GUERRA DE CASTAS
“Este conflicto (1847-1901) se origina en el sureste del país y de las insurrecciones indígenas que se produjeron, la de los mayas de Yucatán, fue de las más graves. Recibió el nombre de guerra de castas porque a pesar de los cambios jurídicos en la legislación, la sociedad yucateca se encontraba aun dividida en un sistema de castas.
Los linderos de las fincas henequeneras muchas veces eran traspasados para ampliar la producción y los intentos de expansión algunos hacendados se toparon con el problema de que sus fincas colindaban con pueblos o comunidades indígenas que defendían su tierra. El problema se recrudecía cuando los grandes propietarios intentaban despojar a los indígenas de las tierras selváticas y alejadas de los agrupamientos pueblerinos.
Las peticiones de los indígenas se fundamentaban en:
1. La reducción de pagos por servicios parroquiales
2. El libre usufructo de las rentas
3. La imposibilidad de enajenación de las tierras comunales y baldías
4. La eliminación de las deudas de los sirvientes
En estas solicitudes se dejan ver las pretensiones de igualdad que perseguían los indígenas con relación a la gente blanca, en el sentido de equilibrar los impuestos fiscales. Dada la indiferencia ante sus llamamientos y al continuo avance de los hacendados dentro de sus tierras, la lucha adquirió el carácter de una verdadera guerra étnica en la que el exterminio de la raza fue el motor de los acontecimientos.”
Historia de mexico 2: bachillerato/ Elsa Gonzales Paredes; il. Miguel Cabrera y Haime Luna
“Decididos a proteger sus tierras y su forma de vida, en 1847 los mayas yucatecos se levantaron en armas contra la llamada población blanca del estado. La prensa de la capital nacional no tardó mucho en enterarse del caso y darlo a conocer, asumiendo desde un principio una postura crítica en contra de los rebeldes, al considerarlos como enemigos del orden y el progreso, y por ende carentes de todo derecho social y político, incluido el de su propia existencia como raza. Para algunos, no había más que exterminarlos mediante la violencia; para otros, la mejor opción era la de su integración por medio de la educación y el trabajo. Durante el largo enfrentamiento, esta última postura tomó auge sobre todo a partir de 1877, tras la asunción de Porfirio Díaz al poder, quien buscó implantar la paz como el fundamento para llevar al país al selecto grupo de las naciones civilizadas del mundo. El indígena como tal estorbaba para ello, pues se le creía perezoso, indolente y bárbaro. Por lo mismo, adujeron diversos periodistas, no había otra solución que integrarlo a la sociedad mexicana por el camino de su transformación radical, convirtiéndolo no tanto en un ciudadano de primera, sino en un ente dispuesto a las labores productivas; es decir, convirtiéndolo en mano de obra disponible, supuestamente libre.
Antecedentes
Cuando llegaron a la ciudad de México las noticias de la rebelión maya yucateca iniciada a mediados de 1847, la prensa capitalina no dudó en considerarla de inmediato como un suceso extraordinario que, de no detenerse a tiempo, desembocaría en una verdadera guerra racial, misma que amenazaría de muerte a todos los elementos de vida e industria de la región: los blancos. Con un poco de más calma, las opiniones empezaron a dividirse, no tanto en torno al análisis de las causas de la guerra, ni tampoco en el sentido de que si verdaderamente se trataba de una guerra de castas o no, sino en cuanto a los métodos que había que implementar para darle fin. Periódicos como El Globo, El Universal, y El Siglo Diez y Nueve exigían que se levantaran cuerpos de ejército dedicados exclusivamente al exterminio de los rebeldes, sin mediar tregua, ya por atentar éstos contra la paz social, ya por ser verdaderos traidores a la patria, pues se atrevían a perseguir fines “perversos” cuando la nación se encontraba en riesgo de sucumbir ante el avance de las tropas norteamericanas. Otros, como El Monitor Republicano, optaban por una salida negociada, dándole énfasis tanto al rigor, como a la benignidad y a toda otra providencia que tendiera a eliminar los motivos de desacuerdo de los mayas insurrectos. Reconocía, no obstante, que dicha salida negociada sería sólo una medida temporal, mientras se emprendía otra de mayores alcances, anhelada por muchos: la de la desaparición de la población indígena”
“Este conflicto (1847-1901) se origina en el sureste del país y de las insurrecciones indígenas que se produjeron, la de los mayas de Yucatán, fue de las más graves. Recibió el nombre de guerra de castas porque a pesar de los cambios jurídicos en la legislación, la sociedad yucateca se encontraba aun dividida en un sistema de castas.
Los linderos de las fincas henequeneras muchas veces eran traspasados para ampliar la producción y los intentos de expansión algunos hacendados se toparon con el problema de que sus fincas colindaban con pueblos o comunidades indígenas que defendían su tierra. El problema se recrudecía cuando los grandes propietarios intentaban despojar a los indígenas de las tierras selváticas y alejadas de los agrupamientos pueblerinos.
Las peticiones de los indígenas se fundamentaban en:
1. La reducción de pagos por servicios parroquiales
2. El libre usufructo de las rentas
3. La imposibilidad de enajenación de las tierras comunales y baldías
4. La eliminación de las deudas de los sirvientes
En estas solicitudes se dejan ver las pretensiones de igualdad que perseguían los indígenas con relación a la gente blanca, en el sentido de equilibrar los impuestos fiscales. Dada la indiferencia ante sus llamamientos y al continuo avance de los hacendados dentro de sus tierras, la lucha adquirió el carácter de una verdadera guerra étnica en la que el exterminio de la raza fue el motor de los acontecimientos.”
Historia de mexico 2: bachillerato/ Elsa Gonzales Paredes; il. Miguel Cabrera y Haime Luna
“Decididos a proteger sus tierras y su forma de vida, en 1847 los mayas yucatecos se levantaron en armas contra la llamada población blanca del estado. La prensa de la capital nacional no tardó mucho en enterarse del caso y darlo a conocer, asumiendo desde un principio una postura crítica en contra de los rebeldes, al considerarlos como enemigos del orden y el progreso, y por ende carentes de todo derecho social y político, incluido el de su propia existencia como raza. Para algunos, no había más que exterminarlos mediante la violencia; para otros, la mejor opción era la de su integración por medio de la educación y el trabajo. Durante el largo enfrentamiento, esta última postura tomó auge sobre todo a partir de 1877, tras la asunción de Porfirio Díaz al poder, quien buscó implantar la paz como el fundamento para llevar al país al selecto grupo de las naciones civilizadas del mundo. El indígena como tal estorbaba para ello, pues se le creía perezoso, indolente y bárbaro. Por lo mismo, adujeron diversos periodistas, no había otra solución que integrarlo a la sociedad mexicana por el camino de su transformación radical, convirtiéndolo no tanto en un ciudadano de primera, sino en un ente dispuesto a las labores productivas; es decir, convirtiéndolo en mano de obra disponible, supuestamente libre.
Antecedentes
Cuando llegaron a la ciudad de México las noticias de la rebelión maya yucateca iniciada a mediados de 1847, la prensa capitalina no dudó en considerarla de inmediato como un suceso extraordinario que, de no detenerse a tiempo, desembocaría en una verdadera guerra racial, misma que amenazaría de muerte a todos los elementos de vida e industria de la región: los blancos. Con un poco de más calma, las opiniones empezaron a dividirse, no tanto en torno al análisis de las causas de la guerra, ni tampoco en el sentido de que si verdaderamente se trataba de una guerra de castas o no, sino en cuanto a los métodos que había que implementar para darle fin. Periódicos como El Globo, El Universal, y El Siglo Diez y Nueve exigían que se levantaran cuerpos de ejército dedicados exclusivamente al exterminio de los rebeldes, sin mediar tregua, ya por atentar éstos contra la paz social, ya por ser verdaderos traidores a la patria, pues se atrevían a perseguir fines “perversos” cuando la nación se encontraba en riesgo de sucumbir ante el avance de las tropas norteamericanas. Otros, como El Monitor Republicano, optaban por una salida negociada, dándole énfasis tanto al rigor, como a la benignidad y a toda otra providencia que tendiera a eliminar los motivos de desacuerdo de los mayas insurrectos. Reconocía, no obstante, que dicha salida negociada sería sólo una medida temporal, mientras se emprendía otra de mayores alcances, anhelada por muchos: la de la desaparición de la población indígena”