La semana pasada, una maestra de la universidad (que nos imparte una clase sobre Marx) nos preguntó sobre qué opinabamos acerca del capitalismo. Casi todos pusimos una mueca enfadada, pero ninguno se atrevió a comentar nada. La profesora nos invitó a hablar, pero como nadie se atrevía, nos pidió que escribieramos un cuento sobre cómo es que nosotros imaginamos un mundo en donde el capitalismo no sea la mierda voraz que es. A continuación se los dejo: Parece que estoy soñando. Me levanto de la cama y recuerdo un panorama gris, turbio, doloroso. Párpadeo rápidamente y al ver tanta luz, algo me duele. Me duele el recuerdo de lo que solía ser, pero me llena de esperanza lo que ahora es. Veo la luz: brillante, candorosa, esperanzadora. Veo a los niños correr por las calles, a las mujeres disfrutar de largas charlas, a los hombres sonriendo porque no hay que preocuparse por lo que mañana va a pasar. Algo me duele en la memoria: recuerdo que las máquinas gigantes devoraban el alma de las personas, recuerdo que la grasa escurría por sus manos mientras cargaban toneladas y toneladas sobre sus espaldas. Me duele porque esa realidad me quitó el sueño durante muchas noches, y ahora.... ahora esto. Ahora no veo en color gris, todo tiene colores, sabores, texturas. No tengo que preocuparme porque los cuerpos sean sometidos con políticas injustas, ahora me preocupo más por saber en dónde podré escuchar una historia interesante. Ya no siento dolor porque aquí no hay exiliados nucleares huyendo de la estela de muerte, siento dolor porque hoy no pude enseñarle a otro todo lo que he aprendido. Hoy recordé todo lo que falta por hacer: soñar, reír, compartir, disfrutar, sufrir, llorar, correr, abrazar, debatir, ayudar. También recordé por qué lo hago: porque confío en la comunidad, porque los amo y estoy seguro que ellos me aman por igual, estoy confiado en que el lazo que nos une está por encima de cualquier traición, de cualquier recuerdo de esa vida que una vez me obligaron a vivir. Me echo a andar y los veo disfrutarse. Los veo compartiendo y recoerdando que son ellos lo que verdaderamente importa, no el dinero, no la máquina, no la traición, no la mentira. Los veo y me enorgullece recordar que era necesario ser de esta forma porque si no hubieramos pasado este dolor, jamás nos hubieramos estrechado las manos para decir: Hola, ¿cómo te llamas? Me detengo a mirar el cementerio de nuestras falsas esperanzas y no puedo eivtar soltar una lágrima... sí, lloro porque recuerdo que eramos ingenuos, eramos pequeños creyendo ser dioses. Suelto otra lágrima porque ahora somos grandes, grandes que se saben pequeños pero que juntos son capaces de descubrir toda la grandeza que existe.
Cuento sobre un mundo sin capitalismo
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