La crudeza de la guerra no es para cualquiera, se requiere de una habilidad especial para no perder la cabeza en medio de los combates que aplastan a naciones enteras.
Un pequeño país de cara al Pacífico, sin ningún otro recurso que una densa selva, fue el territorio más bombardeado del mundo en todo el siglo XX. Solo hace falta saber que mas de siete mil millones de toneladas de explosivos cayeron sobre Vietnam durante la invasión estadounidense, más que todas las bombas utilizadas en la Segunda Guerra Mundial. Aun en la actualidad, cerca de 400 personas mueren al año por las minas que quedaron esperando por detonar en medio de la selva asiática.
En medio del apocalíptico escenario, los corresponsales de guerra, fotógrafos y periodistas en medio del conflicto pedían a gritos volver a su país de origen después de presenciar sufrimiento, sangre y lo peor de la humanidad; sin embargo, un niño de doce años realizó la cobertura más arriesgada y cruda que jamás se haya presenciado.
Lo Manh Hung aprendió a utilizar una cámara fotográfica a los nueve años. Su padre, aficionado a la fotografía, se ganaba la vida vendiendo las mejores imágenes de lo que acontecía en Sangoi, capital de Vietnam del Sur, a los principales diarios.
Cuando la guerra estalló y una herida en una pierna le impidió salir a las calles, el trabajo de Lo Vinh se convirtió en una riesgosa obligación para el pequeño Lo.
Entre tanques de guerra, campamentos de soldados, refugios y heridos al por mayor, Lo Manh Hung salía a la calle con su cámara al cuello en busca de las mejores fotografías, siempre con un casco que lo identificaba como prensa.
El trabajo iniciaba a las 5 de la mañana cuando salía de casa esperando capturar el momento justo y estar presente en el sitio de la acción. La presencia de Lo en el campo de batalla impresionaba a sus compañeros de profesión, su habilidad para cargar un par de cámaras y una maleta que casi competía con él en tamaño causaba el asombro y horror de periodistas, médicos y soldados por igual.
En los ratos libres, solía olvidarse de los horrores de la guerra y, como todo niño, jugaba en medio de bombardeos, heridos de muerte y minas que cobraban vidas de soldados y civiles por igual, pero nunca olvidaba cargar con su cámara. Al llegar a casa, seleccionaba las mejores fotografías junto a su padre y salía a ofrecerlas a los clientes de siempre.
A pesar de todo lo que registró a través de su lente, Lo Manh Hung mantuvo la esperanza y el positivismo propio de un niño de su edad. Más allá de su conciencia infantil, la crueldad del genocidio en Vietnam levantó protestas alrededor del mundo y dejó una cruel herida que aún no cierra en el presente.
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