Donde están privatizados los medios de producción, la sociedad necesita más que nunca poseer un orden de funcionamiento. A su vez, dicho orden es sancionado por uno o más individuos con autoridad para ordenar. De manera que la concentración del poder en pocas manos, como síntoma de la privatización convertida en norma, hace a la política tarea de especialistas ubicados aparte y por arriba de la sociedad global”.
Es que el ciudadano muchas veces temeroso de conocer la realidad y actuar sobre ella, delega a los dirigentes la facultad de conocer la realidad y actuar sobre ella, menguando el protagonismo de las bases y esperando todo de los “profesionales” de la política.
El gran dilema es que los partidos políticos tradicionales han entrado en crisis por varias razones como por ejemplo el apoliticismo, la apatía y la indiferencia a las grandes ideologías que si en un tiempo fueron liminares en la vida de los pueblos hoy inmersos en una sociedad global nada significan. Y lamentablemente la masa que nunca es militante sólo reacciona cuando la ‘posibilidad inmediata de ganar la vida justifica la dinámica del batallar político’”.
Es por esa y otras causas convergentes que hoy en día las voluntades militantes sólo pueden agruparse en movimientos o convergencias, desplazando las estructuras partidarias las que son obsoletas para contener la participación de los ciudadanos.
Sobre este aspecto el pensador italiano Umberto Cerroni afirmaba que “Lo que hoy parece disminuir la influencia del partido respecto del ciudadano es la difusa sensación (no del todo equivocada) de que ser miembro del partido significa abandonar las propias capacidades y funciones sociales, insertarse en una jerarquía que ignora la escalas de méritos y valores reales, y tiende a fosilizarse en torno de méritos y valores ‘puramente políticos’ (de acción pura; lo que no existe) y que a largo plazo pueden resultar ilusorios. Tiene en definitiva, la sensación de no poder participar en la vida del partido si no es en las formas tradicionales que el mismo Estado representativo asigna al ciudadano. Si quiere participar orgánicamente, debe separarse de su rol social, y si no lo hace, no puede participar orgánicamente. En este rompimiento el afiliado reencuentra entonces, el rompimiento externo que combate y contra el cual, en general, hace la elección de su militancia política”.
Hoy y aquí se necesita la abolición del político como sujeto diferenciado de una profesión y volver al sentido humanizado de la política donde los funcionarios no usen su lugar como una aparcería partidaria y vuelvan al contacto con la gente para construir juntos el bienestar de todos.
Es que el ciudadano muchas veces temeroso de conocer la realidad y actuar sobre ella, delega a los dirigentes la facultad de conocer la realidad y actuar sobre ella, menguando el protagonismo de las bases y esperando todo de los “profesionales” de la política.
El gran dilema es que los partidos políticos tradicionales han entrado en crisis por varias razones como por ejemplo el apoliticismo, la apatía y la indiferencia a las grandes ideologías que si en un tiempo fueron liminares en la vida de los pueblos hoy inmersos en una sociedad global nada significan. Y lamentablemente la masa que nunca es militante sólo reacciona cuando la ‘posibilidad inmediata de ganar la vida justifica la dinámica del batallar político’”.
Es por esa y otras causas convergentes que hoy en día las voluntades militantes sólo pueden agruparse en movimientos o convergencias, desplazando las estructuras partidarias las que son obsoletas para contener la participación de los ciudadanos.
Sobre este aspecto el pensador italiano Umberto Cerroni afirmaba que “Lo que hoy parece disminuir la influencia del partido respecto del ciudadano es la difusa sensación (no del todo equivocada) de que ser miembro del partido significa abandonar las propias capacidades y funciones sociales, insertarse en una jerarquía que ignora la escalas de méritos y valores reales, y tiende a fosilizarse en torno de méritos y valores ‘puramente políticos’ (de acción pura; lo que no existe) y que a largo plazo pueden resultar ilusorios. Tiene en definitiva, la sensación de no poder participar en la vida del partido si no es en las formas tradicionales que el mismo Estado representativo asigna al ciudadano. Si quiere participar orgánicamente, debe separarse de su rol social, y si no lo hace, no puede participar orgánicamente. En este rompimiento el afiliado reencuentra entonces, el rompimiento externo que combate y contra el cual, en general, hace la elección de su militancia política”.
Hoy y aquí se necesita la abolición del político como sujeto diferenciado de una profesión y volver al sentido humanizado de la política donde los funcionarios no usen su lugar como una aparcería partidaria y vuelvan al contacto con la gente para construir juntos el bienestar de todos.