Podríamos definir la empatía como la capacidad de ponerse en el lugar del otro, de comprender su visión de la realidad, su postura y sus opiniones libre de prejuicios.
La empatía no sólo puede ayudar a los demás sino a nosotros mismos.
“La capacidad de colocarse en el lugar del otro es una de las funciones más importantes de la inteligencia. Demuestra el grado de madurez del ser humano.”
La empatía es la capacidad de ponerse en el lugar del otro, de entenderlo, de tratar de comprender qué pasa por su mente, cómo y por qué se siente así, pero no desde nuestra perspectiva sino intentando pensar como piensa él, con sus creencias, sus valores.
Podemos afirmar que la delincuencia es una enfermedad social crónica imposible de erradicar completamente. Tenemos que acostumbrarnos a vivir con ella y tratar de disminuirla. La mejor manera de hacerlo es usar el mismo procedimiento que se hace con todas las dolencias: previniendo y curando. Esto tiene costos menores y produce efectos duraderos y de largo plazo.
La mayoría de los habitantes de nuestro país, de todos los niveles sociales, tiene arraigada la concepción de que apoderarse de algo ajeno es signo de viveza y lo celebra sin pudor y con orgullo, como una hazaña. Esa actitud la palpamos a diario en todo nivel.
Cuando desde muy joven se entiende que robar es apoderarse de un bien que a uno no le pertenece y que hará sufrir a quien se lo arrebate, un ser humano igual a la propia madre o al hijo, existe la posibilidad de cambiar las costumbres y finalmente la mentalidad.
Destinar recursos a enseñar a amar y respetar al prójimo es mucho mejor y más económico que seguir gastando enormes cantidades de dinero en cárceles, juzgados y en un Poder Judicial que crece desproporcionadamente y se hace cada día más exorbitante.
Empatía es la consigna contra la delincuencia.
Esto significa que el hecho de enseñarles a los chicos a trabajar cooperativamente, a mostrar empatía con sus pares, a reflexionar sobre las consecuencias de sus decisiones y a tener autocontrol de sus emociones, fueron determinantes en la vida de los niños como personas de bien.
La lucha contra la criminalidad, entonces, tiene que empezar a edad temprana, cuando tenemos la oportunidad de afectar positivamente la vida de los más jóvenes, invirtiendo en programas que promuevan esas habilidades sociales que hacen falta para que más tarde sean capaces de apreciar la vida de los demás porque forman parte de su propia comunidad.
La empatía no sólo puede ayudar a los demás sino a nosotros mismos.
“La capacidad de colocarse en el lugar del otro es una de las funciones más importantes de la inteligencia. Demuestra el grado de madurez del ser humano.”
La empatía es la capacidad de ponerse en el lugar del otro, de entenderlo, de tratar de comprender qué pasa por su mente, cómo y por qué se siente así, pero no desde nuestra perspectiva sino intentando pensar como piensa él, con sus creencias, sus valores.
Podemos afirmar que la delincuencia es una enfermedad social crónica imposible de erradicar completamente. Tenemos que acostumbrarnos a vivir con ella y tratar de disminuirla. La mejor manera de hacerlo es usar el mismo procedimiento que se hace con todas las dolencias: previniendo y curando. Esto tiene costos menores y produce efectos duraderos y de largo plazo.
La mayoría de los habitantes de nuestro país, de todos los niveles sociales, tiene arraigada la concepción de que apoderarse de algo ajeno es signo de viveza y lo celebra sin pudor y con orgullo, como una hazaña. Esa actitud la palpamos a diario en todo nivel.
Cuando desde muy joven se entiende que robar es apoderarse de un bien que a uno no le pertenece y que hará sufrir a quien se lo arrebate, un ser humano igual a la propia madre o al hijo, existe la posibilidad de cambiar las costumbres y finalmente la mentalidad.
Destinar recursos a enseñar a amar y respetar al prójimo es mucho mejor y más económico que seguir gastando enormes cantidades de dinero en cárceles, juzgados y en un Poder Judicial que crece desproporcionadamente y se hace cada día más exorbitante.
Empatía es la consigna contra la delincuencia.
Esto significa que el hecho de enseñarles a los chicos a trabajar cooperativamente, a mostrar empatía con sus pares, a reflexionar sobre las consecuencias de sus decisiones y a tener autocontrol de sus emociones, fueron determinantes en la vida de los niños como personas de bien.
La lucha contra la criminalidad, entonces, tiene que empezar a edad temprana, cuando tenemos la oportunidad de afectar positivamente la vida de los más jóvenes, invirtiendo en programas que promuevan esas habilidades sociales que hacen falta para que más tarde sean capaces de apreciar la vida de los demás porque forman parte de su propia comunidad.