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La primera Cruzada.

La Primera Cruzada no fue, en realidad, la primera cruzada. El papa Alejandro II ya había llamado a los reinos cristianos a la guerra santa anteriormente en un par de ocasiones, la primera durante la conquista normanda de Sicilia y la segunda para recuperar Barbastro a los moros durante la Reconquista.

De todo esto hacía una década cuando, en 1074, el papa Gregorio VII hizo un nuevo llamamiento a los milites Christi. El objetivo era otorgar ayuda al Imperio bizantino que perdía territorio y poder frente a los turcos selyúcidas. Un hecho curioso, teniendo en cuenta que el Imperio bizantino había roto relaciones con el papa de Roma dos décadas antes, desde el Cisma de Oriente, y ya no reconocía su autoridad.

Por supuesto, había un poderoso motivo para que el papa hiciese una llamada en su ayuda.

La ruta de los peregrinos

El imperio selyúcida parecía imparable a finales del siglo XI. Había terminado con el Califato abasí y ahora extendía sus territorios a costa de Bizancio. Los reinos cristianos estaban, sin embargo, a la suya, y no prestaban demasiada atención a lo que ocurría en Oriente.

Pero este suceso hizo que la Europa cristiana dejara por un momento de mirarse el ombligo y prestase un poco de atención a lo que ocurría en aquella parte del mundo por una sencilla razón: la ruta de peregrinaje hacia Jerusalén ya no discurría por territorio cristiano.

Así que, aunque aquella llamada de Gregorio VII había sido ampliamente ignorada, las preocupantes noticias de numerosos casos de abusos a peregrinos que comenzaban a llegar del este hicieron que, tras el discurso de Urbano II predicando la guerra santa en el concilio de Clermont, el clero y la nobleza respondiera con el grito de Deus vult!

La toma de Jerusalén

La nobleza feudal europea respondió en masa a la campaña y un ejército de entre treinta y treinta y cinco mil cruzados, incluyendo cinco mil caballeros, se puso en marcha a lo largo de diversas rutas hasta confluir en Constantinopla.

De ahí partió el ejército cruzado hacia Antioquía, ciudad que conquistaron tras un asedio de ocho meses, y después a Jerusalén. El avance no les resultó demasiado dificultoso, ya que los musulmanes les dejaban pasar libremente, deseosos de que vencieran a los turcos.

Una vez en Jerusalén comenzaron un asedio que se preveía largo, pero una ayuda inesperada llegó en forma de tropas genovesas, y la ciudad cayó en apenas un mes. La entrada de los cruzados en ella fue un baño de sangre, y pocos jerosolimitanos sobrevivieron:

la carnicería fue tan grande que nuestros hombres andaban con la sangre a la altura de sus tobillos.


La orden del Temple

Las conquistas conseguidas durante la Primera Cruzada dieron lugar a la fundación de diversos territorios latinos en la zona: los condados de Edesa y Trípoli, el principado de Antioquía y el Reino de Jerusalén, un reino cristiano con capital en la ciudad de Jerusalén y cuyo primer rey fue Godofredo de Bouillón.

El reinado de Godofredo fue corto, ya que murió al año siguiente, en 1100, y la corona de Jerusalén recayó sobre su hermano, Balduino I. Así que a él le tocó la dura tarea de organizar el reino, lo que requería una gran cantidad de recursos. Eso no le dejaba mucho margen para proteger las rutas de los peregrinos, que quedaron desprotegidos, a merced de salteadores de caminos y de los gobernantes locales.

Pero afortunadamente un grupo de cruzados se había quedado para ese menester. Nueve caballeros franceses, encabezados por Hugo de Payns, asumieron como propia la tarea de proteger a los peregrinos cristianos que viajaban a visitar los Santos Lugares. Solicitaron a Balduino un lugar donde descansar y mantener sus equipos, y éste les ofreció alojamiento en su propio palacio.

El fin de los templarios

Me vas a permitir dar un salto espaciotemporal, para pasar de la Jerusalén de principios del siglo XII a la Francia del principios del XIV.

El poder real en la Francia feudal era bastante limitado, básicamente dependía de cómo de fuerte fuera el rey respecto a los nobles, ya que el poder de facto estaba en manos de los señores feudales, y fuera de sus propias tierras el rey tenía poco poder.

Las deudas de Felipe IV

Y el poder era la obsesión de Felipe IV. Durante su reinado, en su afán de acumular poder respecto a los nobles y respecto a otras naciones, se fue quedando arruinado (de hecho el tema con Eduardo I le costó una cara guerra con Inglaterra, que no fue más larga gracias a que William Wallace y los escoceses también le estaban tocando las narices al Longshanks por el norte). Philippe le Bel, como era conocido en Francia, tenía deudas con los judíos y tenía deudas con los banqueros lombardos.

La solución de Felipe IV a esta “crisis de deuda”, como diríamos hoy día, fue impecable. Expulsó a los judíos de Francia y se quedó con sus posesiones y lo mismo hizo con los lombardos. Por otro lado devaluó la moneda (que en aquellos tiempos era tan simple como acuñarlas con una aleación más pobre en oro) y frió a impuestos a los comerciantes europeos de las ferias de Champagne (cargándose, por cierto, el incipiente mercado europeo de pagarés y letras de cambio).

Pero también tenía deudas, y no pequeñas, con la Orden del Temple, y esto ya no era tan sencillo de resolver, porque los templarios acumulaban un gran poder.

Los templarios, los primeros banqueros

El caso es que la orden, que tenía autonomía total y sólo dependía del papa, había crecido muy rápidamente desde que se fundó en Jerusalén. Entre los votos de sus miembros estaba el de pobreza, así que los caballeros que se unían a ella le donaban sus posesiones. Unos cincuenta años después de su fundación la orden ya se extendía por Francia, España, Reino Unido, Alemania y Portugal.

Los templarios además de proteger a los peregrinos, también protegían sus riquezas. El haber conseguido posesiones territoriales en tantos lugares de Europa y en Tierra Santa les permitió actuar como sucursales bancarias. Se podía entregar una cantidad de dinero a la orden en digamos, España, y recuperarla en Jerusalén, o a la inversa. Pagando la correspondiente comisión, claro está. Desarrollaron así el sistema de crédito documentario en el que hoy se basan documentos financieros como la letra de cambio o los cheques de viaje.

Pronto comenzaron a controlar los flujos de dinero entre Europa y Tierra Santa para las cruzadas (hacía falta mucho dinero para enviar ejércitos tan lejos, dinero que evidentemente no se podía llevar encima) y su poder se incrementó muchísimo.

Y claro, de ahí a empezar a conceder préstamos había un paso, que no tardó en darse. Además, gracias a una bula papal tenían permitida la libre circulación entre países y estaban exentos del pago de impuestos y diezmos.

Llegado este punto ya te puedes hacer una idea del poder de la Orden del Temple. Eran dueños de media Europa, reyes y nobles eran sus deudores, financiaban estados y guerras. Estaban a un paso de ser, literalmente, dueños de Europa. Ésa fue su perdición.

La caída de la orden

Como he dicho más arriba, los templarios dependían directamente del papa, que en la época que nos ocupa era Clemente V. Clemente V era básicamente un papa títere de Felipe IV, nombrado por él y que había trasladado la sede papal a su sombra, en Avignon.

Además, los templarios administraban el tesoro francés, y habían prestado grandes sumas de dinero a Felipe IV, así que pasó lo que tenía que pasar. Felipe IV “pidió” a Clemente V la supresión de la orden, y el papa emitió una orden de detención contra todos los caballeros templarios.

Y desde luego, para estar hablando del siglo XIV, esta orden se ejecutó de una forma impecable, simultáneamente en varios países y en absoluto secreto. El 13 de octubre de 1307 el Gran Maestre de la orden, Jacques de Molay, y su séquito fueron detenidos y todos los bienes de la orden quedaron confiscados.

Tras un juicio que se alargó siete años los templarios fueron acusados de varios crímenes, entre los que estaban la herejía, la adoración de ídolos (el Bafomet), la negación de Cristo, homosexualidad, simonía, etcétera.

Por supuesto, la gran mayoría de los caballeros de la orden confesaron. Si has visto reproducciones de los instrumentos de tortura de la Inquisición te puedes hacer una idea. En 1310 fueron quemados 54 de los caballeros, por no confesar o por retractarse de sus confesiones. Muchos otros murieron a causa de las torturas o en la cárcel. Muy pocos, si acaso alguno, consiguieron escapar con vida.

Por supuesto, Felipe IV no devolvió el dinero que debía a los templarios. ¡Eran unos herejes confesos! Los caballeros arrepentidos fueron condenados a cadena perpetua, pero a los cuatro máximos dirigentes se les reservó otro juicio más severo.

La muerte de Jacques de Molay

Jacques de Molay había admitido los cargos bajo tortura, pero después se retractó, así que su pena estaba clara: moriría en la hoguera.

El día 18 de marzo de 1314, Jacques de Molay, Gran Maestre de la Orden, Godofredo de Charney (maestre de la orden en Normandía), Godofredo de Goneville (maestre en Aquitania) y Hugo de Peraus (visitador en Francia) fueron quemados en la isla de los Judíos, un islote del Sena hoy anexado a la isla de la Citè.

Sobre el cadalso, con una entereza envidiable y en voz alta de forma que todos los asistentes pudieran oírle, el Gran Maestre proclamó:

Dios sabe quién se equivoca y ha pecado y la desgracia se abatirá pronto sobre aquellos que nos han condenado sin razón. Dios vengará nuestra muerte. Señor, sabed que, en verdad, todos aquellos que nos son contrarios, por nosotros van a sufrir.


reinta y tres días después de la ejecución de Jacques de Molay, durante la noche, moría el papa Clemente V a los 50 años de edad, en medio de una intensa diarrea debido a un cáncer de píloro.

Le dio tanto asco a sus asistentes que el cadáver permaneció toda la noche desnudo y, literalmente, bañado en su propia mierda. Después, durante el velatorio, una vela cayó sobre el catafalco originando un pequeño incendio que carbonizó la mitad del cadáver.

Felipe IV murió poco antes de que acabara el año, el día 29 de noviembre, víctima de un derrame cerebral durante una jornada de caza.

En 1314 Felipe IV estaba vivo y tenía siete hijos, tres de ellos varones y los tres casados con mujeres jóvenes. Tan sólo catorce años después la línea de los Capetos, dinastía a la que pertenecía, se había extinguido.
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