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Arbol de la Muerte Florida, Zócalo D.F. 2 Nov. 2010



Árbol de la Muerte Florida.


Saludos, amigos de Taringa!


He visto que existen ya varios post relacionados con la celebración de Día de Muertos que se celebra en México y otros países hermanos en América, por lo que pienso enfocar este post en los siguientes dos puntos: por un lado, agregar las fotografías que tomé de la Exposición “Arbol de la Muerte Florida”, que se instaló en la Plaza de la Constitución de la Cd. de México en el mes de noviembre del 2010, y por otro lado adicionar textos de escritores, antropólogos, poetas, viajeros, etc. relacionados con el concepto de la muerte para los mexicanos y las culturas prehispánicas.
Quiero hacer notar que los textos que incluyo los digitalicé de libros que poseo en la actualidad, ya que en su mayor parte no existen en versiones completas disponibles digitalmente (en el mejor de los casos). Incluyo la fotografía con todos los libros que utilicé para elaborar este post.




certificación.


México




Calaveras y “árbol de la muerte” formados con panes tradicionales. al fondo, la Catedral Metropolitana.

La calavera como motivo plástico, una fantasía popular que desde hace milenios se deleita en la representación de la muerte, como el Renacimiento y el barroco en la de angelillos y cupidos: esto fue una tremenda sorpresa y casi un trauma para los visitantes de la Exposición del Arte Mexicano en París. Se paraban ante la estatua de Coatlicue, diosa de la tierra y de la vida, que lleva la máscara de la muerte; contemplaban el cráneo de cristal de roca –uno de los minerales más duros-, tallado por un artista azteca, en innumerables horas de trabajo, con un asombroso dominio del oficio; miraban los grabados de los dibujantes populares, Manilla y Posada, que recurrían a esqueletos para comentar los sucesos sociales y políticos de su tiempo. Se enteraban de que en México hay padres que el 2 de noviembre regalan a sus niños calaveras de azúcar y chocolate en las cuales está escrito con letras de azúcar el nombre de la criatura, y que ésta se come encantada el dulce macabro, como si fuera la cosa más natural del mundo. Les fascinaba un arte popular que confecciona con materiales muy humildes, con tela, madera, barro y hasta con chicle, unos muñecos en forma de esqueletos, ataviados con abigarradas prendas, juguetes muy comunes y queridos por el pueblo…





Detalle de calavera de panes.



El desprecio a la muerte no está reñido con el culto que le profesamos. Ella está presente en nuestra fiestas, en nuestros juegos, en nuestros pensamientos. Morir y matar son ideas que pocas veces nos abandonan. La muerte nos seduce. La fascinación que ejerce sobre nosotros quizá brote de nuestro hermetismo y de la furia con que lo rompemos. La presión de nuestra vitalidad, constreñida a expresarse en formas que la traicionan, explica el carácter mortal, agresivo o suicida, de nuestras explosiones. Cuando estallamos, además, tocamos el punto más alto de la tensión, rozamos el vértice vibrante de la vida. Y allí, en la altura del frenesí, sentimos el vértigo: la muerte nos atrae.
Por otra parte, la muerte nos venga de la vida, la desnuda de todas sus vanidades y pretensiones y la convierte en lo que es: unos huesos mondos y una mueca espantable. En un mundo cerrado y sin salida, en donde todo es muerte, lo único valioso es la muerte. Pero afirmamos algo negativo. Calaveras de azúcar o de papel de China, esqueletos coloridos de fuegos artificiales, nuestras representaciones populares son siempre burla de la vida, afirmación de la nadería e insignificancia de la humana existencia. Adornamos nuestras casas con cráneos, comemos el día de los Difuntos panes que fingen huesos y nos divierten canciones y chascarrillos en los que ríe la muerte pelona, pero toda esa fanfarronada familiaridad no nos dispensa de la pregunta que todos nos hacemos: ¿qué es la muerte? No hemos inventado una nueva respuesta. Y cada vez que nos la preguntamos, nos encogemos de hombros: ¿qué me importa la muerte, si no me importa la vida?





Las tres etapas de la vida, basada en cerámica prehispánica totonaca.

Para los antiguos mexicanos la oposición entre muerte y vida no era tan absoluta como para nosotros. La vida se prolongaba en la muerte. Y a la inversa. La muerte no era el fin natural de la vida, sino fase de un ciclo infinito. Vida, muerte y resurrección eran estadios de un proceso cósmico, que se repetía insaciable. La vida no tenía función más alta que desembocar en la muerte, su contrario y complemento; y la muerte, a su vez, no era un fin en sí; el hombre alimentaba con su muerte la voracidad de la vida, siempre insatisfecha. El sacrificio poseía un doble objeto: por una parte, el hombre accedía al proceso creador (pagando a los dioses, simultáneamente, la deuda contraída por la especie); por la otra, alimentaba la vida cósmica y la social, que se nutría de la primera.





Ofrenda de la Guerra contra el narcotráfico.

También para el mexicano moderno la muerte carece de significación. Ha dejado de ser tránsito, acceso a otra vida más vida que la nuestra. Pero la intranscendencia de la muerte no nos lleva a eliminarla de nuestra vida diaria. Para el habitante de Nueva York, París o Londres, la muerte es la palabra que jamás se pronuncia porque quema los labios. El mexicano, en cambio, la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor más permanente. Cierto, en su actitud hay quizá tanto miedo como en la de los otros; mas al menos no se esconde ni la esconde; la contempla cara a cara con impaciencia, desdén o ironía: "si me han de matar mañana, que me maten de una vez".
La indiferencia del mexicano ante la muerte se nutre de su indiferencia ante la vida. El mexicano no solamente se postula la intranscendencia del morir, sino del vivir. Nuestras canciones, refranes, fiestas y reflexiones populares manifiestan de una manera inequívoca que la muerte no nos asusta porque "la vida nos ha curado de espantos". Morir es natural y hasta deseable; cuanto más pronto, mejor. Nuestra indiferencia ante la muerte es la otra cara de nuestra indiferencia ante la vida. Matamos porque la vida, la nuestra y la ajena, carece de valor. Y es natural que así ocurra: vida y muerte son inseparables y cada vez que la primera pierde significación, la segunda se vuelve intranscendente. La muerte mexicana es el espejo de la vida de los mexicanos. Ante ambas el mexicano se cierra, las ignora.





Figura de La Catrina.

II

Si en todas partes estás,
en el agua y en la tierra,
en el aire que me encierra
y en el incendio voraz;
y si a todas partes vas
conmigo en el pensamiento,
en el soplo de mi aliento
y en mi sangre confundida,
¿no serás, Muerte, en mi vida,
agua, fuego, polvo y viento?

(Xavier Villaurrutia, Décima muerte, frag. )



Arbol de la Muerte Florida. Representación dual de Mictlantecuhtli-Huitzilopochtli y días del calendario nahua.


El Tlalocan
A los que morían por rayo, ahogados, o por un tipo de enfermedad como leprosos, sarnosos, bubosos, gotosos e hidrópicos, les estaba deparado ir al Tlalocan, lugar de los tlaloques en donde jamás faltaban alimentos y frutos, además de ser un lugar de constante verano donde podían regocijarse y no pasar pena ninguna. (…)
Acompañantes del Sol
A los guerreros muertos en combate y a las mujeres muertas en el parto les estaba destinado ir a la casa del Sol, lo que [fray Bernardino de] Sahagún llamó “cielo”. (…)
Mictlan
Los que morían de enfermedad común iban al Mictlan, así fueran nobles o gente del pueblo. Allí recidían Mictlantecuhtli y Mictlancíhuatl, señores de los muertos (…)





Ofrenda de los héroes de la Independencia.

Cuando el mexicano mata —por vergüenza, placer o capricho— mata a una persona, a un semejante. Los criminales y estadistas modernos no matan: suprimen. Experimentan con seres que han perdido ya su calidad humana. En los campos de concentración primero se degrada al hombre; una vez convertido en objeto, se le extermina en masa. El criminal típico de la gran ciudad —más allá de los móviles concretos que lo impulsan— realiza en pequeña escala lo que el caudillo moderno hace en grande. También a su modo experimenta: envenena, disgrega cadáveres con ácidos, incinera despojos, convierte en objeto a su víctima. La antigua relación entre víctima y victimario, que es lo único que humaniza al crimen, lo único que lo hace imaginable, ha desaparecido. Como en las novelas de Sade, no hay ya sino verdugos y objetos, instrumentos de placer y destrucción. Y la existencia de la víctima hace más intolerable y total la infinita soledad del victimario. Para nosotros el crimen es todavía una relación —y en ese sentido posee el mismo significado liberador que la fiesta o la confesión. De ahí su dramatismo, su poesía y —¿por qué no decirlo?— su grandeza. Gracias al crimen, accedemos a una efímera transcendencia.





Ofrenda tradicional. Figura de árbol formada con semillas.

largas cintas de sorpresas
que en un constante perecer enérgico,
en un morir absorto,
arrasan sin cesar su bella fábrica
hasta que —hijo de su misma muerte,
gestado en la aridez de sus escombros—
siente que su fatiga se fatiga,
se erige a descansar de su descanso
y sueña que su sueño se repite,
irresponsable, eterno,
muerte sin fin de una obstinada muerte,
sueño de garza anochecido a plomo
que cambia sí de pie, mas no de sueño,
que cambia sí la imagen,
mas no la doncellez de su osadía
¡oh inteligencia, soledad en llamas!
que lo consume todo hasta el silencio,
sí, como una semilla enamorada
que pudiera soñarse germinando,
probar en el rencor de la molécula
el salto de las ramas que aprisiona
y el gusto de su fruta prohibida,
ay, sin hollar, semilla casta,
sus propios impasibles tegumentos.

(José Gorostiza, Muerte sin fin, frag. )



Ofrenda de Bolivia.

El día del llanto, es el día del entierro. Después del dolor de la separación, los mexicanos enraizados en su tradición expresan su amor, respeto y añoranza hacia sus seres queridos a través de monumentos y decoraciones sepulcrales.
Una vez al año los muertos se reúnen con sus familias y disfrutan de un colorido extraordinario. Miran con alegría la posibilidad de reunirse entre olores, luces, cantos, comida, en su anual regreso hacia su tierra natal.





Arreglo floral de acceso a la exposición.

Pero yo digo:
sólo por breve tiempo,
sólo como la flor de elote,
así hemos venido a abrirnos,
así hemos venido a conocernos
sobre la tierra.

Sólo nos venimos a marchitar,
¡oh amigos!
que ahora desaparezca el desamparo,
que salga la amargura,
que haya alegría…

En paz y placer pasemos la vida,
venid y gocemos.
¡Que no lo hagan los que viven airados,
La tierra es muy ancha…!
(Anónimo, Cantares Mexicanos fol. 13 v. y 26r. )



Ofrenda a los cómicos: Cantinflas, Tintán, Resortes y Capulina.




Cleto "el fufuy"sus ojitos cerró,
todo el equipo al morir entregó;
cayendo el muerto, soltando el llanto…
-¡voy! Ni que fuera para tanto-,
dijo a la viuda el doitor.

De un coraje se le enfrió, qué poco aguante;
lo sacaron con los tenis pa´ delante;
los ataques que Luchita, su mujer, había ensayado,
esa noche como actriz de gran cartel la consagraron.

Cuando vivía el infeliz, ¡ya que se muera!,
y hoy que ya está en el veliz, ¡qué bueno era!
Sin embargo se veló, y el rosario se rezó
y una voz en el silencio interrumpió:
-ya pasa la botella, no te quedes con ella.
Y la botella tuvo el final de Cleto:
murió…murió…murió.

Yo creo que adrede este Cleto se enfrió
pues lo que debe jamás lo pagó;
tipo malaje, no fue tan guaje:
con lo caro que está todo, regalado le salió.

El velorio fue un relajo, ¡pura vida!;
la peluca y el café fue con bebida;
y empezaron con los cuentos de color para ir pasando
y acabaron con que Cleto ya se andaba chamuscando.

Se pusieron a jugar a la baraja
y la viuda en un albur… ¡perdió la caja!;
y después, por reponer, hasta el muerto fue a perder
y el velorio se acabó, ¡hombre, no hay que ser!

Tengo en mi casa a Cleto
y ahora… ¿dónde lo meto?
Pero como ya dijo Luz, su señora:
-murió…murió…murió.

(Salvador “Chava” Flores, Cerró sus ojitos Cleto)



Ofrenda.

Por el nombre –Todos los santos- podría pensarse que se trata de una festividad lúgubre dedicada a recordar a los seres amados que han fallecido. Pero ni el indio ni el mestizo conocen la plena amargura del sentimiento; no temen a la muerte; abandonar la vida no es tan terrible para ellos; no se apasionan por los bienes terrenales que van a dejar en este y tampoco se preocupan por los parientes que les sobrevivirán, ya que éstos seguirán disfrutando de la fértil tierra y del suave cielo. ¿Es indiferencia o acaso una frivolidad lo que esta rica naturaleza tropical ofrece a sus hijos? […] el primer estallido de dolor es violento, muchas lágrimas se derraman, pero pronto se secan. Al igual que el musulmán, el mexicano dice: “Dios lo ha querido, todos debemos morir.”
En los poblados de los indios se sigue este procedimiento: por la tarde del último día de octubre, la casa se pone en el mejor orden, y al oscurecer se tiende sobre el piso de la vivienda una estera multicolor nueva. Toda la familia se reúne en la cocina en espera de que se prepare la comida que consiste en chocolate, champurrado de maíz, pollos cocidos y tortillas pequeñas. Se coloca una porción de cada cosa en nuevos cacharros que los miembros de la familia conducen a la casa donde se ha instalado la estera multicolor; a las porciones previamente servidas se añade una peculiar especie de pan de maíz, llamado “etotlascale” y “pan de muerto”, cierta clase de pan de trigo sin grasa, ni azúcar ni sal, y que es horneado exclusivamente para esta ocasión.
[…] Con la ofrenda de los adultos la gente se preocupa menos de adornar la casa con flores; pero en cambio se añaden objetos que pertenecieron a los difuntos: sus sandalias, sus sombreros de palma o las hachas pequeñas con que solían trabajar. La casa entera se llena con el humo del incienso colocado ante las imágenes de los santos patronos; imágenes que indudablemente fueron adoptadas hace tres siglos en sustitución de los ídolos.





Arbol de la Muerte Florida. Representación de Mictlantecuhtli, Señor de los muertos.

... más dicen que después de haber amortajado al difunto con los dichos aparejos de papeles y otras cosas, luego mataban al perro del difunto, y entrambos los llevaban a un lugar donde había de ser quemado con el perro conjuntamente. Y dos de los viejos tenían especial cuidado y cargo de quemar al difunto, y otros viejos cantaban; y estándose quemando los dichos dos viejos, con palos estaban alanceando al difunto; y después de haber quemado al difunto cogían la ceniza y carbón y huesos del difunto y tomaban agua diciendo: Lávese el difunto; y derramaban el agua encima del carbón y huesos del difunto, y hacían un hoyo redondo y lo enterraban; y esto hacían así en el enterramiento de los nobles como de la gente baja; y ponían los huesos dentro de un jarro u olla con una piedra verde que se llama chalchíhuitl, y lo enterraban en una cámara de su casa, y cada día daban y ponían ofrendas en el lugar donde estaban enterrados los huesos del difunto.





Arreglo floral de acceso a la exposición, durante el espectáculo nocturno.

V

No duermo para que al verte
Llegar lenta y apagada,
Para que al oír tu voz pausada
Tu voz que silencios vierte,
Para que al tocar la nada
Que envuelve tu cuerpo yerto,
Para que a tu olor desierto
Pueda, sin sombra de sueño,
Saber que de ti me adueño,
Sentir que muero despierto.

(Xavier Villaurrutia, Décima muerte, frag. )



Calavera en hoja suelta; dibujó José Guadalupe Posada.



Representación de la Muerte. Sala Teotihuacana. Museo Nacional de Antropología.

Paz


Nota informativa

"Todos Santos, Día de muertos", forma parte del libro El laberinto de la soledad (1950)
Temor a la muerte, angustia de vivir", forma parte del libro La calavera (1953)
Décima Muerte", forma parte del libro Nostalgia de la muerte (1953)
Muerte sin fin", forma parte del libro Muerte sin fin y otros poemas (1964)
Después de la muerte", forma parte del libro Muerte a filo de obsidiana (1974)
Memoria a través de la fotografía", forma parte de la revista Saber Ver # 74 (1998)
Cantar mexicano anónimo", forma parte del libro Los antiguos mexicanos… de Miguel León-Portilla (1961)
Tres fiestas… ", forma parte del libro México hacia 1850(1990)
De los que iban al infierno…", forma parte del libro Historia General de las cosas de la Nueva España(1565)

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