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Acontecimientos y Mitos de la historia Argentina


Las invasiones españolas, más conocidas como el «descubrimiento de América»



|La madre patria|

Nos hemos acostumbrado a escuchar que España es nuestra madre patria. Pero ¿de qué clase de madre estamos hablando? Todo parece indicar que se trata de una madre adoptiva apropiadora, ya que no hay datos del parto y sobran los testimonios sobre actos de secuestro, robo y supresión de
identidad. Como ejemplo, podríamos citar los secuestros extorsivos de Moctezuma y de Atahualpa, por los que los aztecas y los incas, respectivamente, pagaron toneladas de oro y plata que no evitaron
sus horribles torturas seguidas de muerte, a manos de Cortés y Pizarro. La madre tardó mucho en reconocer la independencia de sus hijos. Recién el 22 de junio de 1860, cuarenta y cuatro años después de que las Provincias Unidas se declararan independientes de España y de toda dominación extranjera, la reina Isabel II de Borbón se dignó aceptar la realidad.


|Santa María de los Buenos Hambres|



Algunos absurdos se transmiten de generación en generación, sin que haya lugar para reflexionar sobre ellos. Uno de estos absurdos es el caso del hambre en la primera Buenos Aires, fundada por
don Pedro de Mendoza y sus socios. Se parte de principios tan falsos que las conclusiones no pueden ser de otro carácter. La historia contada por los conquistadores y convalidada durante gran parte de los últimos 500 años supone que los habitantes originarios de estas tierras y, por derecho natural, sus
legítimos dueños, debían abastecer de comida indefinidamente a un ejército de parásitos que venían nada menos que a quitarles «vidas y haciendas». Los victimarios aparecen así, en románticas crónicas, como víctimas de un hambre que parece consecuencia de un fenómeno natural humanamente
imposible de enfrentar, cuando se trató lisa y llanamente de un grupo de invasores peleados a muerte entre ellos, como fruto de una codicia infinita


|Magallanes, el estrecho|



Pero la corona española seguía obsesionada con que los portugueses no se le anticipasen en el descubrimiento del paso interoceánico. Y qué mejor para lograrlo que recurrir a un piloto portugués. Así fue contratado don Hernando de Magallanes. Como era costumbre de la monarquía española, el
dinero para financiar la expedición debían aportarlo los interesados, y Magallanes halló uno en el rico
comerciante Cristóbal de Haro, que sería su socio capitalista en la aventura.


|La primera «leyenda»|



Los de Sancti Spiritu se comportaban como era de esperar. Por las dudas, comenzaron a maltratar y a esclavizar a los indios y éstos, al mando de los caciques Siripo y Marangoré, respondieron como corresponde a quien defiende lo suyo, atacando el fuerte el 2 de septiembre de 1529, hasta no dejar
más que ruinas. Muchos años después, el capitán Monasterio, armero del ejército de Manuel Belgrano, bautizó a uno de sus cañones con el nombre del jefe guerrero Marangoré, en homenaje a su heroica resistencia a los invasores. Ingeniosamente y para demonizar a los habitantes originarios, el cronista Ruy Díaz de Guzmán inventó el mito de Lucía Miranda, la bella esposa del oficial invasor Sebastián Hurtado, uno de los jefes de las razzias que regularmente salían a la caza del indio desde Sancti Spiritu. La leyenda, copiada de por lo menos diez episodios similares de La Ilíada y La Odisea, cuenta que el «malvado cacique» Marangoré y su hermano Siripo atacaron el fuerte y mataron a
todos sus ocupantes. Les perdonaron la vida a Lucía, a otras cinco mujeres y a los niños. Pero Marangoré y su hermano Siripo se enamoraron perdidamente de Lucía. Hurtado, que no estaba en el
momento del ataque, se dejó apresar para tratar de rescatar a su mujer y fue condenado a muerte. Siripo lo perdonó tras las súplicas de Lucía, que le juraba que ya no deseaba a su marido. A los
pocos días la pareja de españoles fue sorprendida in fraganti y, según la leyenda, Lucía fue a parar a la hoguera y Hurtado fue lanceado. El historiador Vicente Fidel López desmiente categóricamente la veracidad de la leyenda y la califica de «cuento, que ni por leyenda lo tenemos». Lo cierto es que de Sancti Spiritu sólo quedaron leyendas y cenizas.


|El Día de la Industria|



Desde 1941 se celebra en la Argentina el 2 de septiembre como el Día de la Industria, en conmemoración de un episodio que, bien analizado, no deja de ser todo un símbolo del «ser nacional» y del estado actual de la actividad productiva más vapuleada desde aquel fatídico 24 de marzo de 1976, que implantó el modelo de desindustrialización, afianzado por los jinetes de nuestro Apocalipsis, MenemCavallo-De la Rúa & Company, entre 1989 y 2001.
Debe de haber pocos países en el mundo (por no decir ninguno y contribuir a alimentar nuestro ego —por aquello de la originalidad nacional—) que para homenajear a su industria nacional elijan la conmemoración de un hecho delictivo; concretamente, un episodio de contrabando. Eso fue lo que
ocurrió aquel 2 de septiembre de 1587 en el territorio que hoy conocemos como República Argentina y que entonces pertenecía al Virreinato del Perú. Aquel 2 de septiembre de 1587 zarpó del fondeadero del Riachuelo, que hacía las veces de puerto de Buenos Aires, la carabela San Antonio, al mando de un tal Antonio Pereyra, con rumbo al Brasil. La San Antonio llevaba en sus
bodegas un cargamento proveniente del Tucumán, fletado por el obispo fray Francisco de Vitoria. Se trataba de tejidos y bolsas de harina producidos en la por entonces próspera Santiago del Estero. Lo notable es que, según denunció el gobernador del Tucumán, Ramírez de Velasco, dentro de las
inocentes bolsas de harina se encontraban camuflados varios kilos de barras de plata del Potosí, cuya
exportación estaba prohibida por real cédula. Es decir que la «primera exportación argentina» encubrió un acto de contrabando y comercio ilegal.


|Civilización y barbarie: la rebelión de Túpac Amaru|



Justo es reconocer que el discurso del poder ha sido y es muy sabio. Decenas de generaciones de argentinos han crecido sabiendo cómo murió Túpac Amaru, sin recordar, y a veces sin saber, cuál fue el motivo de su postrer suplicio. Así, el último Inca no ha quedado en el imaginario colectivo como el símbolo de la libertad americana, sino como el más gráfico ejemplo del descuartizamiento. Todos los historiadores serios coinciden en señalar que la rebelión encabezada por Túpac Amaru fue el
movimiento social más importante de la historia colonial del continente. Y los más recalcitrantes hispanistas admiten que el imperio corrió serio riesgo de desaparecer. Pero como los planteos de Túpac Amaru suenan tan actuales y como sus reivindicaciones sueñan aún hoy el sueño de los justos,
sigue siendo prudente que la gente recuerde qué les pasa a los rebeldes cuando se toman demasiado en serio su rebeldía, pero que no se interiorice demasiado de los motivos, de las injusticias atroces que condujeron a la formación del ejército rebelde más justo que haya pisado el continente. La
rebelión repercutió notablemente en nuestro país, y nuestras autoridades de entonces tuvieron un rol protagónico en la feroz represión que tuvo como respuesta. De un lado, estaban la milenaria
civilización incaica y sus herederos, que peleaban por lo suyo: por sus tierras, su cultura y su derecho a una vida digna. Del otro, la barbarie de los invasores, cuyo único dios estaba representado por
el oro y la plata, y cuyo medio para llegar a él era la codicia, que no reparaba en muertos. Los castigos
infligidos a la familia de Túpac Amaru dejan muy en claro de qué lado de la oposición «civilización o barbarie» estaba cada uno.


|Nada de espejitos de colores|



Pese al relato interesado que nos quiere hacer creer que los habitantes originarios de estas tierras recibieron en todas partes a los invasores como dioses y se entregaron como corderos en el
matadero, el viejo imperio incaico, al igual que gran parte del continente, resistió heroicamente el despojo y el genocidio. El primer intento de resistencia nació con la llegada de Pizarro en 1536 y fue encabezado por el hermano de Atahualpa, Manco Inca, en quienes los españoles habían puesto sus
expectativas para que les facilitara el saqueo de aquellas ricas tierras.


|Las invasiones inglesas o el agua y el aceite|



Por una de esas curiosidades de la enseñanza de nuestra historia, el episodio conocido como «las invasiones inglesas», a los argentinos, nos remite casi exclusivamente a un hecho de tinte gastronómico: el derrame de litros y litros de aceite, eso sí, hirviendo, por las callejuelas del Buenos Aires colonial. Algunos de los que van un poco más lejos se ponen nostálgicos, se lamentan de que «hayamos echado a los ingleses» y proponen que comparemos la actual Argentina con los Estados Unidos, Australia y Canadá. Suponen ellos, no se sabe muy bien por qué, que la Argentina, gracias al impulso de la «raza anglosajona», sería hoy una potencia mundial y no una ex colonia inglesa con la mayoría de la población en la miseria, como sucede en la India, Bangladesh, Pakistán o Tanzania.
Según testimonia Robert Clive, funcionario inglés que tuvo a su cargo la conquista y ocupación de Bengala (hoy Bangladesh) en 1757, el centro textil de Dacca (capital de Bengala) era «tan extenso, populoso y rico como Londres». La ciudad tenía al llegar los ingleses 150 mil habitantes con cientos
de telares, una pujante industria textil, tierras fértiles y prósperas. Uno de los padres del liberalismo económico, Adam Smith, se lamenta en La riqueza de las naciones de los estragos que produjeron los ingleses en aquella región. Dice Smith: «Cientos de miles mueren por año a causa de las condiciones impuestas por los conquistadores, que convierten la escasez en hambre, destruyendo ricos campos de arroz para plantar amapolas para el comercio de opio». Para 1840, tras casi un siglo de explotación inglesa, la población de Dacca había descendido a 30.000 personas. Según reconocía sir Charles Trevelyan en la Cámara de los Lores, «Dacca, el Manchester de la India, ha dejado de ser una ciudad muy próspera para convertirse en una ciudad muy pobre y muy pequeña». La clave del desarrollo de los Estados Unidos, Canadá y Australia no estuvo en la colonización inglesa —que fue en los tres países brutal, cruel y genocida— sino en el desarrollo en cada uno de esos países de burguesías,
explotadoras y egoístas, como corresponde, pero sin embargo con una cierta dosis de coherencia que las llevó a vincular su fortuna y su suerte a la de sus respectivos países, cosa que no ocurrió ni ocurre en la Argentina. Ya lo decía Liniers en 1806, en plena reconquista: «¡Qué no trabajaría yo en los 11 meses después de echar a los ingleses de Buenos Aires para hacer guerrero a un pueblo de negociantes y ricos propietarios donde la suavidad del clima, la abundancia y la riquezadebilitan el alma y le quitan energía!
[…]


|La Revolución de Mayo|



Uno podría preguntarse con todo derecho: ¿la Revolución de Mayo fue un acto económico, un acto político, un acto militar? Y responderse: no, fue un acto escolar. Así atraviesa nuestras vidas el hecho
fundador de nuestra nacionalidad, como un recuerdo agridulce de pastelitos, corcho quemado y vendedores ambulantes. La anestesia, suministrada por el poder a un pueblo demasiado atosigado
por la subsistencia —y, en casi la mitad de los casos, por la pobreza y el hambre —, como para darse tiempo de pensar en nuestras raíces históricas, causa nuestros males actuales. A lo sumo, el sistema fomenta debates tan trascendentes como la existencia o inexistencia de paraguas en aquellos días de 1810, o sesudos contrapuntos meteorológicos basados en la contradicción marcada por la canción
«El sol del 25 viene asomando» y las ilustraciones del Billiken, el Simulcop y el Manual del alumno,
que muestran una plaza indudablemente lluviosa. A esto se pretende reducir, consciente o inconscientemente, el proceso que marcaría a fuego nuestro futuro como nación. Se comprende,
entonces, que los poderosos de turno y sus voceros se pongan nerviosos ante un hecho histórico que plantea las cuestiones básicas no resueltas de la Argentina, como la justicia, la equidad, el modelo económico, la dependencia y la corrupción. Todo eso es Mayo y sus circunstancias, su contexto. Es el
comienzo de un «ellos» y un «nosotros» que no ha terminado y no terminará, ni por el camino de la apología absurda ni por el de la difamación calumniosa por deporte, aun cuando se crea que en eso
consiste la novedad.


|El fusilamiento de Santiago de Liniers, el «héroe» de la reconquista|



Entre los calificativos más frecuentes que caen sobre los responsables del ajusticiamiento de Liniers está el de «jacobinos terroristas», sin aclarar las circunstancias: las amenazas y los peligros reales que corría esa revolución, tan venerada por los mismos que impugnan la decisión de la Junta de frenar la contrarrevolución que hubiera asesinado en la cuna la independencia nacional. Los que se apuran en calificar de terroristas a Moreno, Castelli y French se olvidan de la existencia de ese calificativo para hablar de los asesinos de Túpac Amaru y toda su familia, de los asesinos y torturadores de los
revolucionarios de Chuquisaca y La Paz, y de todos los asesinos que sembrarían de sangre la historia argentina. Aún hoy a muchos les cuesta calificar como terrorista al Estado montado por la dictadura, a la que llaman eufemísticamente «último gobierno militar». Es evidente que todo depende de la «calidad» de las víctimas y los victimarios.


|El inventor de los bonos|



Según consta en un documento existente en el Archivo General de la Nación, fechado el 7 de diciembre de 1808, Santiago de Liniers fue el inventor de las submonedas en el Río de la Plata. Se
trataba de «vales reales», moneda sin respaldo, adelantos de tesorería.


|Hacía falta tanto fuego: la «misteriosa» muerte de Mariano Moreno|



Cuando los dueños del poder y de la historia quieren tapar sus crímenes, los cubren de misterio, arrojan sospechas que no conducen a nada sobre lugares previamente seleccionados, y acusan a
los que manifiestan dudas de crear «visiones conspirativas», usando el viejo truco de invertir la carga de la prueba. A partir de entonces, y según este discurso, las víctimas y aquellos que no se resignan a recitar los versitos escritos por los amanuenses de turno pasan a ser los sospechosos. El caso de la muerte de Moreno es paradigmático. Se hace difícil hallar otro episodio en el que todos los indicios nos lleven a concluir que se trató de un asesinato, aunque debamos descartar esa certeza en bien de la unidad nacional o alguna otra entelequia parecida. Mariano Moreno fue asesinado y, lo que es peor, vuelve a serlo cotidianamente cuando pretenden adulterar su pensamiento y lo califican como terrorista, agente inglés, unitario, centralista y antecedente de Rivadavia. Como decía Borges, «la verdadera muerte es el olvido», y hacía allí apuntan los cañones de los que aún hoy se sienten denunciados por lo que Moreno hizo, pensó, soñó y escribió allá por 1810.


|El hijo de la patria|




La otra historia ha condenado a Manuel Belgrano a no ser. Belgrano no tiene día en el calendario oficial. El día de su muerte es el Día de la Bandera. Y ya sabemos de la importancia que el símbolo patrio tiene entre nosotros más allá de los festejos deportivos y las declamaciones patrioteras de ocasión. No nos han enseñado con ejemplos a querer a nuestra bandera. Ha sido violada y usurpada por los gobiernos genocidas que han hecho abuso de su uso. Tenemos que recuperarla para nosotros, tarea imprescindible pero larga, y, mientras tanto, Belgrano sigue sin ser recordado como se merece.
Manuel Belgrano, uno de los más notables economistas argentinos, precursor del periodismo nacional, impulsor de la educación popular, la industria nacional y la justicia social, entre otras muchas cosas, ha sido condenado a convertirse en una especie de Sastrecillo Valiente. La operación es simple. Se trata claramente de un ideólogo de la subversión americana y no conviene que, desde la más tierna infancia, los niños aprendan a honrar la memoria de pensadores, innovadores y revolucionarios, portadores, como en este caso, de una coherencia meridiana entre sus dichos y sus hechos. Los ricos de la Argentina, enriquecidos a costa del país y del trabajo de su gente, se enorgullecen diciendo que Belgrano murió pobre. Según sus leyes de la obediencia y el ejemplo, no hay nada mejor para los demás que morir pobres. Aprender a morir como se nace, sin disputarles los
ataúdes de roble, los herrajes de oro, las necrológicas de pago y las exclusivas parcelas en los cementerios privados, es una gran virtud en la escala de valores de los que viven de la Bolsa de valores. El desprendimiento, el desinterés y la abnegación son virtudes que nuestras «familias patricias» dicen admirar en los demás, aunque no forman parte de su menú de opciones. Sus integrantes, por su parte, morirán mucho más ricos de lo que nacieron, porque el resto de los
argentinos morirá mucho más pobre. Leyes de las matemáticas, de la suma y de la resta. Claro que omiten decir que Belgrano nació rico y que invirtió todo su capital económico y humano en la revolución. No dicen que Belgrano no se resignó a morir pobre y reclamó hasta los últimos días de su vida lo que le correspondía: sus sueldos atrasados, y que se aplicaran a los fines establecidos los 40.000 pesos oro que había donado para la construcción de escuelas y que le fueron robados por los apropiadores de la administración pública. Tampoco nos recuerdan que Belgrano no se cansó de denunciarlos y no ahorró epítetos para con ellos. Los llamó «parásitos», «inútiles», «especuladores» y «partidarios de sí mismos», entre otras cosas. Las banderas de Belgrano, la honestidad, la coherencia, la humildad llena de dignidad, los siguen denunciando. Las páginas que siguen no pretenden ser una biografía detallada de don Manuel, sino un breve recorrido por los aspectos menos difundidos de su
pensamiento y su obra.


El único combate en territorio argentino



Qué distintas hubieran sido nuestras infancias y nuestros entusiasmos patrióticos si antes de enseñarnos de memoria la Marcha de San Lorenzo nos hubieran explicado por qué se libró aquel combate, qué intereses estaban en juego y, aunque sea, qué quería decir «febo». Nos tendrían que haber dicho que las fuerzas españolas de Montevideo llevaban adelante una férrea resistencia
contra el gobierno de Buenos Aires y constituían un verdadero peligro para la continuidad de la Revolución


|Gobernador de Cuyo|



A los amantes de la historia basada exclusivamente en «fechas y batallas», aquella que nos arruinaba la mente en el secundario, a los que siguen queriendo ver a un San Martín exclusivamente militar, hay que recomendarles que analicen al San Martín político, a aquel que durante tres años gobernó con gran eficiencia, equidad y honestidad las provincias cuyanas. Durante aquel fructífero período
fomentó notablemente la agricultura y la industria del vino.


|Triste, solitario y final|



El general estaba cansado y enfermo. Tanta ingratitud, tanta melancolía, tanto extrañar a su patria, a su querida Mendoza, habían hecho mella en el invencible. Sufría asma, reuma y úlceras y en 1849 se había quedado ciego. Se fue dejando morir en silencio, no quería molestar. Aquel 17 de agosto de 1850 amaneció nublado en Boulogne Sur Mer. El general desayunó frugalmente y como siempre le pidió a Mercedes que le leyera los diarios. Tras el almuerzo sintió unos fuertes dolores en el estómago. Fue llevado a su cama donde murió aproximadamente a las tres de la tarde. En su testamento había prohibido que se le hiciera ningún tipo de funeral ni homenaje. Sólo quería que su corazón descansara en Buenos Aires. Se sabe, en Argentina los trámites son lentos y hubo que esperar treinta años para que se cumpliera la última voluntad del Libertador. La demora injustificable quizá tuvo que ver con que a los poderosos de entonces, a los antihéroes, los perseguía la frase de don José: «En el último rincón de la tierra en que me halle estaré pronto a luchar por la libertad».


|Las ideas de Rosas|



Hasta sus enconados enemigos admiten que Rosas llevó, durante su primer gobierno, una administración provincial ordenada. Tuvo que arreglar las rentas provinciales recortando los gastos y
aumentando algunos impuestos para superar lentamente el déficit fiscal heredado. Sus ideas católicas y conservadoras lo llevaron a reanudar las relaciones con la Santa Sede, suspendidas desde 1810. El joven Rosas fue influido por los documentos pontificios condenatorios del pensamiento liberal y por las ideas del pensador francés Gaspard Real de Curban (fallecido en 1762), quien se
inspiró en la obra de Bossuet, defensor del absolutismo monárquico.

|Rosas y los ingleses|



Uno de los grandes mitos del rosismo es el de presentar a Rosas como el gran apóstol contra el imperialismo inglés. La aseveración es muy difícil de demostrar y sólo se basa en un hecho puntual, la defensa de la soberanía frente al bloqueo anglo-francés, que no carece en absoluto de importancia, pero al que hay que ver en el contexto del largo gobierno de Rosas, durante el cual mantuvo excelentes relaciones con los comerciantes británicos y su gobierno. Al morir Jorge IV en 1831 y
Guillermo IV en 1837, Rosas decretó duelo provincial y presentó sus saludos oficiales a la reina Victoria. Según observaciones de Henry Southern a Palmerston: «Rosas siente una marcada
predilección por el carácter inglés […] siempre ha sido estimado y apreciado por los ingleses, entre quienes ha hecho muchas amistades e incluso conexiones duraderas». Dice el historiador inglés John
Lynch: «los británicos tenían poco de qué quejarse bajo el gobierno de Rosas»


|La Guerra de la Triple Infamia|



La guerra que enfrentó a la Argentina, Brasil y Uruguay contra Paraguay, entre 1865 y 1870, respondió más a la intención de acabar con un modelo autónomo de desarrollo como el paraguayo, que podía devenir en un «mal ejemplo» para el resto de América Latina, que a los objetivos de
unificación nacional y defensa del territorio proclamados por sus promotores. Fue la primera guerra del Estado nacional unificado y allí se estrenó el nuevo ejército que había hecho sus primeras armas apuntando contra los propios argentinos que habían osado oponerse al modelo del puerto. Las
terribles campañas represivas de los coroneles de Mitre contra los montoneros del Chacho Peñaloza y Felipe Varela asolaron los llanos riojanos y catamarqueños, arrasando poblaciones enteras que intentaban una última defensa de sus artesanías, y su forma de ganarse la vida ante la invasión de los productos importados. La historia oficiosa quiso que el Paraguay fuera el foco del atraso gobernado por una monstruosa dinastía de dictadores al que lo mejor que le podía pasar era la cruzada civilizadora de sus vecinos que le llevarían las ventajas del mundo moderno. La realidad era bastante distinta. Uno de los «civilizadores», el Brasil, era el último imperio esclavista de América, gobernado por una dinastía coronada donde la mayoría de la población no gozaba de los más elementales derechos humanos. En el Paraguay no había un solo esclavo, en Brasil había dos millones. Sin embargo, el diario de Mitre proclamaba que «el Imperio del Brasil va a fundar con nosotros la democracia en el Paraguay, porque es una nación liberal». El otro civilizador, la Argentina, estaba gobernada por un poder impuesto por el puerto al resto del país por la violencia. Nadie votaba en la Argentina de los años sesenta del siglo XIX y la mayoría de la población no accedía a la educación elemental y estaba muy por debajo de los niveles básicos de subsistencia. El Paraguay constituía entonces un modesto pero valiente y consecuente intento por conformar un capitalismo de Estado. Comparados con los de sus poderosos vecinos, los logros del Paraguay eran notables. Los civilizadores terminaron destrozando aquel Paraguay que se atrevió a plantear otro modelo. Los
ejércitos argentinos, brasileños y uruguayos diezmaron su población, arrasaron sus yerbatales y algodonales y endeudaron para siempre con la banca internacional a la tierra guaraní. Los grandes capitalistas, terratenientes y comerciantes argentinos y brasileños se hicieron más ricos de lo
que eran, sus ganancias fueron proporcionales a los muertos que provocaron. Lo que sigue no es una crónica bélica, que el lector podrá encontrar en los libros que se regodean en fechas y batallas, sino un intento de análisis de aquella guerra infame.


|Sarmiento entre su civilización y su barbarie|



No fue fácil ser el padre de «Laula», el maestro inmortal, andar por el mundo sin abandonar por un instante, ni la pluma, ni la espada ni la palabra y seguir viviendo en un templo levantado en el pecho de la niñez. Pero Domingo Faustino Sarmiento fue ante todo un hombre de su tiempo, marcado por
profundas contradicciones y una enorme sinceridad que lo llevaban a ser siempre políticamente incorrecto. Sostuvo apasionantes polémicas con Mitre, Alberdi y Echeverría, insultó a la oligarquía de su tiempo, pidió no ahorrar sangre de los mismos gauchos a los que llamaba «el soberano» y se
obsesionaba en educar. Todo eso, no parte de ello, fue Sarmiento Facundo, a quien odia y admira a la vez, es la excusa para hablar del gaucho, del caudillo, del desierto interminable, en fin, de todos los elementos que representan para él el atraso y con los que hay que terminar. En una carta le aconsejaba a Mitre: «… no trate de economizar sangre de gauchos. Éste es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre es lo único que tienen de seres humanos esos salvajes».

|Pasión por lo militar|



Sarmiento desarrolló durante prácticamente toda su vida la carrera militar. Desde su incorporación en 1827 al ejército del general Paz con el grado de teniente, participó en numerosos combates de nuestras guerras civiles. En 1851 se incorporó al ejército de Urquiza, ya como teniente coronel.
Durante la campaña contra el Chacho, en 1863 es ascendido a coronel. Siempre le gustaron los uniformes


Mejor un Mayo francés que un Julio Argentino. La llamada Conquista del Desierto


«Alguna vez habrá que ponerse a pensar», le decía bromeando Juan José Castelli a su entrañable amigo Bernardo de Monteagudo. Y alguna vez habrá que pensar en el absurdo del término
«Conquista del Desierto». Evidentemente, uno de los términos es incorrecto. Si se trata de un desierto, y tal como lo define el Diccionario de la Real Academia, «lugar despoblado, solo, inhabitado», no puede haber conquista; en todo caso habrá ocupación. La cosa pasa por el concepto
que tenía la generación del 80 del poblador originario, al que como vamos viendo no lo consideraba un ser vivo, un habitante. A pesar de que la Constitución Nacional, en su artículo 67 inciso 15,
manda «Conservar el trato pacífico con los indios y promover su conversión al catolicismo» desde la «zanja de Alsina» aquella muralla china al revés, hasta las fatídicas zanjas de Roca, o sea las innumerables fosas comunes a las que fueron arrojados miles de niños, mujeres y hombres, la llamada «Conquista del Desierto» fue un verdadero genocidio. Y como suele ocurrir, tenía como objetivo un gran negocio: quedarse con millones de hectáreas para ofrendarlas a la división internacional del trabajo que nos había asignado, de común acuerdo con nuestra clase dirigente, el triste rol de productores de materias primas y compradores de manufacturas. Como se sabe, el que exporta materias primas exporta puestos de trabajo, porque el valor agregado será aportado por el país industrializado que transformará en productos manufacturados las materias primas venidas desde países como el nuestro, que terminarán pagando en oro los artículos importados elaborados con nuestras materias primas. Nuestros burgueses no se avergonzaban de exportar la lana sucia a
Londres y Liverpool, porque ni lavaderos de lana instalaron en el país. Les bastaba con cobrar sus
exportaciones en libras y pagarles a sus empleados y proveedores con pesos devaluados para construir sus monumentales mansiones y ostentar sus millones en París, donde se había puesto
de moda la frase «rico como un argentino». Como si todo esto fuera poco, hay que agregar que, como lo denunciaron oportunamente Alberdi, Sarmiento y Alem, entre otros, la campaña estuvo
plagada de episodios de corrupción que involucraron a Roca y sus socios en el generalato y en la conducción de un Estado nacional al que consideraban la más importante de sus sagradas
propiedades privadas.


|Lujo, hambre y rebelión en el granero del mundo|



Nos han enseñado, con particular empeño, el concepto «granero del mundo» para que lo aceptemos y
asimilemos como algo positivo, como la referencia a una edad de oro de nuestro país a la que siempre sería deseable volver. En realidad se trata de la mejor definición de la condena —decretada por el mercado mundial y aceptada con gusto y beneficio por nuestras oligarquías locales— a ser proveedores de materias primas y compradores de productos elaborados, muchas veces con
nuestros mismos productos primarios. Un granero es un depósito, un lugar inanimado. Allí no hay trabajo, valor agregado en términos económicos, sino para unos pocos. El trabajo, los puestos
de empleo, los exportábamos junto con nuestras vacas, ovejas y trigos a Inglaterra. Allí se transformaban en sweaters, zapatos y carne congelada, que eran exportados al mundo y a la
propia Argentina, con enormes ganancias. Aquí quedaba la riqueza concentrada y la miseria repartida. La «Argentina rica» lo era para unos pocos, muy pocos. Nunca pensaron los dueños del
granero que, junto con el ejército de desocupados y la mano de obra barata, estaban importando la rebelión. Su soberbia no les dejaba pensar que no se podía prometer a los hambrientos de Europa, a los desheredados de toda herencia, la felicidad, el pedazo de tierra, el trabajo que les permitiera
mantener a su familia, para luego someterlos a las peores condiciones de miseria y humillación. Así fueron llegando cargados de hambre, hijos, ilusiones, pero también de ideas, los inmigrantes. Fueron
recibidos con el desprecio de quien espera un cargamento de esclavos, olvidándose de que los esclavos al ver la mesa del amo llena de manjares, mientras él y su familia padecen las más indecibles privaciones, suelen rebelarse. Mientras los Anchorena tiraban su vajilla de oro al mar en su viaje a
Europa, los cruzaban literalmente en sentido contrario quienes viajaban en tercera clase o en la cubierta de los barcos hacia al país próspero y libre, al que los dueños de la Argentina llamaban
«la tierra de la gran promesa». Lo que no aclaraban es que no pensaban cumplirla.


|El huevo de la serpiente|



En la Argentina, así como los conservadores se llaman a sí mismos liberales, los ultraderechistas se llaman nacionalistas. Es curioso,porque sus ideas distan mucho de ser vernáculas. Ellos, que están siempre dispuestos a denunciar la influencia de ideologías extranjeras, son adictos a ideologías que
son tan «foráneas» como el liberalismo y el marxismo, sus enemigos acérrimos y a la vez su razón de existir. Sus fuentes son fundamentalmente las derechas francesa y española. Este pensamiento
reaccionario fue durante gran parte del siglo XX el sustento ideológico de los golpes de Estado, de las represiones contra los militantes populares, contra el avance científico y el progreso cultural,
intelectual y material de las mayorías populares, visualizadas como inferiores y destinadas a la servidumbre y la obediencia.


|Gardel y Perón…|



El joven oficial tenía su barra de amigos, con la que transitaba la noche porteña. Se los conocía como el «clan de las cuatro P»: Peluffo, Pirovano, Pedernera y Perón. Uno de los lugares preferidos de los muchachos era el mítico Palais de Glace de la Recoleta. Una de aquellas noches, pudieron disfrutar, desde la mesa más cercana al escenario, de la magia de Carlos Gardel. El Zorzal, que jamás podría
imaginarse que estaba viendo de cerca al personaje con el que compartiría el lugar más alto del panteón nacional y popular, a poco de terminar su primera canción sorprendió a los miembros del
clan con un «araca muchachos, con esa pinta, ¿sacaron la grande? ¿Me invitan un faso?». Se fueron del Palais agrandados por el privilegio de haber sido los elegidos por Gardel y decidieron volver a la semana siguiente y reservar la misma mesa. Pero esta vez Carlitos eligió otra mesa para lucir su
mágica sonrisa y halagar a sus ocupantes con aquella frase «araca muchachos, con esa pinta…». A principios de 1926, tendrá un nuevo destino: la Escuela Superior de Guerra. Durante tres años recibirá una intensa formación en cursillos y conferencias que influirán decisivamente en definir su interés por la estrategia militar, que tan útil le sería en su futura e impensada vida política.

|Las ideas de Perón|



Perón volvió fascinado de su viaje, y entusiasmado con las movilizaciones populares y multitudinarias de Hitler y Mussolini, que, pensaba, derivarían en una democracia social. Comprendió por primera vez, según sus propias palabras, la importancia de los sindicatos en la construcción del Estado.
Ninguno de los autores que seriamente han estudiado la ideología de Perón lo califican como fascista. No confunden aquellas observaciones, hechas bajo cierto deslumbramiento, con una adhesión clara al fascismo que terminara por aplicarse en sus políticas de gobierno. Creemos que lo que primó en la ideología de Perón fue un notable pragmatismo que tomaba eclécticamente lo que podía serle útil de los diferentes modelos. Entre las teorías y experiencias políticas que influyeron en
el pensamiento del fundador del peronismo se destacan las teorías keynesianas en las que se había basado Franklin D. Roosevelt en los Estados Unidos para llevar adelante su política de ampliación del mercado interno y fomento del empleo y el consumo, conocido como New Deal

|Los descamisados antes de Perón|



Los trabajadores recién llegados del campo a las grandes ciudades se fueron insertando lentamente en el sistema productivo. Traían consigo su inexperiencia política y sindical, ya que la vida política en el campo estaba muy limitada y se centraba en las peleas entre conservadores y radicales. Ni unos
ni otros incluían en sus discursos y sus prácticas políticas el tema sindical. En general, en aquellos territorios predominaba una mentalidad conservadora, en la que la religión católica cumplía un rol fundamental para el mantenimiento de la obediencia y el mantenimiento de los llamados «valores
tradicionales»El movimiento obrero argentino no nació con el peronismo pero alcanzará con éste una etapa de enorme desarrollo

|Asado al parquet|



Desde la oposición se echaron a correr versiones que pasaron a engrosar las leyendas urbanas, compuestas por esas cosas que nadie vio pero que muchos aseguran y ratifican. La más famosa era la que decía que los «cabecitas negras», favorecidos con la adjudicación de las nuevas viviendas,
levantaban el parquet de los pisos para hacer asados. Por supuesto que no hay el menor registro de que esto haya ocurrido, pero lo interesante es qué se quería decir con esto. Claramente se expresaba que era un «gasto» inútil, que «esa gente» no estaba acostumbrada a «esos lujos», que no valía la pena, propiciando obviamente que todo siguiera igual, que así estaba muy bien.


|Evita|



La actriz que había flechado al coronel y que era tapa de todas las revistas del corazón, que molestaba tanto al generalato y a las damas y damitas tan pendientes de la «moral», que a falta de
vidas propias se ocupaban de las vidas ajenas, aquella mujer de «dudoso origen» como les gustaba decir a las señoras y los señores enemigos del coronel, había nacido en la pequeña localidad bonaerense de Los Toldos, en el partido de General Viamonte, el 7 de mayo de 1919. El pueblo, ubicado a unos 200 kilómetros de la Capital, debía su nombre a la proximidad con la toldería del cacique Ignacio Coliqueo, instalado en la zona gracias al apoyo que había brindado a las tropas del
general Bartolomé Mitre que enfrentaron a las de Justo José de Urquiza en la batalla de Pavón en 1861. El acta de matrimonio con Juan Domingo Perón indica que Evita nació en Junín, el 7 de mayo de 1922, «hija legítima de doña Juana Ibarguren de Duarte y de su esposo, Juan Duarte». Pero por investigaciones posteriores pudo saberse que la partida de nacimiento que consignaba esa fecha era
falsa y que la original, inscripta en el Registro Civil de General Viamonte, había sido arrancada y destruida. Esta adulteración pretendía reparar su condición de «hija natural», producto de
la negativa de su padre a reconocerla. Fue inscripta por su madre como María Eva Ibarguren. El cambio de la condición civil de sus padres, de concubinos a casados, debía ir necesariamente acompañado de la modificación de la fecha de nacimiento de María Eva, porque Duarte estaba
casado, no precisamente con doña Juana, y recién en 1922 cambió su estado civil por el de viudo. Se
eliminaba así la condición de «hija adulterina» de Evita. La modificación se produjo en 1945, en los días previos a la boda con Perón, cuando Eva fue anotada, con los datos cambiados, en el acta número 728, que originariamente correspondía a un bebé muerto a los dos meses de vida y llamado Juan José Uzqueda.

|El derecho de llorar|



La infancia de «Cholita», como sus hermanas llamaban a Eva, no fue muy distinta de la de millones de chicos argentinos, atravesada por las privaciones y las ilusiones de salir de esa situación, de soñar con el imposible juguete o el viaje a la gran ciudad

|Tardes de radio|



A María Eva le encantaba recitar poesía y participó, el 20 de octubre de 1933, en la obra Arriba Estudiantes, gracias a que Erminda pertenecía a un grupo escolar que organizaba representaciones
teatrales. Poco después hizo su debut artístico recitando el poema «Una nube», de Gabriel y Galán, frente a un micrófono de la casa de música de Primo Arini que transmitía por altoparlantes el programa La Hora Selecta, que alteraba el silencio de Junín todas las tardes a las siete

|Entre bambalinas|



No tenía demasiados contactos, así que debía recorrer los cafés donde paraba la gente del ambiente, ir a los teatros, en fin, el recorrido de los que deben pagar su derecho de piso. No quería trabajar
en otra cosa, quería ser actriz y su persistencia rindió sus frutos. Pudo ingresar en la Compañía Argentina de Comedias, que encabezaba Eva Franco y dirigía Joaquín de Vedia. Evita había soñado muchas veces con aquella noche, la de su debut en un teatro porteño. Fue el 28 de marzo de
1935 en el Teatro Comedia, de Carlos Pellegrini 248. La obra era La señora de Pérez, de Ernesto Marsili. Eva hacía el papel de una mucama y mereció el comentario de Edmundo «Pucho»
Guibourg en el legendario diario Crítica, donde señaló: «muy correcta en su breve intervención Eva Duarte»

|La Eva|



Si bien la mayoría de los militares nunca vieron con buenos ojos la relación de Perón con Eva, su amplio consenso popular les tornó imposible oponerse abiertamente a ella. La situación cambió
tras la crisis económica de 1949, cuando los factores de poder creyeron ver una grieta por donde introducir sus planes desestabilizadores. A partir de allí el propio ministro de Guerra, Humberto
Sosa Molina, fue el portavoz del descontento de los oficiales jerárquicos hacia la obra de la esposa del
presidente. Para ellos, Perón debía forzar un imposible: el retiro de Evita a la vida privada. Obviamente, Perón no aceptó; en cierta medida, subestimaron la lealtad de Perón hacia su esposa y su sentido de la realidad política. Evita era a esta altura un elemento estratégico clave en su relación con las masas y la pulseada la ganó Eva: el general Franklin Lucero reemplazó a Sosa Molina, que fue designado ministro de Defensa, un cargo sin mando efectivo de unidades militares, y ella continuó con sus funciones habituales.

|El secuestro del cadáver de Evita|



Las versiones más confiables apuntan a que no fue Rojas sino el entorno de Aramburu el que pergeñó la «salida italiana». En todo caso, el operativo para hacer desaparecer el cuerpo de Evita se puso en marcha a las diez de la noche del 23 de noviembre de 1955, cuando el teniente coronel Carlos
Eugenio Moori-Koenig, jefe del Servicio de Inteligencia del Ejército (SIE) y su lugarteniente, el mayor
Eduardo Antonio Arandía, ordenaron a los capitanes Lupano, Alemán y Gotten que abandonaran sus puestos de guardia en la CGT, sobre la puerta que separaba a Eva Perón del mundo exterior. El
teniente coronel, el mayor y la patota que los acompañaba (unas veinte personas, todas de civil) traían la orden de secuestrar el cadáver de la mujer más amada y más odiada —aunque claro, no en las mismas proporciones— de la Argentina. El primer sorprendido fue Patrón Laplacette. Aunque lo habían llamado para avisarle de la «visita» fuera de hora, no le habían dicho de qué se trataba. Recién cuando entró a su despacho, Moori-Koenig le informó que, «en cumplimiento de una orden confidencial y verbal» de Aramburu, venía a llevarse el cadáver de Eva Perón. Hubo una agria discusión entre los dos militares. Para dejarle cumplir su cometido, Patrón Laplacette reclamó que le firmase un recibo. Entretanto, Arandía había hecho subir al segundo piso el ataúd en que Evita había sido velada en el Ministerio de Trabajo y el Congreso. Luego encaró al doctor Ara y le reclamó que le
entregara «todos los papeles, clichés, fotografías y cualquier otra clase de documentos que posea sobre este asunto, pues “queremos” quemarlo todo como un paso más hacia la destrucción del mito».
El médico, apenas repuesto del susto, negoció con los militares conservar algunos documentos «por si tuviera que defender mi dignidad profesional». Por su parte, se ofreció a ayudarlos a preparar el cuerpo para el traslado. «Se me daría recibo de lo que entregara y podría retirar libremente del
segundo piso de la CGT lo que fuera de mi propiedad». Pero el teniente coronel Moori-Koenig no era sólo el jefe del SIE, era un fanático antiperonista. Sentía un particular odio por Evita, que se convirtió en una necrófila obsesión que lo llevó a desobedecer al propio presidente Aramburu, que había dado instrucciones de que el cuerpo fuese enterrado en el nicho 275 de la sección B del Cementerio de la Chacarita. Así comenzaba el increíble periplo sufrido por el cuerpo de Evita durante dieciséis años, en los cuales se convertiría en bandera de la resistencia peronista.


|Las manos|



La profanación fue denunciada el 29 de junio de 1987 por Roberto García, esposo de Delia Perón, sobrina del ex presidente. García descubrió que faltaban la gorra, la bandera y el sable que cubrían el ataúd oval. Había vidrios rotos y la claraboya había sido violentada. Vio el boquete en el vidrio blindado de nueve centímetros de espesor y 170 kilos de peso, engarzado en un marco rectangular de acero y diseñado de forma tal que, de romperse totalmente el vidrio, el féretro no pudiera ser retirado.

Con la presencia de Far Suau, los policías comandados por el comisario Carlos Zunino y los peritos forenses y de rastros bajaron de a uno por vez al estrecho subsuelo de la bóveda. Primero, con las doce llaves, se retiró el vidrio blindado. Luego se colocó el ataúd encima de tres caballetes. Al levantar la tapa del féretro, los investigadores judiciales y policiales descubrieron que las manos habían sido amputadas. Los cortes fueron precisos, pero desparejos.

Según el informe forense, la mano derecha fue cortada a la altura de la muñeca y la otra se cortó por encima de esa articulación, donde el hueso es más blando. La presencia de aserrín cadavérico que no había impregnado el faldón del uniforme del general indicaba que los cortes habían sido recientes, no más de una semana antes del descubrimiento.

Los peritos determinaron que las manos fueron cortadas con una sierra de paso fino similar a la sierra tipo Gigli, un instrumento quirúrgico que consiste en una hoja muy delgada con dientes en tres direcciones.

A partir del hallazgo de los duplicados de las doce llaves en el sótano de la comisaría 29» y la escasa dimensión del boquete en el vidrio blindado, los investigadores sospecharon que los autores de la profanación habían montado una escena para desviar la pesquisa. Pero LA NACION obtuvo entonces un dato que estaba oculto. Durante la investigación, los detectives consultaron a un veterano ladrón de joyerías. Le preguntaron cuánto tiempo les hubiera llevado a los profanadores hacer un boquete en el blindex que resguardaba el ataúd. El asaltante, de apellido Chirico, aportó un dato clave: con una maza de medio kilo, una punta de albañil y velas era posible romperlo en poco más una hora.
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