio se salva.


En el cuarto y último capítulo

"Judas Iscariote"
Silvio parece más adaptado a la vida en la ciudad , donde se estabiliza en la sociedad. Trabaja como vendedor ambulante de papeles, Pero conoce a un señor de sobrenombre "El Rengo", que le propone realizar un robo a la casa de un arquitecto. Silvio pensaba que era una nueva oportunidad de conseguirse dinero abundante y fácil. Pero algunas horas antes de poner en marcha el plan del "Rengo", Silvio va a la casa del arquitecto y lo cuenta todo.
La vida de Silvio es un constante movimiento, desde el momento en que su madre le dice que tiene que trabajar para mantenerse. En El juguete rabioso el cielo de la ciudad es azul y limpio.
Conservo el recuerdo de un cielo resplandeciente sobre horizontes de casas pequeñas y encaladas (...) Más adelante se le presento la gran oportunidad de una carnicería: Un rayo de sol iluminaba en lo oscuro las bestias de carne rojinegra colgadas de ganchos y de soga junto a los mostradores de estaño. El piso estaba cubierto de aserrín, en el aire flotaba el olor de sebo, enjambres negros de moscas hervían en los trozos de grasa amarilla, y el carnicero impasible aserraba los huesos, machacaba con el dorso del cuchillo las chuletas... y afuera estaba el cielo de la mañana, quieto y exquisito, dejando caer de la azulidad la infinita dulzura de la primavera (…).
Al final Silvio se convierte en un hombre digno, ya que tuvo que enfrentar a muchas circunstancias de la vida, y aprende que la sociedad lo iba aceptar siempre haga lo correcto, decide irse al sur de la ciudad .

Conclusión

En fin el autor demuestra que en la sociedad que se viven en Buenos Aires, no es todo maravilla, si no que aclara que es una parte de lo que Argentina quiere ocultar, y el atreves de esta novela, representa unos adolescentes que buscan la felicidad en la ciudad , de acuerdo con las preguntas que me realice en el principio de la introducción pude responder todas mis inquietudes, leyendo toda la novela pude apreciar que el autor no utiliza el realismo mágico, si bien hay partes en donde el adolecente soñaba con cosas difíciles e imposibles como por ejemplo de que la gente sea toda igual no haya diferencia. El autor atreves de esta novela nos quiere dejar un mensaje que para crecer como persona no se necesita robar, sino hacer lo correcto. Por mi parte no me sentí identificado con los personajes, sino que me trasmitió tristeza.
Roberto Arlt se basó en el lado oscuro de la Argentina, si bien se me hiso complicado interpretar la novela por el uso de vocabulario, fue lo que esperaba de este autor y la parte que más me atrapo de la novela es como unos de sus amigo se convierte en agente de investigación.

Biografia
Bibliografía del autor
Roberto Arlt
Nació en Buenos Aires el 26 de abril de 1900, hijo de Karl Arlt, prusiano de Posen (hoy Poznan, en Polonia), y de Ekatherine Iobstraibitzer, natural de Trieste y de lengua italiana. El carácter de su padre, un soplador de vidrio también capaz de confeccionar tarjetas postales art nouveau, no facilitó su inserción en el hogar de la familia, que abandonó en 1916. Aunque hasta esa fecha había asistido a varias escuelas, aprendió sobre todo en las calles del barrio porteño de Flores, donde transcurrió buena parte de su infancia y adolescencia. La necesidad lo haría pintor de brocha gorda, ayudante en una librería, aprendiz de hojalatero, peón en una fábrica de ladrillos y estudiante fracasado de la Escuela de Mecánica de la Armada, por recordar algunas de las ocupaciones que llenaron sus días. Un matasellos y una máquina de prensar ladrillos le dieron las primeras y tempranas ocasiones de comprobar la escasa atención que iba a merecer su persistente carrera de inventor, pasión que había de encontrar un eco notable en su obra literaria.
En 1916 inició su trabajo de periodista, tarea con la que intentaría resolver sus problemas económicos y que le permitió relacionarse con los círculos literarios porteños. En esa fecha dio a conocer su primer cuento, «Jehová», con el que comenzó una carrera de escritor que se consolidaría desde que en 1926 dio a conocer El juguete rabioso, novela sobre un adolescente que se inicia como delincuente y termina como traidor a los suyos. En un tiempo de aparente prosperidad para el país, esa obra parecía hablar de la crisis de los proyectos modernizadores del siglo XIX, que habían convertido a Buenos Aires en una babélica ciudad de inmigrantes, moradores de inquilinatos y conventillos cuya única realidad era la de las calles en que se desenvolvía su lucha por la vida. Eran la cara oculta de una Argentina agitada por conflictos ideológicos y de clase, amenazada por una crisis económica inminente, observada por los militares que dominarían la escena política a partir de 1930. La excepcional lucidez de Arlt haría de esta primera obra, interpretable como la voz de los postergados por el sistema social vigente, el punto de partida de la novela argentina contemporánea.
La valoración de esas aportaciones se vio afectada durante mucho tiempo por las polémicas que agitaron la vanguardia porteña de los años veinte. Su capítulo más recordado es el de las diferencias reales o aparentes que enfrentaron a los grupos de Florida y Boedo. Aunque mantuvo relaciones con los escritores adscritos al primero (por algún tiempo fue secretario de Ricardo Güiraldes, a quien dedicó El juguete rabioso, y colaboró en la revista Proa), Arlt no dejó de sufrir el desdén de los martinfierristas, representantes de un arte minoritario y europeizado, jóvenes cultos que parecían detentar los derechos a la tradición literaria y a la renovación. Ese rechazo lo llevaría a ocultar sus lecturas y alardear de sus deficiencias de estilo, despreciando a quienes escribían bien y eran exclusivamente leídos por correctos miembros de su propia familia. En esa tesitura, inevitablemente había de ser relacionado con el otro bando: con quienes desde el barrio popular de Boedo defendían un arte comprometido con los problemas del hombre, preferían el cuento y la novela a la poesía, y veían en la literatura una posibilidad de contribuir a la transformación de la sociedad.
Pero tampoco era ése su lugar. Las empresas colectivas no parecían interesarle, ni siquiera cuando iban encaminadas a mejorar las condiciones de vida de los desheredados. Las razones de su acusado individualismo pueden encontrarse en sus experiencias personales, que determinaron en alguna medida la visión negativa de la institución familiar y de la mujer que ofrecen sus personajes, su temor de la miseria, la fascinación ante quienes mostraran poseer la fortaleza necesaria para sobrevivir solos en un medio social hostil. El juguete rabiosose alimentaba en buena medida de ese material autobiográfico, y descubría vidas difíciles en un Buenos Aires hasta entonces prácticamente ignorado. Las novelas Los siete locos (1929) y Los lanzallamas (1931) ampliaron después esa indagación con un tratamiento alegórico que la convertía en una reflexión sobre la sociedad argentina e incluso sobre la condición humana. Los apodos simbólicos de algunos miembros de una sociedad secreta, financiada mediante la explotación de los prostíbulos y destinada a provocar una conflagración universal, son el indicio más evidente de la condición expresionista de esos relatos, que convierten la realidad en una fantasmagoría donde se dibujan con nitidez los perfiles de un mundo que se desmorona. La voz burlona o cínica del narrador se encarga de parodiar ese drama hasta convertirlo en una mascarada, desde la perspectiva de quien conoce la falsedad de los valores, la inutilidad de los esfuerzos, lo insensato de las ilusiones, el fracaso inevitable de los proyectos y lo terrible del fin. De paso, es posible percibir las consecuencias de una modernidad tecnológica tan fascinante como amenazadora, de unas prácticas revolucionarias tan esperanzadoras como grotescas, de la alineación social y psicológica que padece el hombre contemporáneo. La única salida (falsa también) se concreta en la transgresión, en la degradación que permite una absurda apariencia de ser, en la perversidad que al menos permite la certeza de existir en el mal. En El amor brujo (1932), sin duda su novela menos comentada, Arlt insistiría aún en la presentación de personajes obsesionados por la felicidad y a los que la fantasía permite evadirse de una existencia gris.
La factura realista fue la dominante en los nueve relatos reunidos en el volumen El jorobadito (1933), próximos a las inquietudes características de las novelas citadas. Eso no impidió que algunos mostraran una proclividad hacia lo fantástico que había de acentuarse progresivamente. Aparentemente ajena a la literatura argentina, la obra de Arlt encontraría en esa dimensión la posibilidad de afirmarse en una tradición que en el Río de la Plata contaba ya con notables manifestaciones de ese signo. Arlt insistió en ella tras visitar España y Marruecos en los últimos meses de 1935 y los primeros de 1936 . Fruto de ese viaje fueron los cuentos que en 1941 reunió en El criador de gorilas: aunque también estaban presentes el África negra y algunos escenarios asiáticos de cultura islámica, las referencias geográficas remitían sobre todo a Marruecos, con preferencia por Tánger, cuyo estatuto internacional favorecía la actividad de los Servicios Secretos de distintas potencias, y por los territorios entonces sometidos al control de España. Allí fue donde Arlt se sintió fascinado por un mundo seductor y repulsivo, conjunción violenta de medioevo y modernidad, fiesta de colorido determinada por la diversidad de los tipos humanos, primitivos y refinados, generosos y crueles. Crímenes, venganzas, pasiones y otros ingredientes daban a las historias una atmósfera oriental, cuyo encanto resultaba corregido por el cinismo que una vez más solía caracterizar a los narradores, y que daba una dimensión paródica a la pretensión moralizadora o ejemplar que adoptaban en ocasiones. También afectaba a la crítica social (del fanatismo, del abuso de poder, de la avaricia) que permitían deducir.
Los relatos de El criador de gorilas alejaban a Arlt del ámbito de Buenos Aires, y parecían también ajenos a las preocupaciones metafísicas que antes eran ingrediente fundamental en las complicadas psicologías de sus personajes. Con ese nuevo espíritu guarda relación Un viaje terrible, una «nouvelle» derivada de la estancia del escritor en Chile, en 1940, y publicada cuando regresó a Argentina en 1941. Aquella experiencia le permitiría imaginar un viaje hacia Panamá iniciado en el puerto de Antofagasta, y que estuvo a punto de concluir trágicamente para el narrador cuando el barco navegaba frente a la costa del norte de Perú. El relato reitera intereses manifiestos en la vida y en la literatura de Arlt. Ya en 1920, en su breve ensayo «Las ciencias ocultas en la ciudad de Buenos Aires», había mostrado esa mezcla de fascinación y sarcasmo con que se refería ahora a las artes adivinatorias o a la carta astral que parecían determinar los destinos de sus estrafalarios personajes. También se encuentran ecos de sus inquietudes científicas del momento, ocupado como estaba en llevar a buen término el proceso de gomificación de las medias de señora del que esperaba la fama y la riqueza. La voz divertida y sarcástica del narrador, que ha emprendido esa «Travesía del Terror» forzado por sus últimas estafas, da un tono de farsa a la aventura y a sus protagonistas, cuyos deméritos y fracasos no entrañan concesión alguna al patetismo.
Un viaje terrible confirma la impresión de que Arlt optaba por indagar en territorios de imaginación que a veces parecían rondar la literatura fantástica. Curiosamente, estos relatos que completan su obra narrativa recuerdan sus principios: responden a los gustos declarados en El juguete rabioso por Silvio Astier, cuando a la edad de catorce años se abandonaba a los deleites de la literatura bandoleresca y anhelaba inmortalizarse como un delincuente de alta escuela. Quizá las creaciones de Arlt pueden verse como una búsqueda de salida o de sublimación personal por medio de los sueños o la literatura, o eso es lo que indica su producción teatral, también relevante. Si se deja al margen el fragmento de Los siete locos que el Teatro del Pueblo escenificó en 1932 con el título de El humillado, esa producción se inicia con 300 millones, obra representada en julio de ese mismo año por el conjunto de Leónidas Barletta. Arlt abordaba allí el análisis de las razones que llevan a una muchacha a suicidarse, y para ello recurría a la concreción teatral de las fantasías que la habían ayudado a sobrevivir por algún tiempo: en escena aparecen Rocambole, la Reina Bizantina, el Galán, el Demonio o la Muerte, creando un clima de farsa ajeno a cualquier pretensión realista y emparentable con la factura expresionista que sus narraciones alguna vez habían conseguido. Por otra parte, esa corporización de los sueños permitía entrever la capacidad de las ficciones para subsistir por sí mismas. Saverio el cruel y El fabricante de fantasmas, piezas estrenadas en 1836, le permitirían mostrar con precisión las relaciones entre esos fantasmas y la creación literaria. Si 300 millones hablaba de la imaginación como una posibilidad de supervivencia, sublimando las frustraciones de una existencia mediocre, El fabricante de fantasmas dio vida a los que atormentaban a un dramaturgo, ahora hasta llevarlo al suicidio. Como esos fantasmas eran a la vez el fruto de la imaginación y de los remordimientos de un escritor, la literatura se mostraba capaz de revelar las dimensiones profundas de la personalidad, a la vez que el juego entre la imaginación y la realidad convertía al autor y a sus personajes en una sucesión de máscaras sin identidad precisa. En esa idea insistiría Saverio el cruel, apelando al recurso pirandelliano del teatro dentro del teatro para conjugar una broma canallesca con la reflexión sobre la farsa de las relaciones y las ilusiones humanas y el análisis de los mecanismos del poder, hasta dar al conjunto una dimensión trágica.
Arlt estrenó La isla desierta en 1937, África en 1938, y La fiesta del hierro en 1940. A esas obras hay que sumar Prueba de amor, «boceto teatral irrepresentable ante personas honestas» que se editó en 1932, las «burlerías» La juerga de los polichinelas y Un hombre sensible publicadas en 1934, y El desierto entra en la ciudad , una farsa dramática que Arlt concluyó poco antes de morir en Buenos Aires, el 26 de julio de 1942. De esas obras, que dan a su autor un lugar de notable relieve en la vanguardia teatral argentina, merece especial atención África, cuyos cinco actos van precedidos de un exordio en el que Baba el Ciego, un «jefe de conversación», declara su intención de narrar las historias que luego conforman la obra. África se propone así como una ficción dramática que a su vez genera otras, y afirma su relación con la práctica oral del relato que Arlt había observado en el norte de África y que también inspiró los cuentos de El criador de gorilas.
Arlt había escrito para el diario El Mundo, donde empezó a trabajar en 1928, las Aguafuertes porteñas que reunió parcialmente en un volumen publicado con ese título en 1933. El mismo periódico lo envió a España y Marruecos en 1935- 1936 , y antes y después a Uruguay y Brasil, en 1930, y a Chile, en 1940. Entre las crónicas de viaje escritas a raíz de esas experiencias, sobresale la selección y publicación en 1936 de sus Aguafuertes españolas (1ª parte. Impresiones), además de los artículos en que dejó constancia de los rudos trabajos de las campesinas marroquíes, de su visión crítica de determinadas costumbres árabes, y de la fascinación que también llevaría a sus relatos y a su teatro. Las aguafuertes de El Mundo constituyen la parte de mayor interés literario en una producción periodística que incluyó también las notas redactadas en 1926 para la revista Don Goyo, así como las crónicas policiales escritas en 1927 y 1928 para el diario Crítica. Esa producción permite comprobar la gran capacidad de su autor para adentrarse en los problemas sociales y políticos de su tiempo, y para exponerlos con imaginación y rigor: no sólo los que afectaron a la Argentina de su época, sino también los que pudo observar en los países por los que viajó y los que determinaban la atmósfera internacional cada vez más enrarecida que llevó a la segunda guerra mundial.

Obra en prosa
El diario de un morfinómano (1920)
El juguete rabioso (1926)
Los siete locos (1929)
Los lanzallamas (1931)
El Amor brujo (1932)
Aguafuertes porteñas (1933)
El jorobadito (1933)
Aguafuertes españolas ( 1936 )
El criador de gorilas (1941)
Nuevas aguafuertes españolas (1960)
Las Fieras (????)
Pequeños propietarios (????)

Obra teatral
El humillado (1930)
300 millones (1932)
Prueba de amor (1932)
Escenas de un grotesco (1934)
Saverio el Cruel ( 1936 ), la cual fue utilizada como libreto para una ópera en 2 actos y 21 escenas con música de Fernando González Casellas
El fabricante de fantasmas ( 1936 )
La isla desierta (1937)
Separación feroz (1938)
África (1938)
La fiesta del hierro (1940)
El desierto entra a la ciudad (1952)
La cabeza separada del tronco (1964)
El amor brujo (1971)

Película
Los siete locos, junto con los lanzallamas (aunque el nombre de la misma sea sólo "los siete locos" ), cuenta con un film dirigida por Leopoldo Torre Nilsson.

Información sobre la película:
Dirección: Leopoldo Torre Nilsson
Guión: Luis Pico Estrada, Beatriz Guido, Mirtha Arlt y Leopoldo Torre Nilsson según las novelas "Los siete locos" y "Los lanzallamas", de Roberto Arlt.
Fecha de Estreno: 3 de mayo de 1973
Reparto:
Alfredo Alcón (Remo Erdosain)
Norma Aleandro
Thelma Biral
Héctor Alterio
Sergio Renán
José Slavin
Osvaldo Terranova
Leonor Manso
Lilian Riera
Luis Politti
Noemí Granata
Miguel Herrera
Saúl Jarlip
Alejandro Marcial
Oscar Pedemonti
Osvaldo De Marco
Héctor Fernández Rubio
Juan Manuel Barrau
Jorge Povarché
Mario Nervi
Alfonso Senatore
Eduardo Gualdi
Carlos Sinópolis
José María Secreto
Nella Epstein
Franco Balestrieri
Duración: 118 minutos

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