EL Arca de la Alianza está oculta a un kilómetro del actual templo de Jerusalén. Eso, al menos, declaró recientemente el rabino Chaim Richman al periodista Jake Wallis Simons, del diario británico The Telegraph.
En la entrevista, agregó que la reliquia está “oculta en cámaras subterráneas, cavadas en los días de Salomón ”. No es una teoría. Según el director internacional del Instituto del Templo, “los judíos tienen una cadena ininterrumpida de información grabada y transmitida de generación en generación, lo que indica su posición exacta. Sabemos dónde ha estado el Arca durante miles de años. Podríamos cavar para sacarla, pero esta zona está controlada por los musulmanes”. Richman lleva años tratando de recuperarla.
La institución que dirige fue fundada en 1987 por el rabino Yisrael Ariel, un antiguo paracaidista del ejército israelí durante la Guerra de los Seis días que capitaneó las iniciativas para erigir el Tercer Templo de los judíos y hacer cumplir las profecías… con el aparente consentimiento del gobierno de Israel .
A día de hoy, el Instituto del Templo ha reproducido la mayoría de los objetos sagrados que figuraban en el templo de los judíos: el arpa, la Menorah o candelabro de siete brazos, la mesa de los panes, las trompetas de plata y ha confeccionado los hábitos de medio centenar de voluntarios que confían en convertirse en sacerdotes del Tercer Templo de Jerusalén. Pero, por mucho que esta organización haya avanzado tanto en la confección de ropajes e instrumentos de culto, les hace falta un elemento capital: el Arca de la Alianza. Los judíos asumen que este objeto sagrado está dotado de “toque divino” que, por tanto, es irreproducible.
Tres meses después de que los judíos salieran de Egipto liberados por Moisés, un artesano llamado Besalel ben Uri, perteneciente a la tribu de Judá, recibió un peculiar encargo. Moisés quería un arca que siguiera las indicaciones del mismísimo Yahvé. Debía ser de madera de acacia, de 2,25 codos de largo por 1,50 de ancho y alto –1,25 m por 75 cm de alto y ancho, es decir, una relación de cinco a tres, cuya resultante es el número de oro–. La caja debía recubrirse también de oro tanto por dentro como por fuera y sería cubierta por una tapa –denominada propiciatorio– rematada por dos querubines del mismo metal precioso.
Estarían colocados uno hacia el otro, con las cabezas inclinadas y las alas extendidas hacia arriba formando un triángulo: “Allí –le dijo Yahvé– me revelaré a ti, y desde lo alto del propiciatorio, del espacio comprendido entre los dos querubines, te comunicaré yo todo cuanto para los hijos de
Israel
te mandare”. Éste es el origen del triángulo con el ojo de Dios. Resulta difícil reprimir la imaginación y adivinar en estas frases un sistema de comunicación tecnológica con la divinidad. ¿Para qué, sino, habría de dar Yahvé instrucciones tan precisas? Pero el Arca tenía también otros cometidos para el pueblo hebreo. Aparte de ser el receptáculo de las Tablas de la Ley y de la vara de Aarón, el Arca proporcionó alimento a las tribus de
Israel
durante su éxodo por el desierto mediante el denominado maná. Y les dio también protección.
La Biblia no escatima en referencias a su poder destructor. Los hijos del sumo sacerdote Aarón, Nabab y Abiú, entraron en el Sancta Sanctorum portando incensarios de metal, algo que estaba expresamente prohibido, y una llama procedente del Arca “los devoró dejándolos muertos”. En Samuel II, capítulo 6, leemos: “Cuando llegaron a la era de Nacón, los bueyes tropezaron y Uza alargó la mano al Arca de Dios para sujetarla. El Señor se encolerizó contra Uza por su atrevimiento, lo hirió y murió allí mismo junto al Arca”. Y también los filisteos que mataron a los custodios del Arca y se la llevaron sin precaución alguna, murieron en extrañas circunstancias. Parece claro que el Arca es, pues, Dios hecho máquina.
UN TEMPLO PARA EL ARCA
Durante el éxodo de los judíos, el Arca era guardada en una tienda de campaña que recibía el nombre de Tabernáculo. Su diseño no es cuestión baladí pues, posteriormente, sería aplicado a la planta del Templo de los judíos. Y es que cuando el pueblo de Israel llegó a la Tierra Prometida, el rey David le prometió a su dios levantar un templo donde adorarlo.
El rey lo tenía todo: el plano, el dinero, los técnicos, los elementos para la edificación… Sólo le faltaba el permiso de Yahvé, una autorización que nunca obtuvo por tener las “manos manchadas de sangre”. Y, por esa razón, le correspondió a su hijo Salomón , que gobernó Judá e Israel unos mil años antes de Cristo, erigir el Templo que albergara el Arca.
En realidad, lo que vemos es uno de los cuatro muros de contención alrededor del Monte Moriá, erigidos para ampliar la explanada sobre la cual fueron edificados el Primer y el Segundo Templo de Jerusalén, y el occidental que es el más sagrado para los judíos se extiende bajo tierra unos centenares de metros. “El Templo es un marco de identidad”, me confiesa Adolfo
Roitman, director y conservador del Santuario del Libro una tienda de campaña que recibía el nombre de Tabernáculo.
El pueblo de Israel a lo largo de su historia, ha definido su propia identidad siempre en referencia con el Templo de Jerusalén”, añade. A pesar de todo, me confiesa que no disponen de ningún dato concreto histórico ni arqueológico de la existencia del templo de Salomón . “Pero cuando analizamos en detalle la información literaria –prosigue– podemos decir que detrás de la tradición bíblica se esconde, probablemente, un verdadero templo.
No tengo ninguna duda de que lo hubo”.
Y es que en el año 586 a.C. los babilonios comandados por el rey Nabucodonosor II conquistaron Jerusalén y destruyeron el primer templo. Entre los años 404 y 385 a.C. la mayor parte de la colonia judía que estaba cautiva en Babilonia regresó a la Ciudad Santa y Zorobabel, gobernador de Judá y descendiente del linaje de David, inició la reconstrucción del templo en tiempos de Herodes el Grande. Una maqueta de este segundo templo, contemporáneo a Jesús, se exhibe en la actualidad en el Museo de Israel .
Maqueta que reproduce el Segundo Templo y que se exhibe actualmente en el Museo de Israel . Debajo, interior de la Puerta Doble de Jerusalén, conocida como Puertas de Hulda.
Sin ser tan ostentoso como el primero, contenía suficiente oro como para despertar la codicia de los romanos, quienes lo destruyeron en el año 70 de nuestra era. Según la tradición, el primer edificio era un auténtico tratado de geometría que reproducía en sus estructuras simbólicas los diferentes planos o niveles del cosmos. La entrada principal o Ulam era el lugar de tránsito. Estaba orientado al este; así los sacerdotes, como los demás judíos, podían orar con los rostros a oriente. El pórtico de entrada estaba flanqueado por dos columnas conocidas con los nombres de Jachin y Boaz que después heredaría la francmasonería por su importancia simbólica primordial. El interior albergaba otros dos recintos concéntricos. El Hekal o “Santo”, cuya forma era enteramente rectangular y que simbolizaba el conjunto del mundo terrestre, y en el centro se hallaba el Debir o Sancta Sanctorum, donde se guardaría al Arca de la Alianza.
Como no podía ser de otro modo, el templo de Salomón se erigió en un lugar simbólico: el monte Moriá, tierra sagrada para tres religiones: la judía, la musulmana y la cristiana. Ocupaba una posición central con respecto a las colinas que lo circundan, el monte de los Olivos, Bezetha, Gareb y Sión. Esta posición central del Moriá se corresponde perfectamente con el simbolismo del “Centro Supremo” o Axis Mundi. Hubo un tiempo en el que se lo conoció con el nombre de Salem –que significa “Paz”–, de donde deriva precisamente la palabra Jerusalén, la “ciudad de la Paz”, y también el de Salomón , que significa “el Pacífico”.
Es un lugar sagrado para los judíos porque, según la tradición, allí está la piedra donde tuvo lugar el sacrificio no consumado de Isaac por parte de Abraham. Lo curioso es que esa misma roca, denominada de la Setiyyah o Piedra de la Fundación –porque se cree que de aquí Dios hizo el mundo– es sagrada también para los musulmanes por ser el lugar donde el profeta Mahoma inició el mijray –el viaje nocturno–, y para la tradición judeo cristiana, porque es aquí donde según ésta Jacob soñó con una escalinata, cuyo extremo superior llegaba hasta el cielo, por la que subían y bajaban los ángeles que le revelaron la genealogía del Mesías hasta los padres de Jesús.
Esta circunstancia impide poder llevar a cabo excavaciones arqueológicas y, en consecuencia –declara Roitman–: “Nadie espera poder encontrar ningún testimonio arqueológico, ni del Primer templo, ni de lo que fue alguna vez el Segundo templo”. Pero esa es una verdad a medias, porque en febrero de 2008, las autoridades israelíes iniciaron la construcción de un puente de acceso a la Explanada de las Mezquitas que, según los palestinos, ponía en peligro pequeños restos del periodo omeya e islámico. Debajo de esta estructura, se hallan las cuadrículas donde los arqueólogos israelíes encontraron evidencias del Primer Templo.
Las autoridades palestinas pusieron el grito en el cielo. Se trataba, en realidad, de no ceder un centímetro del terreno más disputado del planeta. ¿Por qué? Pues porque la destrucción del domo de la roca es la señal que marca la llegada del Mesías de los judíos y la construcción del Tercer templo. Y es que, en la actualidad, la Setiyyah o Piedra de la Fundación, se esconde bajo el santuario más visible de Jerusalén: la Cúpula de la Roca. Esta suntuosa mezquita fue erigida, entre los años 687 y 691, por el califa Abd al-Malik, en los terrenos del antiguo templo de los judíos.
Es procedente preguntarse entonces:
¿Sigue el Arca de la Alianza en algún lugar del monte Moriá o se la llevó a Roma el emperador Tito con el resto del botín?
En la crónica de la conquista, el historiador Flavio Josefo da respuesta a la segunda cuestión: “entre la gran cantidad de despojos, los más notables eran los que habían sido hallados en el Templo de Jerusalén, la Mesa de oro que pesaba varios talentos y el Candelabro de Oro”. Nada dice del Arca de la Alianza. ¿Siguió allí? Nadie lo sabe a ciencia cierta.
Hay quienes creen que los babilonios se apoderaron de la misma durante la destrucción del Primer Templo y le habrían fundido su oro. Otros sostienen que, durante esta invasión, fue oculta por sacerdotes del edificio sacro.
De hecho, hay una corriente que piensa que los templarios la buscaron con ahínco durante sus nueve años de estancia en las caballerizas del templo. Entre los que así lo piensan se encuentra el rabino Ariel Don, quien nos aclara que la tradición registra que el rey Salomón sabía por inspiración divina que finalmente el Templo sería destruido. Por lo que “el Rey Salomón , el más sabio de todos los hombres, supervisó la construcción de un vasto sistema de laberintos, cámaras y pasillos debajo del territorio del Monte del Templo”.
En la misma línea se pronuncia el Instituto del Templo que, en su web, asegura que “la tradición midrashica enseña que el rey Josiah de Israel , que vivió aproximadamente cuarenta años antes de la destrucción del Primer Templo, ordenó a los levitas ocultar el Arca, junto con laMenorah original y varios otros objetos sagrados, en este escondite secreto que el rey Salomón había preparado”.
¿Existe, entonces, esa red de túneles bajo la Cúpula de la Roca? Sí, desde luego. Al menos eso sostiene HarryH. Moskoff, productor de cine de origen canadiense que ha trabajado como consultor jurídico desde que semudó con su familia a Israel en 2005. Su interés por la arqueología bíblica y la política ha hecho de él un prolífico colaborador de varias publicaciones israelíes y un experto reconocido internacionalmente en el Arca de la Alianza. Fue su trabajo The A.R.K report el que me puso en la pista de ciertos túneles que afloraron antes de la proclamación del Estado de Israel en 1948.
La Mezquita de Al-Aqsa –conocida como cúpula negra– que es donde los templarios habitaron durante nueve años antes de recibir la regla de la orden, sufrió un gran colapso durante un terremoto en 1927. Su restauración llevó varios años, y durante ese periodo, al menos dos fotógrafos cristianos, incluyendo el arqueólogo británico Robert Hamilton, se aventuraron debajo de la mezquita. Las fotografías que ofrecemos en rigurosa exclusiva muestran el acceso a Al-Aqsa tras el colapso de su techo. Sólo las vigas resistieron.
Los análisis a las vigas mostraron que eran de madera de cedro y ciprés. Su datación por radiocarbono mostró que algunas tenían más de 2.000 años, lo que sugiere que habían sido utilizadas en estructuras más antiguas. Y es que cabe recordar que el Segundo Templo, construido por los repatriados de Babilonia, fue ampliado de forma masiva por el rey Herodes para dar cabida a las oficinas administrativas.
El monte Moriá se convirtió entonces en una plataforma colosal con enormes muros de¡ contención, del que vemos el Muro de las Lamentaciones. No queda ahí la cosa. Los dos fotógrafos documentaron bajo las ruinas de Al-Aqsa, al otro lado de las llamadas Puertas Dobles o Sha’arei Chulda –tapiadas en la actualidad– un pasaje subterráneo con una puerta doble que conducía al norte, al centro del monte Moriá, con una inscripción que rezaba “la zona de Templo”. Dice Moskoff que muchas de estas estructuras pudieron haber sido destruidas en los últimos años por las excavadoras del Waqf –Consejo Musulmán– durante su construcción de mezquitas subterráneas bajo el Monte del Templo. Afortunadamente, las fotografías todavía existen y se digitalizaron por parte de la Biblioteca del Congreso y la Autoridad Arqueológica de Israel para poder documentar lo que, en realidad, eran partes del complejo templo judío por mucho que las autoridades palestinas lo nieguen.
También en 2003 se empezaron prospecciones arqueológicas alrededor del muro occidental. Pude verlas yo mismo acompañado de mi guía en Israel , Arie Belinko. Me condujo hasta el arco Wilson, donde se encuentra el arco originario de la época de Herodes, base del puente que, durante el Segundo Templo, unía la parte alta de la ciudad con la Haram esh-Sharif o Explanada de las Mezquitas. Allí radica la sinagoga del Movimiento Chabad, cuyos miembros llaman abiertamente tanto a la expulsión o exterminio de los palestinos como a la destrucción de los santos lugares islámicos y cristianos en Palestina.
Desde unos gruesos cristales pude observar, 18metros más abajo, el pavimento de la Jerusalén del siglo I. Al fondo, una pequeña puerta daba acceso a las excavaciones. Cuando me disponía a fotografiarla Arieme invitó a entrar a los túneles…pero por la puerta principal. En la primera galería, denominada pasaje secreto, pude advertir signos de una gran actividad arqueológica. Tras los carteles de Prohibido el Paso, varios obreros extraían sedimentos a más de 15 metros de profundidad. “Cada caja es etiquetada con la procedencia de la tierra y después examinada en busca de objetos para saber de dónde fueron extraídos”, me explicaron.
Templo de Salomón
El militar británico CharlesWarren inició en los años sesenta las primeras excavaciones alrededor del monte Moriá. Tuvo que atravesar 14 capas de roca para llegar al lecho, situado 18 metros más abajo, y concluyó que gran parte de los cimientos del templo de Herodes seguían en pie bajo tierra. Allí es donde el geólogo Gabriel Barkai realizó en diciembre de 2008 un descubrimiento sensacional: la primera evidencia física de la existencia del Templo de Salomón . Se trata de una tablilla con una inscripción en la que se detallan los planes para efectuar arreglos en el Templo. Ya ha sido autentificada. Pertenece al periodo del rey Joas, que gobernó en la región hace 2.800 años. Más adelante, superando la sinagoga del arco Wilson y recorriendo los llamados túneles asmoneos, pude comprobar cómo los judíos han habilitado un lugar para la oración, cerca de la puerta que utilizaba el Sumo Sacerdote para acceder al Sancta Sanctorum del Arca. Aunque en ese punto no pude constatar ninguna actividad de tipo arqueológico, el Instituto del Templo de Chaim Richman ha difundido a través de su página en Internet que el difunto rabino Meir Yehuda Getz zt’l, junto a un grupo de arqueólogos, excavaron en el muro occidental no en la parte visible, por supuesto y encontraron un cuarto que se hallaría frente al Kodesh Kodashim, el lugar más sagrado del Templo.
Su sorpresa aumentó al constatar que de allí partía un túnel enorme… que se dirigía a las entrañas del Monte Moriá.
Éste es según Richman el lugar que Salomón ordenó que se construyera para albergar el Arca de la Alianza y las vasijas sagradas del Templo: “Sabemos que el arca todavía está allí, tranquila, esperando al día en que será revelada”, aseguró
En la entrevista, agregó que la reliquia está “oculta en cámaras subterráneas, cavadas en los días de Salomón ”. No es una teoría. Según el director internacional del Instituto del Templo, “los judíos tienen una cadena ininterrumpida de información grabada y transmitida de generación en generación, lo que indica su posición exacta. Sabemos dónde ha estado el Arca durante miles de años. Podríamos cavar para sacarla, pero esta zona está controlada por los musulmanes”. Richman lleva años tratando de recuperarla.
La institución que dirige fue fundada en 1987 por el rabino Yisrael Ariel, un antiguo paracaidista del ejército israelí durante la Guerra de los Seis días que capitaneó las iniciativas para erigir el Tercer Templo de los judíos y hacer cumplir las profecías… con el aparente consentimiento del gobierno de Israel .
A día de hoy, el Instituto del Templo ha reproducido la mayoría de los objetos sagrados que figuraban en el templo de los judíos: el arpa, la Menorah o candelabro de siete brazos, la mesa de los panes, las trompetas de plata y ha confeccionado los hábitos de medio centenar de voluntarios que confían en convertirse en sacerdotes del Tercer Templo de Jerusalén. Pero, por mucho que esta organización haya avanzado tanto en la confección de ropajes e instrumentos de culto, les hace falta un elemento capital: el Arca de la Alianza. Los judíos asumen que este objeto sagrado está dotado de “toque divino” que, por tanto, es irreproducible.
Pero, ¿por qué es tan importante el Arca para los judíos? ¿Qué relación guarda con el Templo y para qué quieren volver a construirlo? Para comprenderlo, necesitamos retroceder en el tiempo.
DEUX EX MACHINA
Tres meses después de que los judíos salieran de Egipto liberados por Moisés, un artesano llamado Besalel ben Uri, perteneciente a la tribu de Judá, recibió un peculiar encargo. Moisés quería un arca que siguiera las indicaciones del mismísimo Yahvé. Debía ser de madera de acacia, de 2,25 codos de largo por 1,50 de ancho y alto –1,25 m por 75 cm de alto y ancho, es decir, una relación de cinco a tres, cuya resultante es el número de oro–. La caja debía recubrirse también de oro tanto por dentro como por fuera y sería cubierta por una tapa –denominada propiciatorio– rematada por dos querubines del mismo metal precioso.

La Biblia no escatima en referencias a su poder destructor. Los hijos del sumo sacerdote Aarón, Nabab y Abiú, entraron en el Sancta Sanctorum portando incensarios de metal, algo que estaba expresamente prohibido, y una llama procedente del Arca “los devoró dejándolos muertos”. En Samuel II, capítulo 6, leemos: “Cuando llegaron a la era de Nacón, los bueyes tropezaron y Uza alargó la mano al Arca de Dios para sujetarla. El Señor se encolerizó contra Uza por su atrevimiento, lo hirió y murió allí mismo junto al Arca”. Y también los filisteos que mataron a los custodios del Arca y se la llevaron sin precaución alguna, murieron en extrañas circunstancias. Parece claro que el Arca es, pues, Dios hecho máquina.
UN TEMPLO PARA EL ARCA
Durante el éxodo de los judíos, el Arca era guardada en una tienda de campaña que recibía el nombre de Tabernáculo. Su diseño no es cuestión baladí pues, posteriormente, sería aplicado a la planta del Templo de los judíos. Y es que cuando el pueblo de Israel llegó a la Tierra Prometida, el rey David le prometió a su dios levantar un templo donde adorarlo.
El rey lo tenía todo: el plano, el dinero, los técnicos, los elementos para la edificación… Sólo le faltaba el permiso de Yahvé, una autorización que nunca obtuvo por tener las “manos manchadas de sangre”. Y, por esa razón, le correspondió a su hijo Salomón , que gobernó Judá e Israel unos mil años antes de Cristo, erigir el Templo que albergara el Arca.
Fascinado por esa peligrosa mezcla de política, religión, leyenda e historia, regresé hace unos meses a Jerusalén con Lorenzo Fernández Bueno. Constatamos cómo, de lo que otrora fue el Segundo Templo construido por Herodes el Grande en el 19 a.C., sólo queda en pie el llamado Muro de las Lamentaciones.
En realidad, lo que vemos es uno de los cuatro muros de contención alrededor del Monte Moriá, erigidos para ampliar la explanada sobre la cual fueron edificados el Primer y el Segundo Templo de Jerusalén, y el occidental que es el más sagrado para los judíos se extiende bajo tierra unos centenares de metros. “El Templo es un marco de identidad”, me confiesa Adolfo
Roitman, director y conservador del Santuario del Libro una tienda de campaña que recibía el nombre de Tabernáculo.
El pueblo de Israel a lo largo de su historia, ha definido su propia identidad siempre en referencia con el Templo de Jerusalén”, añade. A pesar de todo, me confiesa que no disponen de ningún dato concreto histórico ni arqueológico de la existencia del templo de Salomón . “Pero cuando analizamos en detalle la información literaria –prosigue– podemos decir que detrás de la tradición bíblica se esconde, probablemente, un verdadero templo.
No tengo ninguna duda de que lo hubo”.
Y es que en el año 586 a.C. los babilonios comandados por el rey Nabucodonosor II conquistaron Jerusalén y destruyeron el primer templo. Entre los años 404 y 385 a.C. la mayor parte de la colonia judía que estaba cautiva en Babilonia regresó a la Ciudad Santa y Zorobabel, gobernador de Judá y descendiente del linaje de David, inició la reconstrucción del templo en tiempos de Herodes el Grande. Una maqueta de este segundo templo, contemporáneo a Jesús, se exhibe en la actualidad en el Museo de Israel .
Maqueta que reproduce el Segundo Templo y que se exhibe actualmente en el Museo de Israel . Debajo, interior de la Puerta Doble de Jerusalén, conocida como Puertas de Hulda.
Sin ser tan ostentoso como el primero, contenía suficiente oro como para despertar la codicia de los romanos, quienes lo destruyeron en el año 70 de nuestra era. Según la tradición, el primer edificio era un auténtico tratado de geometría que reproducía en sus estructuras simbólicas los diferentes planos o niveles del cosmos. La entrada principal o Ulam era el lugar de tránsito. Estaba orientado al este; así los sacerdotes, como los demás judíos, podían orar con los rostros a oriente. El pórtico de entrada estaba flanqueado por dos columnas conocidas con los nombres de Jachin y Boaz que después heredaría la francmasonería por su importancia simbólica primordial. El interior albergaba otros dos recintos concéntricos. El Hekal o “Santo”, cuya forma era enteramente rectangular y que simbolizaba el conjunto del mundo terrestre, y en el centro se hallaba el Debir o Sancta Sanctorum, donde se guardaría al Arca de la Alianza.
EL AXIS MUNDI
Como no podía ser de otro modo, el templo de Salomón se erigió en un lugar simbólico: el monte Moriá, tierra sagrada para tres religiones: la judía, la musulmana y la cristiana. Ocupaba una posición central con respecto a las colinas que lo circundan, el monte de los Olivos, Bezetha, Gareb y Sión. Esta posición central del Moriá se corresponde perfectamente con el simbolismo del “Centro Supremo” o Axis Mundi. Hubo un tiempo en el que se lo conoció con el nombre de Salem –que significa “Paz”–, de donde deriva precisamente la palabra Jerusalén, la “ciudad de la Paz”, y también el de Salomón , que significa “el Pacífico”.
Es un lugar sagrado para los judíos porque, según la tradición, allí está la piedra donde tuvo lugar el sacrificio no consumado de Isaac por parte de Abraham. Lo curioso es que esa misma roca, denominada de la Setiyyah o Piedra de la Fundación –porque se cree que de aquí Dios hizo el mundo– es sagrada también para los musulmanes por ser el lugar donde el profeta Mahoma inició el mijray –el viaje nocturno–, y para la tradición judeo cristiana, porque es aquí donde según ésta Jacob soñó con una escalinata, cuyo extremo superior llegaba hasta el cielo, por la que subían y bajaban los ángeles que le revelaron la genealogía del Mesías hasta los padres de Jesús.
Esta circunstancia impide poder llevar a cabo excavaciones arqueológicas y, en consecuencia –declara Roitman–: “Nadie espera poder encontrar ningún testimonio arqueológico, ni del Primer templo, ni de lo que fue alguna vez el Segundo templo”. Pero esa es una verdad a medias, porque en febrero de 2008, las autoridades israelíes iniciaron la construcción de un puente de acceso a la Explanada de las Mezquitas que, según los palestinos, ponía en peligro pequeños restos del periodo omeya e islámico. Debajo de esta estructura, se hallan las cuadrículas donde los arqueólogos israelíes encontraron evidencias del Primer Templo.
DE LA LEYENDA A LA HISTORIA
Las autoridades palestinas pusieron el grito en el cielo. Se trataba, en realidad, de no ceder un centímetro del terreno más disputado del planeta. ¿Por qué? Pues porque la destrucción del domo de la roca es la señal que marca la llegada del Mesías de los judíos y la construcción del Tercer templo. Y es que, en la actualidad, la Setiyyah o Piedra de la Fundación, se esconde bajo el santuario más visible de Jerusalén: la Cúpula de la Roca. Esta suntuosa mezquita fue erigida, entre los años 687 y 691, por el califa Abd al-Malik, en los terrenos del antiguo templo de los judíos.
Es procedente preguntarse entonces:
¿Sigue el Arca de la Alianza en algún lugar del monte Moriá o se la llevó a Roma el emperador Tito con el resto del botín?
En la crónica de la conquista, el historiador Flavio Josefo da respuesta a la segunda cuestión: “entre la gran cantidad de despojos, los más notables eran los que habían sido hallados en el Templo de Jerusalén, la Mesa de oro que pesaba varios talentos y el Candelabro de Oro”. Nada dice del Arca de la Alianza. ¿Siguió allí? Nadie lo sabe a ciencia cierta.
Hay quienes creen que los babilonios se apoderaron de la misma durante la destrucción del Primer Templo y le habrían fundido su oro. Otros sostienen que, durante esta invasión, fue oculta por sacerdotes del edificio sacro.
De hecho, hay una corriente que piensa que los templarios la buscaron con ahínco durante sus nueve años de estancia en las caballerizas del templo. Entre los que así lo piensan se encuentra el rabino Ariel Don, quien nos aclara que la tradición registra que el rey Salomón sabía por inspiración divina que finalmente el Templo sería destruido. Por lo que “el Rey Salomón , el más sabio de todos los hombres, supervisó la construcción de un vasto sistema de laberintos, cámaras y pasillos debajo del territorio del Monte del Templo”.
En la misma línea se pronuncia el Instituto del Templo que, en su web, asegura que “la tradición midrashica enseña que el rey Josiah de Israel , que vivió aproximadamente cuarenta años antes de la destrucción del Primer Templo, ordenó a los levitas ocultar el Arca, junto con laMenorah original y varios otros objetos sagrados, en este escondite secreto que el rey Salomón había preparado”.
INVESTIGACIONES RECIENTES
¿Existe, entonces, esa red de túneles bajo la Cúpula de la Roca? Sí, desde luego. Al menos eso sostiene HarryH. Moskoff, productor de cine de origen canadiense que ha trabajado como consultor jurídico desde que semudó con su familia a Israel en 2005. Su interés por la arqueología bíblica y la política ha hecho de él un prolífico colaborador de varias publicaciones israelíes y un experto reconocido internacionalmente en el Arca de la Alianza. Fue su trabajo The A.R.K report el que me puso en la pista de ciertos túneles que afloraron antes de la proclamación del Estado de Israel en 1948.
Acceso a Al-Aqsa tras el colapso de su techo: sólo las vigas resistieron
La Mezquita de Al-Aqsa –conocida como cúpula negra– que es donde los templarios habitaron durante nueve años antes de recibir la regla de la orden, sufrió un gran colapso durante un terremoto en 1927. Su restauración llevó varios años, y durante ese periodo, al menos dos fotógrafos cristianos, incluyendo el arqueólogo británico Robert Hamilton, se aventuraron debajo de la mezquita. Las fotografías que ofrecemos en rigurosa exclusiva muestran el acceso a Al-Aqsa tras el colapso de su techo. Sólo las vigas resistieron.
Los análisis a las vigas mostraron que eran de madera de cedro y ciprés. Su datación por radiocarbono mostró que algunas tenían más de 2.000 años, lo que sugiere que habían sido utilizadas en estructuras más antiguas. Y es que cabe recordar que el Segundo Templo, construido por los repatriados de Babilonia, fue ampliado de forma masiva por el rey Herodes para dar cabida a las oficinas administrativas.
El monte Moriá se convirtió entonces en una plataforma colosal con enormes muros de¡ contención, del que vemos el Muro de las Lamentaciones. No queda ahí la cosa. Los dos fotógrafos documentaron bajo las ruinas de Al-Aqsa, al otro lado de las llamadas Puertas Dobles o Sha’arei Chulda –tapiadas en la actualidad– un pasaje subterráneo con una puerta doble que conducía al norte, al centro del monte Moriá, con una inscripción que rezaba “la zona de Templo”. Dice Moskoff que muchas de estas estructuras pudieron haber sido destruidas en los últimos años por las excavadoras del Waqf –Consejo Musulmán– durante su construcción de mezquitas subterráneas bajo el Monte del Templo. Afortunadamente, las fotografías todavía existen y se digitalizaron por parte de la Biblioteca del Congreso y la Autoridad Arqueológica de Israel para poder documentar lo que, en realidad, eran partes del complejo templo judío por mucho que las autoridades palestinas lo nieguen.
También en 2003 se empezaron prospecciones arqueológicas alrededor del muro occidental. Pude verlas yo mismo acompañado de mi guía en Israel , Arie Belinko. Me condujo hasta el arco Wilson, donde se encuentra el arco originario de la época de Herodes, base del puente que, durante el Segundo Templo, unía la parte alta de la ciudad con la Haram esh-Sharif o Explanada de las Mezquitas. Allí radica la sinagoga del Movimiento Chabad, cuyos miembros llaman abiertamente tanto a la expulsión o exterminio de los palestinos como a la destrucción de los santos lugares islámicos y cristianos en Palestina.
Desde unos gruesos cristales pude observar, 18metros más abajo, el pavimento de la Jerusalén del siglo I. Al fondo, una pequeña puerta daba acceso a las excavaciones. Cuando me disponía a fotografiarla Arieme invitó a entrar a los túneles…pero por la puerta principal. En la primera galería, denominada pasaje secreto, pude advertir signos de una gran actividad arqueológica. Tras los carteles de Prohibido el Paso, varios obreros extraían sedimentos a más de 15 metros de profundidad. “Cada caja es etiquetada con la procedencia de la tierra y después examinada en busca de objetos para saber de dónde fueron extraídos”, me explicaron.
Templo de Salomón
El militar británico CharlesWarren inició en los años sesenta las primeras excavaciones alrededor del monte Moriá. Tuvo que atravesar 14 capas de roca para llegar al lecho, situado 18 metros más abajo, y concluyó que gran parte de los cimientos del templo de Herodes seguían en pie bajo tierra. Allí es donde el geólogo Gabriel Barkai realizó en diciembre de 2008 un descubrimiento sensacional: la primera evidencia física de la existencia del Templo de Salomón . Se trata de una tablilla con una inscripción en la que se detallan los planes para efectuar arreglos en el Templo. Ya ha sido autentificada. Pertenece al periodo del rey Joas, que gobernó en la región hace 2.800 años. Más adelante, superando la sinagoga del arco Wilson y recorriendo los llamados túneles asmoneos, pude comprobar cómo los judíos han habilitado un lugar para la oración, cerca de la puerta que utilizaba el Sumo Sacerdote para acceder al Sancta Sanctorum del Arca. Aunque en ese punto no pude constatar ninguna actividad de tipo arqueológico, el Instituto del Templo de Chaim Richman ha difundido a través de su página en Internet que el difunto rabino Meir Yehuda Getz zt’l, junto a un grupo de arqueólogos, excavaron en el muro occidental no en la parte visible, por supuesto y encontraron un cuarto que se hallaría frente al Kodesh Kodashim, el lugar más sagrado del Templo.
Su sorpresa aumentó al constatar que de allí partía un túnel enorme… que se dirigía a las entrañas del Monte Moriá.
Éste es según Richman el lugar que Salomón ordenó que se construyera para albergar el Arca de la Alianza y las vasijas sagradas del Templo: “Sabemos que el arca todavía está allí, tranquila, esperando al día en que será revelada”, aseguró
PROBLEMAS POLÍTICOS
Las profecías mesiánicas anuncian que el descubrimiento del Arca de la Alianza marca el inicio de la reconstrucción del Tercer Templo de Jerusalén y la llegada del Mesías de los judíos que, de acuerdo a los estudios rabínicos, es muy cercana en el tiempo.
Pero la reconstrucción del Templo plantea un problema de difícil solución si los judíos más extremistas no cejan en su empeño de erigirlo sobre las ruinas del anterior.
En septiembre de 2000, Mientras el primer ministro de Israel , Ehud Bharak, discutía los términos del acuerdo de paz con Yasir Arafat en Nueva York, Ariel Sharon, aprovechando la ausencia de ambos líderes políticos, capitaneó un grupo de rabinos hacia el Monte del Templo, provocando una nueva escalada de violencia. Tres semanas más tarde, la policía israelí disuadía a un grupo de radicales judíos de entrar en la mezquita para ungir la piedra angular de su Tercer Templo.
A nadie se le escapa que la explanada de las mezquitas es un polvorín cuyo asalto podría desatar un conflicto de escala inimaginable. Y si ello fuera poco, el pasado mes de octubre de 2015, la UNESCO aprobó una resolución de condena a las excavaciones arqueológicas israelíes en curso cerca del Monte del Templo y en otras partes de la ciudad vieja. No sólo eso, sino que lanzó una oferta a los palestinos para declarar el muro occidental como lugar sagrado de los musulmanes en medio de críticas generalizadas de población judía. La posición oficial del Wakf islámico, el cuerpo que gobierna sobre la Explanada de las Mezquitas, es que nunca existió un Templo Sagrado, y que los judíos no tienen ningún derecho sobre el lugar.
La seguridad que muestran los miembros del Instituto del Templo en la localización del Arca estremece, pero caben otras posibilidades, desde que se encuentre en el Monte Nebo hasta los especialistas que la ubican en Etiopía, celosamente custodiada en la catedral de Tsion Maryam, en Axum, donde habría sido custodiada durante siglos por monjes ortodoxos de la ciudad.
Sea como sea, los judíos lo tienen todo preparado. Como en tiempos del rey David, tienen los fondos, los planos, la mano de obra… sólo les falta el Arca para renovar la alianza con Yahvé y recibir a su Mesías.
Pero la reconstrucción del Templo plantea un problema de difícil solución si los judíos más extremistas no cejan en su empeño de erigirlo sobre las ruinas del anterior.
En septiembre de 2000, Mientras el primer ministro de Israel , Ehud Bharak, discutía los términos del acuerdo de paz con Yasir Arafat en Nueva York, Ariel Sharon, aprovechando la ausencia de ambos líderes políticos, capitaneó un grupo de rabinos hacia el Monte del Templo, provocando una nueva escalada de violencia. Tres semanas más tarde, la policía israelí disuadía a un grupo de radicales judíos de entrar en la mezquita para ungir la piedra angular de su Tercer Templo.
A nadie se le escapa que la explanada de las mezquitas es un polvorín cuyo asalto podría desatar un conflicto de escala inimaginable. Y si ello fuera poco, el pasado mes de octubre de 2015, la UNESCO aprobó una resolución de condena a las excavaciones arqueológicas israelíes en curso cerca del Monte del Templo y en otras partes de la ciudad vieja. No sólo eso, sino que lanzó una oferta a los palestinos para declarar el muro occidental como lugar sagrado de los musulmanes en medio de críticas generalizadas de población judía. La posición oficial del Wakf islámico, el cuerpo que gobierna sobre la Explanada de las Mezquitas, es que nunca existió un Templo Sagrado, y que los judíos no tienen ningún derecho sobre el lugar.
La seguridad que muestran los miembros del Instituto del Templo en la localización del Arca estremece, pero caben otras posibilidades, desde que se encuentre en el Monte Nebo hasta los especialistas que la ubican en Etiopía, celosamente custodiada en la catedral de Tsion Maryam, en Axum, donde habría sido custodiada durante siglos por monjes ortodoxos de la ciudad.
Sea como sea, los judíos lo tienen todo preparado. Como en tiempos del rey David, tienen los fondos, los planos, la mano de obra… sólo les falta el Arca para renovar la alianza con Yahvé y recibir a su Mesías.
antes que nada recuerda comentar sin insultos ni prejuicios