El Sacerdote ante los Retos y Desafíos del Tercer Milenio
Por Elías Gutiérrez
El papa Juan Pablo II al inicio de su pontificado, decía “éste es un tiempo maravilloso para ser sacerdote”. El sacerdote, animado por la conciencia de que Cristo es el único salvador del hombre y que él ha sido constituido por medio del sacramento del orden, ministro de la redención, es llamado a vivir en el mundo de hoy y en medio de los retos que éste presenta para transmitir el Evangelio de Cristo, con fe y audacia. A pesar de la enorme responsabilidad y de las muchas contradicciones, el sacerdote sabe que el poder del mal no triunfará porque ya fue derrotado.
El sacerdote debe ser un hombre de Dios. En cuanto sacerdote tiene el sello del sacramento. De consecuencia, su voluntad y sus facultades han de imbuirse de los sentimientos de Cristo (Cfr. Fil 2, 5). El sacerdote de hoy, para no caer en manos del secularismo moderno, está llamado a ser un hombre de oración, hombre que escucha y medita la Palabra para adherirse amorosamente a aquello que Dios quiere de él; habrá de celebrar los sacramentos con el fervor y la unción propia de las cosas sagradas de las cuales se ocupa, sabiendo que para ser hombre de Dios es necesario hacer un particular esfuerzo y resistir al vértigo de la constante y acelerada actividad a la que nos somete el mundo moderno.
El sacerdote deberá estar ahí donde hay más necesidad de consuelo y de anuncio de los bienes eternos, donde están los más indefensos. El sacerdote es aquél que lleva esperanza con la palabra y con las acciones, para que estas situaciones de miseria sean aliviadas.
El sacerdote tiene, en cierta medida, responsabilidad en la creación de sociedades justas. No compete al sacerdote trabajar en las estructuras políticas, sindicales, económicas; no es llamado a ser constructor de la ciudad terrena, pero tampoco puede olvidar el mundo en el que vive. Él puede cooperar a la promoción de una sociedad más justa y conforme con la voluntad de Dios mediante la predicación de los valores evangélicos y la formación de las conciencias.
No se excluye que él señale las situaciones injustas, pero el amor por sus hermanos exige ir más allá, más a la raíz: llegar a transformar el corazón de aquellos que provocan tales situaciones. No busca oponerse, sino unir y lograr que en medio de estas situaciones haya mutua comprensión, perdón y responsabilidad efectiva de quien puede mejorar las situaciones injustas. Sólo así se puede construir una nueva sociedad, puesto que sin cambiar los corazones, los rencores serían un peso que mantendría a las personas ancladas al pasado, sin esperanza y siempre presas de la violencia destructora.
El sacerdote es un pastor de almas, que cuida de sus ovejas y está dispuesto a dar la vida por ellas. No se puede subestimar el valor de esta donación, de esta pasión que arde en el corazón de cada sacerdote. Él es como Cristo, que ofrece la vida por ellas, y es movido por su mismo amor hacia ellas.
La atención por las almas se concretiza sobre todo en la administración del sacramento de la reconciliación y penitencia. El sacerdote estará siempre a disposición de los fieles para escuchar sus confesiones. Es, en la soledad del confesionario, donde se vive la batalla más decisiva para el alma. Es ahí donde la gracia de Dios toca profundamente a las personas por medio de la humanidad del sacerdote. San Juan María Vianney solía confesar más de diez horas al día, consciente del valor de una sola alma y de la acción particular de la gracia en este sacramento.
goo.gl/RNhXfx
En fin, el pastor de almas, con la oración, mucha esperanza y fe en la acción de Dios, procurará desarrollar una pastoral vocacional adecuada y prudente para permitir que la invitación del Señor a la donación total sea escuchada por muchos jóvenes.
El sacerdote debe reconocer con humildad que el mundo se ha vuelto muy competitivo. Las personas obtienen mejores cualificaciones y se actualizan en el propio campo específico. Si esto sucede con personas que se ocupan de materia puramente humana, tanto más para el sacerdote que se ocupa de la salvación de las almas, de la fe, de la moral, etc. No bastan los estudios hechos y las capacidades adquiridas en el seminario, pese a la dedicación y al esfuerzo empleado, sino que es importante que en la medida de lo posible los sacerdotes busquen siempre mejorar la propia formación para poder responder a las cuestiones más comprometedoras que el mundo presenta. (Cf. Pastores Dabo Bobis).
Hoy en día, mientras pululan tantas ideas equivocadas y reina la cultura del relativismo, uno de los retos que afronta el sacerdote es aquella de ser promotor de la unidad en torno al Papa, principio y fundamento visible de la unidad de la Iglesia. La unidad con el sucesor de Pedro es el camino seguro para vivir en la verdad. Cristo ha fundado su Iglesia sobre Pedro y ha orado por él para que pueda confirmar a sus hermanos en la fe.
El sacerdote ante los desafíos está llamado a ser defensor de la vida sabiendo que ser defensor de la vida es uno de los grandes compromisos del sacerdote de hoy. La vida está bajo asedio y muchos se han unido para atacar sobre todo a aquella más débil e indefensa: la persona todavía no nacida, los ancianos, y los enfermos. Estos nubarrones negros que amenazan la vida y por tanto la cultura y la sociedad, no son nuevos. Los ecos de las locuras colectivas de la segunda guerra mundial nos llegan todavía hoy. El mismo desprecio de la vida de entonces vive en nuestro tiempo.
La reacción del mundo ante un sacerdote fiel, es sospechar, dudar de sus intenciones, considerarlo un individuo enfermo y con una psicología alterada. No obstante es oportuno considerar que cuanto más profundamente los sacerdotes vivan su propia identidad, tanto más podrán afrontar los desafíos del mundo y podrán ayudar mejor a los hombres a vivir la común vocación a la santidad. (Cf. Juan Pablo II, Novo Millennio Ineunte).
Por Elías Gutiérrez
El papa Juan Pablo II al inicio de su pontificado, decía “éste es un tiempo maravilloso para ser sacerdote”. El sacerdote, animado por la conciencia de que Cristo es el único salvador del hombre y que él ha sido constituido por medio del sacramento del orden, ministro de la redención, es llamado a vivir en el mundo de hoy y en medio de los retos que éste presenta para transmitir el Evangelio de Cristo, con fe y audacia. A pesar de la enorme responsabilidad y de las muchas contradicciones, el sacerdote sabe que el poder del mal no triunfará porque ya fue derrotado.
El sacerdote debe ser un hombre de Dios. En cuanto sacerdote tiene el sello del sacramento. De consecuencia, su voluntad y sus facultades han de imbuirse de los sentimientos de Cristo (Cfr. Fil 2, 5). El sacerdote de hoy, para no caer en manos del secularismo moderno, está llamado a ser un hombre de oración, hombre que escucha y medita la Palabra para adherirse amorosamente a aquello que Dios quiere de él; habrá de celebrar los sacramentos con el fervor y la unción propia de las cosas sagradas de las cuales se ocupa, sabiendo que para ser hombre de Dios es necesario hacer un particular esfuerzo y resistir al vértigo de la constante y acelerada actividad a la que nos somete el mundo moderno.
El sacerdote deberá estar ahí donde hay más necesidad de consuelo y de anuncio de los bienes eternos, donde están los más indefensos. El sacerdote es aquél que lleva esperanza con la palabra y con las acciones, para que estas situaciones de miseria sean aliviadas.
El sacerdote tiene, en cierta medida, responsabilidad en la creación de sociedades justas. No compete al sacerdote trabajar en las estructuras políticas, sindicales, económicas; no es llamado a ser constructor de la ciudad terrena, pero tampoco puede olvidar el mundo en el que vive. Él puede cooperar a la promoción de una sociedad más justa y conforme con la voluntad de Dios mediante la predicación de los valores evangélicos y la formación de las conciencias.
No se excluye que él señale las situaciones injustas, pero el amor por sus hermanos exige ir más allá, más a la raíz: llegar a transformar el corazón de aquellos que provocan tales situaciones. No busca oponerse, sino unir y lograr que en medio de estas situaciones haya mutua comprensión, perdón y responsabilidad efectiva de quien puede mejorar las situaciones injustas. Sólo así se puede construir una nueva sociedad, puesto que sin cambiar los corazones, los rencores serían un peso que mantendría a las personas ancladas al pasado, sin esperanza y siempre presas de la violencia destructora.
El sacerdote es un pastor de almas, que cuida de sus ovejas y está dispuesto a dar la vida por ellas. No se puede subestimar el valor de esta donación, de esta pasión que arde en el corazón de cada sacerdote. Él es como Cristo, que ofrece la vida por ellas, y es movido por su mismo amor hacia ellas.
La atención por las almas se concretiza sobre todo en la administración del sacramento de la reconciliación y penitencia. El sacerdote estará siempre a disposición de los fieles para escuchar sus confesiones. Es, en la soledad del confesionario, donde se vive la batalla más decisiva para el alma. Es ahí donde la gracia de Dios toca profundamente a las personas por medio de la humanidad del sacerdote. San Juan María Vianney solía confesar más de diez horas al día, consciente del valor de una sola alma y de la acción particular de la gracia en este sacramento.
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En fin, el pastor de almas, con la oración, mucha esperanza y fe en la acción de Dios, procurará desarrollar una pastoral vocacional adecuada y prudente para permitir que la invitación del Señor a la donación total sea escuchada por muchos jóvenes.
El sacerdote debe reconocer con humildad que el mundo se ha vuelto muy competitivo. Las personas obtienen mejores cualificaciones y se actualizan en el propio campo específico. Si esto sucede con personas que se ocupan de materia puramente humana, tanto más para el sacerdote que se ocupa de la salvación de las almas, de la fe, de la moral, etc. No bastan los estudios hechos y las capacidades adquiridas en el seminario, pese a la dedicación y al esfuerzo empleado, sino que es importante que en la medida de lo posible los sacerdotes busquen siempre mejorar la propia formación para poder responder a las cuestiones más comprometedoras que el mundo presenta. (Cf. Pastores Dabo Bobis).
Hoy en día, mientras pululan tantas ideas equivocadas y reina la cultura del relativismo, uno de los retos que afronta el sacerdote es aquella de ser promotor de la unidad en torno al Papa, principio y fundamento visible de la unidad de la Iglesia. La unidad con el sucesor de Pedro es el camino seguro para vivir en la verdad. Cristo ha fundado su Iglesia sobre Pedro y ha orado por él para que pueda confirmar a sus hermanos en la fe.
El sacerdote ante los desafíos está llamado a ser defensor de la vida sabiendo que ser defensor de la vida es uno de los grandes compromisos del sacerdote de hoy. La vida está bajo asedio y muchos se han unido para atacar sobre todo a aquella más débil e indefensa: la persona todavía no nacida, los ancianos, y los enfermos. Estos nubarrones negros que amenazan la vida y por tanto la cultura y la sociedad, no son nuevos. Los ecos de las locuras colectivas de la segunda guerra mundial nos llegan todavía hoy. El mismo desprecio de la vida de entonces vive en nuestro tiempo.
La reacción del mundo ante un sacerdote fiel, es sospechar, dudar de sus intenciones, considerarlo un individuo enfermo y con una psicología alterada. No obstante es oportuno considerar que cuanto más profundamente los sacerdotes vivan su propia identidad, tanto más podrán afrontar los desafíos del mundo y podrán ayudar mejor a los hombres a vivir la común vocación a la santidad. (Cf. Juan Pablo II, Novo Millennio Ineunte).