Epifanía mortuoria
Te veo salir de nuevo por la puerta del antiguo edificio donde alguna vez vivimos, vestida con un negro eterno de la cabeza a los pies. En tus ojos se adivina una profunda melancolía, aún no entiendo por qué.
Avanzas por las calles con la mirada perdida, tu semblante es triste y apesadumbrado. Antaño eras luz en la oscuridad, ahora estás a la espera de que tu vida se ilumine.
Llegas a la florería y compras un ramo de lirios blancos. En tus rostro se ve el dolor que dejan las noches en vela; el rastro de la lágrimas en la madrugada.
Caminas, sigues arrastrando los pies a pesar de no querer andar; a pesar de querer yacer por siempre en tu lecho. Una fuerza te impulsa, un compromiso te espera.
Abres una reja más grande que tú y entras a un jardín frío y silencioso. Tu paso aminora a medida que te acercas y las pocas lágrimas que te quedan empiezan a salir por tus hermosos ojos enrojecidos.
-¿Por qué lloras?
-Te fuiste sin decir adiós.
Y no logré entender lo que decías, hasta que vi mi nombre grabado en esa piedra.